La última adivinanza del mundo

Froilán Escobar

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Yo escribo sobre aquello que está escondido dentro de mí.

José Lezama Lima

Las fuerzas cubanas ya galopaban sobre el tablero de Orula con fundamento de llegar hasta Mantua. ¡Va a bailá caballito!, es lo que decía Mamá Goyita que decían los caracoles. Mi papá no podía esperar más. La tarde, sin ningún habido de la luz, aguantaba el peso en sombras de la noche sobre una ceiba. Tenías que partir. Tenías que despedirte. Tenías ya marcado el tiempo. Afuera, vivaqueando en la lejanía, sonaban los tiros de la guerra. Maceo apuraba la matazón. El mundo en que vivíamos está que estaba terminando. Te empinaste en alistamiento y, según maña tuya, hiciste enderezo del cabo del machete en el empeine de la cintura. Pero antes de irte, ahh, oilé, en profesión de impulso, tocaste la tierra con la yema de los dedos, hiciste un mohín desde el recuesto del hombro y te volteaste hacia mí, que comparecía con los ojos salidos. Era el final. No habría más ningún otro verte que hubiera. Recién habías cumplido 38 años y hoy comenzaba a empezar el principio de tu otra vida, la que aún no tenías...

La realidad, entonces, no sabía de saberse. No la agarrábamos. No estaba en lo palpable. Era un montón dichos de pedacitos rotos o de desmesuraciones de maltratos que nos llegaban. Estábamos metidos dentro de la noche sin que pudiéramos salirnos de sus oscuridades. La laguna de Las Ovas no era más que un lagrimero, el charco de un llorar, según decían los viejos. A partir del cruce de Maceo por aquí, la tea del incendio empezó a perturbar las leguas tristes de los campos. Veíase a Changó lanzando su piedra del rayo y a la noche pelearse con el chisporroteo. Trataba de cortarle el moño. De no dejar que se subiera la candelada para arriba. Pero ya los mambises cabalgaban momentáneo por cerca de Pinar del Río, haciendo arrecio de amago sobre la plaza. Yo escuchaba con los pies el retumbo, como si el lomo de la tierra fuera a quebrarse. Aunquecito, debo decir, la humasera, que tapaba en sofocación el poco cielo que teníamos, era lo que nosotros comprendíamos cierto. La figuración de la realidad, como ahora sobre la tela cuando tejo, no la había por ningún lado exacta. Nosotros vivíamos en un lugar donde nunca nada estuvo sucediéndose, porque no estábamos pertenecidos a nada. A lo sumo, al nombre que teníamos. Era lo que nos ayudaba a mantener la fe de que en verdad existíamos. Fuera de las tres o cuatro casas que bordeaban la laguna de Las Ovas, no quedábamos vecinos más que de la noche, único haber a la redonda. Los árboles y animales, que barullaban un decirse, un silencio allí que paría extraño los ruidos. Era como con cosa de que el callar del mundo tuviera, para presentarse, golpecitos. Estábamos monte adentro. En lo perdido, donde la manigua. Donde ningún donde. Sólo donde lobregaban las sombras. Tal vez por eso nos llamaban guajiros, zarrapastrosos, cometierra. Guajiros de lo más último de la isla, donde el sol, empujado por el mucho peso de la oscuridad, no daba en ponerse, sino en permanecer caído tras las lomas de los potreros, sin los resplandores de su crepúsculo. Gente oculta, inculta, pobre, escondida de la vida, que bailaban a los muertos y bautizaban a los hijos escupiéndoles sal en la cabeza. Eso. De ahí en fuera: palabras, nombraciones en las que no comparecía puesto ningún retrato. Mi mamá mencionaba, verbigracia: harina, ñame, o un compuesto cualquiera de lo que comíamos, ¿y qué quedaba detrás mismo de lo que decía? Nada. Un aire. La palabra, apenitas. Ni un más. Ni un ni. Ni siquiera un sabor de frijoles. Lo que la boca pronunciaba, la barriga carecía de tenerlo. Mi papá hablaba a veces de otros lugares que había situados más allá de lo negro. Un decir: San Juan y Martínez, Río Feo, Río Seco, Mantua, La Coloma o La Habana, pero yo no alcanzaba a que pudiera verlos. No comparecían estos pueblos de verse puestos en la distancia. Éramos huérfanos de sus presencias que tuvieran. Estaban, pero sólo en su voz, cuando pronunciaba de nombrarlos.

[…]

La guerra soltaba total un relincho. A cada rato se oía el campanear de bungas en los bateyes. Traían noticias de cargas al machete y desguazo de gruperas. Mataban y morían. Mataban y morían. Jué, sin parar. Changó tiraba su piedra del rayo, ¡busumbán!, desde arriba, y Oyá, más atrás, echaba la candela. Se soltaban a caer rayos. Era mucho el repetirse mismo de la muerte. Los Ikú no paraban: iban en un cobrarse la vida por todos lados. Era grande el reguero de los que caían sin saberse cuáles quienes eran ellos. La peste, queriendo llegar a todas partes, estaba también pareciendo ser humo. Ya nadie podía tomar buches del respirar sin que le repugnara tragárselos para adentro: vomitaba los cuajarones negros del tizne podrido por las narices. Era mucho terriblimiento el que nos amenazaba. Muchos caballos corrían solos, dislocados, sin sus jinetes que tuvieron, por los campos. El aire se llenó de presagios dichos, pero de mi papá no llegó ni un ningún. La realidad se rompía en el misterio y venían, entonces, disfrazadas de lo real, las leyendas con que nosotros, por sigilo de ocultación, o por existir puestos fuera de la vida, supersticionamos: que si lo habían visto en la Sierra del Infierno ardido en calenturas y untándose saliva de tabaco para sanarse las heridas con las que se dolía; que si rengo de los pasos, trastabillando un sofoco, porque el morderle de las balas en el acribille de los combates lo había mermado de las piernas y andaba en un caerse, peregrinando así, inmóvilmente; que si huido con una negra por el Hoyo de los Cimarrones o levantando querencia de cochinos por el lado de la Loma del Brujo; que si cagüeiro en el monte, oculto de cualquier gente que lo viera, muy en lo dentro de la espesura, colindando allende allí con un colibrí que despalillaba vuelo en las flores; que si baldado de un brazo porque hubo de talar bosque de pescuezos en la carga de Río Hondo; que si se portó diamante en el combate de El Rubí; que si fiestando; que si muerto; que si calimbado; que si con espejeras en lo debajo de los ojos por muchos días sin dormir y sin alcanzar bocado; que si tan hereje de ropas que al inclinarse en la yegüita se le oteaban los fondillos...

Fue un oír de tantas deformaciones y confusiones que culminé evacuada en un grito: ¡Papá! ¡Papá!, pero mis palabras se quedaron sin tener ninguna realidad: sin que lo estuviera aquí por más que lo nombrara... Su existencia, para nosotros, quedó truncada ahí. Del afuera tan único llegaba del aire un soplido: que Maceo se revolvió a tajazo limpio por vuelta de Río Seco y Tirado, donde, según lo dicho, perdió la victoria con un tal general Luque, quien lo embistió copioso de balas y chapeó bajito un platanal. Maceo, supimos, no tuvo otra que salirse en apuro hacia Guane, pero no perdió el brillor de su aché, del poder de su deber: llegó, remolino, a Mantua.

Dos días después de apersonarse en este pueblo con revuelo de campanas, salió vuelto, en contramarcha, de vuelta hacia Vueltarriba. No detuvo las velocidades de su caballo. No dio respiro a los españoles. Pero eso era lo que se decía. Lo que nos llegó con el ventarrón a las orejas. El tiempo donde vivíamos los de acá, no se molestaba en irse para ningún lado. La noche no sabe del tiempo. No tiene pasado, es un presente que no pasa. La noche dura en su eternidad. En lo oscuro lo que se mueve es la luz; las estrellas y la luna. Lo que camina es lo que tiene fin de acabarse. La noche se portaba quieta, sin salirse de aquí, como si sólo estuviera en el percatarse de las dilataciones de las ovas en la laguna. Afuera, con la guerra, el tiempo empezó a moverse de seguido, con un galope de todas sus patas sueltas en desboque por la extensión de los potreros. Fue un plazo que vertiginó sin que no hubiera otro oírse que el estruendo repetido de los combates. Acaecía multiplemente un suceder de lunas rotas en menguante. Aunque a mi padre no lo supimos más. A pesar de todo aquel ruido creciente de Changó sonando el acheré, lo que él vivió en lo adelante, después de esa noche de su partida, quedó total en el silencio.

[…]

Así estuve hasta la noche en que soñé la pesadilla. Mi papá galopaba entre las raíces colgantes de dos jagüeyes jimaguas, abriéndose paso a machete. Pero los jagüeyes, como un pulpo, lo abracaban. Por más que él cortaba donde aquel alrededor, defendiendo que los filamentos colgantes, que crecían y crecían, no alcanzaran a cogerle agarrada su sombra. Estaba nacido desde los pies para arriba con ella. Comparecía siempre donde él estaba, cumpliendo la bendición de ser su ángel de la guarda. Uno no puede perder su sombra porque, sin este haber que te cuide, quedas sin la identidad ninguna del alma. No podía dejar que los jagüeyes se la arrancaran quitándosela de su costado. Batalló por cortar las raíces, cortándolas de cuajo. Un ciclón. Giraba vertiginoso. Yo veía que no daba tregua. Metía cuchillazos sin parar. Sin embargo, pero el daño ocurrió: en uno de los lances, en que su persona hubo de separarse en inclinación para alante, los jagüeyes aprovecharon y se la arrancaron desde el atrás mismo del caballo. Su sombra salió despavorida por el aire, sin que ya la estuviera tenida con él. Él se alargó todo en las manos, crispando un desespero por no dejar que se la llevaran. Se volvió furia, furiante, furibundioso; y aunque rajó a machete toda aquella malditez de gajazón, haciendo múltiples destrozamientos, no pudo, no alcanzó a poder alcanzarla. Y, al perder el resguardo de su ángel, ¡jue!, su cuerpo quedó solo, bilongueado, cabalgando al garete, como dislocado en muñeco. La yegüita iba para la parte de un lado de un camino, y él, sin la dirección de su fundamento, para otro. No hubo, habido, un haber. Y para que se hiciera firme el mal agüero que se anunciaba: cerca de donde estaba, en el fondo de atrás del campo, un caballito del diablo le clavó su punzón negro a la araña y, al enterrarla debajo de los jagüeyes, dio en nacer en el allí una zarza, cuyas espinas enconosas, malignan. Era ya total el maleficio.

[…]

En el angustiamiento que me cayó, para que el daño no llegara a cumplirse, bañé a Elegguá con malanga, le hice rogación, poniendo sobre una hoja pedacitos de pan mojados en manteca de corojo y corrí donde Mamá Goyita, mi madrina. La encontré, para mi sorpresa, encendiendo una muinda, una vela, y haciendo ofrenda de frutas de pitahaya a los Ibeyi, los jimaguas sagrados. Humm, los jimaguas, presentí en barrunto, que ella estaba en la cosa. Por la forma en que se mostraba lo oculto. Tenía la cabeza envuelta en un pañuelo blanco y en la boca un mocho prieto de tabaco. De su frente le estaba brotado un paisaje que ofrendaba, ilé obba, luz. Ella, como la palma, custodiaba el secreto del fundamento lucumí. Y como tenía la gracia de consultar a Orula, estaba en posesión de decirme qué le había pasado a mi papá. Con sólo asentarse en el itá, donde se redondeaba el mundo, y partir un coco en cuatro pedazos, podía hacer adivinación de los agüeros ocultos.

Por eso, tan pronto me vio la cara que traía, me dijo en lengua para que me tranquilizara: Dedé mi to é. Se hincó en sus rodillas y pronunció bajito: Obbi Elegbara, y más atrás, las palabras de una plegaria. Me dio, pronunciando hacia mí los ojos, su iddé, la pulsera ensartada de rodajitas verdes y amarillas que nunca se quitaba y que le abrazaba en protección la muñeca y con la que, mediante invocación, manejaba uno de los cuatro vientos. Yo pongá ofrenda, mi niña, pa que santo de lo arriba pongá oreja. Era el menester. El alistarse. Partió el coco en cuatro pedazos, preguntó por mi padre, y los lanzó al aire con una vibración. Hizo apriete de los dedos de la mano izquierda y tocó, con los de la derecha, tres veces el suelo. Obbi elé bako, dijo otra vez un pronunciar. Los pedazos giraron sin dirigirse todavía para ninguna parte, pero al caer, soltaron su poder y aparecieron tres pedazos boca abajo y uno boca arriba. ¡Ah!, caéocana, dijo con preocupación.

Encendió a la carrera otro cabo de vela delante de Elegguá para que a mi papá se le abrieran los caminos; de seguida, volvió al tirar los cocos. Esta vez el giro con que estuvieron en el aire se hizo más en un demorar: los pedazos volaron alto y se quedaron como en flotación antes de descender. Al dar contra la tierra, en el juego del disloque, se volvieron vueltos todos con la masa blanca para abajo. ¡ Jué! CaéOyékún. Mala letra, anuncia muete, mi niña. Changó echa habla y dicí que lo papá tuyo tá en mala posición: tú tié que cambiá su suete. Eto tá malo, noche ya tá pueta, pronunció Mamá Goyita, y metió apurada un jalón a sus orejas y otro a las mías. Eto tá malo, mi niña, Obbi dicí que no otra ve. No se pué preguntá má. Muete tá cebca. Son hora de corré apurao. Pa ayudá tu papá, tú tié que hacé ebbó: tú tié que aprendé a hacé tejío.

¿Para encontrar a mi papá, tengo que tejer? Así mimitico, mi niña, contestó Mamá Goyita con la gracia de Olofi en su lengua. Yo, todavía, insistí: ¿Pero tejer qué? No entiendo el comprender. Tú tié, mi niña, que tejé lo realidá, pronunció con mucho serenamiento . Olóugo malo trabaja con daño a tu papá. Él roba sombra. Cuepo de tu papá queó solo, cuepo va caminando solo, sin dejá pueto en lo suelo ninguna maca de sus pasos. Tú tié que tejé camino, tu tié que hacé que pamma tengá otra ve siete trella. Quié hacé ebbó, lo hacé tó, mi niña.

[…]

Pongo a mi padre en un caminar vivo sobre el paño. ¡Un prodigio! Con cada paso suyo, que embono por dentro de los mogotes de la cordillera del Guaniguanico, lo tengo más en mi delante. ¡Lo vuelvo! ¡Lo vuelvo! ¡Elegguá me abre los caminos! Bailan mis dedos. Saltan muy con desespero mis manos. Y de las sombras sales tú, papá. ¿La noche en que partes sobre esta madeja tiene igual oscuro que la noche aquella?

[…]

Me monto en un correr sobre las agujas, buscando un seguir donde alcanzarlo. De todas partes me llegan avisos que me apure. Vuelve, sobre de un lado del paño de guarandol, a cruzar Maceo, y, sin que yo la enhebre todavía, cruza también el atardecer de la noche yéndose hacia los ponientes del Cabo. Changó tira su odduara, la piedra que se come la oscuridad. Es un último habido de la luz. Y más acá, ya en presencia allí de lo que tejo: mi papá, existiendo en lo delante mío otra vez, donde al mirarse en el fondo de la palangana, se le salta el sombrero que le revolotea dando vueltas, producto de los erizamientos con que se le desgobiernan los pelos en la cabeza. Estoy repitiendo su vivir, su ilé olódin. Doy todo rápido las puntadas para que aliste el jolongo y agarre al tiento el machete. Toca, todavía, la tierra del piso de la casa con la punta de los dedos, saludando su despedida.

[…]

Lo real sólo empieza a existir cuando empiezo a tejer los hilos. Hago el acerque, por apercibir, y, ah, jué, de a viaje, muéstrase mi papá saliendo vivo de la tela. Al momento mismo puedo ver un palmar neblinoso entre los mogotes. Ya ni tengo que asomarme a la ventana por comprenderle bordes a los horizontes. La tela es la ventana. Se abre a medida que tejo, hace que en principal el mundo se meta por allí.

[…]

Por eso sigo . Sin un parar, por sobre lo arrugado del género susurrante de la tela. Mi padre camina largo sin tino pero con destino, aunque ni un pedazo de cielo pueda distinguir. Cabalga así el fin de la noche. Yo tejo con muchas puntadas su angustiado paso. Y ahí, por primera vez sobre la tela, ¡jué!, alborea el día. Colúmpiase con pedacitos de clarores vivos. Sucede antes de que rompa el avemaría en los cafetales; pero como a mi papá el día que yo le regalo ahora lo delata, se mete a esconderse en el monte. Yo en mi yo, tiemblo. No me alcanzan las hebras para tejer el derredor. No me alcanzan tampoco los ojos. Es un moverse toda entera la fronda de ocujes, frijolillos, yabas y ácanos que, por el descollar alto que tienen, no dejan contemplar el asomo lindo de las palmas. Y, oilé, pasan por sobre arriba, bandadas parlanchinas de cateyes y cotorras, que buscan ir más hacia donde, dicen, se esconden los guananiquinajes: perros mudos titulados así de nombre. Por tanto matorral el follaje, mi padre se me pierde de la vista. Tengo que desapretar los hilos para abrir ranuras que permitan entrar rayitos chiquiticos de la luz, con fin de distinguir su figura.

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