Un día en la vida de Juanito Pérez

Jorge Domingo

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A Alexander Solzhenitzin, por supuesto,

y a Fernando Pérez, por Suite Habana.

A las cinco y media de la mañana resonó el timbre del reloj despertador ruso y Juanito Pérez dio un brinco en la cama. A pesar de que llevaba algunos años despertándose a esa hora y de esa forma no había logrado habituarse a un modo tan brusco de volver a la realidad. Abrió los ojos, estiró las piernas y clavó la mirada en el techo de madera, donde comenzaba la barbacoa de su hija. El ventilador seguía girando a sus pies, pero ahora lanzaba un aire caliente y pegajoso que lejos de refrescar la atmósfera lo hacía sudar más. Aun así hubiera querido permanecer un rato más acostado, hasta que fuese de día y hubiera desaparecido por completo la pesadez que agarrotaba sus músculos. Mas debía levantarse para emprender otra vez el camino hacia el trabajo. Y como su esposa no estaba tendría que hacerse cargo de preparar su desayuno.

En el momento de abrir la llave del lavamanos temió que no hubiese agua. Sin embargo, salió un fuerte chorro que le hizo respirar con alivio. Durante las dos últimas semanas el motor de agua del solar donde vivía había estado roto, con el capacitor descompuesto, y los vecinos se habían visto obligados a acarrear cubos de agua desde la cisterna general hasta sus casas. Como nadie quería responsabilizarse con el arreglo y algunos alegaban no disponer de los cinco pesos que debía aportar cada vivienda el motor permaneció sin funcionar hasta que él y Beba, la negra vieja del final del pasillo, se hicieron cargo de buscar a un mecánico, recoger el dinero de los que estaban dispuestos a cubrir los gastos y vigilar que se hiciera un buen trabajo. Por fin desde el día anterior ya llegaba el agua a cada casa.

En la lata de café sólo encontró dos o tres cucharadas que apenas le alcanzaban para hacer una colada. Si en el transcurso del día no compraba un paquete de diez pesos a la mañana siguiente no podría contar con una taza de café, pues el de la cuota aún no había llegado a la bodega. Con mucho cuidado preparó la cafetera y después puso a tostar un panecito. En cuanto al pan, sí poseía una buena reserva al poder disponer del que le correspondía a su esposa, ahora en Palma Soriano, y a su hija, estudiante de secundaria básica en una escuela interna en Güira de Melena.

El mes anterior su esposa había recibido un telegrama de su madre en el que le informaba que sería sometida a una operación de cálculos en la vesícula y le pedía por favor que fuera a atenderla. Ante esta situación ella tuvo que pedir una licencia en el círculo infantil donde trabajaba como asistente y él comenzó los trámites para obtener un boleto en tren para Palma Soriano. Fue a una agencia de pasajes, anotó el nombre de su mujer al final de una larga lista y los organizadores de la cola le dijeron que tendría que estar allí todos los días a las nueve de la noche para ratificar su turno, pues sólo vendían veinte boletos para Palma Soriano. Así lo hizo, pero al cabo de tres noches su número en la lista inexplicablemente sólo había descendido del 134 al 105. Entonces comprendió que aquella cola estaba en manos de los revendedores y de no entrar en trato con ellos no lograría el pasaje al menos hasta dos semanas después. Durante aquellos tres días había observado que uno de los organizadores, un mulato alto, de barba, iba de grupo en grupo buscando conversación y una vez se había detenido a su lado y había comentado: “Nagüe, esto está malo”. En aquel momento no le prestó atención, pero en esta oportunidad fue a su encuentro y comentó en voz alta: “La verdad es que esto está malo”. Al día siguiente, después de poner en sus manos cien pesos, el mulato le entregó un boleto para Palma Soriano a nombre de su esposa.

Mientras revolvía el jarro de café vio a una cucaracha que salía del cuarto rumbo a la cocina. Trató de aplastarla con la bota, pero la cucaracha corrió a esconderse debajo del fregadero. La noche anterior había logrado matar a dos que salieron por el tragante del baño. Ya era evidente que la casa se le estaba llenando de cucarachas y tendría que buscar a un fumigador o comprar un buen insecticida. De seguro venían del apartamento de Mongo, el vecino colindante, que criaba en su cuarto una docena de gallinas.

Tomó una taza de café y comenzó a comer el panecito con unas ruedas de tomate maduro. La gente en el solar ya comenzaba a levantarse y escuchó la voz de Chela que sacaba por el pasillo a sus dos perros para que orinaran en la calle. Alguien había sintonizado Radio Reloj con el volumen bastante alto. La madre de Los Muchos regañaba a sus cuatro hijos y les pedía que se levantaran para ir a la escuela. Por las rendijas de la ventana se filtraban los primeros rayos del amanecer.

Antes de terminar de vestirse abrió el viejo refrigerador y miró con detenimiento lo que en él había. De importancia sólo quedaban dos pescados sin cabeza y una posta de pollo, en el congelador, y una docena de huevos en la gaveta. Para él alcanzaba, pero tendría que comprar algo más para llevarle a su hija el domingo a la escuela. Quizás fuese suficiente comprarle dos libras de jamón vicky lasqueado, una lata de carne prensada y un paquete de galletas. Como estaba en pleno desarrollo siempre tenía un hambre insaciable y aquellos fines de semana en que no contaba con pase para ir a la casa era necesario proporcionarle un refuerzo de comida. En algunas ocasiones quedaba complacida con lo que le llevaban, pero otras veces se mostraba inconforme al compararlo con lo que habían llevado los padres de otras compañeras suyas. En esta ocasión todo dependería de los diez dólares que esperaba cobrar por el librero que estaba terminando de hacer para el escritor que vivía en el edificio de la esquina. Si no se presentaba un contratiempo el sábado concluiría el trabajo y con los diez dólares podría entonces comprar el jamón, la lata y las galletas. Tal vez fuese necesario apartar también un dólar para regalarle al menos un refresco Tukola y un paquete de galleticas dulces a la dentista. Desde hacía casi un mes le había estado doliendo de modo esporádico una muela cariada y no podía esperar a que le saliera un flemón. Además, quizás la pieza aún pudiera salvarse. Como la dentista era la madre de una de las niñas que su esposa cuidaba en el círculo infantil, no la que a él le correspondía en su policlínico, y por una razón de amistad lo atendería en la escuela estomatológica donde trabajaba se sentía en el deber de llevarle algún regalo. De no ser por ella estaría entonces obligado a hacer los trámites para conseguir un turno en la consulta de su policlínico. Y esa deferencia había que agradecerla.

A punto ya de salir de la casa abrió el escaparate y buscó en una gaveta el sobre donde guardaba los dólares. Sólo quedaban sesenta centavos, pero esa cantidad era suficiente para comprar el jabón de baño que necesitaba. Los veinte dólares que su hermano le había hecho llegar con un amigo el mes anterior casi se habían evaporado y ahora no tenía idea de cuándo volvería a mandarle otros pocos. Desde que se marchó del país por el éxodo del Mariel residía en Miami y aunque había jurado no volver más a Cuba mantenía vínculos con toda la familia y siempre trataba de ayudarlos con alguna remesa de dinero.

A la espalda se echó una sucia mochila, cerró bien la ventana con vista al pasillo y le puso un candado a la puerta. Ya uno de Los Muchos estaba parado delante del fregadero de uso común con un cepillo de dientes metido en la boca y la cara somnolienta sin lavar. Juanito Pérez lo saludó con un movimiento de cabeza, esquivó los excrementos de los perros y salió a la calle. En la entrada del solar estaba sentada Chela con un cigarro entre los labios.

—Qué calor desde tan temprano —le comentó apenas lo hubo visto.

—Como todos los días, Chela —le respondió sin detenerse y caminó varias cuadras hasta desembocar en la calle Reina, mucho más concurrida. Ante un estanquillo de periódicos aún cerrado se agrupaba una veintena de ancianos. Algunos niños vestidos de uniforme ya se dirigían a la escuela.

Avanzó por los portales de Reina hasta el Parque de la Fraternidad y se puso a la cola de los que esperaban el metrobús M-7, con destino al Cotorro. Oyó decir que uno de los carros había salido unos minutos antes y se sentó en el contén de la acera a esperar pacientemente el próximo. Fue llegando más gente, la cola creció y cuando al fin apareció el descomunal transporte más de un centenar de personas lo aguardaba. En medio de una confusión de empujones y protestas logró subir al carro, pero no consiguió un asiento. Viajar sentado no sólo representaba una comodidad en sí misma, sino la ocasión de tomar el aire que penetraba por las escasas ventanillas. Tuvo entonces que aferrarse a uno de los tubos y realizar el viaje de pie, comprimido entre varias personas y mientras sentía correr el sudor por el pecho y la espalda.

En la Calzada de Luyanó descendió del metrobús y sin perder tiempo recorrió cinco cuadras hasta llegar antes de que fueran las ocho de la mañana al taller de carpintería donde trabajaba. En la entrada estaban sentados varios compañeros suyos que le dijeron: “Apúrate, Juanito, que te pasan la raya roja”. Sin embargo, logró entrar a la oficina y firmar su tarjeta de asistencia antes del límite de la hora. Luego se dirigió a la caseta de las herramientas para iniciar la jornada laboral. En el taller comenzaba a escucharse el chirrido de las sierras, el golpear de los martillos y el crujir de las tablas al ser cortadas. Una fina nube de aserrín se fue extendiendo por todas partes. Alguien comenzó a cantar con muy mala voz una ranchera mexicana.

Serían las diez de la mañana cuando de golpe las sierras enmudecieron y las poleas del sinfín detuvieron la marcha. “Otra vez el apagón”, dijo con desaliento Fernando, el jefe del taller, desde la puerta de su oficina. Los operarios de las sierras se sacudieron las manos y la ropa y fueron a sentarse sobre unos tablones. Juanito terminó de clavar un listón y fue también a sentarse junto a ellos y a tomar parte en la conversación que ya sostenían.

—¿Qué números salieron anoche?

—Muerto, tiñosa y cachimba.

—¡Coño! Yo le iba a jugar al ocho porque murió de repente un vecino y no pude ver a la vieja que apunta.

—Mayito sí se puso dichoso: ligó el parlé.

—¿Y dónde está?

—Celebrándolo. Cuando venía para acá se enteró de la noticia y ahora debe de estar friendo una pierna de puerco y tomando ron del bueno.

—Eso sí es tener suerte. Deja ver si yo un día le doy también la patada a la lata.

Después pasaron a hablar de béisbol, los ánimos se exaltaron y subió el tono de las voces.

—Industriales es el equipo que va a ganar la serie. Te lo digo yo.

—Santiago de Cuba, nagüe. Santiago, que tiene a los mejores bateadores.

—Deja que los coja el pitcheo de los Industriales, aunque ya no tengan al Duke Hernández. Van a saber lo que es bueno.

—Al final los Industriales siempre se arratonan. Son unos amarillos.

—Lo que pasa es que se le han ido muchos peloteros buenos.

Ya hacía largo rato que estaban enfrascados en esa discusión interminable cuando se restableció la electricidad. Entonces volvieron lentamente al trabajo, sin muchos deseos. Con gusto hubieran seguido allí, sentados sobre los tablones, conversando. Pero al menos habían disfrutado de un buen descanso y se les había secado el sudor.

A las doce del día se escucharon dos fuertes golpes de metal y todos los operarios detuvieron el trabajo. Había llegado la hora del almuerzo y se dirigieron a los fregaderos para lavarse un poco antes de pasar a la pequeña nave del comedor. Juanito Pérez se estaba secando la cara con el pañuelo cuando se le acercó el secretario del sindicato y le dijo:

—Oye, no has pagado aún el Día de las Milicias de Tropas Territoriales.

Por un momento se quedó desconcertado.

—La verdad es que se me olvidó. ¿Puedo pagar después del cobro?

—Creo que sí. Pero no te demores más porque te pueden poner un señalamiento y no salir después cumplidor en la emulación. Y tú sabes que eso se toma en cuenta en los méritos y deméritos cuando se reparten los televisores o las casas en la playa...

—En firme, en cuanto cobre pago las M.T.T., pero la verdad es que ahora no puedo —agregó con énfasis.

Los dos entraron al comedor y se pusieron a la cola. El barullo era enorme y las voces se mezclaban con la música que brotaba de un radio desvencijado, el chocar de las bandejas de metal y las cucharas y los gritos de los cocineros que llamaban a los rezagados. El menú del día, como en otras muchas ocasiones, estaba compuesto por potaje de chícharos, arroz blanco, revoltillo de huevo y unas ruedas de pepino. La oferta en sí no estaba mal y sólo costaba setenta y cinco centavos, pero como siempre el potaje no tendría sazón y el arroz sin escoger olería a saco de yute.

Juanito tomó su bandeja y logró encontrar un espacio libre en una de las mesas más apartadas. Algunos ya habían terminado de almorzar, pero continuaban sentados, charlando. En la pared había un sucio letrero que decía: Silencio. Sin embargo, nadie le hacía caso. También había en el mostrador un Libro de Quejas y Sugerencias en el que nadie escribía nada.

Mientras espantaba las moscas mezcló el potaje con el arroz y el revoltillo y comenzó a comer con avidez. De esa forma los sabores se combinaban y el almuerzo le resultaba un poco más apetitoso. En realidad también a esa hora tenía tanta hambre que casi hubiera comido cualquier cosa. Algunos traían de la casa para reforzar un plátano, un aguacate o un panecito, mas él se limitaba a comer lo que le servían en la bandeja. De noche, en su casa, ya se encargaría de alimentarse mejor. La cuestión era tener el estómago entretenido. Un perro flaco y sarnoso se acercó a él y para alejarlo le lanzó una patada en dirección al hocico.

Había terminado de almorzar y estaba solo en la mesa cuando llegó Efraín, uno de los carpinteros más viejos, y se sentó a su lado después de saludarlo con respeto.

—Bueno, Juan, ¿por fin te decides a entrar en la masonería?

Unas semanas atrás Efraín se había acercado a él y después de hablarle largo rato de la fraternidad entre los hombres y de dar algunos rodeos se le había presentado como Maestro Masón de una logia de Marianao que estaba en proceso de crecimiento. “Tú puedes llegar a ser un buen cuadro de nuestro taller”, le dijo, y el elogio lo dejó desconcertado. Según le confesó, desde hacía tiempo lo había estado observando y consideraba que tenía condiciones para ser un excelente masón. Desde entonces en varias ocasiones lo había invitado a conocer a algunos de sus hermanos de logia y le había formulado la misma pregunta, pero él siempre eludía dar una respuesta definitiva. Desde niño había escuchado decir que la masonería ayudaba mucho a sus miembros necesitados, pero que también era una organización misteriosa y secreta, de ritos extraños.

—La verdad es que todavía no estoy muy seguro. Para informarme bien he estado leyendo un libro que me prestaron.

—¿Qué libro?

—Un libro de un tal Aramburu...

—Ah, la Liturgia masónica... —dijo con un gesto afirmativo. Era un hombre de alrededor de sesenta años, canoso, muy serio y trabajador. Años atrás una sierra le había amputado el dedo meñique de la mano izquierda.

—Cuando termine el libro le daré una respuesta.

—Muy bien —dijo Efraín al tiempo que se levantaba.

El libro se lo había prestado la semana anterior un primo de su esposa que había militado con pasión en la masonería, hasta el punto de obtener el grado 33, y ahora sin embargo estaba “dormido”. De visita en su casa lo había visto en el librero y para adentrarse un poco más en el asunto se lo había pedido, pero ni siquiera había pasado de las primeras páginas. Dudaba si sería ventajoso anotarse en esa organización que ya no estaba tan mal vista como antes o si era mejor mantenerse alejado de ella, de sus reuniones y de sus compromisos.

Al salir del comedor se dirigió a su nave de trabajo y se sentó sobre una viga a reposar un rato el almuerzo. Ya estaban allí varios operarios, en esta ocasión dedicados a discutir si la cerveza Cristal era mejor que la Bucanero. Aunque en aquella área estaba prohibido de modo terminante fumar, algunos lo hacían sin el menor disimulo. También estaba prohibido llevar bebidas alcohólicas al taller y algunos entraban con un pomo plástico de ron oculto en los bolsillos y a cada rato tomaban a escondidas un trago. Pocas veces los de la oficina salían a recorrer las naves donde trabajaban los operarios.

Esa tarde terminó de confeccionar varias mesas destinadas a una escuela primaria y después pasó a armar un butacón doble. El dolor de muelas volvió a atacarlo con más fuerza, pero asombrosamente minutos más tarde desapareció. En los últimos dos años le habían extraído tres muelas y todo parecía indicar que esta sería la cuarta. De seguir ese ritmo llegaría a los cincuenta años sin dientes. A más tardar el próximo miércoles tendría que ir a la consulta de la dentista. No podía seguir aplacando el dolor por medio de aspirinas.

Cuando ya estaba cerca de concluir la jornada laboral cortó varios listones de caoba y los introdujo en su mochila junto con un puñado de clavos y tornillos y varias arandelas. Después ocultó la mochila entre los tablones y la cubrió con unos puñados de aserrín. Con esos materiales podría terminar el librero que le estaba haciendo al escritor y cobrar el sábado los diez dólares que tanto necesitaba. Como había realizado la operación con rapidez y naturalidad nadie se percató de ella y continuó en la tarea de armar el butacón. Las planchas de fibrocemento del techo se habían recalentado con el sol de todo el día y el calor en la nave se hacía insoportable. La camisa de Juanito Pérez estaba empapada de sudor.

A las cuatro y media de la tarde dos golpes contundentes de metal anunciaron que el trabajo había terminado. De inmediato, recogió sus herramientas y sin pérdida de tiempo fue a entregarlas a la caseta donde se guardaban. No podía esperar a ser de los últimos en salir del taller, pues entonces posiblemente su mochila abultada llamaría la atención del encargado de la vigilancia. Era un viejo achacoso y aburrido que se paraba en la puerta a la hora de la salida con la orden de evitar que los operarios se llevaran algún material. Por lo común cumplía su misión con escaso interés, como un acto mecánico y formal, pero aun así era mejor correr el riesgo de ser descubierto cuando fuera mayor la afluencia de los trabajadores y pudiera pasar inadvertido dentro del grupo.

Después de haber firmado la tarjeta de asistencia y de haberse aseado un poco en los lavaderos regresó a la nave, ya vacía, sacó la mochila de entre los tablones y tras echársela a la espalda caminó hacia la puerta al tiempo que buscaba situarse al lado de algunos de sus compañeros. Las ventanas de la oficina estaban semicerradas y quizás ya el jefe del taller se había marchado. Era una buena señal. La gente caminaba con paso cansado, entre bromas y risotadas y alguna palmada amistosa en los hombros. Se encontraba a unos pasos de la salida cuando escuchó que lo llamaban:

—Juanito, ¿qué vas a hacer ahora? ¿Vamos a tomarnos una botella?

Volvió la cabeza y se encontró con dos operarios jóvenes a los que había adiestrado en el manejo de la garlopa, el cepillo y la trincha meses atrás, cuando habían ingresado en el taller. Con ellos mantenía una cierta amistad y en algunas ocasiones habían compartido unos vasos de ron a la salida del trabajo, mientras cada uno contaba un poco su vida; pero en esta oportunidad prefería regresar temprano a la casa. Además, le quedaba poco dinero y no era cuestión de malgastarlo en bebida o recostarse a los otros para que le pagasen el trago.

—Mañana, muchachos. Hoy no puedo.

Ellos insistieron, pero él mantuvo su negativa y así, en ese diálogo, pasaron por delante del responsable de vigilancia y salieron a la calle. Juanito Pérez respiró aliviado y echó a andar en dirección a la calzada mientras los otros se encaminaban al bar de la esquina. El cielo había comenzado a nublarse y anunciaba lluvia. Acomodó la mochila a la espalda y apuró el paso hasta llegar a la parada de ómnibus.

El primer metrobús arribó tan cargado de pasajeros que no pudo abordarlo a pesar de los esfuerzos que hizo. Muchas personas lo esperaban y se lanzaron a subir a él en cuanto se detuvo y abrió las puertas, pero tan sólo unas pocas lo lograron. Unos instantes después aquella enorme armazón de hierro se puso en marcha y se alejó al tiempo que inundaba de humo y de un intenso olor a petróleo toda la calzada. El cielo casi se había nublado por completo y ya habían retumbado varios truenos cuando un ómnibus se estacionó delante de la parada y su chofer gritó: “Hasta el Capitolio: un peso”.

Todos se lanzaron a abordarlo a un tiempo y Juanito Pérez no se quedó de último. Con la mochila bien segura a la espalda y los sentidos muy alertas por si alguien trataba de introducir la mano en sus bolsillos pudo abrirse paso y subir entre los primeros. En ese momento comenzaron a caer las primeras gotas, las ventanillas fueron cerradas y poco después en el ómnibus el calor se hizo insoportable. Así hicieron el recorrido hasta el Capitolio, donde en cambio la lluvia era una amenaza lejana y abundaban los turistas extranjeros. Vestidos por lo general con un pantalón corto y un pulóver sencillo, llevaban colgada al hombro una cámara fotográfica y a veces a su lado un par de jóvenes cubanos que le hablaban con mucha locuacidad.

En una tienda en divisas compró con cuarenta centavos de dólar una pastilla de jabón de baño y se sintió contento. Unos meses atrás, cuando se le acabó el jabón que le correspondía por la libreta de abastecimientos y no contaba con el dinero para comprar uno en dólares, se vio obligado dos días a bañarse con “jabón angolano”: mucha agua y mucha mano. Mas hoy tendría la felicidad de darse una ducha con un jabón de buena calidad, quitarse el desagradable olor a sudor y el aserrín que aún sentía pegado a su cuerpo y después tenderse desnudo sobre la cama con las piernas abiertas y ante el chorro de aire del ventilador.

Rumbo a su casa, caminó de nuevo por los portales de la calle Reina, sorteó varios charcos de aguas albañales y pasó por delante de ancianos mal vestidos que vendían cigarros sueltos o el periódico Granma. Un poco más allá, recostados a un auto moderno de cristales oscuros, había varios jóvenes con latas de cerveza en la mano que hablaban en voz muy alta y gesticulaban sin cesar. Uno de ellos tenía el pecho descubierto y ostentaba una gruesa cadena de oro. Otro tenía un brazo casi por completo tatuado. Al pasar junto a ellos los escuchó decir que al día siguiente irían a Varadero. Del auto brotaba una música reiterativa y estridente.

A diferencia de otras tardes, en esta ocasión no había casi nadie en la panadería y Juanito Pérez pudo adquirir enseguida los tres panecitos que le correspondían a su núcleo familiar. También le compró dos mangos a un vendedor ambulante y tuvo la suerte de encontrarse a continuación con Orestes, un amigo de la infancia.

—Juanito, al fin te veo. Desde hace días necesito hablar contigo. Resulta que quiero poner en la sala un multimueble donde estén el televisor, el video, la grabadora y las bocinas, una pecera y unos adornos y me hace falta saber si puedo contar contigo para que hagas el trabajo. Yo ya he conseguido las tablas, el barniz... ¿Qué tú crees?

—Bueno, creo que sí. Para el otro fin de semana.

—Coño, perfecto, mi socio, porque quiero que sea un regalo de cumpleaños para mi mujer... Oye, Juanito, te voy a pagar bien —y al decirle esto ladeó la cabeza y abrió aún más los ojos.

—No hay más que hablar. Cuenta conmigo. El sábado de la otra semana empiezo el trabajo y si hace falta más madera yo la consigo.

Orestes sonrió, le dio una palmada en el brazo y caminó calle arriba. Juntos habían estudiado en la misma escuela primaria y en la misma secundaria básica, pero en aulas diferentes. También habían coincidido en los juegos de pelota en el barrio, en los enfrentamientos a pedradas con la pandilla de Atarés y en las fiestas de las amigas que cumplían quince años. Después cada cual había tomado su rumbo y durante mucho tiempo no habían vuelto a encontrarse. A través de los amigos comunes llegó a saber que Orestes había sido dirigente estudiantil en la Universidad, que se había graduado de arquitecto y a continuación lo habían enviado a trabajar en un proyecto constructivo en Moa. Unos meses atrás había reaparecido en el barrio, después de muchos años. Ahora, según decían, trabajaba para una firma extranjera y se encontraba en muy buena situación económica. Juanito Pérez no estaba muy seguro de eso, pero en dos o tres ocasiones lo había visto pasar manejando un Land Rover y se habían saludado desde lejos.

Cuando ya se encontraba muy cerca de su casa un nuevo motivo de satisfacción venía a invadirlo. Estaba a punto de terminar el librero para el escritor y ahora se le presentaba un nuevo trabajo, incluso más lucrativo. Quizás Orestes le pagara cincuenta dólares por el multimueble. De ser así podría comprarle a su hija el par de zapatos que tanto le había prometido. O una olla arrocera para su esposa. O un radio portátil para entretenerse cuando faltase la electricidad. Eran tantas las cosas que necesitaba...

En la entrada del solar estaban sentados Mongo y dos vecinos de la cuadra con una botella semioculta entre las piernas. Cuando lo vieron llegar lo detuvieron.

—Toma un trago, Juanito.

Comprendió que si rechazaba la invitación lo entenderían como un desaire y cogió la botella que le alargaban. Sin pensarlo dos veces bebió un trago rápido y con gran esfuerzo contuvo una mueca de asco. Aquello no era ron, sino tan solo alcohol y un poco de agua.

—Está fuerte, peleón —dijo por hacer un comentario.

—Ah, está sabroso —respondió Mongo al tiempo que tomaba de nuevo la botella. Tenía los párpados caídos y la nariz muy colorada.

De nuevo esquivó los excrementos de los perros que nadie se había ocupado de limpiar y llegó hasta la puerta de su apartamento. Los Muchos estaban enfrascados otra vez en una ruidosa discusión. Alguien tenía puesto el televisor a un volumen muy alto. En el momento de abrir el candado sintió a su espalda la voz de Chela.

—Juanito, ¿te interesa comprar dos libras de queso amarillo? Lo trajeron hoy mismo de Camagüey.

—No, lo que me hace falta es un paquetico de café.

—Ah, espérate, que Sandalio tiene.

Chela caminó hacia el final del pasillo y regresó enseguida con un paquete en la mano.

—Era el último que le quedaba. Te pusiste dichoso.

Mientras buscaba el billete de diez pesos en el bolsillo le preguntó:

—¿Por qué es la bronca hoy? —e hizo un gesto con la cabeza en dirección a la casa de Los Muchos.

—Por las latas de jurel que llegaron a la bodega. Como no dan una por persona no se ponen de acuerdo en la repartición.

Acababa de entrar a la casa y de dejar la mochila en un rincón cuando tocaron a la puerta. Al abrir se encontró con Beba, la vecina del último cuarto del solar.

—Juanito, llamó por teléfono tu hija para pedirme que te dijera que cuando vayas a verla este domingo le lleves las chancletas de baño, que se le quedaron en la barbacoa, debajo de la cama.

Como no disponía de teléfono tenía que utilizar el de Beba para que sus familiares se comunicaran con él o para hacer llamadas importantes. A cambio, como agradecimiento, alguna que otra vez le regalaba una libra de frijoles negros o unos pastelitos. Era esta la única forma que tenía de poder disponer de un teléfono.

—¿Te enteraste que Celia, la rubia de la acera de enfrente, se sacó el bombo?

—¿El sorteo de la Oficina de Intereses?

—Eso mismo. Hoy le avisaron. Se piensa ir con los dos hijos, pero primero el padre de ellos le tiene que dar la autorización, aunque ya están divorciados.

Después le comentó que durante casi toda la tarde no habían tenido suministro de gas y que su nuera iba a dejar de impartir clases para dedicarse a desrizar el pelo en su apartamento. Así ganaría más y estaría más tranquila. Ya iba a marcharse cuando les pasó por el lado en dirección a la salida, sin mirarlos, una mulata joven, alta y delgada, vestida muy elegante. A su paso dejó flotando en el pasillo un perfume muy agradable que contrastaba con la fetidez del orine de los perros.

—La nieta de Sandalio pica alto... —dijo Chela sin dejar de mirarla—. Está sacándole buen partido a su juventud y a su belleza. Los hijos míos la han visto en una discoteca, por La Habana Vieja y montada en un auto... pero siempre con un extranjero al lado.

—Estos tiempos son otros, Chela.

Volvió a cerrar la puerta, se quitó la ropa y entró al baño. Tras haber estado largo rato bajo la ducha encendió la cocina y comenzó a preparar algo de comer. Le resultaba muy fastidioso cocinar, pero al no encontrarse su esposa tenía que asumir esta tarea o de lo contrario salir a la calle a buscar una pizzería, lo que de todos modos no hubiera hecho porque además de estar cansado ya apenas le quedaba dinero. Para darse ánimos en aquel momento, se dijo que de seguro la próxima semana regresaría su mujer y de nuevo se haría cargo de los quehaceres de la cocina.

Había terminado de fregar el plato y estaba a punto de comenzar el noticiero de la televisión cuando todo quedó de pronto a oscuras. Una exclamación general de fastidio recorrió el solar. Un nuevo apagón había empezado.

A tientas Juanito Pérez logró hallar una caja de fósforos y encender una rudimentaria lámpara de queroseno que comenzó de inmediato a despedir un humo muy negro. Las voces en la casa de Los Muchos ahora se habían incrementado. Algunos vecinos salían por el pasillo lentamente. Como en otras ocasiones optaban por salir a sentarse a la entrada del solar para tomar el aire, conversar un poco y dejar pasar el tiempo. Un hombre gritó:

—¡Aquí hay que irse, señores, aquí hay que irse!… acostumbrando, acostumbrando —y se oyó risa de mujeres.

Al rato Juanito apagó la lámpara, se sentó en un sillón y mientras utilizaba una revista como abanico empezó a balancearse en espera de que la electricidad fuera restablecida. Cuando una hora después los bombillos volvieron a encenderse, un estallido de júbilo resonó en el solar y los perros ladraron. Varias personas corrieron por el pasillo mientras ordenaban: “Enciende el televisor, apúrate, todavía no se ha acabado la novela”.

Juanito también encendió su viejo televisor en blanco y negro y pudo ver los minutos finales de la telenovela brasileña que estaban transmitiendo. Después se entretuvo un rato con un programa humorístico hasta que el sueño comenzó a vencerlo. Entonces colocó el ventilador a los pies de la cama, le dio cuerda al reloj despertador y lo puso en la mesita de noche, sobre el ejemplar de Liturgia masónica. Tras apagar las luces se acostó desnudo, con las piernas abiertas y los brazos extendidos. Los ruidos en el solar persistían, pero ahora se escuchaban más lejanos.

Paulatinamente empezó a sentir un agradable olor dulzón que se iba haciendo cada vez más intenso e inundaba todo su cuarto. No supo de dónde procedía hasta que escuchó la voz de Chela que gritaba:

—¡Antonia, se te quema algo en la cocina!

—¡Ay, los boniatos que había puesto a hervir! —y se escuchó un chancleteo apresurado por el pasillo.

Aquel olor dulzón le hizo recordar a Juanito Pérez el olor a la caña quemada cuando en la Zafra de 1970 había estado casi seis meses de machetero en un campamento en Matanzas. Por aquel tiempo cursaba estudios en un instituto tecnológico que fue enviado, como los otros, a cortar caña para la zafra gigante de diez millones de toneladas de azúcar. Allí había permanecido junto a sus compañeros de aula brindando cada día con entusiasmo su aporte para que el país saliera por fin del subdesarrollo. Por entonces las esperanzas eran muy verdes y el entusiasmo contagioso. También el futuro se anunciaba próspero y resplandeciente, valía la pena realizar cualquier sacrificio y él soñaba con graduarse de físico nuclear en la Universidad Lomonósov, de Moscú. Así, hundido en la penumbra de aquellos recuerdos lejanos, con una semisonrisa, se fue quedando dormido.

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