Opinión

En clave cifrada (II)

A la larga, la ganancia será neta para Günter Grass y su obra, si logra vencer su incapacidad para separar vocación política y quehacer literario.

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Zigzagueo de cara al castrismo

En el caso de los países latinoamericanos —y de Cuba en particular— cae, para disgusto del difunto Jesús Díaz en su momento, en la incongruencia de dictarles ex cátedra a sus pueblos el modelo castrista que rechazaría para la Europa desarrollada. Es de lamentar que esa postura, más basada en su fobia al establishment norteamericano que en un conocimiento cabal de la Isla y Sudamérica, se revierta en un conspicuo zigzagueo de cara al castrismo.

Veamos: en 1971 es uno de los intelectuales de fuste que firma por la excarcelación del poeta Heberto Padilla. En mi caso, se interesa en 1993 por la suerte de un disidente preso y, acto seguido, aboga por el diálogo y la tolerancia en misma sede de la UNEAC de donde fui expulsado junto con la poetisa María Elena Cruz Varela, también en la cárcel.

En 2003 firma la carta de condena al gobierno cubano por la redada de la Primavera Negra. Apenas dos años después hace otro tanto en defensa de los cinco espías castristas arrestados en Estados Unidos, echando, tal vez sin querer pero de facto, en un mismo saco a opositores pacíficos y vulgares soplones del exilio a cuenta de un régimen que él mismo calificara de "dictadura".

El efecto retroactivo de ese acercamiento a los malabarismos ideológicos de la progresía, el lastre de su parcialidad dentro y fuera de Alemania y, en especial, el vicio oracular de pontificar sobre acontecimientos en curso, harán declinar sensiblemente su estro en textos cada vez más infelices. Ejemplos de ello son: Malos presagios (Unkenrufe, 1992), Es cuento largo (Ein weites Feld, 1995, sobre el supuesto fiasco de la reunificación alemana; de nuevo el aguafiestas), Mi siglo (Mein Jahrhundert, 1999) y A paso de cangrejo (Im Krebsgang, 2002), sin duda su relato más ambivalente, razón por la cual fue publicado en Cuba el año pasado.

Romper el tabú de los tabúes alemanes

El Nobel llegó. Pero Grass había llegado a la cúspide levantando desde el principio el índice del magister dixit. Luego, consciente y/o inconscientemente, acaso la euforia del éxito, su galopante agenda narrativa, el aluvión de premios y honores, la consolidación de su prestigio internacional, el lastre cumulativo de haber sido durante tanto tiempo azote de sí mismo en carne ajena, el horror creciente a las consecuencias de un destape extemporáneo de sus nexos con las SS-Waffen y, la perspectiva del Nobel y su obtención, le fueron haciendo cada vez más difícil romper el tabú de los tabúes alemanes de postguerra desvelando su pacto fáustico juvenil con el nacionalsocialismo.

A la postre, cedió al pertinaz aguijoneo de su conciencia. Tres años le tomó preparar su autodefensa, y lo hizo de la única manera asequible a un viejo narrador que ya confunde la ficción con la realidad: como texto literario. No funcionó. Y Grass —amante de la buena vida, gourmet, fumador, bailador, galante y dicharachero, en suma, hedonista a la cubana— está viviendo por primera vez desde la postguerra un pasajero cuarto de hora amargo.

Antes bebieron la cicuta griega el cronista Günter Wallraff, otrora paradigma de la literatura de denuncia en la RFA, caído en desgracia hace poco por apuntalar sus espectaculares reportajes con datos de la STASI (Seguridad del Estado de la RDA); y el narrador neoexistencialista Peter Handke, por haber llevado su plaidoyer por Serbia hasta la aflicción al pie de la tumba abierta de Slobodan Milosevic. No se salvaron.

Igual suerte corrieron los escritores abiertamente comprometidos con el régimen de Erich Honecker: sus obras completas —tomen nota, por favor, los plumíferos incondicionales del patio— sirvieron como materia prima de la industria papelera o se apolillan en las bibliotecas como documentos de interés arqueológico.