México

Necesitamos indígenas

En un país como México, no es de extrañar que nadie o casi nadie piense que el objetivo correcto sería que los indígenas dejaran de serlo

Pude titular estas líneas “Necesitamos indios”, lo cual hubiera sido lo más correcto desde el punto de vista semántico. Pero esta palabra se ha convertido en tabú: desde hace tiempo “indio” resulta peyorativo, no es políticamente correcto.

La Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI) de México tiene entre sus objetivos “el desarrollo integral y sustentable de los pueblos y comunidades indígenas”. No sé si el “desarrollo integral (…) de los pueblos indígenas”, para la CDI, concibe el único desarrollo justo: que los indígenas dejen de serlo. Según cifras estimadas, en México la población indígena sobrepasa los 12 millones de individuos —más del 11 % de los mexicanos—, agrupados en un rango de 62 a 100 pueblos que hablan más de 60 lenguas diferentes. Desconocemos la planta de directivos y funcionarios mayores de la CDI, tampoco sabemos cuántos viáticos consumen, cuánta gasolina, cuántos boletos de avión, cuántos banquetes. Lo que sí sabemos es que esos directivos y funcionarios no son indígenas.

Como tampoco lo son esas personas de los medios, sobre todo de los televisivos, que realizan fastuosos reportajes para dar a conocer “nuestras tradiciones” y así enraizar “nuestra identidad”. Estos reporteros suelen emocionarse sobremanera cuando llevan a cabo esta labor en los territorios indígenas. Y dejan claro, o al menos se infiere, que aman estas “tradiciones” y, aún más, aman a esos indígenas. Mienten. No los aman; se burlan de la ignorancia de aquéllos estos reporteros que, por lo general, dominan el idioma inglés, aparecen junto a los indígenas con corbatas italianas y tienen una idea muy exacta de lo que es un techo confortable y una interactuación mundial.

En un país con una población mayoritariamente despistada, donde uno de los eslóganes es “Soy orgullosamente mexicano”, como si a fuerza de repetir esta frase hubiese que creérsela a quien la afirma (¿y acaso cualquier ciudadano del mundo no está orgulloso de ser de donde es?); o “Como México no hay dos”, que hace saltar en automático la pregunta: ¿habrá dos seres o dos cosas iguales en la tierra? En un país donde el racismo no está institucionalizado, pero resulta el oxígeno nuestro de cada día (ser chaparro y morenito, o peor, chaparra y morenita, es una batalla vitalicia contra la corriente)… En un país así, no es de extrañar que nadie o casi nadie piense que el objetivo correcto sería que los indígenas dejaran de serlo.

Claro, lo antes dicho podría provocar una pregunta de los economistas rancios: ¿Y no estallaría la nación si los 12 millones de indígenas, más los 54 millones de pobres, tuvieran acceso, aunque fuera a mediano plazo, al consumo promedio?

Mi respuesta: no sé, pero sí creo que las “tradiciones” deben existir solo como folclore, y que pretender conservar a los indígenas eternamente indígenas es una infamia.

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