De regreso a la casa

Sergio Cevedo

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Es extraño, pero no siento ninguna inquietud: tal vez debiera sentirla. Tal vez debieras sentirla, grita la voz de la razón, pero no sé si la razón es la razón en este caso, en estas circunstancias. Más bien se expresa con arreglo a los patrones reservados para los sentimientos, en una especie de sublevación luego de un intercambio de atributos. Al parecer, de este intercambio, mis sentimientos se han beneficiado y me descubro satisfecho, generoso, feliz, como si el universo fuese mío y no tuviera dentro de él ni la más nimia responsabilidad.

 

Me ha tocado un asiento junto a la ventanilla. Buen universo éste, sin duda, donde quedan asientos todavía. La mayor parte de las veces suelo viajar de pie; el ómnibus repleto, el calor, las premuras, un recorrido por el infinito a pura fuerza de rutina: desde la casa hasta la Facultad, desde la Facultad hasta la casa; las opciones escapan por la ventanilla. Pero, en verdad, puestos a ver, qué puede procurarse un profesor, un ser humano en general, un ser plausible, un ser orgánico, sino un conjunto no infinito de predisposiciones recurrentes que nunca escapan por la ventanilla. Mientras eludo los implícitos de un enunciado que se esmera en no obligarse a ser pregunta, me entrego al flujo del paisaje, un curso nada sorprendente de imágenes reiterativas: la desnudez abigarrada de toda periferia suburbana, montes hendidos, desbastados para hacer sitio a construcciones, movimientos de tierra, áridos, terraplén, tramos de vía férrea y un fondo descalificado que no alcanza a ser campo ni ciudad.

 

La presencia del tren, lejos de resolver la ambivalencia contribuye a acentuarla. Corre en un curso paralelo al que describe el autobús. Más adelante está la encrucijada donde coincidirán con toda naturalidad gracias a un protocolo muy bien razonado. Le corresponderá al ómnibus frenar y a la gente animarse, girar los cuellos y cabezas, contar cuántos vagones y hasta estirar las piernas de los comentarios. Se admirarán secretamente por la desproporción entre la simple lámina que constituye la carrocería de nuestro vehículo frente al macizo acorazado de ese coloso seminal dispuesto a echársenos encima. Alguno de los circunstantes se entregará a la fantasía, más bien morbosidad, de imaginar las consecuencias de una colisión: esa locomotora arremetiendo, partiendo en dos de un golpe el ómnibus, arrastrando sus restos y desarticulándolo en espasmos de metal retorcido como en una película. Luego se olvidará como se olvidan las películas y volveremos a viajar con el deseo recuperado de arribar a algún sitio poco espectacular pero magnético y preciso, de regresar de nuevo a casa.

 

La mujer gorda, la señora que comparte mi asiento, me saca, sin darse cuenta, de mis ensoñaciones. ¿No se ha fijado en cuántos viejos?, ¿no se ha fijado en cuántos hay? Y viejos viejos, viejos de esos que una no puede imaginarse a no ser que visite algún asilo. Devuelve al frente la mirada después de haber husmeado atrás y me pregunta con indisplicencia si hay un hogar de ancianos cerca. Permanezco en silencio, y es ella misma quien se esfuerza por acondicionarse una respuesta. Debiera haber un responsable, debiera haberlo, determina, pero se me hace que estos viejos, estos endemoniados viejos, pues ni siquiera se conocen entre sí.

 

Me desagrada su desfachatez, su irreprensiva insensibilidad, pero no dejo de advertir, luego de ojear en derredor, lo procedente de su juicio. Siento nacer dentro de mí un rudimento de interés que poco a poco mi razón vuelca en alarma. Además de los viejos, de la inquietante coyuntura de figurar en mayoría, logro reconocer gentes de todas las edades, de un aspecto común, y ello me tranquiliza. Pero conozco las costumbres de mi conciencia despiadada cuando olfatea alguna inconsistencia. Trato de no pensar y continúo imaginando. Paralelo, a lo lejos, en una esquina de la ventanilla, corre impetuoso el tren.

 

Hemos llegado a una parada. Nadie se baja; en cambio, montan nuevos pasajeros. Predominan los viejos, como si alguna voluntad los estimara en proporción insuficiente y se lanzase a compensar la pretendida desventaja mediante sucesivos suministros. Así, quizás bajo el apremio de algún impulso desafiante, mi atención selecciona según las apariencias menos comprometidas con la imagen de la senectud: una mujer de vientre hinchado y un joven que comprime una pequeña radio entre la palma de su mano y una oreja. La mujer, extraída de una pintura del Renacimiento, debe haber rebasado los cuarenta, pero parece a punto de alumbrar. El joven viste ropas de trabajo salpicadas de mezclas de albañilería y exhibe contusiones en el rostro y los brazos como si hubiera terminado de recibir una paliza. Mi vecina de viaje, la obesa dama confianzuda, me propina un codazo: ya no quedan asientos y, al margen de una insinuación que se adelanta a mis impulsos, cedo mi puesto a la madonna.

 

No ha conseguido acomodarse y ya la gorda se le encima con su incisivo afán por conversar y un indiscreto acervo de preguntas. La embarazada las responde con vocación melodramática: no quiera usted imaginarse, no quiera usted imaginar por las vicisitudes que he pasado, cuántas complicaciones no he sufrido durante los últimos tres meses de embarazo. La mujer gorda la interrumpe, ávida por recuperar la primacía, deseosa de llevar la voz cantante, y comienza a exponer los pormenores de sus desventuras, de sus achaques y padecimientos en un relato que, presiento, no debe tener fin. Me alejo algunos pasos hacia el centro del ómnibus huyendo de la estolidez. Desde mi nueva posición domino todos los sonidos, incluso los murmullos ratoneriles de la radio que el joven persevera en escuchar. No logro precisarlos, pero percibo las cadencias y las entonaciones peculiares de los comentaristas deportivos al describir una jugada. Los viejos, por su parte, son abejas que zumban un nutrido silencio comunicándole a la atmósfera una inmovilidad de reposo inorgánico que desalienta cualquier gesto generador de una acción física. Pienso en los días del certificado, cuando la reclusión del hospital reproducía un clima semejante. El cuerpo no participaba, no gastaba energía, que se transfería a la mente y, con tal suplemento, efervescía. Y eran como unas vacaciones desprendidas del peso de la acumulación de hábitos, o quizás un azar, o por lo menos un arbitrio donde uno mismo diseñaba las peripecias de su suerte: sueños manipulados desde el encuadre de un espíritu libre de todo compromiso, de cualquier tipo de deseo, y exento de gravitación.

 

Un hombre como de mi edad saluda al joven de la radio. Bueno ¿y a ti qué te pasó?; me caí de un andamio, ¿y a usted?, pregunta el joven (aunque no acierto a comprender qué justifica su pregunta); lo que tú sabes, la cirrosis, responde el hombre de mi edad mientras alarga una mano hacia su abdomen y con los dedos pianifica unos meticulosos golpecitos: los médicos no se equivocan. El joven, mientras tanto, manipula en su radio y sintoniza otra emisora. Se sobrepone a la palabra el entusiasmo de la música, una balada muy de moda alguna vez. Entonces me proporcionaba la sensación de estar al día, y hoy, si no indiferencia o la prestancia desdeñosa de cierto alejamiento crítico, sólo siento repuntes de nostalgia. Observo para mi placer que el joven la disfruta y me figuro que lo hace desde una perspectiva actualizada, aunque a la vez equivalente. Después de todo, habla de asuntos de un cariz refractario a la persecución de las palabras: el amor y la vida, la muerte y el dolor, y todo en términos exonerantes. Siento en ese momento que mi espíritu se abre, que por primera vez disfruto el viaje, que contra todas las manías que me ha inculcado la costumbre ni siquiera deseo volver de nuevo a casa. No experimento malestares ni me abruma el cansancio como habría sido de esperar luego de una jornada con tres grupos de alumnos que el claustro en pleno considera los más difíciles e indisciplinados de la Facultad. Antes, en los momentos iniciales tras abordar el autobús, me había manifestado lleno de desconfianza por no entrever ninguna cara familiar, ninguna de las que a diario asumen, sin imaginarlo, la profesión de escoltas durante un intervalo de mi recorrido, y a las cuales, no obstante y a pesar de la ausencia de saludos, les he ido otorgando reconocimiento. Disfrutamos, por el contrario, la presencia del tren. Nos encontramos en el punto donde comienza a ampliar el arco que nos acercará. Pita entonces con fuerza, como advirtiendo al universo su voluntad de concurrir y hace que alguno de los viejos, imposible saber cuál, diga sin dirigirse a nadie: mira el tren, mira el tren.

 

La expresión adolece de propósitos, más bien resulta un manifiesto de frivolidad y ni siquiera alcanza a conmover al muchachito de seis años, al único chiquillo, por lo que puede discernirse, que viaja con nosotros. Muestra un semblante circunspecto y una impasibilidad de adulto que se me antoja incongruente y hasta un poco perversa. Uno espera una madre, una figura protectora que se conciba familiar, pero no encuentra sino a un viejo, otro de esos inexplicables viejos, adormecido al lado suyo. A pesar de su retraimiento, el muchachito no parece asustado ni inquieto ni indefenso. Parece alguna estampa de la experiencia conseguida sin aprendizaje, o de la impavidez.

 

Rompe a llover sin previo aviso. La mayor parte de los pasajeros cierra sus ventanillas. Los recursos de un sol todavía elevado iluminan la lluvia de través, incorporándole a la atmósfera densos matices amarillos. La avenida ha perdido su semicitadina ambigüedad para constituirse en carretera que atraviesa los campos, y hay un flujo de gentes que emigran desde el fondo hacia el centro del ómnibus por encontrar mejor resguardo de la lluvia. Pasan el joven de la radio, cinco o seis de los viejos y alguien que se detiene con expresión de simpatía en el semblante. Profesor, me saluda, ¿no se acuerda de mí?; pero son tantos cursos y tantos estudiantes. Los Gemelos, declara, y es una chispa, un sentido detrás, otras afluencias concurrentes, encadenadas como los vagones tras la locomotora-gritando-al-universo; se precipitan sin urgencias y de repente sé quien es. Nos ponemos a hablar. Mi mente cobra aquella historia: eventos de una conmoción que sacudiera a alumnos y maestros, toda la Facultad, unos cuantos años antes.

 

No eran propiamente gemelos, ni hermanos siquiera, aunque se complacían de un parecido que desafiaba a la genética. Tenían la misma edad y eran inseparables; se querían muchísimo y todo el mundo les trataba con afecto. Uno de ellos se ahogó bañándose en la playa y el otro, un mes más tarde, ingirió un frasco de tabletas, una dosis conspicua, deletérea, de metal pesado. De alguna forma, nuestro diálogo se evade de las consecuencias, se regodea en un presente que disimula el intervalo del acto y de su mediación. No me siento capaz de preguntarle, de obligarle a exhumar una tragedia intencionalmente olvidada sólo por instruirme en un enigma diferente del mío, aun cuando una oscura percepción los evalúe como resonantes. Al cabo, no me resta elegir más que asfixiar, reprimir los impulsos que dimanan de una eminencia apenas dibujada pero más oficiante y acuciosa de la que engendra la curiosidad. Nos disolvemos en esquelas sobre la ingratitud del tiempo y terminamos por reconocer, como si en realidad nos importara, que al parecer mejora.

 

Cuando cesa la lluvia, mis sentimientos y mi razón se han aventurado por entre las alternativas de un laberinto en busca de ecos que le devuelvan su buen ánimo o le ganen el sustento. ¿Por qué nunca se bajan pasajeros?, ¿por qué no viajan rostros familiares?, ¿por qué la conjunción de tantos viejos? Como siempre que alcanza estos parajes desde donde es posible contemplar la cordillera en que campean los radares, el ómnibus reduce la velocidad. Ahora se encuentran funcionando, lo cual indica la unidad en zafarrancho de combate: marchas, maniobras, ejercicios de entrenamiento militar. Cuando nos acerquemos algo más, podremos percibir los estampidos de la artillería, amortiguados, desde luego, por un efecto de distancia. El tren ha desaparecido por un derrotero que bordea las instalaciones del campamento militar; luego aparecerá, casi de improviso, y como un bólido atravesará la carretera. Aunque ha dejado de llover, se ven las huellas de la lluvia sobre árboles y ranchos: breves lagunas sobre el pavimento, franjas de barro junto a las cunetas. El chofer, lo imagino, conduce con sumo cuidado, no sólo por respeto a las señales de circulación, sino también por evitar los riesgos de un macadán resbaloso. Empiezan a escucharse las detonaciones y mi ex alumno, sin sobresaltarse, se interesa por ellas. Me complace explicarle (qué puede procurarse un profesor, sino un conjunto no infinito de predisposiciones recurrentes...), pero mi explicación se hace superflua ante el fuego graneado de la fusilería y el tableteo inconfundible de una ametralladora.

 

El sol comienza a declinar y se difunden por el cielo los resplandores del ocaso. Me dan, como de costumbre, un ánimo sombrío. Para sobreponerme, echo mano al recurso de evocar experiencias agradables, casi siempre episodios de juventud. Pero en esta ocasión me proyecto más lejos y retrocedo hasta la infancia. Me veo junto a Tau en el patio de casa de mis padres, perseguido por él, corriendo en pos de él, en medio de la fiesta tenaz de sus ladridos. Sin embargo, el ejercicio se desvirtúa cuando la imagen, arrastrada por una fuerza sediciosa, termina por precipitarme frente a la cruz de un animal que borra el mundo con el hielo de sus ojos vidriosos y con sus estertores. Fue la primera vez que experimenté la visceralidad de un suplicio no físico y, con él, la conciencia del fundamento frágil de las cosas; pero también, rudimentarias, las estrategias al servicio de la continuidad y de la recuperación. A partir de ese instante, todos los perros de mi infancia volvieron a llamarse Tau. No era un homenaje, como alegara mi inocencia durante todos estos años, sino, como presiento justo ahora, un intento de obviar la obscenidad de la agonía y reparar lo irreparable.

 

Ha ido oscureciendo y el ómnibus desacelera hasta frenar en la parada. Como es usual, nadie se baja, tan sólo sube un pasajero. En la semipenumbra, distingo una fisonomía bastante ajena a las que me he habituado a anticipar. No se trata de un viejo; por el contrario, es un soldado: casi un adolescente, con todas las trazas de un recluta. Trae húmedo el pelo y el uniforme de campaña en un estado tal que uno adivina los rigores de la maniobra. Debe haberse arrastrado de trinchera en trinchera por un terreno fragoroso, lleno de fanguizales y accidentes. Creo que todos reaccionamos con emotiva contención y él nos mira, a su vez, con ojos de disculpa o la actitud de quien sospecha la posibilidad de algún error. Brota un murmullo colectivo, una estela nerviosa tras cada uno de sus pasos hacia el centro del ómnibus, y uno no puede menos que adentrarse a sufrir el contagio de cierta calidad de expectativas. Cinco agujeros en el pecho, todavía sangrantes, despiertan una gama de reacciones indeterminables entre el asombro y la incredulidad, y hacen que mi ex alumno exclame, tal vez interpretándonos a todos: cómo puede seguir, moverse, caminar, cómo es que logra mantenerse vivo. Pero se calla de repente: como alcanzado por un rayo de subrepticia lucidez, una conciencia ante la cual ese complejo tumultuoso de mi razón y sentimientos debe haberse rendido sin emitir comunicados o, tal vez, emitiéndolos; pero evitando el expediente de la condensación de las palabras, desnudo en su diafanidad cuántica y cósmica. El muchachito de seis años premia al recluta con un gesto, una mirada ante la cual me reconozco una criatura de existencia reciente, casi acabado de nacer; una mirada que lo asume más avanzado que nosotros, mucho más apto y consistente dentro de la naturaleza de este viaje.

 

Después de hurgar en su uniforme, el recluta logra extraer un cigarrillo. Debe de haberse humedecido, a juzgar por la serie de tenaces esfuerzos en la tarea de encenderlo. Siento el contacto venturoso de un ómnibus que se relaja e imagino a las gentes lanzando pesos por las ventanillas, librándose de lastres, de preocupaciones, y no puedo dejar de concebir la fantasía del pecho del soldado sujeto a una vertiginosa regeneración. Una finísima llovizna se complace en caer como las aspersiones de un bautizo, el clima es de un reposo cercano a la felicidad y hasta parece que la noche posee una virtud de noche blanca, de sustancia boreal capaz de desafiar a las tinieblas.

 

Y así, en tal universo, de pronto comparece el tren. Un gran juguete pavoroso, exhalando pitazos en el espacio con la potencia de su movimiento. El autobús intenta detenerse pero patina sobre la humedad. A pesar de ello, nuestro espíritu permanece sereno. Imagino al chofer reconcentrado y sudoroso en medio de su esfuerzo por responder a una costumbre. Sólo en los últimos instantes entrevemos el choque como un percance inevitable, y entonces saltan a la noche balbuceos, resquemores, voces transidas por el pánico, gestos de espanto y desconcierto, reacciones destempladas ante el horror de un nuevo tránsito por un nuevo infinito, una injerencia atávica y devastadora.

 

¿Pero qué puede preocuparte?, clama la voz de la razón, ¿qué más te puede acontecer —con toda lógica, precisa— si lo más terminante ya te ha acontecido?

 

Me gustaría responderle, me gustaría responderle, me halle donde me halle o desde donde quiera que vaya a ir a parar. Pero no creo que pueda hacerlo; no creo que pueda hacerlo, incluso cuando alcance a vislumbrar una respuesta. En medio de un clamor que anticipa silencios, siento el primer impacto, los primeros embates de la colisión.

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