Revolución `s Wake

Duanel Díaz

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Y comenzó la inundación. Al principio, y a pesar del ímpetu avasallador que llevaba en sí misma, se mostró como ese hilo de agua, rápido y zigzagueante, pero que al mismo tiempo el pie de un niño podría desviar de su curso. Cada cual, si no es inhumano, tendrá su opinión sobre las revoluciones. La gama es variadísima. Para éste habrán alcanzado su punto alto en el momento de la lucha clandestina; para aquél, cuando tengan cumplimiento las conquistas sociales por las cuales los hombres lucharon al precio de su vida. Para mí, que no puedo dejar de ser poeta, cuando el pueblo, como río desbordado se lanza a la calle con furia incontenible. A esto se podría llamar la "oportunidad del pueblo". Esta oportunidad se caracteriza, de un lado por la fraternización; del otro por el espíritu vindicativo. No bien la radio confirmó que Batista había soltado el Poder (es el verbo que conviene pues hubo que arrebatárselo de las manos) el pueblo se lanzó a la calle. Todo aquello que significó expoliación, es decir: parquímetros, casas de juego, vidrieras de apuntaciones: todo lo que traducía la opulencia insolente de los batistianos: residencias, clubes, fue tirado patas arriba, quemado. Cada treinta, cuarenta o cien años el pueblo es, por unas horas, el dueño absoluto de la ciudad. Durante esas horas el pueblo es amo omnímodo, con plenos poderes, con derechos de horca y cuchilla. Es un espectáculo grandioso por cuanto ve plasmarse inopinadamente ese sueño de Poder que él, también, quisiera detentar[1].

Así describía Virgilio Piñera, en el último número de la revista Ciclón, aquel día del 1º de enero de 1959 que siguió a la sorpresiva huida de Batista. Leído hoy, medio siglo después, ese "minuto sagrado" en que el pueblo se apoderó de la ciudad fue el momento único en que la nueva dictadura no había comenzado pero ya se forjaban sus mitos: esos anacrónicos capitanes que, al decir de Piñera, parecían salidos de otros tiempos más románticos, batallas legendarias y cuadros de grandes pintores. Insospechadas serían, para todos, las consecuencias de aquella portentosa inundación: como Saturno, la Revolución devoraría a sus propios hijos, arrasando, al fin, con el propio Piñera, que experimentaría en carne propia una "muerte civil" mucho peor que la indiferencia que rodeaba a los escritores en la República. En los primeros días de enero, cuando escribe este testimonio, para Piñera, como para tantos otros de sus contemporáneos, la Revolución era una promesa de vita nuova en la que no se adivinaban los círculos del infierno, aunque se sentaban ya las bases de un poder sin precedentes en la historia del país, sustentado no ya en la autoridad del ejército tradicional, sino en la militarización del pueblo.

Símbolo de liberación, entonces, la conversión de los cuarteles en escuelas, que tanto impresionó a Sartre, debe ser comprendida, a la luz de la historia posterior, como un anuncio de esa superación de los límites tradicionales que distingue al poder autoritario del totalitario: la educación, como la cultura, quedaría, al cabo, integrada en un dispositivo policíaco que, al igual que el Estado mismo, ya no tenía afuera. Si el madrugonazo de Batista —que dio inicio a la espiral de violencia que hizo posible el triunfo de Castro— y la caída de Machado —de la que ascendió Batista como el “hombre fuerte” del país— eran formas de un “destino sudamericano”, Castro se alejaba rápidamente de él; se diría que lo superaba dialécticamente, diferenciando claramente la nueva dictadura de las anteriores. El doctor que jamás se quitó su traje de guerrillero no ocupó nunca el Palacio Presidencial; se estableció, primero, en el hotel Habana Libre; luego, haría de su residencia secreto de Estado. Al Palacio lo convirtió en Museo de la Revolución, mientras instauraba otro poder que no podía tener sede, porque estaba en todas partes, mucho más allá de adonde pueden llegar los regímenes autoritarios: en cada casa, en cada mente, en cada cuerpo.

Entre la dictadura castrista y las anteriores hay, por tanto, una diferencia de esencia más que de grado. La tradición de la violencia revolucionaria, con su culto del hombre fuerte y el consiguiente irrespeto hacia las instituciones, está, ciertamente, en el origen del castrismo, pero sólo en el sentido en que Hannah Arendt ve al antisemitismo y al imperialismo como orígenes del totalitarismo; es decir, no como causas que deberían conducir necesariamente a él, sino como factores que solamente se revelan como tales desde nuestra altura histórica. El castrismo no ha sido únicamente la forma cubana del tercermundismo, sino, también, el único régimen comunista del hemisferio occidental. La alineación del país más americanizado de Latinoamérica al bloque soviético no se comprende, ciertamente, sin considerar cuánto procedía Castro de la familia republicana de los salvadores de la patria y en qué medida capitalizaba las decepciones de 1944, 1933 y 1901, pero, a la vez, sitúa a su dictadura en un universo cualitativamente distinto: el totalitarismo del siglo.

No conviene al castrismo, sin embargo, la estricta definición de Arendt, para quien la desestalinización en la Unión Soviética constituye una salida, desde la dominación totalitaria, hacia la dictadura de partido único[2]. En Cuba, donde el comunismo derivó de una revolución nacionalista y democrática —contemporánea de la crisis que siguió al XX Congreso del PCUS y a la intervención soviética en Hungría—, no ha habido, desde luego, estalinismo. Nada comparable a los procesos de Moscú y al GULAG, pero sí, en realidad, procesos y campos de trabajo: el castrismo, que ha aportado al Libro Negro del Comunismo los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) y los “actos de repudio”, ha sido algo más que una dictadura de partido único[3]. Su originalidad, entre los regímenes marxistas-leninistas, radica, quizás, en esa parte fascista que los más lúcidos observadores del proceso cubano no han dejado de advertir. En el epílogo a su monumental Cuba, or the Pursuit of Freedom, Hugh Thomas escribe:

Al observar la vida política cubana, cada vez encontramos más paralelos de la misma con el fascismo. La atención prestada a la propaganda, el culto al liderazgo, la doctrina de la lucha permanente, la exaltación del nacionalismo y la violencia, la insistencia en la oratoria cuidadosamente escenificada, los estandartes y las feroces “opiniones en armas” apoyadas por la intimidación de la muchedumbre, las concentraciones de masa y las atroces cárceles… Todos estos métodos característicamente castristas de los primeros días recordaban el fascismo, y muchas de aquellas técnicas se siguen empleando todavía. (…) este régimen parece haber sido, más que otra cosa, el primer régimen fascista de izquierda, (…) es un régimen con metas totalitarias izquierdistas establecido y apoyado con métodos propios del fascismo[4].

Gran lector de los discursos de Mussolini, Castro cultivó hasta la náusea el coloquio con las masas que el Duce inventara en la Italia de los años 20. “Si tratas de dar una forma definida a tus ideas, con anterioridad, cuando empiezas a hablar pierdes una de las mejores influencias que el público puede ejercer sobre la persona que habla: la transmisión de su ardor, de su entusiasmo, de su fuerza, de su inspiración. Mis discursos generalmente son conversaciones… con el público”, declaraba el Comandante[5]. Y fue justamente a ese pueblo al que le preguntó, a fines de enero de 1959, en el discurso con que reaccionaba a las críticas recibidas desde el extranjero por los fusilamientos de los colaboradores de la dictadura, si estaban o no de acuerdo. Recibió, desde luego, la respuesta esperada, y de aquella unanimidad también eran parte la mayoría de los intelectuales, quienes llegaron a declarar, en carta al Presidente, que “llegada la hora de ajusticiar a los monstruosos asesinos y torturadores que con inimaginable sadismo y crueldad se han ensañado con el pueblo, no toleraremos intervenciones por parte de extraños que desconocen los hechos y piden clemencia para los criminales, habiendo desoído las angustiadas y lacerantes súplicas de las víctimas. Son los propios cubanos los llamados a ejercer la justicia en su país. Cuba mantiene ese inalienable derecho de toda nación libre y soberana sobre sus asuntos internos”[6].

He aquí, pues, lo que Arendt llama, a propósito de la Revolución Francesa, “el disfraz más vulgar y peligroso que el absoluto vistió nunca en la esfera política, el disfraz de la nación”[7]. Ese proceso donde la soberanía absoluta pasa del monarca a la nación anuncia ya aquel otro donde la libertad de la nación es idéntica a la sujeción de cada ciudadano al Estado totalitario. En aquellos fusilamientos, indiscriminados y televisados, estaba, innuce, el terror de los años siguientes, cuando los opositores, identificados en bloque como “batistianos”, serían fusilados por centenares. Aquellas ejecuciones, cuya “necesidad” defendió Ernesto Guevara en la OEA, no eran sólo un castigo a los criminales de la dictadura, sino, también, la expresión de una violencia revolucionaria abocada a hacer tábula rasa de las instituciones de la República. Más que en esa espontánea violencia popular que Piñera describiera en su crónica, el totalitarismo castrista tiene su origen en aquella “justicia revolucionaria” donde, siempre en nombre del pueblo, comenzaba con sangre la nueva dictadura. Fue justo en nombre de la soberanía popular y nacional que se reinstauró, desde los primeros días de 1959, la pena de muerte —limitada en la Constitución del 40 para casos de alta traición militar—, que se suspendió el habeas corpus a fines de noviembre y que se volvió corriente, en ese y los años siguientes, el grito de “¡Paredón!”.

En 1960, el atentado a un buque francés anclado en el puerto de La Habana, aceleró la militarización de la sociedad: el Gobierno Revolucionario lo atribuyó al “imperialismo norteamericano” y creó las “milicias populares”. “Cuando estalló La Coubre —apunta Sartre casi al final de su reportaje Huracán sobre el azúcar— descubrí el rostro oculto de todas las revoluciones, su rostro de sombra: la amenaza extranjera sentida en la angustia. Y descubrí la angustia cubana porque, de pronto, la compartí”[8]. Pero lo que saldría de ese momento cumbre de la “psicosis de guerra” —para usar el término empleado por Crane Brinton en su Anatomía de la revolución—, lo que entonces se mostraba, aprovechando el duelo nacional, no era la angustia de la que habla Sartre, sino aquel terror que, interrogado por el filósofo en la Ciénaga de Zapata, Castro le había asegurado que no sobrevendría. “Frente al terror enemigo otro implacable terror estaba naciendo —ha escrito, con pleno conocimiento de causa, Carlos Franqui—. El terror rojo. Aquel día se le vio la cara. Era la cara de Fidel. Y era terrible”[9].

Uno de los instrumentos de aquel terror, los Comités de Defensa de la Revolución, fueron creados unos meses después. A semejanza de los Comités de Salut Public de la Revolución Francesa, estas organizaciones “de masas” pasaron rápidamente de la misión de evitar que las personas que marchaban al exilio vendieran o regalaran sus propiedades a la delación de todo posible desafecto y la estricta vigilancia de la moral socialista. En los días previos a la fallida invasión de Playa Girón, fueron estos comités los que señalaron a los miles de personas que fueron detenidas preventivamente y concentradas en estadios durante varios días. Como aquel ojo vigilante de 1793, la policía estaba ahora en todas partes. Era la necesaria contraparte de aquel coloquio con las masas que, autodenominado “democracia directa”, con resonancias atenienses y jacobinas, había sustituido a la tradicional democracia participativa.

La oposición no tuvo, entonces, otro camino que el de las armas. Pero la contienda que siguió no fue entendida como guerra civil sino como “Lucha contra Bandidos” (LCB). En la nueva lengua que reflejaba y expandía la ideología del Estado comunista, aquellos campesinos, muchos de los cuales habían luchado contra Batista y no tenían vinculación alguna con la CIA, debían ser “cazados” por el solo hecho de oponerse al comunismo. “Limpia del Escambray” se llamó también a aquella operación, como si se tratara de arrancar las malas yerbas en un terreno cultivado. Y el cronista de aquella violenta campaña, Norberto Fuentes, interpretaba todo en jerga de manual soviético: “He aquí, en la vida del LCB, la lucha de clases en su forma más cruda. De un lado, lo más noble y trabajador de un pueblo; del otro, lo más podrido y viejo. Los dos, resolviendo la contradicción con las armas en la mano”, escribía en la revista Mella[10].

En esa olvidada revista de la Unión de Jóvenes Comunistas, podemos encontrar sobrados ejemplos de deshumanización de los opositores políticos. “Hay que hervirlos”, proclamaba en grandes letras en 1965, sobre un dibujo que mostraba unas larvas en un recipiente lleno de líquido. “El agua de pozo hay que hervirla. Pero es que hay ‘microbios’ mucho más peligrosos que las amebas… y a esos también hay que hervirlos…”[11]. La “medida de profilaxis” con la que, según la revista, todo el pueblo estaba de acuerdo, no era otra que la llamada “depuración” universitaria, esto es, la expulsión de los “gusanos” y de los homosexuales de la enseñanza superior. La equiparación de la homosexualidad y la contrarrevolución, como enemigos comunes del proceso revolucionario que, por tanto, había que comprender en una única depuración[12], legitimaba, justo en un momento en que la oposición armada estaba prácticamente derrotada, esa forma extrema de la violencia de Estado que cobró forma en los campos de trabajo entre 1965 y 1968.

En las llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) fueron internados desafectos, delincuentes, religiosos y homosexuales. Sometidos a trabajos forzados y a diversas torturas, se estima que alcanzaron el número de 38.641 y que hubo 72 muertos, incluyendo a los suicidas[13]. Estos campos de concentración fueron el resultado más horroroso de una campaña regeneracionista iniciada por Castro en su discurso del 13 de marzo de 1963, donde criticaba a los “lumpen”, “hijos de burgueses que ni estudian ni trabajan” y a las “sectas dirigidas por la CIA”[14], aludiendo, al parecer, a los testigos de Jehová y a los miembros de la sociedad secreta abakuá, de origen afrocubano. A fines de ese año, se promulga la Ley de Servicio Militar, que se usó en 1965 para reclutar a lo que el Ministerio del Interior llamaba “Lacras Sociales”.

“El trabajo os hará hombres”, frase que se leía a la entrada de las unidades militares, expresa claramente, por un lado, el culto fascistoide del trabajo impuesto por el socialismo en la Isla, y, por el otro, la identidad de esta violencia revolucionaria con la ingeniería social preconizada por Guevara. El régimen califica de “vagos y parásitos” a todos aquellos que no considera “revolucionarios”: homosexuales, testigos de Jehová, católicos, desafectos. Allí, “hombres” quería decir “hombres nuevos”, ni gusanos ni maricas. La misma violencia que el discurso desarrollista propugnaba para la transformación del medio natural, se ensayaba ahora sobre este material humano al que había que moldear a imagen y semejanza de la sociedad socialista.

La politización de la vida, que está, según Foucault, en la raíz misma de la época moderna, se realiza de forma extrema en estos campos de concentración, una vez que el Estado ha tomado a su cuidado los cuerpos y las mentes, en una política higienizadora que oscila entre la destrucción y la regeneración de las “lacras sociales”. La sociedad burguesa produjo, ciertamente, gran cantidad de discursos sobre la sexualidad, pero solamente los regímenes totalitarios intentan en gran escala regenerar o exterminar a los “degenerados”. En Cuba, existía una tradición de letrados que, desde Saco hasta Ortiz, había criticado la vagancia, entre otros “vicios” como el juego y las peleas de gallos, pero sólo el totalitarismo comunista criminaliza el ocio, convirtiendo en delito contrarrevolucionario al hecho mismo de no trabajar.

Con la abolición de la separación de lo público y lo privado en que se fundamenta el orden burgués, esta “biopolítica” implica la “movilización total” de la vida toda en torno a la defensa y la producción. Entre 1968, año de la Ofensiva Revolucionaria que nacionalizó los pequeños reductos de propiedad privada existentes aún, y 1970, año de la Zafra de los Diez Millones, esta movilización coincidió, no por azar, con los procesos de la “microfacción” —donde un grupo de cuadros procedentes del viejo Partido Socialista Popular fueron acusados de colaborar con el enemigo, en una purga al interior del Partido— y el célebre “caso Padilla” —que culminaba un largo proceso de represión de la intelligentsia iniciado una década atrás. En 1971, cuando en el Congreso Nacional de Educación y Cultura se aparecía el fantasma de Zdanov, quedó eliminada del todo la posibilidad de abandonar el país, consumándose la biopolítica totalitaria. Los campos de concentración se habían cerrado, pero ahora toda la Isla era un gran campo.

Ese mediodía del totalitarismo en torno a la campaña de los Diez Millones de toneladas de azúcar podía verse, entonces, como un regreso de los tiempos de la esclavitud. Así lo testimonió Reinaldo Arenas en un largo poema, “El central”, donde capta agudamente la relación entre la Ley del Servicio Militar Obligatorio, los carteles “donde se nos muestra el futuro” y la “gran plantación de caña donde se nos aniquila el presente”[15]. En sus piezas de teatro experimental, el propio Arenas presenta la dicotomía fundamental de esa época donde la única rebeldía posible es la imposible fuga: de un lado, la movilización total; del otro, el deseo de escapar de la Isla-prisión. “¡El que saque la cabeza se la cortamos! ¡Ya llegamos a las cien mil posturas de café! ¡Acude al llamado de la patria! ¡Que no quede un grano en el suelo! ¡Para tomarlo hay que sembrarlo! ¡Que no quede ni una caña en pie! ¡Están ustedes entrando en el Plan Monumental del Cordón de La Habana! ¡Guerra a muerte a los peludos y a los gusanos! ¡Comandante en Jefe, Ordene!”, corea el coro, entre otras consignas, mientras la pareja obsesionada con escapar es perseguida y condenada por el Gran Hermano[16].

No es casualidad, entonces, que sea la “salida ilegal” del país el móvil del crimen cuya resolución cuenta una de las novelas más populares de la década de 1970: La ronda de los rubíes, de Armando Cristóbal Pérez. El género policíaco, promovido por el Ministerio del Interior a través de un concurso anual, correspondía mejor que ningún otro al régimen policial de aquellos años negros. La ecuación de la contrarrevolución y la criminalidad común, piedra angular de la ideología de un sistema político que busca superar la distinción entre lo público y lo privado, se reafirmaba una y otra vez en aquellas novelas donde abnegados investigadores, auxiliados siempre por diligentes cederistas, atajaban a quienes pretendían atentar contra el Estado socialista. Semejantes productos del realismo socialista cubano no tenían, desde luego, nada de realistas: la distancia entre la ideología y la realidad, propia de los regímenes comunistas, alcanzaba su máximo en aquella narrativa académica, didáctica, que hoy mueve a risa.

Frente a aquella ficción ideológica, la reprimida realidad retornó el 1 de abril de 1980, cuando un ómnibus irrumpió en los jardines de la Embajada del Perú. Las consecuencias no pudieron ser mayores: hubo un muerto entre los custodios cubanos, exigencia a Perú de devolver a los asilados y, ante la negativa peruana, se retiraron las postas que custodiaban el recinto. En menos de 48 horas, más de diez mil personas se asilaron. Se anunció entonces que se permitiría su salida hacia Perú, así como la de aquellos otros cuyos familiares vinieran a recogerlos desde Estados Unidos, a cambio de que se llevaran también, en sus embarcaciones, a delincuentes y presos comunes. Aquella especial coyuntura invirtió, entonces, el sentido normativo de la simulación: por una vez, “desintegrarse” resultaba provechoso. No sólo los “degenerados” se mostraron ostentosos, sino que los “decentes” se hicieron pasar por degenerados. El “devenir menor” que, como el cinismo original, es siempre un salto fuera de la humanidad, se presentó bajo la humillación de declararse “maricón”, “gusano” o “puta”.

El éxodo permitió al régimen librarse de miles de personas potencialmente subversivas, pero constituyó una inequívoca evidencia del fracaso de toda aquella ingeniería social. ¿Cómo sostener, entonces, que “el origen del delito se encuentra en la realidad prerrevolucionaria, es un remanente de la sociedad anterior y como tal debe ser combatido”[17]?

En el discurso oficial se produjo un corrimiento del humanismo socialista —que consideraba al hombre y, en especial, a la juventud, como arcilla para moldear al hombre nuevo— hacia una especie de positivismo revolucionario. De sobra conocida es la respuesta de Castro instando a irse a aquellos que no tuvieran “genes” y “sangre” revolucionaria. Décadas atrás, los letrados de la República, siguiendo a sus antecesores de la Colonia, propugnaron la inmigración blanca como medida de saneamiento de un cuerpo social contaminado por elementos resistentes a la civilización; ahora, la Revolución decretaba, en nombre de la salus publica, entendida como salvación revolucionaria, la emigración de la “escoria”.

Así lo explicaba un editorial de Granma que reiteraba el dispositivo totalitario que identificaba nación y revolución, convirtiendo toda diferencia en el interior del cuerpo social en residuo subhumano:

Antisociales son en general lumpens, vagos, parásitos, elementos delincuenciales o predelincuenciales, viciosos, etc., que se corresponden con el tipo de gente que se alojó en la embajada del Perú y otros que no se alojaron oportunamente y han solicitado pasaporte y salvoconducto. Viajan también familiares de residentes cubanos en Estados Unidos que no obligatoriamente son lumpens. Pero se trata en general de personas que carecen de sentido nacional y apego a su patria. Gente que añora el “paraíso” yanqui y llena de falsas ilusiones sobre aquella sociedad egoísta y despiadada, que Martí calificó un día como monstruo en cuyas entrañas había vivido. Por tanto Granma seguirá denominándolos a todos como elementos antisociales[18].

“Ahora que la taza está llena... ¡halemos la cadena!”, proclamaba, por su parte, junto al dibujo de un inodoro lleno de heces, uno de los carteles que se portaron en la Marcha del Pueblo Combatiente convocada por el Gobierno para repudiar a los asilados. Estos, al “desintegrarse”, decidiendo adoptar el lugar de la no-persona, ¿no se acercaban de algún modo a esa extraña figura del Homo sacer de la que habla Agamben? Expulsados de la polis revolucionaria, cualquiera podía, si no matarlos, sí golpearlos, robarles y humillarlos impunemente.

Obviamente emparentados con los pogromos antisemitas y los autos de fe, así como con las prácticas fascistas que en Cuba inspiraron la famosa “porra” machadista, estos actos de repudio tienen sus orígenes más inmediatos en aquellas “inundaciones” de masas de los primeros días de la Revolución, cuando casas particulares y sedes de periódicos fueron invadidos por la multitud enardecida al compás de consignas y cánticos revolucionarios. Unos años después, el esquema se perfilaba mejor en aquellas reuniones universitarias donde se linchaba verbalmente al “depurado”. En el documental Conducta impropia, se ofrece testimonio de cómo había que participar en el linchamiento verbal, so pena de convertirse uno mismo en objeto de él; el grupo reafirma y ritualiza su identidad revolucionaria cebándose en una víctima indefensa. Padilla, golpeado en la prisión por policías que recitaban mientras tanto poemas de Fuera de juego[19], ¿no fue, acaso, el primer objeto de un acto de repudio “con todas las de la ley”?

En 1980, estos actos se produjeron de manera totalmente pública, con una violencia que, en parte organizada por el Estado y en parte espontánea, trascendió, de cierta forma, los estrictos límites del totalitarismo. Si el dispositivo totalitario se fundamenta, como señala Hannah Arendt, en el terror, que “no es lo mismo que la violencia; es más bien la forma de gobierno que llega a existir cuando la violencia, tras haber destruido todo poder, no abdica sino que, por el contrario, sigue ejerciendo un completo control”[20], el regreso de la violencia contra los desafectos significó, por paradójico que parezca, un agujero en el dique de la Revolución Cubana. No se trató simplemente de una continuación por otros medios del terror rojo; la violencia de las agresiones de 1980 expresaba algo más, en la medida en que contenía algo del gesto subversivo de aquellos contra quienes se dirigía. Los actos de repudio pueden ser comprendidos como un síntoma, más o menos, en el sentido en que Slavoj Žižek interpreta la Noche de los Cristales Rotos, en tanto que manifestación “distorsionada” de un cierto potencial revolucionario. Si la furia de pogromos antisemitas es “una prueba a contrario de la posibilidad de una revolución proletaria auténtica”, ¿no podría verse la violencia de los actos de repudio como “una formación defensiva que cubre el vacío del fracaso para intervenir efectivamente en la crisis social?”[21].

El Mariel constituyó, ciertamente, un paréntesis carnavalesco en medio de una vida estatalmente organizada en torno a la defensa y la producción. En un país donde había sido prohibida toda manifestación no convocada por el Gobierno, donde las fiestas revolucionarias se habían vuelto rutinarias, donde la violencia del Estado permanecía, desde los fusilamientos de 1959, fuera de escena, se abría, de pronto, la posibilidad de salir de la organización, tanto para los que decidieron correr el riesgo de asilarse en la Embajada o solicitar luego la salida como para aquellos otros que los repudiaron. Estos últimos podían ir más allá de la delación y tirar un huevo, dejar por un momento las consignas e invadir la casa ajena, pasar de los discursos ideológicos a los insultos personales o las agresiones físicas. El Mariel recuperó, de forma perversa, algo de la humanidad reprimida por la burocracia totalitaria, no sólo porque fue ocasión para que se mostraran los que hasta entonces habían permanecido marginados, sino, también, por el hecho de que permitió a los agresores establecer con ellos una relación no del todo mediada por el aparato estatal. En la manera cómo se violó la privacidad y la integridad física de la gente, hubo algo de “gasto” batailleano que trascendía el riguroso terror de la organización totalitaria.

Aquello fue, entonces, algo así como una “segunda inundación”; las masas, dueñas de unas calles que se decían “de los revolucionarios”, consumaban el terror que procedía de la primera, al tiempo que expresaban la posibilidad perdida de destruir el sistema desde dentro y desde abajo. Es Arenas, una vez más, quien, habiendo aprovechado él mismo la ocasión para escapar, captó algo de esto al llamar “Termina el desfile” a su relato sobre los sucesos de la Embajada del Perú. Si en un relato anterior, “Comienza el desfile”, contaba el momento del triunfo de la Revolución desde el punto de vista de un adolescente campesino identificado con aquella historia, ahora el horror de la Embajada, la asfixia que condujo a esa desesperada situación, el hambre y la violencia que durante días soportaron allí dentro los asilados, venía a ser como la consumación de aquel proceso iniciado en los primeros días del triunfo de los rebeldes. En cierto sentido, El Mariel fue el fin de la Revolución Cubana, y ésta, desde entonces, no ha hecho más que sobrevivirse a sí misma.

Cuando, después de la caída del Muro de Berlín, comenzó a crecer una oposición pacífica, resurgieron los actos de repudio, pero ya sin la “popularidad” de entonces. Igual que, según cuenta Fuentes, los últimos bandidos del Escambray murieron escuchando “La internacional”, cantada por un grupo de campesinos de una zona donde “tres instructores políticos” habían realizado “una intensa labor política”[22], en 1991, la poeta María Elena Cruz Varela fue golpeada y obligada a comerse sus poemas, mientras desde los carros patrulleros se oía la música de Silvio Rodríguez —la “Nueva Trova” ha sido, quién lo duda, la “banda sonora” de la Revolución—. Y hay testimonio de otros actos de repudio donde se han gritado frases que evidencian, una vez más, la deshumanización del disidente en que el castrismo ha fundamentado su brutal represión. Los gritos de “Rata inmunda”, la amenaza de la turba de entrar al apartamento del repudiado y fumigar allí contra los mosquitos, tienen claras reminiscencias de aquellos dibujos animados cubanos donde, como parte de la paideia revolucionaria, la lucha contra los “vectores” alcanzaba una dimensión ideológica. Las ratas que, luego de intentar destruir el huerto escolar, son derrotadas por los pioneros en el animado cubano Los valientes, remitían obviamente a la caricatura de los “batistianos” de la brigada 2506 que ha difundido por décadas la propaganda castrista. Y parte de la ejemplaridad revolucionaria de Chuncha, la vieja presidenta de Comité que protagonizaba una aburridísima serie del ICAIC, estaba en su participación entusiasta en las campañas de fumigación.

Se diría que estas frases, gritadas por los llamados “Brigadas de respuesta rápida”, es lo único que queda de aquellos discursos que, aunque reproducidos aún incesantemente por los “aparatos ideológicos del Estado”, son claramente de otra época. Las masas, ese pueblo en cuyo nombre se fusiló y se reprimió con abundancia, cultivan hoy una violencia distinta, cuyas estampas recuerdan, cada vez más, al desamparo y la miseria de buena parte de Latinoamérica y menos al paraíso socialista alabado por tantos fellow travelers. Ahora que, en pleno Período Especial, el sistema “prescriptivo” de la movilización ha dado paso a uno “restrictivo”[23], más bien postotalitario, la crisis económica unida a la crisis de valores ha sustituido del todo La Habana Roja de 1980 por una Habana Negra donde la “chusmería”, esa peculiar forma de violencia verbal salida del cruce fatal de la idiosincrasia caribeña con la tábula rasa comunista, emerge, junto a las pintorescas ruinas urbanas, como la más clara herencia de la moribunda dictadura castrista.

[1] Piñera, Virgilio; “La inundación”; en Ciclón; mayo de 1959, p. 34.

[2] Arendt, Hannah; The Origins of Totalitarianism; Schoken Books, Nueva York, 2004, p. 401.

[3] Courtois, Stéphane; Werth, Nicolas; Panné, Jean-Louis; Paczkowski, Andrzej; Bartozek, Karel; Margolin, Jean-Louis; The Black Book of Communism; Harvard University Press, 1999, p. 655.

[4] Thomas, Hugh; Historia contemporánea de Cuba. De Batista a nuestros días; Grijalbo, Barcelona, 1982, p. 532.

[5] Thomas, Hugh; Historia contemporánea de Cuba. De Batista a nuestros días; Grijalbo, Madrid, 1982, p. 383.

[6]“Carta abierta de intelectuales y artistas cubanos al presidente Urrutia”; en Revolución, 4 de febrero de 1959, p. 14.

[7] Arendt, Hannah; Sobre la Revolución; Alianza Editorial, Madrid, 1988, p. 97.

[8] Sartre, Jean-Paul; Sartre visita a Cuba; Ediciones R, La Habana, 1960, p. 123.

[9] Franqui, Carlos; Retrato de familia con Fidel; Seix Barral, Barcelona, 1981, p. 57.

[10] Fuentes, Norberto; “En sus fusiles vibra un himno de victoria”; en Mella, 15 de junio de 1963. Citado por Nos impusieron la violencia; p. 60.

[11]Mella; 7 de junio de 1965. www.archivodeconnie.annaillustration.com p. 81.

[12]“Nuestra opinión”; en Alma mater; 5 de junio de 1965.

[13] Ross, Enrique; UMAP, el GULAG castrista; Ediciones Universal, Miami, 2005, p. 33.

[14]Revolución; marzo 14, 1963.

[15] Arenas, Reinaldo; Infierno. Poesía completa; prólogo de Juan Abreu; Lumen, Barcelona, 2001, p. 56.

[16] Arenas, Reinaldo; Persecución. Cinco piezas de teatro experimental; Ed. Universal, Miami, 1986, pp. 28-30.

[17] Rodríguez Coronel, Rogelio; “Notas para el estudio de la novela policial de la Revolución Cubana”(1979); en La novela de la Revolución y otros temas; Letras Cubanas, 1983, p. 176.

[18]Granma; 16 de abril de 1980.

[19] Padilla, Heberto; La mala memoria; Plaza Janés, 1989, p. 142.

[20] Arendt, Hannah; On violence; Harvest Book, p. 55.

[21]Slavoj Žižek; A propósito de Lenin. Política y subjetividad en el capitalismo tardío; Atuel, Buenos Aires, 2004, p. 86.

[22]Fuentes, Norberto; “El acto final”; en Granma; 5 de marzo de 1966. Citado de Nos impusieron la violencia, p. 285.

[23]Tomo esta dicotomía de Kriegel, Annie; Los grandes procesos en los sistemas comunistas; Alianza Editorial, Madrid, 1984, p. 130.

Página de inicio: 214

Número de páginas: 8 páginas

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Revista Encuentro de la Cultura Cubana, 48/49, primavera/ verano de 2008