Bitácora

Poesía

Emilio García Montiel

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Nada, o más bien, muy poco, es lo que ha acontecido. Imperceptiblemente, todo se ha comenzado a repetir y en el puerto las velas tardan mucho más en cuadrarse ante los vientos o la calma.
Nadie parece partir ni retornar porque tal vez es más sencillo desearlo; los batientes anuncios de tormenta son escuchados apenas, y quienes miran al mar siguen masticando con la misma lentitud.
De algún modo, no se ha perdido la belleza, pero llegará el tiempo en que no habrá belleza o vanidad que pueda soportar tanto deseo, y dará igual el hilo de saliva que corre en la camisa
o los restos de aceite y de comida que han reducido el mar. Entonces, nadie podría partir ni retornar aunque quisiese; los cuerpos se descubrirían demasiado sordos, demasiado fláccidos
y sólo servirían para ahogarse en silencio o increpar a la familia por tanta soledad. Si alguien tendiera una mano, tendría que ser lo suficientemente fuerte para desterrarlos de su propia miseria;
ellos lo saben, pero aun así (¡y cuántos barcos no han varado sólo por esperarlos!) temen que sus residuos filiales, esos que alimentaron por su propio miedo, no se hundan del todo,
y que si quieren regresar a tierra, los vientos los desvíen, y que la calma los detenga ante unos puertos no muy diferentes de donde partieron.

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