Artes plásticas

La guaracha del hombre camaleón

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Se corre el telón y aparece, dramático y persistente, el Tiburón Sarmiento o Sharkmiento, como prefiere llamarle Garrincha a esta versión dalineana, con corbata de SpongeBob SquarePants y espejuelos de pasta retro de Chanel, de Eduardo Sarmiento, uno de los fundadores del habanero grupo Camaleón.

"Vida nueva, software nuevo", dice mientras sonríe misterioso y se lanza al tráfico, simbólico y automovilístico, de la ciudad reverso, intentando salir a flote con la energía del corcho o la tenaz capacidad de adaptación del hombre camaleón. Está corriéndole el año 2006, y el joven diseñador e ilustrador monta su teatro personal en alguno de los suburbios de Miami, desempacando sus pocas pertenencias: un pulóver con un huevo frito y un paquete de viejas acuarelas.

Es otro de la cínicos antisténicos que viene a representar su papel de náufrago en el exilio, como antes en la Isla. Flotando cáustico sobre el asfalto, transportando esquemas, dándole sentido a su vocación contestataria. Como un auténtico hombre camaleón tiene una carta bajo la manga: no ha perdido la capacidad de asombro; por eso recrea en su obra alucinada los excesos de la sociedad de consumo, se sumerge en las avenidas del cibersexo, donde el goce virtual conduce a un hedonismo estéril.

Su obra, más que erótica, se convierte en una recreación de su vida, un sketch de sus fantasías o una denuncia de las realidades que lo aturden. Heredero de ese venero cínico del arte cubano contemporáneo, Sarmiento llega en su irreverencia a manejar discursos de catarsis y motivos que han sido verdaderamente heréticos dentro del canon cubano. Martí "pirata" y amigo. Noble "mercenario" a sueldo de las más variadas demagogias. Autor intelectual del caos, patriota descontextualizado y fantasma personal de todos los cubanos.

En otro de sus paradigmáticos autorretratos —su obra egocéntrica y autobiográfica, está llena de variaciones sobre sus tragedias domésticas—, confiesa con una honestidad escalofriante que "es tiempo de conocer el yuma", de hacer valer su derecho trashumante mientras salta sobre un caimán moribundo, un animal patrio que es a(isla)miento y encierro. Dejándonos la apreciación de que no se trata en este caso de un testamento político, sino de una alternativa cínica que no exige excusas. No hace Mea culpa, porque ha entendido hace mucho tiempo que su papel de víctima lo exime de esas obligaciones éticas, de esos coqueteos con lo políticamente correcto.

Otra obra viene a completar de una manera más simbólica la idea de la insularidad. Una estrella segmentada, transformada en barco que navega sobre las franjas ondeantes de la bandera, reafirma la confluencia de las fuerzas centrípetas y centrífugas de la nacionalidad, como que en la esencia de todo encierro está latente la posibilidad de fuga.

En los últimos años, el tiburón Sarmiento, dios y diablo, proxeneta y poeta, puta y virgen, protagonista de todas sus historias, ha recreado un imaginario simbólico, aplatanándose, dominando las riendas del spanglish por los corredores de una nueva cartografía humana, como si fuera un nuevo "pícaro" de Abela, bilingüe y transterritorializado. Bajo esta máscara, Eduardo Sarmiento sobrevive a las sacudidas contextuales, cuestiona, clava sus arpones —sus pinceles— y echa el ancla, quiere ser ciudadano del mundo, pero como un san Sebastián asaetado, un camaleón de identidades cruzadas, Cuba lo sigue aguijoneando, aunque sólo sea una bruma en lontananza.

Por Joaquín Badajoz, Fairlawn, 2008

Vea la web de Eduardo Sarmiento: www.eduardosarmiento.com


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