Cómicos en al aire

Ramón Fernández Larrea

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Cómicos en el aire[1]

El Programa de Ramón : La historia jamás contada

Ramón Fernández-Larrea

A Jesús Díaz, que tantas veces me animó a escribirla

Donde nombro lo del nombre y otros nombrados nombretes sin membrete

Era mediodía y febrero, y el mar estaba cerca, en calma. Sacudí los dados del cubilete con la secreta esperanza de que aparecieran los dos puntos rojos que me faltaban. Miré al Papín, el mulato alto que despachaba ese día en La Piragua. Calenté motores con un trago del mal ron Legendario, servido en vasitos encerados de duro frío. El Papín achicó los ojos cuando rodaron perezosos sobre el mostrador de zinc, con un estruendo que apagaban los gritos de los parroquianos. Uno de los dados quedó directamente clavado en la sombra de mi mano: rojo. El otro continuó dando lentas vueltas, como un holgazán que se despierta. Uno, dos, tres segundos. Miré al Papín y levanté aquella simulación de vaso, apurando el líquido ardiente: “Carabina de ases”, dije como en un susurro. Él dijo “Sí, señor”, y algo parecido a una sonrisa le pasó por el rostro. Siempre decía “sí señor”, en las buenas o en las malas. Yo me reí suave, con la boca arrugada por el sabor del ron. “Así se llamará el programa. Carabina de ases. Suena bien, ¿no?”. El Papín se pasó la gran mano por la mejilla izquierda que merecía otro pase de navaja. Puso por un momento los ojos medio bizcos, como solía hacer cuando algo no le cuadraba bien. “No sé, blanco, esta gente es muy rara. El juego está prohibido”. Abrí la boca entre el asombro y la espera, sabía que él era lento, pero aplastante. Entonces lo soltó: “Con ese nombrete se la pones en bandeja, blanco. Nunca te regales. Amaga pa’un la’o y tira pa’otro. No sirve entrarle a la candela hecho una brasa”. Le hice el gesto de siempre, como si le disparara en medio del pecho con mi diestra, y me alejé, siniestro, metido en mí mismo.

(…)

Cuando llegué al quinto piso del edificio de la calle N, inmerso ya en el ir y venir de la dinámica de toda emisora, llevaba más confusión en la cabeza. Me urgían con fechas de salida, con el equipo de locutores que utilizaría, con el formato y con el puñetero y definitivo nombre del programa. Todo el ambiente favorecía mi caos personal. Pero, en esos prontos que llaman inspiración, escuché una conversación en el estrecho cubículo de Asistentes de Programas.

MUJER 1: ¿Se sabe cuándo va a salir el programa de Ramón?

MUJER 2: No, niña, el pelú sigue pensando.

MUJER 3: ¿Cómo se va a llamar ese programa de Ramón?

MUJER 2: Nadie sabe. Sólo me informaron que el programa de Ramón iba a ser diario, y que duraba una hora.

MUJER 2: Dios mío, qué locura. Qué líos vamos a tener con el programa de Ramón.

(…)

HABLA EL JEFE DE PROGRAMACIÓN: No sé qué te habrá dicho la directora en aquella entrevista, pero te aseguro que lo del nombre fue una de las primeras discusiones que ganamos en Radio Ciudad. (…) Aunque te parezca extraño y risible, lo que más se argumentaba por la parte oficial era la estupidez de que cuando tú te cansaras y se la dejaras en la mano a la emisora, entonces íbamos a tener un programa llamado de Ramón, que ya no hacía Ramón.

Ramón no se cansó, lo cansaron. Los cansadores estuvieron en primera fila de butacas desde el mismo primer programa, salido al aire a las 05:00 de la tarde del 23 de marzo de 1988, con más ingenio que recursos, con todo un torrente sonoro experimental, utilizando solamente la música encontrada en la triste fonoteca de la emisora.

Consideraciones considerables en Flash (¿Gordon?)

¡Qué guanajatabey había sido! Me estaban regalando, inesperada e indiferentemente, el nombre del programa. (…) ¡ El programa de Ramón! ¿Cómo no se me ocurrió? (…) “Ya está”, me dije, “Bingo. Roletazo por segunda. Jilito al campo corto. Matando y salando”. Aspiré aire antes de entrarle como un caballo desbocado a la oficina de Edelsa Palacios, entonces directora de la estación, pero el diablito amigo que llevamos dentro, ese íreme que adquirí inconscientemente en mi residencia mortal en tierras aguadas de Guanabacoa, me dio un leve electroshock cortándome la respiración y, con ello, el impulso de entrarle al ladrillo con el cuchillo de la mantequilla. Frené. Congelé el gesto y, rápido, como si fuese a esa hora Sandokan colgado de un bejuco, comencé a repensar los pros y los contras del nombre encontrado.

En la tradición “revolucionaria” de los medios de comunicación era tabú personalizar un espacio. En el proyecto social de la comunicación “socialista”, ningún mensaje, programa, lista de objetivos o carta de amor llevaba el nombre de su autor. No eran válidas las iniciativas individuales. (…) Dignas excepciones: los discursos e intervenciones del Máximo Líder, que era el dueño de los bates y las pelotas. Y dos programas de televisión: El show de Arau y Cita con Rosita. El primero se transmitió en el Pleistoceno (…) Rosita Fornés era nuestra primera vedette.

(…)

“Sintonice pronto Radio Ciudad, como ya le dicen los muchachos de mi cuadra, y compruebe cómo, por primera vez en diez años, ha comenzado a ser la verdadera emisora joven de la capital. De la programación se ha desterrado mucho de lo barato que pulula en nuestros medios y, ante todo, se promueve la obra de nuestros jóvenes músicos, desde Santiago Feliú y Albita Rodríguez hasta Gonzalito Rubalcaba y Joaquín Clerch; así como la mejor música de todos los tiempos, sea María Teresa Vera en la trova tradicional, la última canción de Los Beatles, o lo más reciente del rock universal. (….) La varita mágica de la directora actual de la planta, Edelsa Palacios, y del jefe de programación, José Hugo Fernández, parece ser muy simple: renovar a fondo el colectivo. Hoy no alcanzan los dedos de las manos para contar a quienes laboran junto a los más experimentados. Los nombres de Ramón Fernández Larrea, Bladimir Zamora, Sigfredo Ariel y Alberto Rodríguez Tosca —toda una tropa de poetas—, y de aprendices del buen periodismo, como Ernesto Fundora, Camilo Egaña o Federico Wilkins, ya son reconocidos por sus contemporáneos como realizadores radiales”. (Alexis Triana; “Todo cambia”, en Juventud Rebelde, septiembre 5 de 1988).

Había en ese momento, grosso modo, en la caótica y simuladora realidad del cachumbambé cultural, “cierto aire de apertura” de la juventud cubana —o, al decir de un gran amigo “tiempo, si no de puerta abierta, porque nunca se abrieron, al menos entrecerrada”—, que ya empezaba a mostrarse, siempre canalizada a través de la Asociación Hermanos Saíz y su pastor alemán, la Unión de Jóvenes Comunistas, que ya había dado señales de un leve desperezamiento en lo gráfico y formal. No estaba mal que también hubiera en las ondas la propuesta de “la nueva generación”, a la que, supuestamente, se le comenzaba a escuchar y a dar participación. No sonaba muy raro.

Donde cuento el recuento

Rápido como una iguana que gana, como un cocodrilo sediento, cediendo espacio a las neuronas buenas, apelé a la metáfora popular que catalogaba a los oligofrénicos, fronterizos, brutos, lentos de cerebro, perezosos de mente, “gilberticos”, cayucos o “giles” con el pintoresco, gráfico y metafórico apelativo de “mongos”, por asociación ilícita con el síndrome de Down. Por lo tanto, considerando que a los Ramones nos dicen, al parecer con cierto cariño, Mongos, Monguitos, Monguis o Mongales, ahí mismo se echaba la perra en la sala. Haríamos un programa para Ramones, es decir, para gente despierta, inteligente, estudiosa, alante, viva, con cultura. En fin, la heroica juventud victoriosa, “el hombre nuevo”. Estaba cantado: contra toda complacencia barata al mal gusto —que supuestamente padecían los vagos, las lacras, los no participativos— dirigiríamos nuestro trabajo a los estudiantes: universitarios, pre-universitarios, y hasta un poco secundarios. Era la perfecta.

(…)

¡La música y el tono! Eran esos los recursos fundamentales del proyecto. El tono lo daría el desenfado, yendo a contracorriente de los estilos aceptados, o remedándolos en el extremo de la caricatura. Si la gente joven no escuchaba la radio por rechazo a la uniformidad monotonal de los discursos, y el sabor a salmodia o letanía que poseían las voces consagradas, al lanzarnos a los antípodas, o al imitarlas con intención de burla, nos escucharían por pura perplejidad. Así que lo primero, burla burlando, era reírnos de nosotros mismos, de nuestro medio (…). Creando cómplices nos protegíamos.

El otro problema serio era la música. (…) Una disposición firmada y acuñada restringía la libertad de radiar temas musicales, de acuerdo a su procedencia. Escudados tras el temor al demonizado rock anglosajón, donde se incluía toda la música cantada en cualquier idioma que no fuera el castellano, y un nacionalismo que intentaba proteger los derechos de autores del patio —y que en muchas ocasiones también fue terreno fértil para el amiguismo, el lacayismo y el nepotismo— los realizadores estábamos sujetos a un mal llamado “balance”, en las producciones musicales, donde se exigía, a tabla rasa, el cumplimiento del 70 por ciento de temas cubanos, y un triste —a veces menos— treinta por ciento extranjero, a repartir entre “producciones capitalistas” y “producciones socialistas”, que nos obligaba a tener la redonda cara de Karel Gott, el recurrente sonido del germano democrático Karat (una especie de germano mayor), la locomoción húngara de Locomotiv GT o a Yordanka Krístova, en el bote cotidiano de la parrilla radiofónica. Según el método del genial clasificador, François Villon escribía poesía feudal y Mozart tocaba música imperialista.

HABLA EL JEFE DE PROGRAMACIÓN: Otra de las primeras broncas que recuerdo haber tenido por EPR fue por la música. Más de un grupo e intérprete de la mejor música rock (…) salió al aire por vez primera en EPR (…). La acusación, ya sabes: diversionismo ideológico.

(…)

Esta no es la historia de un espacio radial, sino de una guerra oculta, una confrontación de generaciones, una larga lucha contra el miedo por la libertad de la palabra y el retrato aproximado de la ilusión que entonces teníamos los “nacidos con la Revolución”. (…) Una lucha contra la carencia material, la burocracia ensimismada, los temores y prejuicios, y un equipamiento técnico antediluviano.

(…)

HABLA EL JEFE DE PROGRAMACIÓN: Queríamos cambiar las reglas del juego, (…) y queríamos contar con la complicidad de un nuevo tipo de oyente (…). En Cuba, donde todo cambio que no venga de “arriba” está, de hecho, condenado al fracaso, era un proyecto loco.

Aunque entonces solamente lo intuía, lo captaba con la membrana más externa del cerebro, todo fue un pacto entre el Estado y mi generación, un trato tácito, sin mediar contrato o palabras. De un lado, nuestra fe ciega en que nos asistía el derecho de renovar los hilos de la sociedad. Del otro, el dueño y señor de la vida y la muerte, haciendo como que nos dejaba hacer, y alentándonos, en gran medida, para que nos lanzáramos como caballos en estampida. Nos estaban midiendo el largo de las riendas. Permitían el experimento porque siempre, como quiera que se virara la tortilla, ganarían. Nosotros conquistaríamos la audiencia que el Partido no había logrado sumar. Si se imponía y era dúctil, sería mostrado como un logro de la amplitud y claridad del proceso, y si el fenómeno se hacía incontrolable tenían a mano el recurso de cerrar de un golpe la puerta haciendo lo que siempre hacen las dictaduras que se disfrazan de ovejas: nos echarían la culpa de la desmesura, nos pondrían en la frontera caliente de una guerra, de coincidir con “el enemigo”, de no tener la suficiente madurez para la responsabilidad social que se requería. Tenía razón el Papín. La fórmula era la misma de siempre entre poderosos y desposeídos: “Yo me hago el que te dejo, y tú crees que yo te dejo”. Pero la aventura valía la pena. La mesa estaba llena de cortantes cristales ocultos.

(…)

HABLA EL JEFE DE PROGRAMACIÓN: Hubo muchísimas emisiones de EPR que generaron problemas (…). Recuerdo un programa donde se hablaba del cine soviético y se decía, más o menos, que por falta de recursos no se había podido contratar actrices para tal película. Así, pues, se advertía a los espectadores que cuando vieran a dos hombres besándose, tuvieran presente que el barbudo de la izquierda era la mujer. Y yo, después, batido con una pila de imbéciles, tratando de demostrarles lo indemostrable: que aquella burla nada tenía que ver con la política.

(…)

En aquel año del Señor de 1988, encontré la justificación perfecta para zafarnos de la absurda camisa de fuerza del treinta por ciento mencionando un problema palpable, visible y fácilmente comprobable: los jóvenes (…) escuchaban (…) la mal llamada “radio enemiga”, es decir, todas las emisoras FM que desde la Florida o el Caribe, con una envidiable calidad, entraban a las costas habaneras desde siempre. Argumento caído del cielo (…). La música es un derecho humano, no divino. En un país donde no cuenta la elección personal y donde los gustos individuales pueden resultar sospechosos y excluyentes, que alguien tenga la oreja abierta al mundo, resulta, como mínimo, preocupante. A la semana de comenzar a emitir EPR, a las cinco en punto de la tarde, todos los receptores portátiles de los jóvenes sintonizaban Radio Ciudad. Entonces, aparentemente, cerraron la boca los censores (…).

HABLA EL JEFE DE PROGRAMACIÓN: Radio CH fue una auténtica revolución para la radio y para la cultura de Cuba. (…) Pero todo hubiera sido inútil si no llegamos a contar, casi desde el primer momento, con unos niveles de audiencia sin precedentes en la radio cubana. Gracias, sobre todo, a EPR.

”Entonces, ¿qué trae El programa de Ramón? Pues una agresiva propuesta donde no hay perdón ni clemencia para nada censurable ni digno de risa, sátira o caricatura en nuestra realidad circundante, e incluso más allá: el estilo elegido es el sarcasmo, a veces, la brocha gorda, y creo que está muy bien, pues basta de ñoñadas y mojigaterías para referirse a tanta cosa que nos golpea. Aquí está la burla abierta, y el pastelazo en la cara de tantas y tantas piedras en el camino del hombre y la sociedad, que en la risa encuentran, por lo menos, un flagelo efectivo…Versiones sobre cuentos infantiles, noticias con más de un filón para el “bonche” (y si no lo tiene, se lo buscan) en “la tángana de las cinco y pico”; burla de lugares comunes radiales (como el agobiante dictado de la dirección postal, las invitaciones empalagosas a la correspondencia; los piropos hipócritas a los oyentes…); sátiras poéticas, y una semblanza de algún grupo o solista importante en “Flash”, son algunas de sus características. Todo rodeado de abundantes menciones y spots ingeniosos, dentro de esa línea dinámica, corrosiva, a veces brutal, que eleva el disparate a la categoría de arte, mediante la cual el oyente siente, a veces, un hormigueo molesto, una picazón saludable que es el principio de la reflexión, buena divisa del mejor humor”. (Frank Padrón; “Don Ramón: ¡Qué programa tiene usted!”, en Revista Opina, agosto de 1988, primera quincena).

HABLA EL JEFE DE PROGRAMACIÓN: (…) Hay que reconocer lo trascendental que resultó en aquella lucha el apoyo de Edelsa Palacios, la directora. Ella nos apoyó porque sabía que lo que estábamos haciendo era bueno para el país.

(….)

En mi mente bullían, como singulares y más cercanas referencias, aquellas sorprendentes, clandestinas y desternillantes emisiones de La Tremenda Corte, escuchadas desde el mismo 28 de enero del 85, en la inauguración de Radio Martí, desde la mesa de controles de un cuarto de grabación de la COCO, la emisora donde había comenzado a enamorarme de la radio. También, por supuesto, los discos de Les Luthiers, paladeados en la casa de un poeta amigo mediando los años 70, y el recuerdo de un raro espacio que se emitía los sábados en la desaparecida Radio Liberación, Frecuencia 650. En el trasfondo caminaba la agilidad amarga de Mafalda, la visceral ortopedia visual que Mark Twain utilizó como método, la sardónica amargura de Antón Chéjov, un disco de Pepe Biondi repetido hasta la saciedad en la infancia, todo el Woody Allen permitido y masticado, los Hermanos Marx con su despelote verbal, y una rara deformación mía que me hizo reír siempre con los cuentos infantiles —aun los más tristes y macabros— y las noticias de impasible seriedad. Si yo pudiera batir todo eso, (…) y que el oyente no tenga paz, que no descanse en ningún momento, entonces habrá resultados, me decía yo en los inicios (…). Y fue magia, porque aprendí entonces a poner en práctica esa metáfora que Joaquín Borges Triana usó como título de una sección periodística: comencé a “soñar con la oreja”. Y parece que los sueños se transmitían.

(…)

HABLA EL JEFE DE PROGRAMACIÓN: (…) El primer problema que debí enfrentar (…) fue que la mayoría de los integrantes masculinos (…) tenían el pelo largo. (…) Cerca estuvo de frustrarse el proyecto EPR, y todo por unos centímetros de pelo.

MARÍA LUISA MORALES, LOCUTORA, CUENTA: La estampa del sujeto —flacucho, con una vestimenta y una colita de caballo que lo ubicaban entre los “jipies” de la época— metía miedo. El Gobierno había decidido darle espacio oficial a algunos “revoltosos” que estaban haciendo poesía contestataria y pintura sin compromiso por las calles habaneras. Era una manera de tenerlos controlados y, al mismo tiempo, dar la impresión al pueblo de cierta aceptación y apertura. Por un par de semanas deambuló por la emisora ante las miradas recelosas de los “normales”. Un buen día, me dijo: “Mire, María Luisa, próximamente saldrá al aire un espacio que se llamará El Programa de Ramón y quisiera que fuera Ud. la voz femenina del proyecto”. Me quedé boquiabierta, funcionó el halago y acepté de inmediato.

El esqueleto que está en el plato ya está completo

MARÍA LUISA MORALES SIGUE CONTANDO: (…) Desde ese instante (…) pensé que íbamos a sentar jurisprudencia (…) si podíamos meterle ruido en el sistema a las neuronas adocenadas de los miembros del Partido que fiscalizaban todas y cada una de las grabaciones.

(…)

“Un programa suelto y sin vacunar”, “sin batilongo”, “un programa lleno de dientes” nos repite el joven poeta Ramón Fernández-Larrea, su escritor, desde el centro del dial, diariamente, a las 5:00 de la tarde y a las 12:00 de la noche, en la frecuencia de Radio Ciudad de La Habana. Así lo presenta, así nos llama y le creemos, porque en la hora que dura El programa de Ramón, que así se nombra, sobran oportunidades para la risa, desde esa que provoca el absurdo, el disparate, hasta la otra motivada por la ironía y el equívoco. Pero más que referirnos a esa peculiaridad —¿en extinción?— de mover a la buena carcajada, vale detenernos en la concepción del espacio, sus formas y recursos, porque esa es también la hora de la radio joven, radio diferente; elaborada y espontánea al mismo tiempo, fresca y novedosa en el empleo de efectos, en inteligentes ediciones supervisadas por su director…”. (Vladia Rubio; “El Programa de Ramón… y de una radio diferente”, en Granma, 4 de agosto de 1988).

HABLA EL JEFE DE PROGRAMACIÓN: Lo que hicimos no lo habríamos podido hacer en los 70, ni en los 90, lo hicimos en el justo momento y bajo las circunstancias exactas. Pero el resto fue obra de nuestro esfuerzo y de nuestros cojones (…). No contábamos con mucho tiempo. Siempre supimos que nuestro proyecto estaba condenado al nacer, porque iba contra todo lo establecido por el régimen durante más de treinta años, y también contra todo lo establecido desde que existía la radio.

El esqueleto molesto: donde cuento un amargo recuento.

“Hay que desinhibirse, porque el miedo conduce no sólo al silencio, sino también al fracaso. Si te pones a pensar que con tal chiste vas a lesionar a Fulano, o que con este otro vas a ofender a “más cual” institución, no haces nada, o lo haces a medias y te sale mal. Por desgracia, suele confundirse entre nosotros la cautela con la apatía, y la desinhibición con el anarquismo (…). El método consiste en representar la realidad fuera de foco. Después, veremos quién se pone bravo.

– Así, quien se sienta aludido estará delatándose a sí mismo…

– ¿Y cómo tú lo sabes?

(José Antonio Évora; “Ramón estamos contigo”, en Juventud Rebelde, 26 de agosto de 1988).

HABLA EL JEFE DE PROGRAMACIÓN: Todos los espacios que de algún modo han hecho historia en la radio cubana tienen en reserva su memoria documental. EPR, (…) no (…) Y yo soy uno de los principales culpables. Borré una cantidad incalculable de emisiones grabadas, y rompí muchos libretos. (…) En el Departamento de Orientación Revolucionaria (DOR) había dos “especialistas” encargados de monitorear diariamente el programa. Pero la señal de radio es volátil. Y cuando ellos oían algo “extraño”, lo que hacían era mandar a buscar la grabación con su correspondiente libreto.

(…)

Comenzaron a vetar adjetivos, sustantivos, temas. Prohibidas las palabras barba, palacio, jefe. Los adjetivos verde, alto, barbudo, mentiroso, hablador, guayabero, supieron del creyón negro. Verbos como mandar, comandar, asaltar, chocaban contra un muro de hormigón. Pero teníamos de nuestro lado una audiencia monstruosa, que nos sintonizaba, nos seguía, participaba como nunca alrededor. Por vez primera, ante la sorpresa de los sesudos, una emisora de alcance provincial se extendía más allá del alcance de sus transmisores regulados. (…) La prueba del extraño poder de convocatoria la tuve en un experimento que, luego, no quisimos repetir. El director del Pabellón Cuba nos invitó a actuar en vivo en sus instalaciones. Organizamos, sin mucha profesionalidad, hay que decirlo, una actuación donde, por vez primera, nuestros anónimos oyentes nos verían las caras. Sucedió en la noche del 11 de febrero del 89. Confieso que sentí un terror hasta entonces desconocido cuando, una hora antes del anunciado comienzo, vi una impresionante movilización policial en aquella zona de La Rampa. Habían desviado el tránsito por la calle N y por la calle 21. Media senda de la avenida 23 también estaba tomada. El personal del Pabellón contabilizó catorce mil personas —el local tiene capacidad para unas 5.000— esa noche, cuando hicimos un mal escuchado e interrumpido sketch, y dimos paso a Adrián Morales y a los grupos de rock Gens y Metal Oscuro. Han pasado los años y aún no me he repuesto de la impresión que me causó aquel invento. Llevábamos menos de un año en el aire. Y la convocatoria había sido lanzada dos días antes, utilizando un par de espacios de la misma emisora. Fue brutal.

“De un tiempo a esta parte, cuanto amigo regresa de La Habana trae algún comentario acerca de El programa de Ramón, un espacio que Radio Ciudad de La Habana ha puesto —de 5:00 a 6:00 y de 12:00 a 1:00 am— en manos del escritor Ramón Fernández-Larrea (Monguito para sus amigos). Si el prestigio intelectual de este intelectual bayamés radicado (como tantos otros) en La Habana le hace suponer que me refiero a un programa cultural para entendidos, vaya depurando la idea porque hoy los pepillos de la agitada urbe occidental corren tras él con la misma exaltada fe que ayer nosotros perseguíamos las grabaciones de Los Beatles. Allí puede encontrar usted desde parábolas y anécdotas, hasta cuentos dramatizados; desde la aparición inopinada de voces callejeras, hasta gags lanzados contra la diana de cualquier motivo; desde un ritmo alucinante, hasta una locución a la que ningún ruido resulta extraño, ni siquiera los gruñidos, chasquidos, gritos, et al. Y todo esto en una catarata ininterrumpida, que le va llevando sin explicaciones de sorpresa en sorpresa, como un caos que no estalla gracias al poder centrípeto subyacente en la desmesurada capacidad de burla que constituye la columna vertebral de El programa de Ramón. Porque… ( EPR)… se ríe de sí mismo, de usted, de todos… (…). Pero, ¡cuidado!, no hay un solo sonido inocente en El programa de Ramón: cada elemento entregado por él sugiere algo, activa una célula de su sensibilidad, le empuja sin aclaraciones superfluas hasta determinados criterios. Y es que, al contrario que en nuestra radio tradicional, nadie habla allí por compromiso ni repite opiniones en las que no cree. (José M. Fernández Pequeño; “Soltar las manos al talento”, en Perfil de Santiago, Santiago de Cuba, 15 de febrero de 1990).

(…)

En el amanecer lluvioso del 24 de marzo de 1991, en París, supe que la noche anterior habían terminado tres intensos años de desafío con la emisión del último programa que entregué antes de marchar. Aún era joven y fundamentalmente muy indocumentado, pues me habían robado dos días antes el pasaporte. (…) La reacción había logrado sacarnos del aire. Mi primer impulso fue de rabia. Me sentí vencido, lanzado al mar en la punta de una piedra. Mi sorpresa iría en aumento los cinco años que siguieron, donde no se me permitió el acercamiento a los medios de comunicación por alguna orden emitida en las sombras.

(…)

¿Habíamos sido derrotados? No lo creo. Con los años, he podido ver con nitidez lo que la pasión cotidiana no permitía. Uno: la insoportable cantidad de asesores que nos pusieron —podadores y vigilantes de a pie— y los innumerables filtros que procesaban el programa antes de emitirse, nos hacían sentir peligrosos, enemigos, sospechosos de toda la inocente euforia, pero esa consideración venía desde la parte de los ideólogos y jerarcas. Lo que significaba que ellos mismos no estaban de acuerdo con la propuesta de renovación. Ergo, el poder no acepta la renovación, la imaginación que puede señalarles, el pensamiento distorsionado e independiente. Ergo, Goebbels tenía razón y era un oculto icono entre los que ejercían el control de los medios. Ergo, no habíamos perdido, habíamos sino sacados de circulación, y eso significaba entonces que logramos tocar las purulentas llagas. Ergo, el poder político totalitario le tiene un visceral horror a la burla. Su éxito se basa en la solemnidad, en la liturgia de lo sagrado, lo que significa que los anticatólicos aprendieron de la Iglesia para seguir a flote. Ergo, realmente ganamos. (…) Ergo, la Revolución Cubana no necesitaba de nuevas visiones en sus nuevas generaciones. Le temía, y le teme, a esos mismos hombres y mujeres. Sabe que no los engaña, pero no puede o no quiere tener la constancia fatal de que tampoco lo hace.

HABLA EL JEFE DE PROGRAMACIÓN: (…) Una de las múltiples acusaciones que debí enfrentar (…) era que yo me había divertido y reído mucho presenciando la grabación de un EPR que contenía “burlas contrarrevolucionarias”. Poco faltó para que me quemaran vivo.

¿Que los habaneros escucharan lo más pulido de Juan Carlos Baglietto, todo el mejor rock argentino, las propuestas de los jóvenes del país que grababan en los baños y los garajes, era un triunfo? ¿Que por fin se conociera qué había pasado en el mundo, que entrara todo el rock, fuera japonés, holandés o de Nueva Zelanda, era un triunfo? ¿El heavy metal, el black metal, las palabras perdidas que en las unidades militares y las ESBEC se escuchaban en círculos casi clandestinos, al margen de una disciplina de ganado vacuno, era un triunfo? ¿Que temas tan polémicos y con tantas lecturas como “Guillermo Tell”, de Carlos Varela, —que comenzaba a llenar teatros— se pasaran por primera vez allí, en limpio desacato, o que se valorara a Polito Ibáñez o Frank Delgado, era un triunfo? ¿Que los oyentes desplegaran el inesperado manto mental de siete u ocho lecturas posibles sobre la misma frase, aparentemente inocente, era un triunfo? ¿Que cualquier situación imaginaria, con la candidez de los cuentos clásicos para niños se pareciera, inexplicablemente, a la realidad, con una actualidad rabiosa, era un triunfo? ¿Que, además de los lugares comunes y horribles en el empobrecido lenguaje, la gente joven desatara la imaginación con cosas tan disparatadas como explicarse por qué las cucarachas morían con las patas para arriba, era un triunfo? ¿Que las noticias no se creyeran tal como las daban o como eran, y que se enseñara que detrás de un hecho había múltiples acciones no divulgadas, o cientos de maneras de comprenderlas, era un triunfo? ¿Que tras las imágenes oficiales hubiera un aire de sospecha, y que a los emblemas triunfalistas los jóvenes aprendieran a llamarlos “logrotipos”, en vez del seco “logotipos”, era un triunfo? ¿Que a los policías se les comenzara a decir “identifíquiti”, mostrando su cultura y su procedencia, lo era? ¿Que se valorara y se compartiera el Silvio Rodríguez más polémico, el de sus inicios, cuando nos desmarcábamos presentándolo, con ligera ironía: “Silvio, cuando era chiquito”, servía para algo? Creo que sí. Estoy convencido de que se anchaba el mar. Se hacía más habitable el espacio donde se suponía pudiera haber multiplicidad y desacuerdo. O un modo más risueño de aceptar limitaciones diarias, desconfianzas cotidianas, carencias y sinsentidos. Era un triunfo. De algún modo secreto y profundo, lo era.

HABLA EL JEFE DE PROGRAMACIÓN: Tal vez aquellos censores, que eran funcionarios intermedios, se alegraban en el fondo de que no existieran pruebas del “delito”, (…) ya el programa había salido al aire, o sea, el mal estaba hecho, y podían pedirles cuentas. En cuanto a mi justificación, era infalible: en la emisora había una desesperante escasez de cintas para grabar. (…)

Antes de irme de viaje, sabiendo que todo era el fin, puse una hoja de papel en el mural de la emisora. Allí había escrito todas las palabras prohibidas, los temas no permitidos, los adjetivos censurables, los verbos que no podían alzar el vuelo. Sobre mi firma, una petición: “Que le pregunten a Miguel de Cervantes qué puede hacer con este material”. Se acabó la diversión. La sombra del Comandante se multiplicaba y mandaba a parar. No terminaba un programa de radio, sino la imaginación y la permisibilidad. Caía la máscara. Todo era un juego. El de los Estados Totalitarios, que se llamará, aunque lo disfracen, el juego del gato y el ratón. Adiós a las armas, que eran cascabeles. Lo adiviné con tristeza aquella mañana de una Francia con la que intentaron premiarme o callarme. Lo sé ahora.

En el cerco incesante aprendí a trampear a los hombres y al destino. De pronto, toda la vida se me llenó de futuro. Rodeado, asediado por los enemigos de la palabra, supe cómo pasarla de contrabando desde las trincheras de la noche. La libertad, como las ganas de estornudar, no se puede aguantar mucho tiempo. Triunfar no lo es todo en la vida, pero ayuda en la digestión.

(CONTINUARÁ….)

[1] Parte del libro en proceso Memorias de un cubanito que nació con el circo.

Página de inicio: 95

Número de páginas: 11 páginas

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