Agustín Fernández

Agustín Fernández por Abigail McEwen

Abigail McEwen

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Incansable peripatético y agudo intérprete de lo más íntimo del alma humana, Agustín Fernández desarrolló a lo largo de una carrera, que se extendió durante casi ochenta años, un lenguaje visual que destilaba con elegancia la erótica y el simbolismo del surrealismo. Entre los artistas más prolíficos y con mayor reconocimiento internacional entre los miembros de las generaciones de la vanguardia histórica de la Isla, Fernández cultivó una exigente visión psicológica que tendía un puente entre su herencia artística cubana y las influencias cosmopolitas recogidas de muchas décadas en el extranjero.

Nacido en La Habana en 1928, Fernández matriculó en la Academia de Bellas Artes San Alejandro de esa ciudad en 1946. Tras cuatro años de aprendizaje, que incluyó un breve período de estudios en la Art Students League de Nueva York, bajo la dirección de Grosz y Yasuo Kuniyoshi, Fernández se graduó, para al cabo de un año montar su primera exposición individual en el Liceo de La Habana. Con un talento prodigioso, expuso su obra ampliamente durante los 50, con muestras individuales en Europa, Estados Unidos y América del Sur, recibiendo Mención Honorable en la IV Bienal de Sao Paulo en 1956. En 1959, Fernández aceptó una beca del gobierno de Castro para estudiar pintura en Europa, lo que precipitó su traslado a París y su decisión de permanecer en el exilio por el resto de su vida.

Si bien el estilo de Fernández resultó exhuberantemente lírico en sus inicios —«una fiesta de color», como señaló un crítico al principio de su carrera—, y evolucionó desde formas cubistas y desde el expresionismo abstracto, su obra dio un giro más introspectivo a raíz de su salida de Cuba. A medida que su paleta se contraía, moviéndose sucesivamente a través de períodos beige y blanco y negro, sus temas se hicieron cada vez más viscerales y obsesivamente eróticos. Formas ambiguas, desde huevos minimalistas hasta armaduras fríamente sádicas, acentúan el filo de su obra madura, que también comenzó a aventurarse en las tres dimensiones, a modo de ensamblajes, collages y esculturas en una mezcla de medios expresivos. Fernández experimentó con la serigrafía durante los años en que vivió en Puerto Rico (1968-1972) y produjo una edición de veinte collages por los que recibió una Mención en la Tercera Bienal de San Juan del Grabado Latinoamericano y del Caribe en 1973.

En 1972, Fernández se trasladó a Nueva York y vivió y trabajó en Manhattan hasta su muerte en 2006. Desde los 70, su obra se vio dominada por tonalidades marrón oscuro, en pinturas que yuxtaponían la vulnerabilidad de la carne humana con la sombría impregnabilidad de la armadura metálica. Formas serpenteantes aparecieron por primera vez en 1980, y a mediados de esa década, Fernández comienza a reintroducir sutilmente el color en su trabajo, un saludo a su herencia cubana. La psicología intensa que revelan sus últimos trabajos continuó evocando un «mundo de sensaciones, de magia, de maravilla» —palabras con que se describió su obra en 1952— aunque finalmente expresada a través de una tensión sexual exquisita, avanzada conceptual y técnicamente.

Fernández recibió en 1978 una beca de la Fundación Cintas y continuó realizando exposiciones en México D.F., Nueva York y, durante muchos años, en el Salon de Mai en París. En 1992, la Universidad Internacional de Florida rindió  homenaje a su obra en una retrospectiva, y sus trabajos figuran en numerosas colecciones, entre ellas el Museo de Arte Moderno (Nueva York), el Museo Nacional de Bellas Artes (La Habana), el Museo de la Organización de los Estados Americanos (Washington D.C.), y el Lowe Art Museum (Miami, Florida). La Fundación Agustín Fernández, creada por los hijos del artista, está dedicada al estudio y la preservación de su trabajo y actualmente se encuentra enfrascada en un catalogue raisonné. Más información se encuentra disponible en www.agustinfernandez.net.

Página de inicio: 125

Número de páginas: 12 páginas

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