Opinión

Monte fúnebre y cabalístico

¿Por qué 138 banderas negras 'rinden tributo' a 3.478 víctimas?

Un monte de 138 banderas con sendas estrellas blancas sobre fondo negro se empina frente a la Oficina de Intereses de Washington en La Habana. Castro entorpece así la lectura de los mensajes que corren por la pantalla lumínica del edificio: desde noticias ajenas a la prensa oficial, como "Cuba envía medio millón de toneladas de cemento a Venezuela", hasta fragmentos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Esta peripecia de la política simbólica dista mucho de ser "cosa de relajo", como afirma Luis Ortega en "La revolución ya ha fracasado" (El Diario/La Prensa, febrero 1, 2006). Al virarse de repente contra Castro, Ortega pierde de vista que la "polémica con un funcionario americano" de baja categoría permite al casi octogenario gobernante cubano afianzarse ideológicamente en medio de su disyuntiva crucial: "O derrotamos estas desviaciones (…) o morimos".

Así planteó Castro a los más jóvenes la tarea de preservar el castrismo (Aula Magna de la Universidad de La Habana, noviembre 17, 2005). No podía menos que agarrarse luego de los caídos. Walter Benjamin (1892-1940) aclaró ya que la voluntad de sacrificio y el odio "se nutren de la imagen de los antepasados". La chispa de la esperanza prende en el pasado gracias a "la idea de que ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo si éste vence" ( Tesis sobre filosofía de la historia, c.a. 1940).

Tótem y tabú

Quizás los 138 árboles no dejen ver bien el bosque, porque remitirlos a los años de lucha contra el "imperio" supone dar otro sentido a la tesis castrista de que en Cuba "sólo ha habido una revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868 y que nuestro pueblo lleva adelante".

No puede estirarse tanto el diferendo entre Washington y La Habana si consta, entre otros muchos contraejemplos, que la Cámara de Representantes mambisa sugirió la anexión a EE UU (abril 29, 1869) como salida a la terrible situación provocada por la campaña militar de Valmaseda.

Tampoco sería sensato que el número derivara del día y mes del nacimiento de Castro. Al parecer ningún rejuego justifica por qué justamente 138 mástiles evocan "la muerte de 3.478 cubanos [como consecuencia] del terrorismo de estado [norteamericano] mantenido por más de 40 años contra Cuba" ( Granma, febrero 6, 2006). Esta cifra oficial de muertos se extrae de la "demanda del pueblo de Cuba al gobierno de Estados Unidos por daños humanos" ( Granma, junio 1, 1999), que añadió 2.099 incapacitados.

Ante todo puede inferirse que no hay víctimas fatales del terrorismo estadounidense contra la Isla desde hace casi siete años. No en balde los grandes combates contra la "mafia terrorista de Miami" han girado en torno a un niño balsero de seis años y un anciano bombardero de setenta y pico, es decir, fuera de la edad militar.

Lo más curioso es que la mayoría de las víctimas obedece a una sola causa específica: "el esfuerzo colosal y extraordinario en la preparación combativa del país que nos impuso la política agresiva de Estados Unidos [ocasionó] la pérdida de 2.534 vidas humanas y la incapacitación de 1.833 personas".

El general castrista Leonardo Andoyo dictaminó que habían sido movilizados 4.362.645 cubanos (1959-1998) "por encima de los parámetros aceptados internacionalmente como normales", pero no aclaró cuantos fueron llamados sin necesidad alguna por la inveterada manía de movilización masiva que tiene Castro.

No puede pasarse por alto que mientras la invasión de marines yanquis y exiliados cubanos nunca llegó, Castro derogó por mera alocución pública las leyes cubanas de migración para desatar invasiones demográficas por Mariel (1980) y después el Maleconazo (1994).

Aquella llevó a 124.776 cubanos a territorio estadounidense en menos de tres meses y la otra fue examinada por el Centro de Estudios de Alternativas Políticas (Universidad de La Habana) en el lapso de tres años (1991-1994): 45.476 balseros llegaron a su destino, 21.283 cubanos emigraron legalmente, 15.675 no regresaron al término de su visita y 6.000 completaron el rodeo desde terceros países.

El "especial sobredimensionamiento [del] personal vinculado a la defensa" no puede fijar de golpe la relación precisa de causa a efecto en cada caso. Reclutas o milicianos muertos o incapacitados por disparos que se escapan, camiones que se vuelcan y otros muchos incidentes que ocurren durante las movilizaciones militares no pueden computarse como víctimas del terrorismo, a menos que se pretenda despedir el duelo como hizo aquel personaje de Argelio Santiesteban: culpando al imperialismo yanqui de la desgracia del difunto arrollado por un auto Chevrolet.

El pueblo en vilo

Desde luego que los muertos merecen análisis serio. Por eso sorprende que la "demanda del pueblo de Cuba" refiera "alrededor de 20 mil muertos en combate heroico y frontal" contra la dictadura batistiana. Según el propio Castro, el pueblo cubano ha enfrentado "la guerra sucia" de EE UU "a un costo de vidas superior al que pagó por la guerra de liberación" ( Discurso por el Día Internacional de los Trabajadores, 2003).

Los muertos bajo Batista (1952-1958) serían entonces menos de 3.478. El investigador cubanoamericano Armando Lago registra, efectivamente, 2.741: 1.816 a manos de las fuerzas batistianas y 925 por causa de la guerrilla castrista y otros grupos opositores (Archivo de la Memoria Cubana). Sólo que Lago indaga también las muertes bajo Castro (1959-¿?), que ya suman 9.240 y el conteo sigue ( The Boston Globle, enero 4, 2006).

La prensa oficial presenta hoy el monte de banderas como evocación "de los más de tres mil muertos causados por acciones terroristas", tal y como suele aparecer en notas diplomáticas y otras comunicaciones gubernamentales, junto a la observación de que Cuba "ha sido víctima del terrorismo más feroz durante más de cuatro décadas".

Pero la demanda misma estableció que, "como resultado de las actividades terroristas promovidas por el gobierno de los EE UU (…), hasta hoy 234 personas inocentes han perdido la vida o han quedado incapacitadas", entre ellas 95 muertos por el sabotaje al buque francés La Coubre (marzo 4, 1960) y 57 por la voladura del avión DC-8 con matrícula CUT-1201 (octubre 6, 1976).

Las demás causas son "el bandidismo armado" (1960-1965), que dejó 549 muertos y 200 sobrevivientes incapacitados; "la invasión mercenaria por Playa Girón", 176 y 50; "las agresiones provenientes de la base naval [de Guantánamo]", 8 y 15; y "la agresión biológica", 158 muertos por dengue hemorrágico.

Se sigue que las "actividades terroristas" dejaron un solo incapacitado, para sumar 266, mientras que los muertos por igual motivo serían 233, para 1.124, que agregados respectivamente a los 2.534 muertos y 1.833 incapacitados por "sobredimensionamiento" defensivo totalizarían los 3.478 muertos y 2.099 incapacitados.

Ante sus propios tribunales, el pueblo de Cuba demandó por "actividades terroristas" en discutible sentido estrecho, pues "la agresión biológica", verbi gratia, es terrorismo puro. Frente a la Oficina de Intereses de Washington en La Habana, en cambio, el mismo pueblo enarbola tanto el luto como la noción más amplia de terrorismo, que atrapa hasta los caídos en combate. Nada mejor que el enfoque amplio contra el terrorismo.

Así puede traerse a colación hasta la aguda reflexión de León Trotsky (abril 17, 1937) sobre los "juicios de Moscú": para la camarilla dominante, preparar "asesinatos por medio de un tribunal o de una emboscada es lisa y llanamente un problema de técnica policial". Habría que ponderar el peso del terror en los procesos judiciales contra el general Ochoa (1989) y los autores del secuestro incruento de la lanchita Baraguá (2003).

La parca y el totí

Quizás porque la muerte se tornó amenaza constante del Norte, los cubanos se hayan adaptado a concebirla a lo Heiddegger, como posibilidad peculiar de la existencia. También arraigaría a lo Kolakowski, como "esquema de la única alternativa", desde que Castro advirtió al reportero de Bohemia en la primera asamblea de trabajadores azucareros (1959): "La revolución será realidad o dejará de existir la Isla de Cuba con todos sus habitantes".

Sin embargo, la culpa de casi todo tiende a descargarse en Miami y Washington, donde las entrañas del monstruo se perciben tan negras como las plumas del totí (Dives atroviolaceus). Así pasa un tanto inadvertido que este pájaro desventurado anida de vez en cuando dentro de la Isla.

La tasa de mortalidad por "lesiones autoinfligidas", por ejemplo, fue 14,1 por 100 mil habitantes en 2002, según el Ministerio de Salud Pública. Esto significa que unos 1.590 cubanos se quitaron la vida ese año.

De este modo las estadísticas del suicidio arrojarían en mucho menos tiempo muchas más muertes que todas las acciones enemigas desde el triunfo de la revolución castrista. Mas sería desatinado culpar al terrorismo de Estado yanqui por hacer cundir situaciones de agobio que llevaran al suicidio entre cubanos.

Las tasas se mantuvieron altas incluso cuando el "bloqueo" estadounidense no pintaba ser genocida, sino superfluo. Por aquel entonces, Castro recalcaba: "Hablando con franqueza —me gusta la franqueza— las relaciones con Estados Unidos, las relaciones económicas, no implicarían para Cuba ningún beneficio fundamental, ningún beneficio esencial" ( Nada podrá detener la marcha de la historia, 1985).

Coda

Ernesto Guevara se tragó la guayaba periodística de Enrique de la Osa: "Más de 20 mil muertos arroja el trágico balance del régimen de Batista" ( Bohemia, enero 11, 1959).

Al compararlos con las pérdidas de la Unión Soviética y las "democracias populares" de Europa oriental, el Che emitió un juicio que puede aplicarse al examen comparativo del costo humano de la "guerra sucia" en Cuba con Guatemala, El Salvador y otros países de América Latina: "cuando uno conoce la historia de todos esos países, aquí no se ha pasado, afortunadamente, nada" (Comparecencia por televisión sobre la firma de acuerdos con los países socialistas, enero 6, 1961).

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