Opinión

Pataleo incansable

El futuro de Cuba: ¿Con Shakespeare o con Chejov? ¿Intransigencia y muerte o aprendizaje y vida?

En una conocida fábula, dos ranas cayeron a un cántaro de leche. Una de ellas, sintiendo agotar sus fuerzas, decidió morir tranquilamente. La segunda rana no se rindió. Con el pataleo, la leche cuajó en mantequilla. Al final, pudo saltar y se salvó.

El embargo contra Cuba parece inspirado por la rana pataleadora. Sus partidarios reciclan el mismo mensaje y las mismas tácticas, en la esperanza peregrina de recuperar las que recuerdan como sus propiedades. Nada racional indica que puedan tener éxito, pero patalean en círculos.

Es difícil saber qué parte de la palabra "no" los partidarios del rencor no entienden. El Congreso norteamericano está aprobando anualmente versiones legislativas que empiezan a desmontar el embargo.

Cinco décadas de accidentes

En Naciones Unidas, el embajador Bolton ha reconocido en conferencia en la Asociación de Política Exterior, que Estados Unidos, la nación más poderosa del orbe, hizo el máximo esfuerzo para bloquear la resolución sobre el embargo, recogiendo 182 votos en contra. La Cumbre Iberoamericana de Salamanca subió el tono en la condena al "bloqueo". Sería útil que los partidarios del embargo definieran qué nuevas evidencias pueden convencerlos de su fracaso.

En lo que sí son creativos es en tapar fiascos. Ahora se ha puesto de moda invocar a una hipotética unidad opositora en la que el embargo no se discute, pues "nos divide". Para creer ese truco hay que tomar leche en biberón. La idea de que nos juntemos en un frente común, sin discutir lo que queremos para "la Cuba que se nos viene encima", equivale a que individuos con diferente destino se montaran a un carro sin indagar a dónde va.

Lo más probable es que todos terminen fajados y lejos de donde les hubiera gustado. Lo menos que sabemos de estos chóferes es que tienen casi cinco décadas de accidentes.

Tenemos diferente destino. Ellos quieren que renazca la república plattista, amparados en la Ley Helms-Burton. Nosotros queremos la república social martiana, con libertades cívicas y Estado de bienestar. Sin rencores. Sabemos que la mejor estrategia para democratizar es la apertura, el diálogo y el intercambio.

La mitad del exilio cubano, que crece con las nuevas generaciones de cubanoamericanos y los llegados de Cuba, no se va a sumar a la estrategia del odio. El primer paso de un consenso por la democracia debe ser el fin del embargo. El futuro tiene precedencia sobre el pasado, especialmente si se trata de un pasado que ni siquiera fue.

Por ejemplo, el bienestar de nuestros familiares y amigos en la Isla nos importa más que las propiedades perdidas o la suerte de los envueltos en la conspiración trujillista, enjuagada en un reciente documental sobre el Che como la "conspiración de Trinidad".

No hay razón para conciliábulos con la "piñita" organizada en Washington para una Cuba post-Castro, lesiva a nuestra soberanía e inservible en consecuencia para una Cuba democrática. Hay que ver cómo actúan. Para aquellos que discrepan con Otto Reich, como el analista de la CIA para América Latina, Fulton Armstrong, la "piñita" ensayó una solución Corleone: "cambiarlo de portafolio" (eufemismo de John Bolton equivalente a darle a Carlo un "ticket para las Vegas" y que consiste en cambiar a un funcionario competente por no coincidir con la "familia" ideológica).

Para muestra de la falta de credenciales democráticas de Reich, basta un reportaje publicado por The New York Times, en el que aparece empantanado hasta el cuello, apoyando a Stanley Lucas, un especialista en sabotear la política oficial de Estados Unidos hacia Haití, desde el hotel de los Fanjul en República Dominicana y en diálogo permanente con criminales y narcotraficantes.

El mejor elogio

El mejor elogio que se le puede hacer al embargo es llamarlo un fracaso total. No ha logrado cambiar nada en Cuba. Lamentablemente, en lugar de aceptar esa realidad, sus partidarios se dedican al trucaje. Para reclamarse exitosos, han bajado cualquier medida de su efectividad hasta el piso.

Según Vicente Echerri, Dennis Hays y Frank Calzón, el embargo no se propuso cambiar el régimen de Castro, sino simplemente "expresar repudio" y "negar recursos". Resulta ahora que el embargo es cuestión de terapia y catarsis, de "manifestar rechazo".

Cada vez que alguien en el gobierno norteamericano exprese repudio por la ventana, deberíamos saltar jubilosos porque el embargo funciona. Si al gobierno cubano le cuesta tres centavos más producir una chambelona, hagamos una conga. Si alguien cree ese cuento, que avise para venderle el Malecón.

Para "expresar repudio" no hace falta embargo. La Comisión de Derechos Humanos repudia a países violadores que son visitados libremente por los norteamericanos. Mientras mayor es la comunicación con el mundo, mayor es el efecto de generar vergüenza en los países a los que se condena.

Muchos gobiernos, organizaciones e intelectuales que se oponen al embargo han rechazado las acciones represivas de La Habana, en la primavera de 2003, antes y después. De hecho, el repudio de aquellos que interactúan con Cuba es más efectivo y creíble por la razón adicional de que no participan de la política selectiva y de doble estándar que el embargo es.

"Expresar repudio" a través del embargo tiene el costo adicional de pisotear las libertades civiles norteamericanas, minimizar la exposición de la población cubana a los valores e ideas democráticas, y dañar al pueblo que se pretende ayudar.

Según Eugenio Yáñez, para aceptar la tesis de que el embargo es responsable por daños del nivel de vida del pueblo cubano, hay que demostrar que las carencias que se viven en Cuba son producto del embargo y no de las ineficiencias del régimen. Ese sofisma es más viejo que matusalén.

Que el gobierno de Cuba sea responsable de muchas carencias por su hostilidad a la economía de mercado, no quita la responsabilidad del embargo en agravar muchos de esos males y de crear otros. Si quiere documentarse acerca del daño causado por el embargo a los derechos humanos en Cuba, que haga la tarea, consultando los sitios web de Human Rights Watch y Amnistía Internacional.

Medidas de efectividad

Por mucho que pataleen, Yáñez ni nadie puede demostrar la coherencia de asumir que "el embargo no existe" o "no tiene efecto", mientras luchan por mantenerlo. ¿Cuál es la lógica de mantener algo que "no existe"? Si existe, la pregunta fundamental es: ¿a quién afecta?

No es Fidel Castro el que necesita las remesas, ni quiere que le den la oportunidad de estudiar en Estados Unidos para prepararse para la Cuba post-Castro, ni el que recibe las visitas de sus familiares de Miami.

La medida de efectividad de cualquier estrategia democratizadora es si promueve más apertura y liberalización, en comparación con otras alternativas. El día que gusten los compatriotas de la extrema derecha, comparemos las políticas europeas y canadienses de compromiso constructivo hacia Cuba con el embargo, en términos de promover apertura y liberalización.

Ningún cubano ha adquirido educación para la democracia o entrenamiento para la economía de mercado como resultado del embargo. La ayuda exterior para el renacer de las comunidades religiosas, el más importante desarrollo reciente de la sociedad civil cubana, se hizo en oposición al radicalismo intransigente. Ni un solo preso político ha sido liberado como resultado de presión norteamericana alguna.

Si de apertura e información se trata, mencionemos el clausurado Centro Cultural Español, la Alianza Francesa, la Cátedra de Canadá en la Universidad de La Habana, o la cooperación educacional alemana o británica. Su efecto de apertura sólo puede compararse con el que causan en Cuba los visitantes de esos países y las visitas de los exiliados cubanos, las mismas que el embargo limita a una cada tres años.

Si se quiere incrementar la probabilidad de una transición a la economía de mercado y la democracia, de lo que se trata es de incentivar la apertura del mundo exterior y las alternativas de liberalización para los grupos en el gobierno proclives a reformas. La reconciliación nacional debe ser la prioridad. Justamente lo contrario de la tirantez a la que el exilio intransigente ha forzado a la administración Bush, entretenida en discutir la transición futura, mientras hace todo lo posible para que nunca llegue.

Cambiando comportamientos

La noción de que el diálogo es signo de debilidad y de que las sanciones unilaterales y la retórica vociferante equivalen a presión sobre La Habana, es ridícula. Ni Estados Unidos ni Europa pierden virginidad democrática por negociar con el gobierno cubano, o porque los ciudadanos de esos países viajen a Cuba.

Los que promueven una transición apresurada, con violencia, pretenden pescar en río revuelto, pues, después del embarque del embargo, no tienen posibilidad política alguna en cualquier escenario distinto de una intervención.

¿Qué quiere decir que Estados Unidos no va a permitir una sucesión en la Isla, que no sea una transición a la democracia? ¿Van a intervenir militarmente? Si no lo van a hacer —Dios nos proteja de que hagan semejante barbaridad—, ¿para qué tanta retórica altisonante? ¿Por qué no preparar un escenario distinto de diálogo y negociación ahora, en lugar de seguir en las nubes discutiendo sobre una transición hipotética, malgastando millones de dólares?

Existen las "sanciones inteligentes" que buscan cambiar el comportamiento del régimen, minimizando simultáneamente el efecto negativo que tienen en el pueblo. No persiguen metas grandilocuentes, sino objetivos específicos.

Recientemente, la secretaria de Estado, Condoleeza Rice, aseguró que las sanciones contra el liderazgo iraní no afectarán al pueblo y que los académicos, músicos y atletas iraníes no serán penalizados. Contrástese esa declaración con la payasada de Lincoln Díaz Balart a propósito del Clásico Mundial de Béisbol, afortunadamente rectificada por el Departamento de Estado.

En un memorando que escribí para la American Academy of Diplomacy, y que se puede leer en su sitio web, sugerí sanciones inteligentes para cambiar las prácticas discriminatorias que impiden a los cubanos hospedarse en hoteles reservados para extranjeros, y eliminar la tarjeta blanca con la que se infringe el artículo trece, inciso dos, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que consagra el derecho de cada persona a salir y entrar libremente a su país.

Propuse que EE UU eliminara las regulaciones que limitan los viajes de exiliados a Cuba, mientras se coordina con Europa y Canadá prohibir internacionalmente los vuelos directos de turistas a los cayos donde se discrimina a los cubanos. Sobre la tarjeta blanca, propuse que Estados Unidos expresara una específica disposición a normalizar el flujo de viajeros, eliminando la prohibición de viajar a Cuba si se eliminan las limitaciones para la salida y entrada de los cubanos a su país.

Como dice Norman Mailer, "la exageración es el lenguaje del diablo". No es necesario llamar "apartheid" a prácticas que distan del execrable régimen sudafricano que los cubanos contribuimos a derrotar para orgullo nacional en Cuito Cuanavale. El día que quieran los compatriotas comunistas, discutamos la legitimidad patriótica de oponerse a que haya territorio cubano abierto a los extranjeros y cerrado a los cubanos; o si es defender o no al ciudadano, luchar para que pueda viajar sin mendigar un permiso que le corresponde como derecho.

Las discriminaciones son, por su propio peso, un ultraje al patriotismo. Las sanciones inteligentes no son para recuperar propiedades u obtener compensaciones, sino para mejorar las condiciones de los que viven en Cuba. Se refieren no a opiniones políticas, sino a derechos reconocidos incluso en la Constitución de 1976.

Pero se mueve

En el último número de la prestigiosa revista The National Interest, Edward Mansfield, de la Universidad de Pensylvania, y Jack Snyder, de la Universidad de Columbia, demuestran desde la experiencia de América Latina, África y el Medio Oriente que el electoralismo de la administración Bush está creando desastres en países que carecen de mínimas instituciones democráticas. "Apresurar el tránsito a elecciones competitivas, no sólo incrementa el riesgo de guerra, sectarismo y terrorismo, sino que hace más difícil la consolidación democrática futura".

Cuba puede y debe tener una apertura política gradual, con estabilidad, y no hay que esperar a que muera Fidel Castro para trabajar por ella. Claro que abogar por un cambio gradual incluye la solidaridad con los que sufren la represión. En primer lugar, evitar que sean víctimas de perfidias como el "taller de periodismo" preparado en la residencia de James Cason, por Manuel David Orrio, agente de la Seguridad castrista.

¿Qué se puede hacer para aliviar su pena? Concentrarse en que los presos sean liberados y que la Cruz Roja Internacional pueda visitar las prisiones para recibir información sobre las condiciones de las mismas. Debe ser un bochorno para todo cubano, que personas que se oponen al embargo sean maltratadas por la turba, azuzada por la policía política, como ocurrió con los miembros de la revista Consenso, o que centenares estén presos por discrepar con la ideología oficial.

El embargo se está acabando. Posiblemente terminará con Fidel Castro en el poder, pero seguro no resistirá su muerte. Raúl Castro, o cualquiera de los posibles sucesores, no genera la antipatía que Fidel causa entre muchos estadounidenses. Mantener tal política irracional contra los intereses norteamericanos, será imposible.

Simultáneamente, la muerte de Fidel Castro no traerá el colapso del régimen, pero el carisma de todos sus potenciales sucesores en un frasco, provoca la emoción de una botella de agua mineral sin gas. Sería ingenuo pensar que puedan seguir dando a los niños congresos, en lugar de juguetes, y a los adultos, discursos en lugar de comida, transporte y vivienda. ¿Qué se harán cuando no tengan ni embargo, ni a Fidel Castro?

Desafortunadamente, los comunistas todavía pueden contar con la ayuda de los exiliados derechistas, para polarizar. El show de Díaz-Balart con las visas de los peloteros y las declaraciones de Ernesto Betancourt en la Universidad Rice, en Texas, de que Posada Carriles trabaja en coordinación con Fidel Castro, sirven de muestras recientes (ver el sitio del Instituto James Baker).

Los asalariados del rencor tienen dos tácticas fundamentales: la de Díaz-Balart es hacer papelazos; la de Betancourt es decir sandeces. No es ético ni necesario endilgarle a Fidel Castro las faltas de Posada Carriles. El Comandante tiene suficientes de su propia creación. Los actos de Posada son propiedad exclusiva de la derecha exiliada. Si van a abandonar el terrorismo, háganse la autocrítica pública, paguen el costo político con ética, en lugar de abandonar a su compañero en desgracia.

Sería ingenuo esperar moderación de los radicales de derecha o izquierda que han hecho fortuna polarizando. Es la mayoría de cubanos y cubanas, racionales y moderados en Cuba, Miami o Madrid, la que puede sustituir el combate por el diálogo.

Nuestro futuro puede ser a lo Shakespeare o a lo Chejov. En los dramas de Shakespeare, los personajes son fieles a su herencia, intransigentes y gallardos. Al final, muchos muertos. Con Chejov, los personajes son tragicómicos y a veces tristes. No logran todo lo que sueñan, pero aprenden. Siguen adelante, vivos.

© cubaencuentro

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