La leyenda de Maribel Montero

Fragmento de la novela homónima

Daniel Iglesias Kennedy

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Capítulo 4
 
El General supo escoger al personal adecuado, entre los que no faltaron el Lirón, que tenía pericia, y una Maribel sobrada de agallas y mundología, pero necesitada de adiestramiento. Si había que matar, se mataba. No era ese un encargo novedoso para una victimaria de vacas. Nunca ejecutó a nadie que no se lo mereciera. En un calabozo metido junto a la letrina del campamento, un oscuro recibidor de reclutas borrachos y camorristas, habían encerrado a un chico de raza indefinida que se ofreció como cocinero y resultó ser espía del Narizón. Extremo que confesó cuando el Arrinconado, rastreador adelantado, lo sorprendió en el despacho del Jefe, olisqueando y memorizando sus mapas y anotaciones. La confirmación se obtuvo tras un interrogatorio en el que le aplicaron en el trasero uno de esos hierros recalentados que se utilizan para marcar a las reses. Una falta tan grave merecía castigo riguroso. Fue lo último que ordenó el que mandaba; no habían motivos para gastar las raciones en mantener con vida a un traidor ni emplear hombres en su custodia. «Ese tiene que morir», repitió el Solitario, reproduciendo la decisión de su General. Un encanto de muchachito con una bonita sonrisa, pero nocivo como pueden serlo las piedras envenenadas que contaminan los pozos. Nunca tuvo caído el ánimo; el trabajo de ejecutora Maribel lo traía totalmente asumido. Era la profesión que le había reservado el Señor. Acomodó sus pensamientos de modo que la justicia se estableciera como la razón predominante y soslayó la posible pena que le daría observar a un jovencito suplicando el perdón y el beneficio de otra oportunidad. Mirarlo compadecía. Ojos redondos pero sin brillo y la voz quejosa que imploraba con la insistencia de un mendigo que reclama una limosna. Declamación idéntica a la del sujeto exterminado frente a la choza del difunto Juan que perdió la vida por ofender a los pollos. «Hazlo tú», escuchó a Lirón. No halló una manera de contradecirlo. La calibraba. Su voluntad estaba comprometida con él y su General. Por aquel entonces, ella evitaba cualquier respuesta errónea; había aprendido a proceder sin pararse a reflexionar, como compete a una soldado.

Y lo incorporó a su lista de sacrificios. No utilizó el punzón, sino un modelo de la marca Colt con seis tiros que le distribuyó por la caja torácica. Después de la ejecución, no detectó cambios en la fisonomía. El fusilado conservaba la mueca con la que llegó caminando al campamento, y que era una hendidura sumada a un rostro endurecido por los fracasos. Se echaba en falta la risa deteriorada que proyecta el Maligno.

No hay peor enemigo que un hijo resentido; razón por la que el Armindo de nariz aguileña lo eligió para una misión tan peligrosa como siniestra. Por pura superstición, el General no autorizaba entierros en el fortín. «Estamos en una instalación militar, no en un cementerio». Mandó a buscar al funerario para que se llevara el cadáver al pueblo y le ofreciera una sepultura civilizada. El enterrador lo reconoció. Era el hijo menor del hostelero Mayoral, devoto de Santa Potenciana, acreditado por sus digestiones defectuosas y por ese carácter amargo que le mereció el desencanto de su familia. No provenía de la original y legítima esposa que había muerto de una cosa mala, sino de una guisandera calé que preparaba el rancho en el comedor y que también murió, pero de repente. El mestizaje lo ubicó en un peldaño inferior al de su medio hermano mayor, un blanco unánime. Su padre lo abandonó a su mala suerte el día que desaparecieron por el atajo que conduce a la sierra con el dinero cobrado al ejército por un avituallamiento que nunca se suministró. Maribel conoció a los dos estafadores el día que llegó con la pregunta de dónde se hallaba el oficial británico. Al muchachito no lo vio. Contaban los lugareños que a él no le permitían trabajar de cara al público en el hostal, no fuese a ser que sus puñeteros modales y los exabruptos injustificados, que contrastaban con su atractivo aspecto físico, espantaran a la clientela.

La conexión de amistad entre Lirón y Maribel aún no estaba esclarecida. De lo único que se acuerda es que ella lo vislumbró un día fisgoneando al mozo mientras se lavaba. Lo regañó con la vehemencia que pone una madre cuando sermonea. El requerimiento de enderezarlo para no ofender a Dios con sus devaneos de dudosa moralidad. «No amerita que te descontroles», dijo ella, nada más para que se apaciguara. No había pecado en admirar una naturaleza bien hecha, mejor si permanecía con la boca cerrada, ocultando los rencores y la rabieta. Estampa perfecta de un joven cuando no habla. ¿Por qué Lirón no actuaba con esa ansia masculina hacia su persona? Era lo que bien se entendía en una época de su vida en la cual importaba más el desahogo que la adhesión a una buena persona que se ocupara de atenderla. Porque aún Maribel no sabía toda la verdad sobre Lirón Solitario. «No le mires así», fue su correctivo. No fue el «no le mires», sino el «así» lo que más efecto causó en Lirón. Ella le hablaba chillando, enfadadísima. Una reacción exagerada por parte de aquella compañera reciente. Ni siquiera el apasionado predicador de apellido Ramos se embrutecía de tal manera cuando a Maribel le daba por contradecirlo.

La realidad, comprobó en su día, era que ella apreciaba tanto al amigo Lirón que había sentido celos del intruso. Un querer que le pareció torcido para ser tenido en cuenta. Mal presentimiento no le dio porque Maribel no imaginaba lo que se estaba cociendo entre ellos. No le avergonzó su apego ni su osadía; si se hubiera entretenido en meditarlo, se habría muerto de asco. ¡Un cíngaro y una blanca! Pero aquellos eran los tiempos en que la Montero aún no pensaba.

Sus órdenes las asumió como prueba de lealtad y atrevimiento, cualidades que describen al explorador eficaz. El Jefe las definió cuando estableció como norma el que se olvidara de momento de las entrevistas y de la redacción de una biografía a la que le faltaba la última acometida. La que planeaba entrar por la serranía y sorprender a los Armindos en su guarida. Luego le concedería el tiempo necesario para hacer el trabajo que la había llevado hasta allí.

—Mientras, serás rastreadora. Porque meter la nariz en lugares desconocidos o prohibidos es algo que se les da bien a las periodistas.

Explorar no lo hace cualquier insensata. Es normal que en las praderas y en duraciones de guerra, se solicite el servicio de los observadores profesionales. Estos guías disfrutan de emolumentos más generosos que los recibidos por los soldados. No importa su saga ni proveniencia. Sus verdaderos nombres son materia desconocida; un apodo precipitado vale para identificarles. Quien no presume de uno se ve obligado a inventárselo. Basta con llamar al Lirón, al Arrinconado, al Aparicio, y enseguida se presenta el aludido. Gente más bien escurridiza y buena olfateadora que no responde a credos ni ideología, sino al sosiego del organismo que proporciona un puñado de dinerito fresco. Hubo un explorador veterano y entrado ya en años que no accedió a sustituirse el nombre: Eudimio Heredia. Cuenta la agorera Juana Cabraloca en su libro de memorias que ese empecinamiento le costó la vida en la masacre que escuchó el General. Una muy parecida a la que transcribió en un artículo que los del periódico no se atrevieron a publicar. Por prudencia, que es como decir temor surtido con desconfianza, Maribel aceptó el apelativo de la Mea Fuego.

Lirón Solitario llevaba ventaja. Había sido guía de cazadores, conocía bien el territorio, hablaba el lenguaje de los bandidos. Un cíngaro de piel disimulable entre la oscuridad de la anochecida. A él le confiaban el servicio superior. Las razones de su excelencia sumaban la pasión por el riesgo, un conocimiento cultivado de las bajezas humanas, memoria para la geografía que no requería de mapas y una aversión hacia los Armindos que al inicio parecía excesiva; pero que, en poco tiempo, Maribel se enteró que ocultaba un compromiso de venganza que entonces ella desconocía. El Arrinconado era un experto en los hábitos del enemigo, tanto en la guerra como en la paz. Era muy bueno en el manejo de las armas, aunque nunca logró vencer a la Montero en los torneos de puntería. Aparicio fue un cuarentón de esqueleto macizo y pectoral ancho. Lucía cabellera negra, punteada de rizos, tan desplegada que descendía hasta los hombros. Encubría su rostro tras una barba que olía a tabaco. Su mirada era inocente, un disimulo que lo volvía más peligroso. Siempre llevaba puesto un sombrero de fieltro que no se quitaba ni para dormir. La vestimenta se completaba con un chaleco sobrado de flecos que tiritaban con la ventisca, y pantalones de loneta verde remetidos por dentro de las botas. Su aspecto era de maquillaje, porque debajo de aquella estampa de aventurero sentimental se escondía el cuerpo de un asesino.

El Jefe la abasteció con lo imprescindible. Le entregó un catalejo, un rifle de la marca Springfield, un cuchillo de cazador y un revólver de cañón largo, más eficiente que el modelito Colt con el que había enviado al mestizo chivato a su Coto de Caza Feliz. Le regaló un jamelgo de cuello rígido, patas fibrosas y manejable osamenta que la salvó una vez de ser abatida por la balacera. Para este oficio, la rapidez importa más que la hermosura. Un potro bregado viene mejor que uno de esos corceles figurines y amanerados que los oficiales más pretenciosos reservan para los desfiles y las pinturas al óleo. Lo suyo no era apabullar al bandolero, sino pillarlo, seguirlo, establecerlo y luego evitarlo con precaución y secretismo.

Demasiados días tardó Lirón en darle las gracias. Quizás no encontraba las palabras exactas. En un atardecer fresco y clamoroso de pajarracos, acercó su cuerpecito y le alargó la mano. Fue como sujetar un higo de cactus. Sintió que la encuadraba con su mirar hegemónico. «Esto sea por honrar la memoria de Eudimio Heredia», exclamó, bajo de pesadumbre. Ella reaccionó renegando:

—¿Qué pasa? ¿Es que ahora nos toca venerar a un explorador que ha muerto en el ejercicio de su trabajo, como si se tratara del mismísimo Cristo Nuestro Señor? Tú, mejor que nadie —continuó—, sabes que la guerra conlleva ese riesgo.

—¡Señora! —oyó una apelación alejada por culpa del ofuscamiento. No había sentido antes tanta sorpresa cuando le dijo:

—Eudimio Heredia era mi padre.

Su rubor le sacó la sospecha de que aquella confidencia tan personal no era materia conocida por los miembros del ejército, menos por el General Jorge que, probablemente, se habría negado a contratar los servicios del Lirón para no mezclar el trabajo con los sentimientos afectivos.

Permaneció un rato sin conversación. Lirón no lo supo, pero al tiempo que Maribel observaba los ojos del compañero, tan bonitos y serios, recobró la imagen que se había hecho de aquel rastreador alabado por las crónicas que le confió el General y que no resumió en un artículo para evitar la vergüenza de que un cabecilla de la prensa lo devolviera. Eudimio había heredado el orgullo viril de su raza: porte aguerrido, pasos despreocupados, su calzado con suelas de caucho para evitar el ruido, poca sonrisa y ninguna risa, la voz cavernosa y mandona. Los pelos modelaban un gran cascote que le cubría una chola de proporción inferior a la estructura de su cuerpo. Ella nunca lo vio ni le trató. Pero el respeto con que lo evocaba el Jefe y la pasión oculta del hijo le hacían brillar. Ambicionó los mismos apegos. Reconforta saberse acreedora de tanto cariño reunido. Declaró que compartía sus emociones. «Estoy aquí, contigo y con la memoria de tu padre». Un criterio que ayudó a preparar la justificación necesaria y aparcar una mala conciencia que jamás la afectaría.

Así de excitada, a punto de crear turbulencias, le gustase o no la compañía del Solitario, el amigo interpretó su sentencia como la premura por asegurarse su confianza. No fue un halago excesivo, sino comprender y apoyar el sentir de un sujeto ajeno que aliviaría su retiro. La misión que le había encomendado Abel había perdido toda importancia. Su oído sólo tenía espacio para escuchar a Lirón. Entonces supo que darle la razón en lo tocante a ese convencimiento de resaltar a Eudimio como padre y ejemplo sobresaliente sería la manera menos dolorosa de enmascarar un deseo que ya la estaba mortificando, y que era un impulso por demostrarle su aprecio en un abrazo más prolongado de lo conveniente. La adhesión extremada de la que una Montero temía que algún día acabaría por avergonzarse.

Ella no sabía toda la verdad. Sufría con lo sombrío de algunas cosas. Lo que una oculta de ruin y miserable es mejor apartarlo de la memoria. Más vale no darle carnaza al astuto que gana galones de ocurrente y gracioso contando los episodios de conducta nebulosa que han protagonizado estas mujeres como Maribel Montero que han vivido sacando partido de lo difícil y metiendo la mano en el asador. Callar tiene sus provechos, pero carcome por dentro.

Si el Maléfico diera la cara en lugar de insinuarse tras la risa del ganado mórbido y de tipos que han perdido la prudencia y el saber estar, Maribel sería de las adiestradas para hacerle frente. Conocía su manera de manifestarse. Y condujo el comportamiento por la vía de una amistad desinteresada para no dejarse tentar por una atracción indebida que consiguió segregar a tiempo. La moral tiene sus normas, más rígidas cuando se sirve en el ejército. Lirón se desentendía de ella. Maribel sabe que no hay un solo Dios porque cada nación compone su fe y la adapta a sus ventajas. Nadie hace pactos con Satán; es la excusa de quienes evitan reconocer que han vendido su alma al resentimiento, que es una de las aberraciones que producen los personajes dolidos y vengativos. Esa reflexión no se la espetó a Lirón para no herirlo. Cuando el rencor pasa de ser un mal profundo y se convierte en crónico, ya no hay pastor que detenga con sus sermones la caída libre. Lo único que Lirón no pudo predecir fue la perennidad de una vida en este espacio vacío. Pasar factura no sirve para transformar una existencia amenazada por la casualidad; es un modo de alimentar la creencia errónea en el destino y certificar la regla de un antiquísimo trato que nada contiene de diabólico, sino que muestra un rasgo definitivo de la peor condición humana que es lo que todos tratan de disimular. Eso que Ramos nunca entendió de los Evangelios fue el concepto de que, para capotear y salir ilesa del recorrido entre los hombres reales, era saludable pasar inadvertida y no ir por ahí dándoselas de protagonista.

Su afirmación acerca de la meritoria carrera del difunto Eudimio emocionó al amigo nuevo. «Si algún día mueres en el combate», le soltó con tremenda solemnidad, «sentiré mi corazón roto por la tristeza». Se lo dijo de golpe, sin rebuscar las palabras. Lirón puso su mano encima de la suya, pero luego la retiró y espació la distancia que había entre ellos. Un metro o más. Nunca volvió a sentir su presencia tan cercana, ni el volumen de aquella voz que le hablaba con la sapiencia que desborda la simpatía. La amistad contiene tantos pormenores que llega el momento en que una no sabe distinguir. Sólo por rematar un parlamento solidario, aseguró que ella estaría a su lado y dispuesta a matar o morir por el hecho de glorificar el nombre del caballero Eudimio Heredia. Y permitió que Lirón la abrazara.

—Cuéntame —dijo entonces— qué clase de bondad heredaste de tu familia.

¡Cómo iba a resumir la ternura de unos padres sin misericordia por lo que tuvieron de desconocidos! A Maribel la crió un abuelo marmitón y cacharrero que, harto ya de castigarle las demasías, de no compartir sus escasas alegrías, la apeó del carro familiar y la depositó al cuidado de la Bernardas, de donde un día la había sacado sólo por rellenar el hueco de su soledad y complacer una imaginaria vocación adoptiva. Las monjas enderezaron su educación con el eficiente método de la correa y el ayuno. Procedimiento que la condujo por el camino de la prudencia; no como fue el caso del tal Walterio, hijo ilegal del fallecido Juan, ajeno a los buenos modales y enemigo del comportamiento civilizado. Maribel rehuía los comentarios de lo que fue y sigue siendo muy suyo, lo más privado que toda mujer que recapacita debe saber conservar: su origen. A ella, que la juzguen por lo que es, no por lo que aparenta ni remolca en la trastienda. Todo lo que en su imprecisa persona se consiga vislumbrar de bondadoso, que se lo achaquen a su sentir; no al legado de unos progenitores que no intervinieron en su nobleza. La respuesta que le preparó fue como el agua turbia, como la ambigüedad de las cosas que apenas se distinguen en esa hora que separa el madrugar del amanecer.

—No había pensado en otorgarle un orden a la bondad. Una es una misma, diferente de las demás. El corazón es irrepetible.

No se abochorna de su oscuro nacimiento. Responde a su proceder y no da veladas explicaciones. Ya Dios conoce su leyenda, y con su consentimiento le sobra para continuar. Aquí, en las praderas, los habitantes originales y unos cuantos de los colonos asentados que se han merecido un respeto por el fruto de un trabajo del que ya pueden presumir, carecen de documentos legales que certifiquen su naturaleza. No existe un registro en San Roque; sólo la relación de contribuyentes en la oficina tributaria, que es la diligencia administrativa que únicamente se molestó en instalar el Corregidor. Se sabe que el Gastón es francés, que el chino Lam es de China, que Erikson descendió de la gélida Escandinavia. Y a nadie le inquieta ni le interesa indagar la genealogía. Linajes que sólo valen para consolar a los fracasados.

Se lo insinuó una vez al Lirón, que una es animal de paso. El papeleo nada más que estorba. La joven viaja, acampa un tiempo, luego cambia de sitio. Y también de marido. Ni siquiera los hijos perduran. Entrando en la cuarentena o, como en su caso, pasada de los cincuenta, el cuerpo traqueteado reclama la estabilidad. Evita la discrepancia para dedicarse a dar protección a los que, a su manera, también la protegen. Y las señoras de pensar preciso, como es la protagonista de esta historia, son depositarias de esa gentileza, la que pueden manifestar emprendedoras que han establecido un patrimonio y delimitado sus fronteras. Como dijo ese poeta instruido, las buenas vallas aseguran los buenos vecinos. Eficacia en los métodos que consagran un territorio.

De lo visto en el campamento, a pesar de tantos años acontecidos, guarda retentiva. No estaban del todo listos para partir en busca de la guarida del Narizón, cuando el General les pidió incorporarse a la patrulla de vigilancia. Se dirigió a los dos, como si fueran una sola y unificada persona. La mala noticia fue que lo harían subordinados al tal Aparicio. A la Montero no le agradaba el comportamiento del responsable de exploradores, nombrado por su arrojo y erudición que el Jefe sabía admirar. No habían caído aún los aguaceros más gordos, y ya los caminos estaban pringados de mucho barro.

—Recorrer este fangal a caballo sólo puede ocurrírsele a un chiflado.

Una sentencia que molestó a Lirón; él no toleraba ningún insulto al General.

—Usted será bueno en su trabajo, pero un simple de pensamiento. Yo me río de su manera indecente de hablar sandeces.

Maribel lo percibió como un grave error. Militares no eran, por lo que no había juramento de actuar con disciplina sumisa. Pero Aparicio los dirigía en esa precisa misión, y no era correcto buscar polémica. Intervino, nada más que para evitar un mayor despropósito. Ella sabía que Aparicio tenía malas piedras en el fondo de su pozo.

—Si quiere, le explico la razón que compromete a mi amigo.

El otro no hizo más que ahuyentar el mosquerío que subía del cadáver de un perro. Replicó con una mueca.

—Ahórrate la defensa. Eso sí —agregó—, que no delire conmigo.

Lirón comprimió su impulso contestatario para no sumar enemigos.

De él aprendió a no ser rutinaria. Callar para no malgastar palabras. Quince años hacía entonces que el Lirón, entrado en la adolescencia, había sufrido el repudio de una colectividad que no aceptaba sus ansias de asentamiento. Le costaba vagabundear, esa cualidad de los cíngaros que los ha convertido en borregos de una caravana trashumante. Había nacido en la raza equivocada. No participaba en las ferias ni en la venta fortuita. Clamaba por aferrarse a un terruño e iniciar una familia. Fue expulsado de la comunidad, como un mal contagioso. Su padre, Eudimio Heredia, permaneció al lado suyo, después de haber renegado públicamente de sus iguales. Decisión que le mereció el amor infinito de un hijo, la inquina de los nómadas y la sorpresa desconfiada de un pueblo como Hinojosa que nunca llegó a admitir como vecinos propios a dos intrusos que habían acampado a la salida de la villa, junto al camino del Real, donde un anciano aquejado de solidaridad los acogió como guardeses de una plantación de cornicabras que prosperaba al pie de la serranía y producía un fruto amargo y alargado, del que se obtenía el mejor aceite de la provincia.

Coincidieron con los sublevados republicanos, en un recorrido que efectuó el abogado Maestro de la masonería por pueblos de la comarca, para reclutar temporeros de campo, aprovisionarlos de armas traídas de contrabando desde Francia y organizar una chusma de gente valerosa y resentida, capaz de poner la comarca patas arriba e instaurar una justicia diferente de la genuina. O sea, una muy personal. Al uso y satisfacción del Espléndido, uno de sus apelativos. La única vez que Maribel lo vio, le pareció un patrono capacitado para hacerse cargo de un territorio, como para dedicar su arrogancia e inteligencia a los deberes de la alta política. Era de una textura de hombres de los que ya no se encuentran. Un rostro mal acabado y una mirada tan fuerte, capaz de triturar el ánimo del adversario. El predicador Ramos no se arriesgaba a sermonearlo sin su permiso. Seguro que el señorito Abel, con todo y su vestuario nuevo y su empleo en la Secreta, por precaución a su lado se suavizaría. El día que lo escudriñó por el ojo de su catalejo, a más de seis revolucionarios descubrió inclinados para besarle la mano. Todos obedecían. La locura que esparció en el monte de San Vicente desató la imaginación de los oficiales profesionales que idearon excusas peregrinas y simularon malestares que no padecían para rehuir la dificultosa encomienda de subir a los cerros y dar caza al sucedáneo del Anticristo. Otro que reía salpicando perdigones de saliva.

Fue cuando a Maribel se le ocurrió pensar en una conspiración siniestra.

¡Estas praderas! Si al Armindo lo separan del romanticismo engañoso con que lo detallan sus colegas de El Heraldo de Talavera, torpes escribientes que dilapidan palabras sin conocimiento ni causa, y lo trasladan desde las páginas de las reseñas a localidades reales donde campean por su irrespeto y cabalgan con estridencia, no habrá nadie que le aplique el apelativo de noble bandolero. Será lo que es, y lo que siempre ha sido hasta donde alcanza el recuerdo: un salvaje y un criminal. Quien haya conocido al malvado Narizón o al abogado insurrecto no podrá negar la evidencia. Quizá un samaritano enviado por las Comisiones de Paz o uno de esos merodeadores reclutados por las sociedades benevolentes que aspiran a obtener por medio del sermón el arrepentimiento de los que estiman como «descarriados del redil», y se aventuran en la serranía para perturbar con versículos del Evangelio el reposo de seres inexpugnables, antes de acabar colgados de un gran castaño, con el rostro desfigurado por los picotazos de los pájaros carroñeros, insisten en descifrar con sus argumentos equivocados la naturaleza del salteador. ¿Por qué se complican en disimular lo que es cierto? ¿A qué concepto o necesidad oscura responde la obstinación de los chupatintas por encubrir las malas artes del Maligno? Fue durante aquellas exploraciones de reconocimiento cuando Maribel comprendió los motivos del General y su recelo hacia los que ejercían su presunta profesión de periodista. Si el refinado de la Secreta hubiese tenido noticias de la aversión del británico, seguramente la habría enmascarado con otra fachada. La circunstancia de que el Jefe la tolerara en sus filas, Maribel Montero, rebautizada como la Mea Fuego, la percibió como una muestra de generosidad.

Erróneo es también el criterio de que el Armindo es una criatura poseedora de forma humana y cualificada para tener sentimientos. Lo primero, vale; pero de lo otro discrepa la experiencia. Una los ve desprovistos de los atributos de afecto que identifican a la especie. Maribel no ha vivido entre ellos; Lirón Solitario, sí. Él dice que su carácter, hábitos y tradiciones lo descalifican para obrar con misericordia; le impiden ejercitar los privilegios que corresponden a órganos compasivos. Obviando los prejuicios y apartando la parcialidad, sólo un profesor aburrido detectaría en el bandolero Armindo materia meritoria de investigación. A menos que el estudioso implique el descubrimiento de una medida para su erradicación profiláctica. Su hostilidad contra el modo sano de convivir es su método para ejercer influencia, presumir de vitalidad, aplacar la animadversión y proceder como depredadores que no conocen otra forma de buscarse la vida. En esto llevaba razón el Corregidor: son la peste del siglo.

Fue un archivador con las manos recogidas por la artrosis y jubilado a causa de su inutilidad quien les puso al corriente de la costumbre y les contó que el Narizón, Soplido y los canallas que los secundaban en San Vicente no eran en situación real los más auténticos y originales, sino una copia tardía de los que campearon hace ya muchos años en estos mismos territorios y azotaron a las familias y propiedades de los colonos. Su líder era una mujer, Doña Arminda, dama de temperamento que había nacido en Hinojosa, había emigrado a la isla Palmira para casarse con un hacendado tabacalero de apellido Montero. Había regresado a España, huyendo de unas obligaciones matrimoniales que nunca la complacieron y de un hijo demasiado extraordinario, célebre por la inmunidad ante dolor y los venenos. Maribel no imaginaba entonces su conexión con una historia de tradición oral, manuscrita por el artrítico archivador. Arminda era la fuente real de inspiración para el saqueador moderno. Aquella polilla de biblioteca entendía de leyendas. Un día, mostró a Maribel un pliego amarillo y deteriorado que luego hurtó para su consumo y que todavía conserva, y en el cual a un afamado Rey Don Fernando, que concedía importancia excesiva al pillaje de los bandidos, de los primeros, se le atribuía tamaña desobediencia a causa de sus funcionarios incompetentes. Así estaba escrito en el documento robado: «A vuestra alteza es notorio cuantos robos y salteamientos y muertes de hombres se cometen cada día en estos vuestros reinos, en los caminos y yermos desde el tiempo que vuestra señoría reina, y que ha sido la causa de la entrada en Talavera de vuestros crueles adversarios de Inglaterra y Portugal, y el favor de algunos caballeros rebeldes y enemigos de la Patria».

Vivía ese archivador en el noroeste de una nava, que son las llanuras entre las montañas. Poco antes de subir la cuesta donde endereza el camino viejo de Mejorada. Iba Maribel una tarde con Lirón a cruzar el liso de Los Caños, pero una riada de agua rugiente los desvió hacia un bajío del que manaban sonidos como un rebullicio de festejo. No eran petardos ni fuegos de artificio; lo que nadie se atrevía a hacer, el Soplido lo había hecho. Bajaron Lirón y ella por un suave barranco que servía de escurridero. No había ninguna espesura, sino una dispersión de chaparros que imponía poquita belleza a la austeridad del terreno. Los pájaros escapaban enfurecidos. Era muchísimo el ruido, según se arrimaban a lo que debió haber sido un poblado y nunca se completó. El cielo tremendo y encapotado se cuarteó con la estampida de tordos. Las nubes de un gris sucísimo se fragmentaban con el transcurso de una ventisca caliente. Abreviaron el paso por un descenso del todo empinado hasta llegar a una laguna que se avistaba desde lejos, apacible, de una redondez muy correcta. Bajo la altura de los almendros, había restos de una casa de adobe y madera blanda que el tiempo venía destruyendo, y que el Soplido aceleró la labor de convertirla en una ruina. Fue Lirón quien mató al único centinela que cuidaba el alborozo de sus compañeros de tropelías. Allí se veía el movimiento de una docena, o más, de hombres que la lejanía volvía del tamaño de niños, como nubes de abejas entusiasmadas alrededor de las flores del níspero, alegres y encueros, corriendo para bañarse en el redondo de la laguna, de donde huían otros pájaros que no eran palomas, sino las garzas y las abubillas que parecían protestar por el horrible crimen cometido. Entre las ruinas hallaron el cuerpo, todavía cálido, del archivador enfermo y jubilado a quien habían baleado por el puro gusto de hacerlo. Era un anciano que carecía de bienes para robar, que nunca provocó una pelea, que ni siquiera opinaba sobre conceptos ajenos que a él no le afectaban ni le correspondían. Conducta prudente que los vecinos sensatos sabían apreciar. Los acogió la tristeza; sentimiento que al Lirón y a la Mea Fuego sorprendió al unísono. Se acercaron al muro que quedaba todavía en pie. Maribel estaba encolerizada. Quien más pena tenía por lo que había ocurrido era ella, porque Lirón Solitario sabía que los Soplidos se las gastaban de inescrupulosos nada más que para hacer méritos ante sus jefes.

No había que presumir de valiente. El valor era en su persona un atributo variable que dependía de la circunstancia. Entonces, no estaba segura; pero ahora sí. Para derrochar ese privilegio se necesitan sólo dos cosas: superar en número al contrincante o atrabancarlo desprevenido. Lirón estuvo de acuerdo en que la muerte del bibliotecario no debía quedar impune. Que la premura por el desquite provenga de la palabra del Dios que lo manda, o del Pernicioso que lo exige, carecía de relevancia. No era momento de recelar. Pero al amigo le entró la duda y suavizó una expresión que la Montero endurecía.

—Fíjate, Maribel, que nadie mejor que yo reúne motivos sobrados para darle infierno a esa gentuza. Mi destino es la revancha; cobrar un precio exacto que glorifique la memoria de mi padre Eudimio Heredia. Pero pienso que esta ocasión no será la única y ni la definitiva, siendo ellos doce y nosotros dos.

Se sumó a su dolor y le dijo que el silencio era de los muertos, que dejar el arma enfundada era darle la razón a los asesinos. Le faltó seguridad para el próximo gesto que a punto estuvo de realizar: levantar la mano, levemente, y tapar su rostro de facciones dulces; ocultarlo para no ver su tristeza ni tolerar el impulso que perturbaba su conciencia, ante un reclamo que provenía de la atracción insoportable de aquellos ojos tan negros y de una belleza suprema que le traían el ánimo enloquecido.

Postergaron la ocasión y decidieron esperar a sorprenderlos más divididos.

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