Un mundo allá afuera

Raúl Flores Iriarte

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No estás detenido, dice este tipo, todavía no.

Pero, digo yo, todo parece indicar que sí.

Las condiciones están creadas y sólo faltan las esposas. Nadie me dijo hoy por la mañana que iba a terminar la noche en la estación de Cojímar. Hace frío y hay mosquitos, muchos mosquitos. Los policías se cubren con colchas rojas y apartan los mosquitos a manotazos.

Siéntate ahí, dice uno de ellos, y espera tu turno.

Me siento bajo el mural con fotos de los héroes de no sé donde. Pienso, ¿me convierte eso instantáneamente a mí en héroe?

Buenos días, dice una chica a mi lado. Viste minifalda mezclillazul y pulóver ajustado al cuerpo. Me cogieron puteando, ¿y a ti?

No le respondo. Podría decirle que no son días, sino noches, pero no se lo digo. En vez de eso, digo mi nombre. Ella se llama Yaíma, o Yoíma, algo así. Uno de esos nombres post-post, tan fáciles de olvidar hoy en día.

Soy escritor, le digo. Ella no me conoce. Nunca se ha leído nada mío. Claro, con razón. Hasta el momento sólo he logrado publicar cinco o seis libritos de escasa tirada.

Yo leo novelas de amor, dice ella, me encantan las novelas de amor con finales felices. Esas son las mejores para mí.

Yo asiento.

Sí, le digo, son las mejores.

Pasa un policía. Pienso: Me va a poner las esposas. Pero no. Me ignora. Como si no existiera.

Y pienso: Quizás no existo.

Quizás me he desvanecido y sólo queda mi nombre registrado en los antecedentes penales de esta institución.

Hoy estuve con un cliente, continúa hablando Yaíma, la chica post-post, quería hacerlo en su casa, pero hay un problema: yo nunca voy a casa de nadie. Pueden pasar cosas malas.

¿Cosas malas?, interfiero.

Cosas malas, asiente ella, pero, de todas formas, éste quería hacerlo en su casa. Es cerca, me decía. Y yo que no y que no. Al final me convenció. Okey, le dije, te va a costar diez dólares extra.

Yaíma agranda mucho los ojos en ese punto de la historia y me enseña todos los dedos de sus manos. Diez dedos, probablemente representando diez dólares. A dólar el dígito.

Me los pagó, dice ella, y yo contenta. Fuimos a su casa y quiso besarme en la boca. Primero me regaló un par de bombones y después quiso besarme en la boca. Probablemente para saborear el chocolate en mis labios. Le dije: No, nene, no hay besos en la boca. Me dio pena con él, porque los bombones estaban ricos, pero de todas formas se lo dije. Se lo tenía que decir.

Yo miro alrededor. La cosa no ha cambiado mucho. El frío sigue igual. Los mosquitos también. El color blanco de las paredes se parece al de mis sueños. Sonrío. Ella también sonríe.

Pero cuando fuimos a meterle mano al asunto, a él no le funcionaba el tareco, dice ella, todavía con la sonrisa en los labios. Ya había pasado la parte de los bombones y nos habíamos quitado toda la ropa. Yo tengo un cuerpo ya-tú-sabes, no soy puta por gusto, y al tipo aquel no se le paraba. Me miró con cara de culpa y me dijo: Es la primera vez que esto me pasa, y yo le dije: No te preocupes, cariño, y entonces me dije a mí misma que eso era tiempo perdido. Si no se le paraba conmigo, no se le pararía ni con Claudia Schiffer. De todas formas, lo intentamos. Me caía bien. Nunca nadie me ha dado bombones así de gratis. Por eso lo intentamos… Él puso una película porno y comenzó a masturbarse. Después yo comencé a masturbarlo a él. Al final terminé masturbándome yo misma, porque aquello no despertaba. Cuando le dije que me tenía que ir, él estaba a punto de llorar. Me vestí y le di un beso en la boca para que tuviera el consuelo de llevarse algo por lo menos. Aunque ese algo fuera un beso. Una especie de premio de consolación. Cogí otro bombón y me fui.

Afuera suena el motor de una moto. De varias motos. Desde alguna habitación se oye bajito, muy bajito She will be loved, de Maroon5. Como un espejismo en medio del desierto. Es un alivio oír a Maroon5 aquí en esta estación de policía. Te hace sentir que hay un mundo allá afuera.

Un mundo sin frío.

Un mundo sin mosquitos.

Es un alivio oír a Maroon5 en esta isla a la deriva. Te proporciona un sentido de pertenencia con ese mismo mundo allá afuera.

Me dije: Bueno, quince dólares casi de gratis. Y entonces me cogió la policía. Y se quedaron con mi dinero. Con el dinero que gané con el sudor de mi frente. Ya tú ves como son las cosas.

Sí, digo, ya veo como son las cosas.

Ya yo me estaba cansando de la situación.

Disculpe, le digo a uno de los policías, ¿cuándo nos van a atender?

Esperen su turno, dice él.

Es que hemos estado esperando siglos, interviene ella.

El policía sonríe, pero no hay nada más allá de esa sonrisa. Sólo el frío de la noche.

Un frío inmenso.

Incalculable.

Entonces supongo que puedan esperar un par de siglos más ¿no?, dice y se va.

Siempre lo mismo, murmura ella.

¿Quieres verme desnuda?, me pregunta entonces.

Es madrugada fría. Todos cubiertos con colchas rojas y ella hablando de quitarse la ropa.

¿Verte desnuda?, pregunto. Ella asiente.

Así me dices si crees que alguien pueda resistirse a mis encantos. Ahora estoy dudando seriamente sobre la efectividad de mi cuerpo desnudo, y no quisiera crearme un trauma. Nos vamos al baño y hago un strip-tease para ti. Te va a encantar. Y así yo me entretengo en algo.

Bueno, digo, y nos vamos al baño.

¿Adónde van?, nos pregunta alguien. Al baño, decimos y continuamos caminando. Maroon5 ya no se oye. Sólo se distingue el monótono zumbido de miles de diminutas alas siendo batidas al unísono por cientos de mosquitos a lo largo de los pasillos de la estación.

Nos encerramos y ella comienza a desnudarse.

No tienes que hacerlo, le digo, aunque en realidad sí quiero que lo haga.

Ella se quita la saya, mezclillazul sobre el piso, pulóver ajustado, ajustadores y blumers que deja caer sobre saya y pulóver (piso), y entonces veo su cuerpo completamente desnudo, piel erizada por corrientes de aire frío, el sexo oscuro, los pechos, y los tatuajes.

Todo el cuerpo lleno de tatuajes, los senos, la espalda, los antebrazos, los muslos, las nalgas, el sexo. Todo aquello que la ropa guarda está cubierto de líneas y colores.

Dragones, sirenas, corazones, monstruos míticos, a lo largo de todo su cuerpo de diosa olímpica.

¿Qué te parece?, pregunta ella, y yo no sé que decirle.

¿Cómo los hiciste?, murmuro al fin.

Un antiguo novio mío, responde ella, me los hizo gratis. ¿Qué te parezco?

Se da la vuelta. Yo nunca he visto tantos tatuajes juntos en un solo cuerpo. Se interconectan entre sí, se difuminan, se devoran unos a otros y, a la vez, armonizan.

Me parece muy bien, digo.

Ella vuelve a ponerse la ropa, y los tatuajes desaparecen bajo mezclillas y tejidos modernos.

Salimos, y nos volvemos a sentar donde antes.

Nos quedamos en silencio un rato. Ahora se oye a Green Day con Boulevard of broken dreams. Me doy cuenta de que alguien sintoniza la FM norteamericana.

FM norteamericana en una estación cubana de policía.

Como una contradicción ambulante.

O un crucigrama sin solución.

El mural sobre nosotros. Ahora me sentía pertenecer a él: dos figuritas más dibujadas sobre la cartulina con trazos toscos de preescolar.

Héroes, ella y yo.

Nuestros nombres impresos con tinta indeleble en los anales de esta Nación.

¿Cómo te cogieron?, me vuelve a preguntar.

Lo que constituye una pregunta difícil de contestar, pero intento hacerlo lo mejor posible.

Es todo acerca de aquella noche, cuando escribí: "La ciudad amanece llena de carteles, pegados por todas partes", y la ciudad amaneció, efectivamente, llena de carteles. Sobre las columnas de las paradas urbanas, sobre las paredes de los edificios, sobre los postes de alumbrado público. Pero dichos carteles no eran tales, sino sólo hojas de papel alba, completamente en blanco, nada escrito sobre ellas.

También escribí: "Se moviliza la policía. Allanan los barrios. Buscan culpables". (Es preferible poner mensajes en las hojas de papel a dejar estos en blanco. Poner, por ejemplo, "Te llamó Carlos", o "Fiesta en casa de RD" o, tal vez, "Abajo la dinastía del proletariado").

Cuando vino la policía, hallaron que redactaba mis textos sobre hojas de papel alba. Estaba aquí hasta que se arreglara el asunto.

(Después enjuiciarán a un vendedor de maní, procesado por el hecho de vender cucuruchos manufacturados con papel alba. Será encarcelado por no saber establecer diferencia alguna entre resma de papel gaceta y resma de papel alba).

Entonces es cierto, dice ella, tú eres el tipo.

¿Yo soy el tipo?

He oído hablar de ti. Lo que escribes se convierte en realidad, murmura ella. Sus cuerdas vocales juegan con la quietud de la madrugada, ¿no te das cuenta?

No, no me doy cuenta.

¿Por qué no escribes que saldremos rápido de aquí, o algo por el estilo? ¿Que nos sacaremos la lotería, y nos vamos a ir del país? ¿Por qué no nos diseñas a los dos un final feliz?

Podría decirle que no creo en finales felices para chicas con nombres post-post, podría decirle lo mismo con respecto a su profesión, pero sería injusto porque al fin y al cabo hay que vivir en algunos casos; sobrevivir en otros. Así que elijo decirle que no tengo ni pluma ni papel.

Estamos en un lugar público, mira cuánto papel hay por ahí, dice ella, Una pluma se le pide a cualquiera.

Pero resulta que cualquiera no tiene pluma. Increíble, pero cierto.

Mejor, digo, de todas formas, no tenía deseos de escribir. Hay un pequeño asunto llamado inspiración que hay que tener en cuenta.

Ella se recoge la saya sobre los muslos.

Puedes tenerme a mí sin que te cueste nada, susurra, yo puedo ser tu inspiración.

¿De verdad?

Ella asiente. De alguna parte saca un creyón de labios y un delineador de cejas. Me los enseña.

¿Quieres escribir sobre mi cuerpo?, me pregunta, dibujar sobre él. Otro tatuaje, un final feliz a lo largo de mi espalda. Por favor, compláceme.

Me hace recordar a los Beatles con aquella tonada de come on, come on, y acepto. Regresamos al baño.

Ella vuelve a desnudarse. Esta vez sólo se deja la saya puesta. Su piel se presenta bajo mis manos como superficie erizada por el frío. Superficie rosada mejor que cualquier papel, y yo sostengo el creyón y el delineador con dedos temblorosos y me pierdo entre la maraña barroca de la profusión multicolor de su espalda. Ahora puedo divisar mejor los dibujos.

...grafiar signos, ficcionar imágenes...

Paso la yema del índice sobre el filo de una espada imaginaria que le cruza los omóplatos. El pulgar sobre el filo de las nalgas donde baten las olas de un mar invisible. Una chica desnuda clavada a una cruz. Una calle perdida en un horizonte de dos soles. Un velero bajo la lluvia. En una esquina de la cadera, casi ilegible, veo un nombre. Lo leo en voz alta.

Es mi nombre verdadero, dice ella, lo he puesto ahí para no olvidarlo.

La mano sobre la espalda, la piel contra el frío. Mosquitos y Bruce Springsteen que ha empezado ahora con Brilliant disguise. En la otra esquina de la cadera, aún más oculto por pliegues de piel tersa, nos reconozco a nosotros dos: un tatuaje desvaído de dos figuritas sentadas bajo un mural, manchas rojas alrededor, tal vez representando policías dormidos.

Se lo señalo, pero ella no puede verlo.

¿Qué hacemos nosotros en tu espalda?, pregunto. ¿Y después? ¿Qué viene después?

Eso queda por ti, susurra ella.

El creyón y el delineador en mis manos. Éstas sobre la superficie de sus nalgas, libre ya de ataduras textiles. Instrumentos deviniendo súbitos pinceles emergentes; pluma china sobre papel de arroz y papiro gris.

Dibujo.

Escribo.

Vivo.

Sobrevivo.

Con símbolos rápidos escribo-dibujo lo que vendrá después. El creyón de labios semeja mancha de sangre sobre la superficie de sus nalgas.

Después le entrego sus cosas.

¿Nos has conseguido algo bueno?, pregunta ella ansiosa, dime por favor que todo va a estar bien.

Se hace lo que se puede, respondo.

Pero tengo la secreta intuición de que nunca será bastante.

Regresamos en silencio, mientras alrededor de nosotros crece el frío, y las alas de incontables mosquitos baten al mismo tiempo. Bob Dylan comienza a pasear por Desolation row, pero no podemos terminar de oír la canción, porque entonces comienza a oírse alto, bien alto, el Himno Nacional, y todos aquellos policías se desperezan, abandonan sus colchas rojas, abren bien grandes los ojos, y se paran en posición de firmes al unísono para saludar la bandera, el Himno, y ese día nuevo que ya comienza a despuntar en el mundo que está allá afuera lejos, bien lejos de nosotros.

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