Curso y excurso sobre el intelectual cubano

Emilio Ichikawa relaciona el mundo intelectual y artístico con las claves de la política inmediata, así como el intercambio de papeles entre unos y otros actores

Emilio Ichikawa Morín

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Curso

Un pintor que logre ubicar media decena de obras al año en subastas de Christie’s o Sotheby’s puede vivir decentemente de su trabajo sin necesidad de salir de su estudio. Si suma a esto algún evento social —presentación de un catálogo, donación de una obra, una charla—, habrá conseguido una agenda excelente.

Vivir de la obra es un empeño tan titánico como hacer la obra después de ocho horas de trabajo. Algunos amigos pintores me han confesado que la necesidad de agradar, y las estupideces que deben escuchar o comentar en almuerzos y cenas de negocios, empareja bastante la situación con los que han tenido aparentemente menos suerte.

Las personas adineradas que compran obras de arte o joyas no son enemigas del artista moderno que conserva aún la utopía de su independencia. Antes bien, son ellos quienes sostienen la creación en una sociedad de mercado donde la vanidad y el prestigio se convierten en fuerzas económicas. Como parte de las transformaciones de la sensibilidad política en la sociedad posmoderna, a ellos no les interesan ya aquellos artistas con pasaportes a la genialidad, excéntricos y escandalosos, que se manifestaban incorrectamente. Desean creadores cómodos, sanos y moderados. Un artista cubano que vivió la época de oro de la diferencia me confesó, a propósito de la trivialidad posmoderna: “No imaginé que el mundo podía llegar a ser tan feo”.

La Cuba de las últimas décadas ha sido una productora privilegiada de candidatos a genios del arte; genios totales, capaces de unir a su oficio el ejercicio de la crítica y una cosmovisión que incluye doctrinas estéticas, religiones y sofisticados argumentos para participar o aislarse de lo político. Argumentos defendidos de la forma más terminante, desde la metafísica a las dietas y formas de vestir.

Decía que esto ya no gusta mucho a los vigías y compradores de la sociedad mediática, que prefieren un artista más “disponible” —adjetivo que gustaba emplear Malraux al traducir el título de la novela mayor de Robert Musil—. El coleccionista privado y las autoridades públicas tampoco quieren artistas ligados a causas políticas inconvenientes. Con lo cual, el diseño del comportamiento público del creador se ha moderado bastante. Algo que influye en el papel del artista y en la “función intelectual” de quienes participan en el espacio público en virtud de su ejercicio creativo —escritura, pintura o comunicación—, a lo que se suman las nuevas “celebridades” —deportistas, diseñadores, chefs, DJ, modelos, etc...

En Miami, muchos compradores de arte cubano consideran problemática una vinculación explícita con la política. Aunque en ciertos casos sea precisamente la política el elemento que capitaliza el valor mercantil de la obra. En Miami comercian y compran arte muchas personas que comparten una ética conservadora. Factores como la política y la moral contraen bastante las posibilidades de este sector para moverse en el nivel propiamente intelectual, entendido aquí como la emisión de criterios con implicaciones sociales. Si una opinión política emerge en este ambiente es mucho más probable que mueva temas propios de la discursividad de izquierda —la paz, el medio ambiente, los derechos de las minorías, la inmigración, la pobreza.

Uno de los dealers de arte más conocidos en la comunidad cubana de Miami es el médico Arturo Mosquera, propietario de Farside Gallery y editor de un boletín sobre salud y artes plásticas. He estado en sus salones de arte, compartiendo mesa de conferencias con artistas cubanos como Carlos Cárdenas, Arturo Cuenca, Luis Soler, Gustavo Acosta, Leonel Matheu y otros. En ningún caso la política ha sido objeto de interés, lo que demuestra la relativa desarticulación entre el ser intelectual (conciencia pública) y el perfil artístico que se va desarrollando en Miami. Aunque algunos de estos artistas destacaron en Cuba, precisamente, por el compromiso teórico e ideológico de su obra.

La necesidad de insertarse en la sociedad contemporánea exige al creador, no sólo en Miami, cierta compostura, un acomodo a la opinión promedio. Tanto su arte como su discurso accesorio deben ser concebidos con cierta habilidad civil, diplomática, política. No es tanto que el creador excluya a la política de sus intereses, sino que empieza a pasarla de contrabando, como parte del diseño de su personalidad, y ya no tanto como contenido de la obra misma o sello explícito de una ciudadanía civil (real o pretendida). No es la obra la que hace al artista, sino el artista, su persona, su dimensión como familiar, compañero de causa, amante, tertuliano, comunicador, etc., lo que remata la calidad de su obra. Dentro de Cuba, Kcho fungió un tiempo como “pintor de la corte”; Fidel Castro lo consideró su maestro y hasta se les vio firmar un lienzo juntos. Mientras que, en Miami, el exitoso artista brasileño Romero Brito realiza ambientaciones y decoraciones de alto contenido social, no explícitamente políticas, pero con similares consecuencias en términos de compromiso extra artístico.

El artista emula al político (relacionándose o no con la política), duplica sus funciones y su naturaleza, adquiriendo estilo y hasta vocabulario de político, mimetizándose. Ya un escritor o un pintor no “crean” un programa artístico sino que “se lo inventan”, “se lo montan”. Y en el ambiente cubano, por tratarse Cuba de una condición panpolítica, el proceso se da con mayor automatismo, de forma menos sofisticada. Los intereses políticos no hay que descubrirlos detrás de las declaraciones o los silencios, están en la superficie, impúdicamente expuestos.

Para “enjuiciar” la obra de arte o el discurso científico se utilizan adjetivos como mesurado, objetivo, edificante, responsable, virtudes que antes se manejaban al relacionar estados, reyes o embajadas, y que ahora forman parte de la batería conceptual de una crítica del juicio. El mapeo dentro-fuera se usa como indicador político en el prestigio del artista y en el valor de su obra, lo que ha obligado a muchos artistas a inventarse tretas biográficas de mercadeo, como firmar ambiguamente que “reside entre La Habana y Miami”, “entre La Habana y Madrid”, “vive en las afueras de Miami” (Naples, Coral Spring, Isla Morada…). Independientemente del lugar específico donde resida el creador, una obra puede tener un precio en La Habana (generalmente superior) y otro en Miami. Lo cual provoca reajustes mercantiles que ya el mercado tiene en cuenta.

¿Qué significa que el ensayo de tal escritor o el cuadro de tal pintor sean “prudentes” y “balanceados”? Pues, que satisfacen la necesidad de corrección de un público (consumidor, cliente) nuevo, y ello implica que la teoría y crítica de arte empiecen a trabajar con otras categorías.

La mímesis o confusión entre el creador y el político equivalen a la desaparición del intelectual en el sentido clásico, entendido como un artista o escritor que, gracias al prestigio conseguido con su obra, es capaz de opinar en la esfera de lo público, de lo político. Y, específicamente en el caso de Cuba, se han desdibujado las fronteras y perfilado por lo menos dos tendencias:

1-La de nuevos políticos que entienden la política literariamente, periodísticamente, teatralmente, etc.

2-La de los artistas y escritores que entienden el arte y la literatura política, administrativa y diplomáticamente.

No se trata de aquel viejo dictum castrista que, a partir de un “dentro-fuera”, establecía fronteras a la creación. Se trata de la desaparición de la frontera, de la superposición del “dentro” y el “fuera” a nivel de obra y obrador.

La politización de la creación no significa solamente que el artista o escritor dependan de un partido o de un alcalde, sino que la actividad creativa se ajusta a una nueva concepción de lo político, que a su vez se ajusta a lo mediático. El intelectual debe representar un papel político con su persona (en esa medida, con su obra). Y como ya la política es mediática (pospolítica), el político ansía convertirse en intelectual, en artista, en comunicador. Vale decir, en “celebridad”. Al fundirse artistas, escritores, pensadores y políticos en esta nueva figura, la celebrity, las antiguas funciones se desdibujan y todo se entremezcla. Esta novedosa promiscuidad es evidente en la carrera electoral norteamericana, y en el perfil de la política cubana, tanto la oficialista como la de oposición.

Resulta ilustrativa, por ejemplo, la argumentación que el diario español El País ofreció para otorgar el Premio Ortega y Gasset a la blogger Yoani Sánchez: la habilidad de la autora para sortear la censura oficial en la Isla. Es decir, se trata de un premio a la eticidad de una persona por ostentar una virtud política. O varias virtudes políticas: mesura, prudencia, balance, habilidad (en la conducta y en la escritura: en la conducta de la escritura). No se trata, en rigor, de un premio literario; en ningún momento se refiere a la calidad de la prosa o a la profundidad de un pensamiento. La historia de la ciencia y la literatura están afincadas, no en el balance y moderación de sus opiniones, sino en aptitudes y valores diferentes, entre ellos, el radicalismo y la provocación. Nadie puede afirmar, por ejemplo, que la prosa de opinión del escritor Néstor Díaz de Villegas, de las más brillantes, literariamente hablando, que se producen en la actualidad, sea “moderada” o “balanceada”. Y resulta contraproducente que algunos estudios de hechos de guerra en la historia de Cuba, que incluyen matanzas y genocidios, resulten premiados por “moderados”. Es como elogiar a una teoría por ser disfuncional respecto al objeto que refiere.

El 22 de julio de 2008, BBC Mundo publicó que “Tres grupos opositores, dos del interior de Cuba —la Corriente Socialista Democrática y el Partido del Pueblo— y otro de Miami, la Coordinadora Socialdemócrata en el Exilio, se fundieron en partido político de tendencia socialdemócrata”. Según la nota, hay dos intelectuales en la dirección del nuevo partido: el historiador Manuel Cuesta Morúa y la profesora Denia Rodríguez del Toro. Hasta el momento en que escribo este texto, sólo he conocido de ese partido una declaración acerca de la violencia deportiva, en desacuerdo con la defensa que, aparentemente hiciera Fidel Castro de la patada que el peleador Ángel Valodia Matos propinó a un árbitro en los Juegos Olímpicos de Beijing. Es decir, el nuevo partido asume la escritura social como periodista, como escritor, no como sujeto político. El complemento está en que el escritor, aun cuando lo piense alguna vez, no va a “jugar” con una defensa o enfoque provocador, sino que va a decir, más o menos, lo mismo que el político porque es lo que resulta “correcto”, “responsable”, y esa apariencia de corrección es importante para el destino de los artículos y poemas que escribe. Una situación de franca mediocridad, o de “medianía”, para que no posea connotación peyorativa.

A la hora de enfocar el tema cubano, lo que más desasosiego me provoca no es la falta de juicio, sino que todo el mundo tiene la razón. Todas las experiencias parecen validadas. Además de la parcialidad de cada una de esas razones, parecen estar desubicadas respecto al lugar y el objetivo con que se emiten.

Un poeta que escriba y lea malos versos, un historiador que no revise fuentes primarias, un analista que yerre en sus diagnósticos, cometen fallas en el ámbito de sus profesiones. Un político que caiga en lo anterior, además de insuficiencias en tales oficios, da paso a graves errores políticos. Uno de ellos es desorientar, hacer creer que el hombre que escribe es, por naturaleza, un hombre que manda. La intelectualización del perfil del nuevo político cubano no es buena para el futuro de Cuba. La psicología del intelectual, la textura de su oficio, puede ser perjudicial a la finalidad política. Y viceversa. La defensa de la verdad puede dispersar fuerzas o enemistar a un aliado; la autoría y la defensa del prestigio puede conducir al autoritarismo; la consideración de valores vinculados a la información o la erudición puede establecer una escala errada de prestigios.

No es que éstas y otras metamorfosis políticas no sean válidas, sino que es extraño que un nuevo partido político “se centre” en la publicación e investigación social. En casos como éste, el aparato ideológico del partido parece ser la razón de todo el partido. Una vez más se produce en el espectro cubano una superposición de funciones que desdibuja, y a veces malogra, el papel que pueden jugar un político y un intelectual en la democratización de Cuba. Cada uno por su lado.

El día 24 de agosto, el diario digital Cubaencuentro reprodujo un documento avalado por varios firmantes que pretendía estimular una discusión acerca del futuro del socialismo en Cuba. Con un lejano linaje en la legislación de Indias Occidentales, que contemplaba la posibilidad de que los servidores del Rey supieran mejor que el propio Rey cómo defender los intereses de éste, el texto consideraba que los autores sabían mejor que el gobierno socialista cubano cómo “salvar” el socialismo cubano. El documento, entre informe y pamphlet, ganó celebridad, no tanto por lo que afirmaba, sino por quienes lo suscribían: un grupo de ex funcionarios, militares y diplomáticos del castrismo enviados a retiro o “tronados”, “la izquierda pijama”. Aquí no quiero analizar el texto, sino subrayar que se trata de una obra escrita (intelectual) que cobra relativa notoriedad, no por su alcance literario o científico, sino por algo que excede al producto mismo: la real (o aparente) base social que promete. Reformismo promovido por un grupo de “ex”, más allá de toda la grisura que pueda mostrar en términos de “los que alguna vez fueron” (craso error de marketing político), personas con un conocimiento de primera mano del castrismo. Ese es su capital.

Súmese a lo anterior la cantidad de poetas, periodistas, narradores, pintores, moralistas e historiadores que ha dado Cuba en las últimas décadas. Fenómeno loable cuando representa la parte letrada de una contestación política, pero ya no tanto cuando se entiende como la forma principal de ejercer la política de contestación. Escritor, artista y político deben unirse, no confundirse.

Reinaldo Arenas se quejaba de la cantidad de poetas y escritorzuelos que encontró a su arribo a Miami. No los entendió. Esa profusión versallesca de literatos de salón era un valor folclórico, un sello pintoresco de una ciudad “posera”. Eran, por demás, seudoiluministas adorables que, por lo menos, invitaban a comer y acogían cálidamente en sus residencias. Ahora tenemos los mismos ilustrados, pero ya no invitan a una mesa, sino a firmar una carta o a militar en una protesta.

Uno de los fenómenos culturalmente más interesantes en el espacio público de Miami es, desde hace algún tiempo, la discusión en televisión de temas vinculados a la realidad política cubana. América TV, GenTV y Mega TV presentan, por lo menos, cuatro programas en español donde se aborda el tema cubano, conducidos por los periodistas María Laria, Oscar Haza, Ninoska Pérez y María Elvira Salazar. Ocasionalmente, también los periodistas Camilo Egaña y Juan Manuel Cao conducen esos intercambios. Más que una conversación o intercambio de criterios, el público suele exigir una respuesta clara acerca de qué forma pueden esos espacios contribuir al cambio en Cuba o, dicho de otro modo, a sacar a los Castro del poder. La respuesta es clara: de ninguna manera. La influencia de un libro, una charla, una conversación o un vídeo en un destino político es muy limitada. Es falso que Rousseau inspirara la Revolución Francesa o Marx, la Revolución Bolchevique. A posteriori, efectivamente, se pueden “construir” nexos genésicos; pero en una política entendida como instintos dirigidos hacia el poder, los conocimientos sólo tienen importancia post festum, y sirven para adornar y sofisticar los argumentos legitimantes. Que estos programas terminen muchas veces con el anuncio de un libro o la celebración de un congreso demuestra que el saldo político real de la cultura no es a corto plazo. Escribir un libro (y abrir un blog) es una tarea distinta al logro de la eficacia política y, si eso no se entiende, seguirán destruyéndose ilusiones y usurpándose tareas de forma estéril.

Las inclinaciones publicitarias que tienen los políticos anticastristas, así como la ansiedad del exilio por una solución en Cuba, conduce a creencias extraviadas, como depositar en un locutor de radio como Armando Pérez Roura una expectativa que no puede lograr. No porque su trabajo no sea valioso o porque no tenga interés en hacer algo en ese sentido, sino porque hacer un programa o tener una opinión es distinto a pujar astutamente por el poder. El trueque de funciones es uno de los grandes extravíos de la cultura política cubana de todas estas décadas. Por ello, a los líderes de partido se les exige que escriban poemas y artículos, y a los poetas, que prestigien sus versos con acciones cívicas, cuando no con filiaciones políticas explícitas y, de ser posible, la posesión de unas cuantas acciones patrióticas en su expediente.

La proliferación de Internet ha traído cambios en la proyección pública de los creadores, en su papel como intelectuales. El cambio de “medio” influye también en la modificación de la finalidad y en la textura del propio creador. Es posible que la proyección grupal, la firma de manifiestos, el diseño de convenciones colectivas para dar coherencia a una voz, hayan quedado en la arcada gestual de la modernidad. La posmodernidad es (o debiera ser) una reafirmación de la singularidad, la apertura a discursos legítimos en la primera persona del singular. Pero en el caso cubano esta condición no resulta tan clara.

El hecho de que Internet haya llegado a un contexto espiritual dominado por el estilo premoderno del totalitarismo cubano, implica una mixtura contradictoria de medios y de fines. La convocatoria a una reunión de bloggers o las campañas cibernéticas para combatir o apoyar a un régimen cuasi feudal como el cubano condenan a absurdos inevitables. La campaña “por la libertad de los Cinco” es una muestra de ciberpatología y de la capacidad estupidizadora de la propaganda. Desde el punto de vista del objetivo instrumental, es la petición de algo imposible, dirigida a personas que no pueden concederla. La campaña, una apoteosis nacional e internacional en el sistema de propaganda castrista, tiene un fin no declarado. Es la propaganda por la propaganda misma, un no al diálogo de forma indirecta.

Pero también se han producido campañas curiosas en el otro sentido: a favor de premios, por sacar de servicio algunas páginas oficiales del castrismo, etc. Y aparece aquí el papel político del ciberintelectual: la proyección política moderna, gregaria, usando medios atomísticos, como la Red, semicaótica en su finalidad singular. Todos estos son, por supuesto, procesos complejos y, aunque el objetivo sea justo, uno duda acerca de la pertinencia de sumarse a los mismos, más aun teniendo en cuenta que el colectivismo es una premisa del propio régimen totalitario que se asegura querer enfrentar.

De cualquier modo, todas estas proyecciones mediáticas colectivas de la opinión política cubana nos hablan de nuevos ejercicios de inquietud intelectual. Un cambio de fisionomía: no es el “autor” moderno ejerciendo el criterio, sino el cibersujeto de nuevo signo. Encuestas, cartas, votaciones, comunicados oficiales… son nuevos caminos de “remodernización” que empieza a instilar la virtual sociedad mediática cubana. Una nueva forma de convivencia que en algunas personas despierta sospechas y que, de hecho, empiezan a exiliarse. Como es el caso de Camilo López Darias, pionero en la blogosfera de tema cubano, quien dio un cierre a su espacio electrónico que se me antoja enfocar en término de ciberexilio.

Hace algún tiempo, entrevistando a una prestigiosa figura de la oposición en la Isla, recabamos su opinión acerca del porvenir de una clase especializada en pensar la Cuba futura. Con honrada convicción, su respuesta concluía: “De ninguna manera necesitaremos esa clase: a Cuba la tenemos que pensar ente todos”. Cierto que la pregunta estaba formulada de manera demasiado frontal, y que la inclusión de la palabra “clase” sugería un sector aristocrático y elitista, por lo que se le enfrentaba esa otra frase aliviadora, “entre todos”. Pero la comprensión de la necesidad de que una sociedad, incluso un gobierno, incluya como parte del balance democrático o burocrático a un sector que se especialice en el saber, e incluso en el diseño de la opinión, está amenazada por principio en una Cuba futura. La especialización intelectual ya es sospechosa, pues sus líderes se prestigian mediante la escritura o los conocimientos, antes que por contar, o representar, un poder económico o una fuerza social influyente. Más que una clase, una provincia o un grupo demográfico, la política cubana se distingue por modos de percibir la ideología, por el perfil de las clases políticas extranjeras con que se relaciona, por la declaraciones de sus líderes. Se viola con esto un elemento esencial en la morfología de la política: el sostén, el sustrato, la parte oculta o reservada que derrota al contendiente o lo obliga a negociar. La nueva política cubana es impúdica, es (casi) sólo lo que muestra. Y quiere mostrarse correctamente.

Esta aspiración a “ser adecuada” enlaza con una solicitud de época que se extiende a los artistas y escritores. Lo “políticamente correcto” se da en Cuba como punto de partida y no como punto de llegada. Sin ser ciencia todavía, la sociología cubana debe convertirse en sermón, y el ensayo, en una suerte de discurso de toma de posesión. Sin haber sido joven e irreverente, nuestra discursividad se estanca en la pretensión de balance y en la prudencia.

Políticamente, esta medianía es una falsa interpretación del pacifismo. Representa la aceptación acrítica, más como dogma que como programa, de toda esa fraseología con apariencia melosa vinculada al “diálogo” (un gesto sobrevaluado, ergo: adulterado), la conciliación, el cuidado del medio ambiente, el vegetarianismo, la superación de los odios... No se trata del contenido de la ideología, sino de la forma en que se adopta: en la Isla y en el exilio, la dictadura de la lucha de clases parece haberse suplantado por la dictadura de la loa de clases. El extremismo, por la tiranía del centro, que es el despotismo del pacto y de la participación.

El diálogo es uno de los lugares comunes que encuentra el creador cubano en las actuales circunstancias. Un diálogo que tiene interés mediático, pero carece de seriedad, al incumplir la primera premisa de una relación dialógica: la existencia de dos partes con fuerzas equivalentes, interesadas en pactar por peligro de destruirse mutuamente. En el caso cubano no existe, hasta el momento, una nivelación de fuerzas. El gobierno de La Habana, con todo su aparato propagandístico y represivo, ocupa un lugar superior en el (des)equilibrio estructural de la sociedad cubana de dentro y de fuera. No precisa, en sentido estricto, dialogar con nadie. “Seducirlo” o provocarlo son los únicos modos de llamar su atención. Pero pocos se permiten decir “no dialogo” en el ambiente demagógicamente conciliador en que vivimos. Por ello se apela a formas indirectas de negación, como pedir lo que la otra parte no puede conceder o pedirlo a la parte equivocada. Por ejemplo: un paquete formado por la liberación de los cinco espías, levantar el embargo y entregar la Base Naval de Guantánamo es algo que el gobierno de Estados Unidos no puede conceder; ni siquiera está en sus manos concederlo. Pedirlo como antesala a un diálogo equivale a decir “no quiero dialogar”.

De cualquier modo, el intento y suspensión del diálogo, tras un aparente empate, suele dejar un saldo a favor de La Habana. Y en esto tiene que ver mucho el activismo intelectual en aras de crear un ambiente favorable, lo que, a su vez, explica la cantidad de profesores, académicos y escritores involucrados en este tipo de eventos. Los “intelectuales” cumplen aquí un papel esencial, y la conciliación es el mensaje más importante. Una conciliación entendida como debilitamiento de la intensidad del discurso anticastrista, que, por otra parte, no hace mucho daño a nivel práctico. Pues, desde el momento en que aparezcan regularmente consignas anticastristas en los muros de La Habana hasta el momento en que el castrismo no pueda gobernar, pueden pasar décadas. No hablemos ya de cuánto puede resistir el castrismo a los embates de libros y ponencias en congresos de cubanología. La Habana lleva una ventaja en la formación de las fuerzas que participarán en esos diálogos. Tiene un objetivo, una disciplina y una dirección única, se mueve siempre con unanimidad o, cuando menos, centralidad de criterios. En el exilio, en cambio, hay que discutir, incluir a unos y excluir o autoexcluir a otros. El resultado, inevitablemente, es parcializado. Y cuando llega el momento del encuentro, como La Habana ni quiere ni puede ofrecer democratización de la Isla (hay objetivos humanistas y académicos que se satisfacen parcialmente), las conversaciones se agotan (no digo que fracasan) y el diálogo cesa. A pesar de que ambas partes se separan con las manos aparentemente vacías, La Habana ha recogido una cosecha: deja a su adversario dividido tras la confección de la lista de participantes, y exhausto tras el arduo debate sobre la pertinencia o impertinencia del diálogo. Todavía hoy no se han curado las fisuras abiertas por el diálogo de 1978. La parte del exilio que cree que aquellas conversaciones fueron positivas y la que no lo cree, han conseguido seguidores, relevos, que continúan los (ahora sí) odios generados.

Excurso

En Estados Unidos, el senador Barack Obama ha realizado una exitosa carrera electoral basada en la promesa de sueños. Llegó incluso a decir que “bajaría el nivel de los mares”, una referencia bíblica dirigida a “visualizar” (literalmente) su posición respecto al medio ambiente. Candidato persuasivo, pero sospechoso de inexperiencia —incomparable en esto con otros dos jóvenes demócratas presidenciables, John F. Kennedy y Bill Clinton—, al senador Obama se le da tratamiento de “estrella de la política”, de celebridad. Su discurso en Berlín emuló al “discurso” de los Rolling Stones, anunció a su vicepresidente por correo celular, y escogió un gran estadio en Denver, Colorado, para aceptar su candidatura.

Muchos han objetado que lo de la fama está muy bien, pero que la política es otra cosa. La política es, incluso, oficio de impopularidad, como previera Maquiavelo al decir en El Príncipe que sólo el poderoso sabe por qué debe hacer ciertas cosas y no otras. (Lo supo también Fidel Castro cuando ratificó las sentencias de muerte de la Causa 1-89, argumentando que “no siempre se puede hacer lo que el pueblo quiere”).

Cabe, sin embargo, otra interpretación: quizás el senador Obama no sea precisamente un buen comunicador y un frágil político. Quizás no sea, en sentido estricto, un político clásico. Puede que nos encaminemos a la era ciberpolítica, a la “pospolítica”, y que la Casa Blanca empiece a funcionar como un espacio representativo, figurativo, y la función de gobierno pase de jure y de facto a las agencias que se esconden tras el poder real. Ojo con el mundo: no se trata sólo de Barack Obama; el “celebrismo” de la actual “política” concierne también a Nicolas Sarkozy, Cristina Kirchner, Putin, Berlusconi (quien acaba de presentar un disco con canciones suyas)… Hasta John McCain se ha visto arrastrado a posar con el reguetonero Daddy Yankee en busca del voto latino. Y todo esto se acelerará cuando empiecen a llegar al poder todas las figuras del arte y los medios de comunicación que piensan postularse.

Si evaluamos, a la luz de los hechos anteriores, el afán mediático de la emergente política cubana y, de paso, la gerontocracia que se encuentra en el poder, quizás podamos mirar con mejores ojos la posibilidad de que en el futuro de Cuba aspiren al poder actores, poetas y periodistas. O, por otra parte, la posibilidad de que los generales escriban cuentos o los policías pinten cuadros. Con estas líneas he querido dejar constancia de la metamorfosis que se avecina para que no nos tome por sorpresa.

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