Patillas de hacha

Guillermo Rosales

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La puerta de la barbería de Alipio se abrió a primera hora de la mañana y entró un hombre con cara de esbirro, vestido con un traje de guardia de seguridad de color azul y un zambrán lleno de balas del que colgaba una pistola Star en su funda. Alipio lo vio llegar y sintió que un frío mortal le subía por las piernas y se asentaba en el corazón, que por unos segundos palpitó sin ritmo.

Era él. Alipio no había olvidado aquel rostro cetrino, las orejas peludas, el diente de oro, el bigotito fino tan a la moda en los años cincuenta. Era él. Treinta años no habían sido suficientes para cambiar sus rasgos fundamentales. Era él. Aquí, en Miami, guardián de seguridad de algún cementerio o tienda de ropas; allá, en Cuba, antes de la Revolución, Ovidio Samá, capitán del Servicio de Inteligencia Militar, con fama de malo, valiente y tramposo.

Por primera vez en mucho tiempo, Alipio volvió a pensar en su hijo. Ahora tendría cuarenta y cinco años, y con la cabeza que tenía para los números sería un excelente economista o un magnífico contador público. Para eso estudiaba en la universidad cuando lo mataron. Para contador.

—¿Se quiere sentar? —preguntó Alipio al sujeto—. Hay otro barbero, pero llega a las diez.

—Yo sólo vengo a afeitarme —dijo el hombre con una voz áspera, que correspondía con su aspecto y su historia.

—Entonces siéntese. Enseguida estoy con usted.

El hombre tomó asiento en el sillón de Alipio y cerró los ojos como si se dispusiera a dormir.

—¿Lo descañono?

—Sí.

Alipio tomó la navaja y comenzó a pasarla por el fajín de cuero. Había pasado muchos años buscando a este hombre que ahora tenía en sus manos. Había ido a Jacksonville porque le dijeron que vivía allí. Luego le informaron que estaba en New Jersey, pero allí le dijeron que había ido a Kansas como guardia de seguridad de un club nocturno. Recorrió Kansas con una pistola y una sevillana grande y afilada. Visitó todos los bares, los billares, los antros de mala muerte, preguntando por este maldito Ovidio Samá que en el año 57 había matado a su hijo en una manifestación universitaria. Luego, dejó de buscarlo, pues los últimos informes decían que estaba en Venezuela dedicado al tráfico de estupefacientes.

Pero ahora el destino se lo ponía en sus manos. Un hijo. Su único retoño. Lo que más había querido en su vida. Y aquel hombre abominable había vaciado un peine de ametralladora en su cuerpo, dejándolo casi irreconocible.

—¿Quiere que le limpie las espinillas?

—No se ocupe de eso. Sólo quiero afeitarme.

—¿Hace mucho tiempo que llegó de allá?

—Casi treinta años —respondió el sujeto—. Fui de los primeros en salir. ¿Y usted?

—Yo llegué más tarde —dijo Alipio—. Creí en aquello al principio, pero después me desencanté.

—Así le ha pasado a muchos.

No hablaron más. Alipio aplicó la crema de afeitar, pasó la brocha, y con la navaja en su mano comenzó a perfilarle la patilla derecha. Éste también era un buen momento. Un poco de presión en el brazo y aquella cabeza caería sin vida sobre la sábana blanca. Pero, ¿y después? Nadie creería que fue un accidente. Nadie tampoco justificaría aquella venganza que duraba treinta años.

Alipio pasó limpiamente la navaja por el carrillo derecho del hombre, y luego se percató de que tenía un lobanillo en el mentón e hizo prodigios de pulso para esquivarlo.

El hombre se mantenía callado, con los ojos cerrados, como disfrutando intensamente del frescor de la crema y el agradable corte de la navaja. A partir de ahora, cualquier momento era bueno para Alipio. Treinta años. Treinta años. Pasó a la otra mejilla y la descañonó con tres cortes precisos.

—El bigote, ¿lo quiere así o más corto?

—Así está bien —dijo el hombre—. Siempre he llevado el bigote a lo Arturo de Córdova.

No obstante, Alipio tomó unas tijeras y cortó algunos pelos del bigote y la nariz, además de recortar también las pobladas cejas del cliente. No podía. Ahora se daba cuenta de que no podía. Nadie entendería aquella historia. Pasaría el resto de su vida en chirona y, lo que era peor, vería correr la sangre que, aunque era sangre de esbirro, contaba lo mismo a la hora de rendirle cuentas al Cielo.

Terminó. Secó la cara del hombre con una toalla limpia y le quitó la sábana del pecho. Luego le extendió un espejo y éste se miró en él unos segundos.

—¿Satisfecho?

—Más o menos —dijo el esbirro.

—Son tres dólares.

El hombre sacó una cartera y extrajo un billete de a cinco.

—Guárdate el resto —dijo.

—Gracias —musitó Alipio con el rostro sombrío.

El hombre fue hasta el espejo grande de la barbería y se arregló bien el cuello de la camisa y la corbata. Luego dijo:

—Vine aquí porque me dijeron que usted me buscaba para matarme. Pero matar no es fácil. ¿Ahora se da cuenta?

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