Opinión

Un nuevo guión para el exilio

¿Seguirá apoyando la comunidad cubanoamericana las políticas de Washington que no son compartidas por la disidencia interna?

En julio, el Consejo de Relaciones Exteriores, uno de los tanques pensantes de política exterior mas destacados, publicó su último reporte sobre las relaciones entre EE UU y Cuba, en cual identificó tres obstáculos principales para la normalización de los vínculos entre los dos países: las violaciones de derechos humanos por parte de La Habana, la base naval en la Bahía de Guantánamo y la fuerte influencia del exilio del sur de la Florida sobre la política estadounidense hacia Cuba.

Como cubanoamericano que creció en el seno de esa próspera y orgullosa comunidad exiliada, me molestó que se le mencionara junto al comportamiento depravado del gobierno castrista y de la administración Bush. Me molestó porque nuestro prestigio y credibilidad como comunidad, ante los ojos del mundo, es el único de los tres "obstáculos" sobre el que tenemos capacidad para modificar directamente. Me molestó porque seguimos manteniendo posiciones y actitudes que, por mucho que nos satisfagan muy hondo y muy dentro, nos están arrastrando más y más contra la reconciliación con el pueblo de la Isla.

Como yo, hay muchos jóvenes del exilio que sienten que el guión subscrito por la mayoría de nuestros representantes en la Florida y en Washington se ha desviado demasiado de la realidad. Necesitamos desarrollar una nueva actitud hacia las relaciones entre las comunidades cubanas de dentro y fuera. Para lograrlo, necesitamos un nuevo discurso que defina la historia y el futuro de Cuba, durante y después de Fidel Castro, pero diferente al que la supuesta "línea dura" nos ha impuesto. Es decir, necesitamos una propuesta realista y eficaz.

Clichés y simplismos

El guión adoptado por la "línea dura" fue originalmente escrito por conservadores en Washington durante los años cincuenta y sesenta. Se expresa como sigue: América representa el bien en una batalla mundial contra el mal. Los liberales tratan de diluir nuestra claridad moral, restringiendo el poder americano y debilitando nuestra fe en nosotros mismos. Pero nuestros líderes visionarios no pueden ser controlados y usan la voluntad americana con fuerza incansable, hasta que los muros de opresión se derrumben y la libertad llegue a la más remota región del mundo.

No se necesita mucha imaginación para ver cómo ese mismo cliché ha sido reciclado por los líderes más prominentes de nuestra comunidad por más de 16 años. Demasiado tiempo. El problema es que hoy esos simplismos no dictan la política estadounidense hacia China o Rusia, y no hay razón por cual continúen dictando la política hacia Cuba.

Como en nuestra comunidad, hay muchos estadounidenses que ven la necesidad de una narrativa actualizada que explique mejor las realidades del mundo "post 9/11"; que desmienta el mito de nuestra "inocencia nacional", pero sin deprimirnos, y que sea tan familiar como el guión dogmático de la Guerra Fría que ha adoptado la administración Bush en sus relaciones con Irak e Irán.

Muchos han encontrado la musa para ese nuevo guión en la filosofía del teólogo protestante estadounidense Reinhold Niebuhr, cuya visión del mundo inspiró la política estadounidense hacia Europa después de la Segunda Guerra Mundial, siendo a la vez inspiración de las vanguardias de los movimientos de derechos civiles y sociales de los años sesenta.

En un reciente artículo para The New York Times, "La rehabilitación del liberal de la Guerra Fría", Peter Beinart observa como "antes de Vietnam, y la decepción y confusión que desató, los liberales [de EE UU] tenían una narrativa propia y clara" para combatir a sus enemigos comunistas. Esa narrativa se convirtió en dominante a finales de los años cuarenta, cuando Niebuhr, junto con Eleanor Roosevelt, Arthur Schlesinger Jr., y Hubert Humphrey, entre otros, formaron el grupo activista liberal Americanos para la Acción Democrática (A.D.A.).

La A.D.A. rompió con otros grupos de izquierda, pues sabían que el no ser comunista no era suficiente, sino que había que ser anticomunista. Pero para defender a este país, la A.D.A. proclamaba que la lucha norteamericana en la Guerra Fría tenía que ser vista desde una perspectiva diferente a la de sus compatriotas conservadores. En la guerra de las ideas, creían Niebuhr y sus compañeros, la ideología absoluta no era el arma de los estadounidenses democráticos, sino de los totalitarios y demagogos, desde Josef Stalin a Joseph McCarthy.

El Plan Marshall

Niebuhr aplicaba la filosofía cristiana de San Agustín y Calvino a las realidades de la política moderna y la diplomacia. Estaba preocupado de que, defendiendo una causa justa, los estadounidenses perdieran conciencia de su propia capacidad para la injusticia. Como nota Beinart, Neibuhr argumentó que los americanos no deberían emular la infalibilidad y certeza absoluta en ellos mismos que mostraban sus enemigos.

"No deberían pretender que un país que toleró el McCarthismo y la segregación era moralmente puro". Alternativamente, deberían cultivar suficiente autocrítica para asegurar que, al opuesto de los comunistas, sus ideales religiosos y capitalistas nunca degeneraran en fanatismo.

La influencia que tuvo Niebuhr en la conciencia política de EE UU fue evidente durante la era del Plan Marshall. Este plan decía, en parte, que el presidente (Truman) no debía condicionar la ayuda económica a una Europa destruida por la guerra a la adopción de la ideología política norteamericana. El arquitecto intelectual del plan fue el director de Planeamiento del Departamento de Estado, George Kennan, quien se refería a Niebuhr como "el padre de todos nosotros".

Bajo el Plan Marshall, EE UU asistió a partidos izquierdistas europeos que no estaban orientados hacia Moscú, creando una avería entre Moscú y los movimientos obreros en Europa. El plan duró desde 1947 hasta 1952, tiempo en el cual la economía de todos los países participantes, con la excepción de Alemania, había sobrepasado sus niveles preguerra.

Para ser eficaz en este mundo, Niebuhr decía que necesitamos "un sentido de modestia sobre la virtud, la sabiduría, y el poder que tenemos disponible" y "un sentido sobre las limitaciones y debilidades comunes en las que se basan a la vez los demonios del enemigo y nuestras vanidades".

Reconocer la falibilidad

Si la justicia y la reconciliación son los objetivos, pues entonces los líderes de nuestra comunidad harían bien en desarrollar una nueva narrativa para explicar la experiencia cubana, en el espíritu de Reinold Niebuhr: El exilo cubano está firmemente opuesto a los males del régimen castrista, pero eso no nos hace inherentemente buenos. Conociendo que también podemos ser corrompidos por la ideología, busquemos las limitantes que los fanáticos rechazan. Conociendo que la democracia es el objetivo que buscamos, más que algo que somos, la desarrollamos no sólo exhortando a otros, sino también batallando el mal dentro de nosotros mismos.

Es ese el reconocimiento y humildad que hace crecer a una comunidad bien intencionada. Reconociendo nuestra falibilidad común, inspiramos no sólo a los cubanos de dentro a seguir nuestro ejemplo, sino también al resto del mundo.

La verdad es que, en lo que esperamos hasta que muera Castro para interactuar directamente con la Isla, sus sucesores están solidificando sus enlaces con la izquierda mundial, los viejos oficiales —con citas pendientes con la justicia por sus violaciones de derechos humanos— se están muriendo y la disidencia interna crece más desconfiada de la ayuda propuesta por la administración Bush y los cubanoamericanos que la apoyan.

El guión se está llenando de huecos. Las respuestas de los disidentes cubanos al reporte de la Comisión de Asistencia a una Cuba Libre sirve come prueba: los líderes de los movimientos pro-democracia agradecen el gesto, pero no van a aceptar ayuda estadounidense que imponga leyes extraterritoriales que infringen los derechos soberanos de Cuba, o que estén condicionadas a la existencia de un gobierno de transición que se doblegue a los intereses de Washington.

Escuchen bien, porque no es Castro el que está hablando. Este es el mensaje de los que todos los días sufren persecución, encarcelamiento y acoso, por el propósito de gestar la democracia y traer elecciones libres a la república.

Si el cambio tiene que empezar por dentro, en el exilio no cumplimos nada apoyando una política norteamericana que no es apoyada por los movimientos pro-democráticos dentro de la Isla. Los líderes de la comunidad deben ajustar su manera de pensar, y ver cómo trabajar con las limitaciones de un período autoritario post-Castro, si tal situación ocurriese.

Es mejor encender un vela…

"Si nos tocara perecer", advirtió Niebuhr, "el carácter despiadado del enemigo sería sólo la causa secundaria de nuestro desastre. La causa primaria sería que la fuerza de una nación gigante fue dirigida por ojos ciegos, incapaces de ver todos los riesgos de la lucha, con una ceguera no inducida por algún accidente de la naturaleza, sino por el odio y la autocomplacencia".

La cubana es una comunidad rica, trabajadora, educada y respetada, y bien conectada en el mundo entero. Si durante tal período los cubanos de adentro están dispuestos a cooperar y someterse a un cambio gradual —con reformas económicas que den la oportunidad a todos los cubanos de trabajar y prosperar, aunque quede corto de un proceso democrático—, el exilio debe ayudarlos.

Nuestro apoyo económico y moral durante un período tan crítico, y el intercambio de ideas que generaría, serán esenciales para que la democracia llegue y crezca saludablemente en Cuba. Como decían en el A.D.A., "es mejor encender un vela que maldecir la oscuridad".

Debemos desarrollar una voluntad para separarnos del guión neoconservador americano, para negarnos a emular la autoconfianza absoluta de las ideologías políticas practicadas por Castro y Bush. Con respeto a la ley, debemos tener la fuerza para decirle "no" a los gobiernos de EE UU y Cuba, si los intereses de nuestra gente así lo requieren.

Para lograr esto, debemos negarnos a apoyar políticas que, aunque sirvan para expresar catarsis ante pasadas injusticias, terminan separando a más familias y causando que los cubanos de la Isla, que tanto han sufrido, se sientan más inseguros sobre su futuro.

Como dijo Niebuhr: "Ningún acto virtuoso lo es desde el punto de vista de nuestros amigos o enemigos tanto como desde nuestra propia visión. En consecuencia, alcanzamos nuestra salvación a través de la forma final del amor que es el perdón". Sólo en el espíritu del perdón puede nuestro pueblo alcanzar un día la reconciliación.

© cubaencuentro

Subir