Un balance necesario

La lucha contra la discriminación al negro en Cuba de 1959 al 2009

Tomás Fernández Robaina

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Ya no es posible negar la existencia de un movimiento social que lucha por los derechos del negro en Cuba. Este movimiento es consecuencia de los prejuicios que aún sobreviven en muchos hombres y mujeres de nuestra sociedad, sin que muchos de ellos tengan conciencia de que son portadores de ideas y actitudes racistas, por expresarse los mismos de forma solapada.

Por supuesto, nuestro movimiento social no se manifiesta de la misma manera que en otros países, donde los afrodescendientes se agrupan en organizaciones sociales, culturales y religiosas desde las cuales hacen sus respectivas reivindicaciones como minorías sociales, étnicas, culturales. En países como Brasil, donde la multietnicidad y la pluralidad cultural han sido reconocidos como elementos fundacionales muy importantes que identifican su cultura y su nacionalidad, las acciones de esas organizaciones no han puesto en peligro la identidad y cultura nacionales.

Nuestro movimiento social actual nada pide como minoría porque, simple y llanamente, no lo somos. Seguimos el ideario maceísta de no pedir nada como negros, sino como cubanos. No demandamos privilegios por ser negros o mulatos. Exigimos que los derechos y deberes contemplados para todos los ciudadanos en nuestra Constitución puedan ser disfrutados más ampliamente por los miembros de las clases y sectores sociales tradicionalmente marginados de sus beneficios.

Debemos recordar que a sólo semanas del triunfo sobre la dictadura batistiana, el abogado y activista Juan René Betancourt escribió un artículo donde pedía saber la política que el nuevo Estado y gobierno revolucionario asumiría en contra del racismo y de sus secuelas: el prejuicio y la discriminación. El llamado que en esa dirección realizó el propio comandante Fidel Castro, sin poder asegurarse que fuera motivado por dicha demanda, encontró amplia respuesta entre los intelectuales, organismos e instituciones políticas y sociales, que se sumaron a esa primera campaña antirracista después de 1959. Sin embargo, una vez más, poquísimo tiempo después de dicha exhortación, se efectuó una nueva propuesta que materializó lo que bien podría considerarse como una regularidad de nuestra historia: ante problemas políticos o económicos acuciantes, los temas sociales son postergados. No son priorizados por el Estado y, por lo tanto, las condiciones y prejuicios que originan las problemáticas sociales siguen reproduciéndose y ampliando sus espacios. Ante la posibilidad de una invasión militar estadounidense en apoyo a las actividades de los que habían sido afectados por las leyes revolucionarias, la política oficial fue soslayar cualquier tema que potencialmente pudiera mellar la tan necesaria unidad de los cubanos que apoyaban a la Revolución. Ese temor llevó a la adopción de una estrategia que, si bien permitió la consolidación del poder revolucionario, no facilitó la creación de un programa objetivo para luchar contra el enraizado racismo cubano, solapado con posiciones y acciones que frecuentemente no son consideradas racistas por sus ejecutores, y que no siempre se valoran de ese modo por los propios discriminados.

El llamado a la educación y al paso del tiempo como las únicas formas de combatir y de abolir el racismo, así como el no hablar del problema puesto que mencionarlo era hacerlo más presente, habían sido fórmulas ya enarboladas durante el período republicano sin que en la práctica hubiera dado los resultados apetecidos. No obstante, hubo elementos que ayudaron a fabricar la imagen, no totalmente falsa, de que en Cuba la discriminación racial del negro había sido abolida, no de manera total, pero sí parcialmente, gracias a la Revolución. No puede pasarse por alto que, a pesar de que entre nosotros nunca hubo leyes segregacionistas, sí hubo acciones que generaron costumbres que, con el tiempo, se convirtieron en tradiciones transmitidas de generación en generación, tales como la prohibición de que los afrodescendientes deambularan por las áreas de algunos parques públicos de ciudades y pueblos de nuestras provincias; así como la existencia de sociedades para negros, para mulatos, para blancos, y de edificios de apartamentos, casas y hoteles que no podían ser rentados por hombres y mujeres no blancos. En igual medida, los hombres y mujeres afrodescendientes eran marginados laboralmente de los bancos, los servicios gastronómicos, y eran poco visibles en otras áreas laborales y culturales. Esa situación cambió radical y rápidamente en los primeros meses de la Revolución y, aun más, a partir de la desintegración de las sociedades sólo para los miembros de una raza y/o vinculadas con el poder económico, social y cultural de entonces.

Si bien esa imagen, ponderada por la propaganda interna y externa de la Revolución, prevaleció por algún tiempo, siempre hubo voces que llamaron la atención acerca de la persistencia de problemas y prejuicios raciales. Entre esas voces se hallaba la infatigable Elvira Cervera, actriz que desde mucho antes de 1959 clamaba por el reconocimiento de los valores de los actores y actrices afrodescendientes, como evidencia en su autobiografía El arte fue para mí un reto, publicada en La Habana por Ediciones Unión (2004).

Obviamente, hay una pregunta obligada: ¿Qué se pude ofrecer como avances, logros, resultados concretos, de la lucha contra el racismo? La respuesta puede hacerse desde diferentes ángulos o niveles, pero debemos tener en cuenta que se trata de un proceso dialéctico del cual todos formamos parte, seamos conscientes de ello o no. Por una parte, la realidad cotidiana muestra a simple vista una sociedad en la cual la mayoría de sus miembros participan en un proceso de visible integración racial y cultural que se refleja en múltiples relaciones sociales, culturales, fraternales y amorosas entre hombres y mujeres de muy diversos colores y tonos de piel. Desde luego, esto no niega la existencia de no pocos individuos que, si bien no son portadores de prejuicios raciales en un cien por ciento, pueden manifestar estos y otros prejuicios de carácter cultural, religioso y clasista. Por otra parte, y tomando en cuenta lo que se aprecia a simple vista en la vida cotidiana, se pudiera inferir que ese mismo proceso de integración se manifiesta no sólo en las relaciones de pareja, o en los espacios y prácticas culturales, sino en los diversos sectores sociales y profesionales del país. Pero, ¿realmente ocurre lo mismo en diversas áreas laborales, científicas, técnicas y artísticas?

¿Cómo responder esas interrogantes si no hay difusión de tales datos y si todos los que nos ocupamos de estas temáticas no tenemos accesos a ellas? Los análisis efectuados por los demógrafos, sociólogos, antropólogos e historiadores pocas veces tienen amplia circulación entre los que no están asociados a las investigaciones específicas. Los datos publicados en nuestro último Censo de Población no reflejan, por ejemplo, los aspectos que pudieran mostrar de forma irrefutable, al menos cuantitativamente, el avance social, económico y profesional de los sectores históricamente marginados de nuestra sociedad. ¿Sigue siendo el solar el hábitat mayoritario de la población negra? ¿Ha sufrido el solar transformaciones positivas que lo distinguen del solar estudiado por el Dr. Juan Chailloux Cardona antes de 1959?

Hay otra pregunta que se cae de la mata como fruta madura. ¿Qué ha logrado el llamado movimiento social del negro cubano a pesar de su atipicidad? Si se analiza la trayectoria del fenómeno racial durante las últimas cinco décadas, se aprecia un largo y difícil camino cuyo logro fundamental es que ya no puede negarse la existencia objetiva del racismo y sus prejuicios, a pesar de que no pocos funcionarios e intelectuales lo intenten. Pero ¿pueden existir ambos males —racismo y prejuicios— sin la existencia de condiciones y actores que los sustenten? Debemos tener bien presente que el racismo se reproduce de forma solapada, invisible, mediante elementos que se visten de costumbres convertidas en tradiciones y que se transmiten generacionalmente. Sus portadores no son conscientes de que, a través de sus prejuicios, actúan como reproductores del racismo y ocasionan la marginación de mujeres y hombres afrodescendientes de áreas donde proporcionalmente deberían estar más representados.

El segundo llamado del Comandante en Jefe a luchar contra la discriminación racial en la clausura del Tercer Congreso del Partido Comunista de Cuba (1986) fue una señal de que el primero, efectuado en marzo de 1959, no había logrado los resultados esperados. La estrategia que se diseñó en el 59 —la educación y el paso del tiempo— no acabaron con el racismo. En este segundo momento se abordó una variante de las acciones afirmativas al plantearse la representatividad de la juventud, de la mujer y de la etnicidad en los diferentes niveles de la administración pública y del Partido. A partir de entonces se ha tratado de encontrar cierto balance para que tanto los jóvenes como las mujeres y los afrodescendientes estén representados en el Estado, en el Partido Comunista de Cuba y en los órganos administrativos. Pero lo que se ha obtenido en esa dirección no se divulga, y no siempre es fácil de apreciar.

La problemática racial alcanzó un grado mayor de visibilidad a partir del Período Especial. No había evento de carácter social en donde no surgieran las preocupaciones de la situación a enfrentar por los profesionales negros y por la población negra en general, ante las necesarias y peligrosas inversiones extranjeras. Justamente, uno de los logros indiscutibles de los últimos años es el reconocimiento por el gobierno revolucionario, a través de sus máximos dirigentes, de la existencia de la problemática racial. A ese reconocimiento han contribuido diferentes espacios: talleres, eventos, conferencias y cursos auspiciados por el antiguo Centro de Antropología, actual Instituto de Antropología de Cuba; la Fundación Fernando Ortiz; el Aula José Luciano Franco de la Casa de África en La Habana Vieja; al igual que la Casa de Afrecha de Santiago de Cuba; la Casa del Caribe y su festival anual; la Biblioteca Nacional de Cuba con sus cursos de Historia del negro cubano; la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, a través de no pocos de sus miembros y del proyecto Color Cubano; la Fundación Nicolás Guillén, y, más recientemente, la Cátedra Haydee Santamaría de la Asociación Hermanos Saíz y la Casa de las Américas, entre otras instituciones.

Pero, ¿debemos estar satisfechos con lo realizado hasta aquí? ¿Se han creado ya las condiciones para asegurar que todo marche sobre ruedas? Las respuestas pueden ser diversas y contradictorias, pero hay un hecho irrefutable: se ha reconocido que un sector de la población afrodescendiente, por causas históricas muy diferentes y complejas, sigue sufriendo, a más de cien años de abolida la esclavitud, la diferencia de origen que marcó a sus ancestros africanos. Los europeos arribaron como conquistadores; los africanos, como fuerza laboral, hacedora directa de las riquezas de la clase que ostentaba el poder económico y político.

A pesar de que, objetivamente, la Revolución abrió posibilidades para la superación educacional, técnica y profesional, la falta de autoestima generalizada entre la mayoría de la población negra y la falta de paradigmas sociales que alentaran de modo más amplio a la población afrodescendiente a su autosuperación, no permitieron que, de forma estable, se incrementara su incorporación a las profesiones, particularmente en campos no tradicionales. Los negros siguieron bien representados en el magisterio, la enfermería, la música y en algunos deportes, como el boxeo y el béisbol. Durante el período capitalista, podían lograr algún desenvolvimiento económico en el deporte, sin tener un alto nivel de instrucción. Bastaba ser bueno en el ring de boxeo o en el campo de pelota.

En 1998, tuve la posibilidad de asistir a un congreso sobre la familia negra latinoamericana. Para mí fue como pasar un doctorado, pues lo que conocía de forma libresca lo enriquecí con los testimonios y las demandas de los representantes de las diferentes comunidades afrodescendientes de Guatemala, Panamá, Brasil, Venezuela, Perú, Uruguay, Argentina, Ecuador, Bolivia, México, Nicaragua y Colombia, entre otros.

Fueron banderas emblemáticas, coro de voces, con ritmos diferentes, el acceso a la educación, a la instrucción técnica, al trabajo, a los estudios superiores, al conocimiento y enseñanza de la historia real y profunda del origen de los africanos y de los afrodescendientes en nuestro continente, el respeto a sus religiosidades, a sus culturas, y el mejoramiento de las relaciones interraciales en cada uno de sus países. Al oír todas aquellas quejas, alaridos en más de una ocasión, tuve dudas sobre lo que debía decir para llamar a la solidaridad de todos. Cómo seguir batallando y ganar el reconocimiento, la implementación de medidas por gobiernos y organizaciones estatales y no gubernamentales para resolver tales denuncias. ¿Qué decir ante esa audiencia de hermanos afrolatinoamericanos? ¿Eran sus problemas más relevantes que los nuestros? ¿Podía decir que no había problemas porque objetivamente la mayoría de sus demandas estaban ya resueltas en nuestra Isla? ¿Podía Cuba ser tomada como un paradigma, modelo a seguir en la lucha contra el racismo y la representatividad social del negro en todos los niveles de nuestra sociedad? Por supuesto, en no pocos casos el modelo de Cuba era convincente, en cuanto al acceso a la educación primaria, secundaria o universitaria, a la salud, a los deportes, al trabajo, y no sólo para los afrodescendientes. Pero había un problema principal: se daba por resuelto el problema, a pesar de que ya en ese momento se estaban abriendo espacios de debate donde se llamaba la atención acerca de la deserción escolar entre los estudiantes afrodescendientes, y aun mayor en la Universidad, y se planteaba también la conveniencia de dar a conocer hechos y figuras de nuestra historia que habían sido silenciados o apenas mencionados por la historiografía burguesa, y que tampoco serían destacados de forma adecuada por la historiografía revolucionaria.

Que yo estuviera allí exponiendo tales ideas era, justamente, una señal inequívoca del cambio que se estaba operando ante la problemática racial en el país. Carlos Moore, quien tan duramente ha criticado la situación racial en Cuba, le dijo a Walterio Carbonell en una carta que Carbonell me mostró y comentó que, a pesar de su crítica posición ante la débil política antirracista de la Revolución, él tenía que admitir que el negro en Cuba había avanzado más en el período revolucionario que en los años anteriores al 59.

Pienso que, a pesar de todo lo que falta aún por lograr, y para hacer real la demanda de Carbonell en cuanto a la representatividad del negro en los niveles de dirección y en los espacios televisivos y cinematográficos, entre otros, debemos sentirnos optimistas. Al menos ya se habla, se discute y se plantean políticas precisas para luchar contra la desigualdad social y racial. Pero, a pesar de todos los contratiempos a los que nos enfrentamos —como la crisis económica— y a otros que puedan surgir, no debemos cruzarnos de brazos.

En virtud de la lucha contra el racismo durante estos 50 años, de los errores, retrocesos y avances logrados y de los debates y discusiones que han tenido lugar durante los últimos años, se han ido trazando estrategias y acciones concretas por parte de los intelectuales y activistas interesados en este tema. Las propuestas que se formulan son el resultado de la experiencia acumulada por pioneros y continuadores de esta lucha, de quiénes somos herederos y cuyas obras forman parte del debate contemporáneo sobre el tema.

A corto plazo sería importante, primero, dar a conocer las figuras y hechos más relevantes de nuestra historia y cultura afrodescendiente mediante artículos en la prensa y en los espacios culturales y noticiosos radiales y televisivos, nacionales y provinciales. Segundo, producir cortos y anuncios televisivos que contribuyan a ese conocimiento. Tercero, darle visibilidad en los espacios televisivos a figuras afrodescendientes: como locutores, conductores de programas, personajes de novelas. Y, cuarto, promover guiones televisivos sobre temas y personajes afrodescendientes cubanos y de otras latitudes. A más largo plazo, es imprescindible cambiar los planes de enseñanza de todos los niveles en nuestro país. Esta demanda fue planteada ya en respuesta al primer llamado realizado por Fidel Castro en marzo de 1959, y fue retomada después en más de una ocasión para ser nuevos. Para ser verdaderamente nuevos, los planes de enseñanza deberán incorporar al estudio de la historia y del pensamiento cubano las contribuciones de los afrodescendientes.

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