Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Literatura

Pequeña cronología de la seducción

«He trabajado el erotismo bajo el poesía, porque para nosotros el sexo sigue siendo un misterio», afirma Juan Claudio Lechín sobre su novela 'La gula del picaflor'.

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Háblenos de la novela que promociona en España, ¿cómo surgió la idea de su argumento?

El libro trata sobre un congreso de seductores y nació de una idea que yo quería llevar a la práctica: lo que sucedía en América Latina. En una mesa de hombres siempre aparece alguien que es un buen narrador y cuenta sus aventuras amorosas. Lo más importante no es que sea verdad, sino emocionante. Quería hacer un congreso con este género tan iberoamericano. Virtualmente no tomado en cuenta más que por la cotidianidad de los hombres.

A Teresias, el sabio ciego visionario, que durante su vida fue siete años mujer y después fue hombre, Zeus le preguntó que quién gozaba más del amor, y Teresias le dijo: 'si podemos dividir el goce del amor en 10 partes, la mujer goza nueve y el hombre una'. El hombre, con ese uno, fabula, fabrica, anhela, piropea, se ufana.

Mi anhelo más grande es que se hubiera convertido en un género latinoamericano, que cada país tuviera su congreso. Pero decidí hacerlo en la novela, en que con un orden democrático se logra por sorteo un participante por estado, y donde Elisabet es la única mujer invitada.

¿Qué significado tiene en la parte final del libro la presencia de ese personaje con un discurso que anuncia una nueva era dominada por las mujeres?

Creo que este siglo es de transición del poder masculino al femenino. En la novela, los primeros seductores son del campo, los segundos son urbanos, los terceros son internacionales, y la mujer habla del futuro. Hay una pequeña cronología de la seducción.

El mundo va hacia una hegemonía de la mujer y, por supuesto, no podemos hablar de seductora, porque la mujer es seductora por naturaleza. Su gran poder es la sensualidad, que la cultura judeo-cristiana se la quita para privarle de ese poder.

Para que no se repitieran las historias, cada uno tiene distintas razones por las que es un seductor. En un caso es Edipo, un hombre joven enamorado de una mujer mayor; en otro es Electra, un hombre mayor enamorado de una joven; en otro es venganza, un indio se venga de una mujer de clase alta. Para que cada uno pudiera tener un arquetipo, un sentimiento humano, un motor distinto para la seducción. Si bien esta aparece como igual, que es un hombre conquistando a una mujer, las razones son diversas.

El Don Juan clásico es hedonista per se. Sin embargo, el personaje de su novela ha tenido una activísima participación social, política. ¿Aquí el arte de la seducción se complementa con el del poder?

Sí. En el caso de varios seductores podrías pensar que algunos no lo son. Aunque los estereotipos europeos son Don Juan Tenorio, que odia a las mujeres y les quita la honra para contarlo, y Casanova, que ama a las mujeres, en ambos casos son hedonistas. Había en los sesenta un actor mexicano llamado Mauricio Garcés, que siempre hacía de un seductor precioso, con laca en el pelo y un pañuelo de seda, pero he conocido a seductores, tanto de palabra como de acción, que son desde mozos de hotel hasta taxistas.

Su Don Juan es un hombre enfermo, decadente, que ha creado este congreso para apropiarse de las historias de otros. En ese sentido, ¿se ha subvertido el mito del Don Juan clásico, viril y bello?

Este hombre no tiene memoria. Él fue bello, poderoso, y fue un seductor, pero no se acuerda de sus historias, ni de su historia política. No le queda otra para retener la temperatura, porque a esa edad no quiere más que tener cerca a la estudiante. Lo único que le queda es este congreso de seductores, para rápidamente, como su memoria es tan corta, tomar esas historias y contárselas a ella, porque al día siguiente ya se olvidó. Es una falencia humana de la desmemoria, más que una mentira o una frustración de su juventud.

Porque cuando tenemos el cuerpo y la memoria intactas, podemos hacer de todo. Cuando sólo queda la chispa, una pasión primordial indica que ahí radica el gran poder.

¿Hasta qué punto hay un guiño en este libro a 'Las mil y una noches' y 'La Casa de las Bellas Durmientes', de Yasunari Kawabata?

Debo confesarte que el Don Juan es mi papá. Lo he visto destruido y, de pronto, cuando llega una amiga mía, se levanta y empieza a dar órdenes. Aunque no creas, era una persona que contaba muy bien, pero siempre invertía las historias, para que no se supiera jamás qué mujer era. Un día me di cuenta porque yo conocía a la señora y también la anécdota.

En cuanto al lenguaje de la novela y la estructuración de las historias, ¿hay una apropiación de referentes literarios como 'El Decamerón'?

Sí. Lo que pasa es que no hallaba cómo contar siete historias que no fueran cuentos sino novelas. La única forma de transformarlas era que el narrador que enebra los cuentos sea el mismo tema y el mismo personaje. Era la manera de convertirla en novela y no cuentos aislados. Ahí nació la idea de hacerlo como El Decamerón. Con voces distintas, porque América Latina es eso.

Aunque, por ejemplo, en determinados términos locales he tratado de contextualizar, con sutilezas, sin que parezca muy torpe.

El tema de la sexualidad, el erotismo, ¿ha sido recurrente en su obra?

Trabajé cuentos eróticos. El erotismo siempre bajo el poesía, porque a diferencia del erotismo germánico, que es explícito, porque consideran que el sexo es natural, para nosotros, desde la cultura del Mediterráneo, el sexo sigue siendo un misterio y lo único que puede devolverle el misterio es la palabra poética.