Orlando Luis Pardo Lazo

Orlando Luis Pardo Lazo

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Pabellón 59
Orlando Luis Pardo Lazo
 
La enfermera se pasea como un pájaro devastado.
Su nariz hinca el vacío
desde el pico de un encefalograma.
La boca es una lápida con el graffiti
de la furia sin filo de su lápiz labial.
Unos ojillos de rata libidinosa
sobreviven en sus facciones de formol.
La enfermera es eficiente a pesar de su afasia aparente.
En rigor,
ella sólo cumple órdenes sanitarias.
Misterios de ministerio.
El pabellón de los tuberculosos
es su nicho patrio por excelencia.
Y ella penetra en ese claro de bosque
para barrer una hojarasca de sábanas con esputos,
entre pacientes trepanados por el sinfín de la tos
y esa fría enfermedad aún llamada esperanza.
Está loca o muerta o es una inmortal
(son los comentarios de sus colegas).
La enfermera escribe, por supuesto, un diario.
Papel blanquísimo que imita las funciones
de su laringe y corteza cerebral.
La memoria del pabellón
depende de esa escritura descoyuntada
y
coyuntural.
Como toda bitácora de instituto,
es un volumen instintivo y por eso mismo sagrado.
Intensivo.
Voluble dentro de la disciplina pactada.
Desde el momento exacto de su concepción,
la autoría del diario no le pertenece del todo.
Escritura pública.
Excritura de parchings colectivos,
co-lectivos.
Escombros de escoria
con caligrafía cándida o criminal.
Hezcritura.
Excritura.
La enfermera es eficaz porque aparentemente
padece de afasia.
En rigor,
sus pacientes son monstruos
que no consiguen despertar
del horror diario de esta lectura cíclica:
verla raspando y raspando
—pobre pelele—
la página en blanco como su uniforme de pabellón.
En rigor,
sus pacientes somos monstruos
que no conseguimos despertar
del horroroso diario de esta narrativa cínica:
verla raspando y raspando
—pobre pelele—
la página en blanco como nuestro uniforme de pabellón.

 

 
Navidades de 26
Orlando Luis Pardo Lazo
 
Poníamos el arbolito estúpidamente en julio.
En la televisión,
consignas por consignación y trova viciada.
También discursos dodecafónicos.
En el cielo,
anocheceres rojizos y nubes negras en contraluz.
En el aire,
asfixia:
demasiado calor húmedo.
Cuba como un cubo de insoportable sopor,
sopa insípida de país.
En el cuerpo,
sudor:
savia salvaje de una isla
en el circo incivil de la civilización.
En los ojos,
bolitas mudas de navidad
reflejadas en alto contraste.
Siempre era 26
y
por supuesto
no entendíamos nada,
pero era costumbre hacerlo así:
poníamos el arbolito estúpidamente en julio
y
lo dejábamos languidecer
hasta el final de las vacaciones.
Estoy hablando de una familia cubana
en una de esas casas de tablas
en uno de esos barrios de las afueras
en una de esas habanas de las afueras
en el centro de una historia sin afuera.
Estoy hablando de los años setenta del último siglo
en su acepción asépticamente literal:
memoriteratura del fin de los tiempos.
Témpanos de verano.
Navidades de veraneo.
Sólo ahora nos damos cuenta de todo:
en rigor,
estábamos muertos
hasta de palabras.
Pero,
sí-la-ba-a-sí-la-ba,
éramos de una calaña
ri-gu-ro-sa-men-te
inmortal.

 

 
Cubalitosis
Orlando Luis Pardo Lazo
 
Exilio o estupidez.
Éxtasis o estulticia.
Entre las partes y el todo:
el tedio.
Entre el todo y las partes:
una puerta.
Como en un ilegible Libro de las Instrucciones
cada quien saca
su propio cálculo de lindes.
Imposibilitados de pensar,
pesamos nuestros cuerpos
y
sopesamos nuestras palabras.
Tino taimado de la patria.
Tramoya o atrezo pútreo.
Vocación voraz de pétreo vacío.
Como en un mínimo Manual de las Marionetas
cada quien mete
su impropio cálculo de lindes.
Deslinde de liendres,
límites parapoliciales y símiles patapoéticos:
litotricias de todo tipo,
entre otras licantropías revolucionarias
de un argot ya sin horcón
(lengua infame, infusa, hilarante,
no tan difusa como semifusa,
informe antes que deforme).
Obligados voluntariamente
a la mascarada del buen pensar,
posamos con nuestros cuerpos
y
supuramos nuestro vocabulario
(mascamos nuestro vocubalario).
Del exilio a la estulticia,
del éxtasis a la estupidez:
en un estado de aliteración absoluta
(portazo para salir a coger aire fresco al portal)
nadie merece el lujo de una biografía privada.
Retóricos de remate,
narramos desde un estado de halitosis terminal.
Todo brilla
en la borrosa constancia de la irrealidad.
Todo sobra
(o brilla por su ausencia)
en la barrosa inconstancia de la realidad.
La pericia obscena de los lingüistas
(patéticos peritos suicidas),
la tara torpe de los académicos
(medicina de módica morbilidad),
el discurso demacrado de los demócratas
(deleitoso disco rayado
y
delirio devenido delito),
la lengua craquelada
(lingua franca hecha crack):
hachas con haches
de una Habana abierta a cal y canto
en la intemperie intempestiva
de ninguna otra ciudad
(sintomáticos signos somáticos
de nuestra más sincera simulación).
Nosotros, los sobremurientes,
que a nadie debemos la sobremesa.
Y yo,
que aún no sé decirlo:
Revolución.

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Número de páginas: 6 páginas

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