Anatomía de un enfrentamiento

El Directorio Revolucionario y Fidel Castro

Waldo Fernández Cuenca

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Entre la revolución y el poder, entre una presencia oculta y un vacuo reconocimiento, entre la inconformidad y la resignación, de esa manera se sintieron los principales dirigentes del Directorio Revolucionario con la caída del régimen batistiano y la instalación del nuevo gobierno revolucionario. Inconformidad, porque tuvieron que soportar una exclusión injusta del nuevo gobierno revolucionario. Resignación ante el gran apoyo demostrado al nuevo gobierno por el pueblo, el cual no aceptaría nuevos derramamientos de sangre.

La historia de la lucha por el poder escenificada en los primeros días del triunfo revolucionario entre miembros del Directorio Revolucionario (DR) y el Movimiento 26 de Julio (M-26) ha quedado sepultada bajo el maremágnum de cambios que el nuevo gobierno anunciaba y bajo el peligro de terminar en una guerra civil no deseada por nadie. El carisma hipnotizador y la habilidad política de Fidel Castro inclinaron la balanza a su favor.

Con el tiempo, quedarían en la historia oficial cubana el asalto al Palacio Presidencial y la masacre de Humboldt 7 como hechos heroicos y conclusorios, fotografías de resistencia y oposición a lo que el M-26 también combatió, pero destinados a fenecer en el instante mismo de su exaltación.

Los antecedentes de los acontecimientos ocurridos en los primeros días de 1959 comienzan dos años antes, cuando, en declaraciones concedidas a un periodista norteamericano y publicadas en Bohemia en 1957, Fidel Castro expresaba sobre el asalto al Palacio Presidencial: «ha sido un inútil derramamiento de sangre, la vida del dictador no importa». Declaración considerada inamistosa por los miembros del Directorio.

La estrategia del DR de «golpear arriba» no era compartida por Fidel Castro, quien no lo consideraba un método efectivo de lucha para derrocar a Batista. Si la toma de Palacio hubiera tenido éxito —no ocurrió así, fundamentalmente, por fallar el grupo de Apoyo—, la conquista del gobierno por las fuerzas del Directorio —cuando el movimiento guerrillero de Castro apenas empezaba a dar sus primeros pasos— hubiera cambiado dramáticamente el panorama político de la Isla, replanteando totalmente la estrategia de Fidel Castro ante tan súbito acontecimiento. Con el fracaso de la acción, Fidel envía un mensaje convidando a los sobrevivientes a sumarse a la lucha en la Sierra. Invitación que repetiría después de la masacre de Humboldt 7, y que en ambos casos no fue aceptada.

Meses después empezaba a gestarse en Miami una llamada Junta de Liberación Nacional donde convergían todas las organizaciones opositoras en la búsqueda de un frente común para la luchar contra el tirano y, consensuadamente, instaurar el nuevo gobierno que regiría los destinos del país una vez consumado el triunfo. El Directorio Revolucionario se sumaría a las labores de la Junta mediante las gestiones de miembros del Movimiento 26 de Julio, en especial, de Léster Rodríguez, uno de los artífices de la creación del llamado Pacto de Miami.

A pesar de ver que dicha Junta contenía elementos sectarios y politiqueros, los miembros del DR la consideraron un justo intento de lograr la mayor unidad posible en la lucha: «En aras de la unidad por la que el Directorio Revolucionario ha luchado incansablemente, permanecimos en la Junta de Liberación, no obstante sus imperfecciones y ver rechazadas muchas iniciativas nuestras por los representantes del Movimiento 26 de Julio en muchas ocasiones del brazo de conectados exponentes de la peor politiquería, que nada dicen ya al pueblo cubano y mucho menos a los que, día a día, luchan, combaten y mueren por la causa de la revolución cubana» (1). Por ese motivo, los miembros del DR quedan estupefactos ante la sorpresiva decisión de Castro de romper con la Junta de Liberación Nacional.

En la misiva que enviara Castro desaprobando la inclusión del M-26, éste tiene palabras muy duras para todas las organizaciones sin excepción: «mientras los dirigentes de las demás organizaciones que suscriben este pacto se encuentran en el extranjero haciendo una revolución imaginaria, los dirigentes del M-26 de julio están en Cuba haciendo una revolución real» (2). El intento de todas las fuerzas opositoras de lograr una unidad consensuada se desvanecía instantáneamente. La respuesta del Directorio fue enérgica e inclaudicable. Ante todo, querían la Revolución no como patrimonio exclusivo de nadie, sino como empeño común para restaurar la constitucionalidad democrática del país: «El Directorio Revolucionario considera que ninguna organización puede ni debe en la forma exclusivista planteada por el doctor Fidel Castro reclamar para sí la representación única de una revolución que hace Cuba entera. Martí dijo: La Revolución no es patrimonio de nadie y la República ha de ser con todos y para el bien de todos» (3). Era evidente ya, en la ruptura de Fidel Castro con este intento de unidad, su expresa convicción de no otorgar mayores cuotas de protagonismo a las organizaciones fuera de su órbita. En su carta-respuesta, los hombres del Directorio desacreditan el argumento fidelista de que «si hubiéramos visto a otros cubanos combatiendo por la libertad, perseguidos y a punto de ser eliminados no habríamos vacilado en acudir junto a ellos», recordándole sus declaraciones a Bohemia citadas anteriormente y cómo ningún miembro del M-26 había apoyado la acción de Palacio, aun habiéndosele comunicado previamente a Faustino Pérez, su jefe en La Habana. Hasta el momento de dar a conocer su respuesta y opinión sobre el Pacto de Miami, el DR había tragado en seco la posición de Castro y algunas imposiciones en la Junta, para no dar margen a la dictadura con una posible división dentro de la oposición armada.

Julio García Oliveras, miembro del Ejecutivo del DR, recuerda el sentir de su organización: «A nosotros aquello [la carta de Fidel Castro] nos dejó como a quien le cae un rayo en medio de un día soleado, según nuestro criterio habíamos actuado dentro del más puro espíritu de la Carta de México, firmada por José Antonio y Fidel en agosto de 1956» (4).

La posición pública del Directorio, ocultada por la historia oficial, es clave para entender las desavenencias entre ambas organizaciones durante la guerra, pues el Ejecutivo del Directorio acusa a Fidel Castro de querer conquistar todo el poder suprimiendo las bases de un estado democrático (5), a la vez que no acepta la designación del magistrado Manuel Urrutia como futuro presidente de la república exponiendo con limpieza sus argumentos (6).

Después del fracasado asalto al Palacio Presidencial, con la consiguiente dispersión de sus fuerzas, a lo cual se sumaría un golpe casi aniquilador, el asesinato de cuatro de los miembros de su ejecutivo el 20 de abril de 1957 en la calle Humboldt, el DR había logrado en menos de un año armar una expedición a Cuba y crear un foco guerrillero en el Escambray con no pocos tropiezos en el camino.

La llegada del Che a Las Villas el 21 de octubre de 1958 venía a completar el complejo cuadro de fuerzas que combatían a la dictadura en esa zona central del país. La unidad se convertía en un proceso harto difícil que culminaría con el Pacto del Pedrero el 1º de diciembre entre las dos fuerzas mejor organizadas: El Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario. A partir de ahí, en combinación con la Columna n.º 8 del Ejército Rebelde, los hombres del Directorio liberarían numerosos pueblos de la zona central como Fomento, Manicaragua y Trinidad, además de apoyar la toma de la ciudad de Santa Clara con la rendición del Escuadrón 31 de la Guardia Rural, la tercera edificación más fortificada de esta ciudad. A finales de diciembre de 1958, el Directorio Revolucionario contaba con más de 300 hombres regularmente armados y divididos en varias columnas.

El inestimable aporte a la consolidación del triunfo sobre el fuerte ejército armado de Batista no fue debidamente valorado cuando ante la sorpresiva huida de Batista, el jefe del M-26, Fidel Castro, le orienta al Che y a Camilo, quien estaba en el Frente Norte de las Villas, avanzar hacia La Habana y tomar los principales cuarteles militares del régimen, marginando olímpicamente a las huestes del Directorio.

La noticia de la huida de Batista genera en la capital un vacío de poder momentáneo. Muchos miembros, tanto del M-26 como del Directorio, se arman para buscar y apresar a esbirros del régimen que han quedado sueltos. La tiranía ha quedado descabezada, pero la incógnita sobre cómo se instalará el nuevo gobierno es muy alta. Sencillamente, no se sabe lo que sucederá dentro de 24 horas, incluso menos. Las fuerzas armadas del DR toman el Palacio Presidencial y la Universidad de la Habana, acto lleno de simbolismo por haber sido el Palacio escenario de la más heroica acción del movimiento y la Universidad, cuartel de rebeldía estudiantil contra las fuerzas represivas batistianas. En esos mismos días son designados los futuros miembros del Gabinete de la República en Santiago de Cuba por el alto mando del M-26, los cuales deben acudir al Palacio Presidencial para empezar el largo proceso de cambios del país. Pero este nuevo gobierno es formado inconsultamente con el Directorio y ninguno de sus miembros es ni siquiera tomado en cuenta. Las discrepancias entre Fidel Castro y los miembros del Directorio comienzan a definirse nítidamente.

Aunque duraría solo unos pocos días, la lucha por el poder que se inicia marcaría para siempre el derrotero de este movimiento. Ante la inminente llegada del presidente Manuel Urrutia a La Habana, se producen las negociaciones en Palacio para desalojar de allí a las fuerzas del Directorio. De estos hechos apenas queda algún testimonio que despeje tantas incógnitas. Guillermo Jiménez, uno de los integrantes del DR que estuvo en las negociaciones explica:

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Estando solos en Palacio Faure y yo en la madrugada del 4 de enero, en medio de esta tensa situación le digo a Faure: vamos a llamar a Camilo a Columbia para decirle que ha habido tiroteos por parte de gente del 26 y del Directorio, que esa no es nuestra política y que hay que pararlo. Hablamos con Camilo, y él nos dice que necesitaban hablar con nosotros, tanto Camilo como el Che. Yo pienso que no es solamente ya para ver lo de los tiroteos.

El Che nos dice que vienen a Palacio a conversar personalmente con nosotros. Me doy cuenta que vienen por algo más y de mucho peso. Están buscando una definición de la situación. Faure se va y me deja solo. Para hablar con ellos yo busco entonces a dos o tres compañeros del Ejecutivo para equilibrarlo. Localizo a Enrique Rodríguez-Loeches, Alberto Mora, Tavo Machín y al mexicano Abrahantes, a quien yo había ingresado en el Directorio y que conocía al Che por haber estrechado relaciones en el Escambray. Ambos se estimaban mucho. El Che nos plantea que debíamos abandonar Palacio en 24 horas porque se iba a constituir el Gobierno Provisional. Ante esa solicitud yo le digo al Che la idea siguiente: Comandante, nosotros estamos en la actitud de la mayor colaboración para salvaguardar la Revolución, pero yo no le puedo aceptar eso, porque usted nos está dando un ultimátum como si nosotros fuéramos un ejército derrotado y nosotros somos un ejército revolucionario. El Che nos dice entonces que se convocaría a las masas si no salíamos de Palacio. Bueno, el día 6 abandonamos Palacio y toma posesión Urrutia (8).

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Al llegar Manuel Urrutia a Palacio se reúne con los miembros del Directorio y escucha sus argumentos, los cuales se pueden resumir en la necesidad de unir a todas las fuerzas revolucionarias y la justa reclamación de una participación en el ejecutivo del gobierno avalado por la trayectoria de una organización surgida de las entrañas de la Universidad de la Habana y que ahora quedaba injustamente relegada. Urrutia deja bien claro que deben esperar por la llegada de Fidel para ventilar sus demandas y cómo proceder. Pero todo quedó así. Los sucesos a partir de ahí se desencadenarían a una velocidad tremenda.

El 8 de enero, día de la llegada de Fidel Castro a la Habana, muchos periódicos nacionales publicaban la posición oficial del Directorio ante la actitud del nuevo gobierno que reproduzco aquí en su mayor parte:

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Consideramos un sagrado deber trasladar a todo el Pueblo de Cuba, precisamente en estos instantes en que el triunfo apoteósico pueda quizás empañar la reflexión justa, nuestro pensamiento en torno al proceso que estamos viviendo, jamás puede la verdad ser inoportuna y mucho menos cuando del sagrado deber de la Patria se trata. Con dolor de cubanos, hermanos de lucha y de revolucionarios hemos contemplado los primeros pasos dados, y hemos guardado silencio, esperando la consolidación de la situación.

[…] En silencio hemos visto prolongar innecesariamente una huelga general que estuvo a punto de crear graves problemas de orden público. En silencio hemos visto designar, en contra de reiterados pronunciamientos hechos durante el proceso revolucionario, un gobierno sin previas consultas con otras organizaciones que, como la nuestra, también han participado en el derrocamiento de la tiranía. [….]

El Directorio Revolucionario 13 de marzo demanda la participación de las organizaciones revolucionarias que han derrocado a la dictadura:

a) En la designación del Gobierno Provisional, que debe ser forzosamente un Gobierno de Unidad Revolucionaria.

b) En la fijación del plazo y forma de celebración de elecciones generales democráticas.

c) En la confección del programa del Gobierno provisional, a cuyo cumplimiento se obligue éste ante el pueblo, las organizaciones revolucionarias y las Fuerzas Armadas.

Esto hemos planteado al señor Presidente provisional de todos los cubanos en la noche de ayer y ahora lo planteamos ante todo el Pueblo de Cuba.

Y no se intente tergiversar nuestros pensamientos, no nos interesan las posiciones, que por otra parte tendríamos derecho a ocupar, lo que en definitiva nos importa es impedir que bajo ningún concepto un proceso revolucionario que tanta sangre útil ha costado vaya a caer en algunos de los vicios por los que hemos combatido (8).

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En estos mismos días, y antes de la llegada de Fidel Castro a la Habana, un comando del Directorio tomó la base militar aérea de San Antonio de los Baños, ocupando un cargamento de armas considerable, lo cual conllevaría a la impugnación total de Fidel Castro hacia esta acción expresándolo tácitamente en el discurso a su llegada a la capital:

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Pues yo les digo a ustedes que hace dos días elementos de determinada organización fueron a un cuartel […] cuartel que estaba bajo la jurisdicción de Camilo Cienfuegos y bajo la jurisdicción mía […] y las armas que estaban allí se las llevaron, se llevaron 500 armas, 6 ametralladoras y 80.000 balas. Yo les voy a hacer una pregunta: ¿armas para qué? ¿Para luchar contra quién? ¿Esconder armas, para qué? ¿Para chantajear al Presidente de la República? Y honradamente les digo que no se pudo haber cometido provocación peor […] y lo que hemos hecho nosotros no es ir a buscar los fusiles esos; porque, precisamente —lo que les decía antes— lo que queremos es hablar con el pueblo, utilizar la influencia de la opinión pública para que los lidercillos que andan detrás de esas maniobras criminales, se queden sin tropa.

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El escenario estaba listo y las circunstancias le eran más que favorables. Después de seis años de sangrienta dictadura y férrea censura, había caído el régimen. La alegría —diría el propio Fidel Castro en su alocución— era inmensa y con este discurso el máximo líder de la guerra había capitalizado para sí la riqueza mayor de un genial político: el pueblo, las masas eran suyas en arrolladora mayoría, nada podía justificar en ese histórico minuto un acto vandálico como ese, hecho para llamar la atención de la opinión pública y como un llamado a tomar en cuenta a las fuerzas del Directorio. Faure Chomón era calificado de «lidercillo» y la toma de la base militar de San Antonio de: «criminal». Chomón no supo calibrar en toda su dimensión el carisma y la habilidad política de Fidel Castro, y cegado por el debido reconocimiento que no le llegaba, escogió la peor de las variantes. El costo desde todo punto de vista sería alto.

El discurso de Fidel Castro en Columbia sorprendió al Directorio, que consideraba justo y legítimo tomar uno de los cuarteles militares de la dictadura. La acción trajo como fatal consecuencia el intento de suicidio de Aquiles Chinea, oficial del ejército de Batista quien, por considerar contraproducente y hasta «desleal» al nuevo gobierno la toma de las armas, intentó quitarse la vida. Estos acontecimientos enrarecieron aún más el ambiente ya de por sí muy cargado.

Al día siguiente, el máximo jefe del M-26 declaraba en el programa televisivo Ante la Prensa que la situación creada era culpa de Faure Chomón, secretario general del Directorio Revolucionario, quien había autorizado a sus hombres a llevarse todas esas armas y traerlas hacia la Universidad, y expresó que si José Antonio Echeverría estuviera vivo eso no hubiera pasado pues «era un muchacho sano, desinteresado, jovial, simpático, desprovisto de ambiciones desmedidas». Califica a Chomón como «lidercillo resentido» y expone que está dispuesto a reunirse con los miembros del Directorio que son idealistas y honrados. La frase más reveladora en ese programa fue «El poder se conserva en la misma medida en que cuesta conquistarlo», muestra inequívoca de las intenciones del joven líder.

Los días 10 y 11 serían de extrema tensión para ambas partes, pues el Directorio mantenía una posición de enfrentamiento al nuevo gobierno mientras no se le tomara en cuenta. Pero el pueblo apoyaba en abrumadora mayoría al nuevo gobierno y no iba a permitir que una situación de este tipo desencadenara un enfrentamiento de incalculables consecuencias para el país. Así lo hace saber la convocatoria que lanza el día 11 a las madres cubanas la organización Mujeres Oposicionistas Unidas. Las convoca a reunirse en el Parque Central capitalino y marchar hacia la Universidad con el fin de exigir al Directorio la deposición de su actitud porque: «estamos cansadas de tanta sangre derramada durante más de seis años de tiranía» (9).

 
Ante una situación que no podía prolongarse indefinidamente, y ante los rumores de un enfrentamiento mayor, el DR fija su posición definitiva el día 12 declarando entre otras muchas cosas que: «se nos pretendió ignorar públicamente, causándonos una profunda preocupación por el futuro de nuestra patria, […]», y afirmando: «nosotros el Directorio Revolucionario […] DECLARA al pueblo de Cuba que a pesar de las imposiciones, de que no se quiere llegar a soluciones con el Directorio, que es ganar soluciones para nuestro pueblo, que se mantengan las imposiciones en el Campamento de Columbia por el doctor Castro, EL DIRECTORIO REVOLUCIONARIO NO IRÁ A UNA GUERRA, […] el DR hablará, expondrá ante el pueblo de Cuba sus razones. Y si no se le quiere oír bien, si no se quiere rectificar y se persiste en la imposición, no admitiremos esa convocatoria a la guerra. El Directorio Revolucionario está consciente de su responsabilidad, de su verdadera misión histórica, que debe ser fiscalizada en el proceso que se inicia» (10).

 
El día 13 de enero Castro acude a la Universidad a reunirse con un nutrido grupo de miembros del Directorio para zanjar de una vez y por todas las agrias discrepancias surgidas. Estuvieron conversando toda una madrugada. Entre Castro y algunos miembros del Directorio existían rencillas políticas que venían desde la época de la lucha universitaria a fines de los 40, y que saldrían a relucir en esta histórica cita, de la cual no existe testimonio escrito alguno. Desde tan temprana fecha podemos ubicar una serie de diferencias que mucho pesarían en los acontecimientos de los primeros días del triunfo y que aún hoy esperan por un mejor estudio historiográfico.

El Directorio Revolucionario sería la primera organización en entregar todas sus armas para quedar como una simple organización política al lado del nuevo proceso de cambios desde una posición secundaria. El acto de entrega y despedida de la organización como aparato militar lleva el signo del dolor y del desencanto:

«Queridos Hermanos, con profundo dolor me despido de ustedes, doblemente adolorido. Dolor por separarnos del hermano en la lucha y dolor por saber que no hemos sido comprendidos […] Jamás hemos sembrado la cizaña y en cambio hemos recogido montañas de calumnias e injusticias. Pero es necesario que se diga que es seguro que seguiremos manteniendo los principios de unidad que nos dio la victoria […] Es hora de que se sepa el rol histórico del Directorio en esta lucha. Hemos querido que esta despedida sea como ha sido, humana, sencilla, sentimental como el carácter que trazó la vida de José Antonio Echeverría y sus ideales por una Cuba mejor y más justa para todos» (11). Eran las palabras del comandante Humberto Castelló.

En palabras sentidas y con inteligente visión de futuro hablaría para despedir el acto el Secretario General del Directorio, Faure Chomón:

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Hemos cumplido con nuestro deber a pesar de los peores ataques e injusticias, pero con toda serenidad hemos recibido este momento, porque nada puede empañar la libertad lograda con nuestra sangre […] Con el derecho, la moral y la justicia que asistía al Directorio Revolucionario quisimos preocuparnos por la suerte de la Revolución; quisimos hacer igual que en El Pedrero, donde el DR y el M-26, confraternizando hacia la muerte y hacia la victoria, firmamos el pacto de unidad más grande de nuestra historia. Pero no hemos tenido éxito, hemos recibido a cambio la calumnia y la difamación (…) Recibimos imposiciones y las hemos aceptado, todo por la paz de la patria y la tranquilidad del pueblo, estamos dispuestos a mantener, aceptando aun los más grandes sacrificios, nuestros caros postulados (…) El Directorio Revolucionario hace votos porque esos compañeros no se equivoquen. Hace votos porque sólo tengan el pensamiento y el brazo puesto al servicio de la patria y de los principios defendidos, para que puedan cumplir los principios trazados por la Revolución, por una Cuba nueva, tan regada por la sangre de los más queridos de sus hijos. Adiós compañeros (12).

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No creo, ni mucho menos, haber agotado esta interesante etapa de la naciente Revolución. Estos acontecimientos, ante los gigantescos retos que enfrentaría después el nuevo gobierno constituido, junto con la posterior radicalización del proceso, parecen casi intrascendentes, se muestran como lecturas rápidas de una volcánica historia que no termina, pero justo es rescatarlas de un avieso olvido como necesario legado para las nuevas generaciones. Para que la sangre derramada por estos combatientes señale también el camino de la verdad.

 

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