Actualizado: 26/04/2017 9:36
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Literatura, Exilio

Joel Franz Rosell, París

“Recuerdo que la noche antes de mi viaje fui a casa de una tía que tenía teléfono, para confirmar los detalles de mi llegada a Río de Janeiro. Mientras esperaba la llamada de larga distancia, escuchaba a Raúl Castro en la televisión, acusando al desdichado general Ochoa de cuanto delito cabía imaginar contra la Patria, el Socialismo y la fidelidad… a Fidel”

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Joel Franz Rosell, nació en Cruces, Cuba, en 1954. Escritor, ilustrador y crítico de literatura infantil. Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas (Universidad Central de Las Villas, 1979), ha trabajado como especialista literario, profesor, bibliotecario y periodista en Cuba y Francia. Dejó La Habana en 1989, residiendo posteriormente en Río de Janeiro, Copenhague, Buenos Aires y París.

Sus cuentos y novelas para chicos han sido publicados en Argentina, Brasil, Corea, Cuba, España, Francia, Gran Bretaña, Italia, México, Portugal. De su veintena de títulos cabe distinguir: Los cuentos del mago y el mago del cuento; Mi tesoro te espera en Cuba; La tremenda bruja de La Habana Vieja; La leyenda de Taita Osongo; Don Agapito el apenado y, más recientemente: Exploradores en el lago y El paraguas amarillo.

Ha publicado cerca de 200 artículos en publicaciones de tres continentes y el ensayo La literatura infantil: un oficio de centauros y sirenas.

Sus libros Aventuras de Rosa de los Vientos, Juan Perico de los Palotes y Pájaros en la cabeza han sido incluidos por la Biblioteca Internacional de la Juventud en su selección The White Ravens de mejores libros infantiles publicados en el mundo.

¿Por qué decidió trasladarse a otro país?

Joel Franz Rosell (JFR): Como todo cubano en la segunda mitad de los 80, yo ansiaba viajar, pero no tenía en absoluto el proyecto de emigrar. Yo comenzaba a tener un cierto reconocimiento como escritor y me sentía colmado desde que a mi modesto salario como especialista literario municipal del Cerro podía añadir lo que ganaba como guionista de Radio Progreso. Pero en diciembre de 1988, durante el Festival de Cine de La Habana, conocí a una francesa y fue —para los dos— amor a primera vista. Ella regresó al cabo de una semana a Brasil, donde residía, y desde ese momento solo pensé en reunirme con ella. Françoise no podía interrumpir su contrato de trabajo y, de todos modos, emigrar a Cuba era entonces casi más difícil que emigrar de Cuba. Por otra parte, yo no tenía nada que ofrecerle: vivía subarrendando un cuarto en el apartamento de un conocido, tenía la Libreta de Abastecimientos donde mi ex esposa, en el otro extremo de La Habana, no estaba inscrito en el CDR (Comité de Defensa de la Revolución) ni actualizado en el Comité Militar… o sea que estaba al borde de la ilegalidad. Por otra parte, mi necesidad innata de cambiar de aires había llegado a sus límites nacionales: después de dejar Santa Clara por Santiago de Cuba, y a ésta por La Habana, mi amigo el escritor Carlos Alé, me había pronosticado: “Tú hasta París no paras”.

En realidad demoré cinco años (tras dos en Río de Janeiro y tres en Copenhague, ambos destinos profesionales de mi esposa) en llegar a la capital francesa… para mudarme a la Argentina a menos de cinco años. Pero, al final de tantas vueltas, es en París donde he echado raíces.

¿De qué manera salió de Cuba?

JFR: Nos casamos el 26 de enero de 1989 (en el famoso bufete internacional donde los extranjeros pagaban cerca de 700 dólares la gestión que a un cubano le costaba entonces 50 pesos) y tras autentificar el casamiento en la embajada francesa, mi esposa regresó a Brasil. Tardé seis meses en reunirme con ella; pero al margen de algunas triquiñuelas administrativas cuya función era sacarnos la mayor cantidad de divisa posible, mi partida fue demorada solamente por la burocracia brasileña, que me negaba la visa de entrada.

Recuerdo que la noche antes de mi viaje fui a casa de una tía que tenía teléfono, para confirmar los detalles de mi llegada a Río de Janeiro. Mientras esperaba la llamada de larga distancia, escuchaba a Raúl Castro en la televisión, acusando al desdichado general Ochoa de cuanto delito cabía imaginar contra la Patria, el Socialismo y la fidelidad… a Fidel.

Un año después se había caído el muro de Berlín, la Unión Soviética entraba en proceso de disolución y Fidel Castro lanzaba el agónico Período Especial. O sea, que aunque yo me fui por motivos puramente sentimentales, la situación económica y de asfixia cultural en que Cuba entró en agosto de 1990 me hubiera conducido de todas maneras, como a tantos otros, a la puerta de salida.

¿Le ha resultado muy difícil adaptarse al sitio en donde reside hoy?

JFR: Como he dicho, tardé cinco años en instalarme en París; donde permanecí aproximadamente el mismo tiempo antes de partir a Buenos Aires por cuatro años y medio y regresar para la segunda estancia ¿definitiva? iniciada en septiembre de 2004. Mi estancia en todos los países donde he vivido fue extraordinariamente facilitada por el estatuto semidiplomático de mi esposa y por un respaldo económico que me permitió desarrollar mi carrera literaria sin tener que morder el cordobán en trabajos alimentarios que me apartaran de la creación.

Cuando me instalé en Francia por primera vez, ya hablaba francés y tenía nociones de cultura, modos de vida y funcionamiento de la sociedad francesa. También tuve la suerte de trabajar durante cinco años en la redacción América Latina de Radio Francia Internacional, que me ofreció una especie de territorio transicional. A menos de cuatro años de mi llegada publicaba mi primer libro francés, y otros dos en 2000 y 2001, respectivamente. En aquella época, la economía gozaba de mejor salud y la situación socio-cultural era más favorable que en la Francia posterior a 2004. Tuve suerte porque en este momento, divorciado, ya estaba en mejores condiciones para seguir solo en un mundo muy diferente de aquel para el que fue educada mi generación por el socialismo castrista.

¿Cuál ha sido su trayectoria artística en su actual lugar de residencia?, ¿qué logros ha obtenido?

JFR: Cuando llegué a Brasil el 22 de junio de 1989, ya hablaba portugués y conocía a varios escritores y especialistas brasileños de literatura infantil. Ambas cosas hicieron que la tercera entrada de mi bibliografía fuese un libro brasileño; publicado un mes antes de mi partida rumbo a Dinamarca y cuatro años antes de que su versión hispana, ampliada y corregida, diera comienzo a una lista que hoy cuenta unos 15 títulos en la Península. Dinamarca es el único país que he habitado donde no conseguí publicar, pues en Argentina, la cuarta etapa de mi deambular, publiqué cuatro libros (el primero a ocho meses de mi llegada) y tuve responsabilidades en la Asociación de Literatura Infantil de Argentina.

En Francia he publicado siete libros (soy el único cubano especializado en literatura infantil presente en los catálogos galos) y pertenezco a cuatro asociaciones (una de promoción de literatura infantil, otra de promoción de la cultura caribeña y las otras dos, de autores). Aunque padezco la misma invisibilidad que cualquier autor de literatura infantil francés “del montón”, estoy integrado al sistema cultural francés, que es relativamente protector y muy dinámico. En España, donde nunca he vivido, y en Hispanoamérica (en menor medida) soy relativamente conocido, aparezco en algunos diccionarios de autores de literatura infantil y gozo de buenas críticas.

¿Qué opina de la sociedad de la que ahora forma parte?

JFR: La sociedad francesa evoluciona de una manera que me preocupa tanto como a la mayoría de los franceses que se reconocen y reivindican en la República humanista, democrática y solidaria surgida tras la Segunda Guerra Mundial. El neoliberalismo devora el Estado de Bienestar, la gente se vuelve pesimista y conservadora, los emigrantes se encapsulan, crecen la xenofobia y el racismo, el acceso a la cultura se hace más difícil para el pueblo y la remuneración de su trabajo se le complica paulatinamente al creador. No todo está perdido, pero todas las condiciones se van creando para que todo lo que ha hecho admirable a Francia se pierda en aras de la rentabilidad, el individualismo y el consumo imbécil. Es lo mismo que ocurre más o menos en todas partes, pero no pierdo la esperanza de que los franceses sepan (sepamos: hoy soy uno de ellos) preservar su “excepción cultural”.

¿Alguna otra observación para los lectores de Cubaencuentro?

JFR: Me gustaría que Cubaencuentro, sus lectores, y todos los cubanos del Exterior prestasen más atención a los libros para niños y adolescentes.

Emigrar puede ser una ventaja si el emigrante aprende a ser bicultural: a preservar su cultura de origen y trasmitirla a sus hijos, al mismo tiempo que se integra perfectamente a la realidad en la que vive y en la que sus hijos (o nietos) han nacido o se forman. La identidad del cubano es muy fuerte en aspectos tales como idiosincrasia, hábitos gastronómicos y, en el terreno de la cultura, música y danza. Pero eso no basta. Un cubano pleno —de Adentro o de Afuera— tiene que conocer toda la riqueza de su cultura de origen, y en particular debe acceder a la Literatura —la palabra hechizada, y hechizante— que es la mejor garantía de acceso íntimo y consciente a la Historia, las tradiciones; el patrimonio inmaterial cubano en su conjunto. Los cubanos emigrados de segunda, tercera o cuarta generación tendrían que leer más su lengua y frecuentar su realidad e imaginación literaturizadas. Un niño cubano escolarizado en Estados Unidos no puede contentarse con la lectura de Harry Potter y Dr. Seuss en inglés, y de algunas leyendas y tradiciones cubanas en español; también necesita conocer la Literatura que han creado y crean para él los intelectuales de su Patria, y poderla compartir con sus adultos en la construcción de un sólido patrimonio afectivo e imaginario común.


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