Reportaje: Sociedad
Arropados por el enemigo
Una nueva moda captura a miles en la Isla. Ni los altos precios ni los rumores de prohibición disuaden a los jóvenes de vestirse 'a la americana'.
Jóvenes cubanos y palestinos no comparten una misma trinchera, pero sí una mutua pasión: la ropa camuflada, y si viene con rótulos del "enemigo común", Estados Unidos, entonces es lo máximo.
No se van las caras, pero se imitan. En Gaza, como en La Habana, el último grito es la llamada ropa militar. Gorras, pulóveres, pantalones, bermudas, camisetas, chalecos, zapatillas, monederos y hasta identificaciones metálicas al cuello son una marea incontenible.
"Si lo tienes, estás adelante", aseguran sus portadores en la Isla para hacer notar su valor de modernidad.
A diferencia de sus pares árabes, los cubanos no enfrentan en las calles una guerra a pedradas contra el ocupante y las motivaciones se muestran simples.
"Es lo que se usa en el mundo. No estoy pensando que llevo en el pecho al ejército americano", alega un joven en Obispo, la principal arteria comercial de la Habana Vieja. "Sé que son imperialistas y todo eso", dice con fastidio y pone fin a la conversación.
Comercio sin escrúpulos políticos
Las edades no importan, tampoco el sexo, la hora del día o el lugar donde se vaya. La también llamada moda mimética "se ha apoderado de los corazones de mucha gente joven —globalización mediante— y parece que ninguno tampoco escatima en gastos", opina Gina García, una master en Comunicación Social.
Hace un año, algunas boutiques habaneras comercializaron prendas camufladas, incluso algunas con sellos e insignias de las fuerzas armadas estadounidenses en relieve y ribeteadas en dorado. Ignorarlas resulta imposible.
"Me pareció un disparate, pero el gerente autorizó la compra", revela una tendera. "Creo que ya ninguna boutique lo hace", aclara rápidamente a manera de disculpa.
Proveedores extranjeros, con firmas reconocidas en Cuba, importaban la ropa desde España e Italia. En las gerencias nadie puso reparos y se tragaron los escrúpulos políticos.
Los precios, ni qué decir. Un negociazo. Las boutiques sacaban las prendas entre doce y quince pesos convertibles, en dependencia de la calidad del tejido. Los pantalones remontaban los veinte.
Siempre a la viva, la red informal los pone en las manos del cliente en más o menos igual precio y en el tiempo de un relámpago.
Las ofertas están al alcance públicamente, otras no tanto. Para las primeras se acude a la feria de artesanía de La Rampa, una de las zonas "más modernas" de la capital. Son piezas hechas a mano, de menor calidad que las importadas, que no muestran llamativos anuncios militares.
Para esas con mejor acabado, hay que localizar casas particulares, ubicadas por lo general en los predios de las tiendas, o toparse con arriesgados vendedores de portales que murmuran "camión" cuando se acerca la policía. En un santiamén desaparecen las mercancías.
En la Habana Vieja sólo tiene que indagar un par de minutos, y siempre aparece el vendedor o, en su defecto, el agente de enlace.
Si rehúsa tratar directamente con los mercachifles, para esa decisión existe un nivel más sofisticado: la internet.
En la página http://cu.clasificados.st/ se puede conseguir ropa camuflada mediante correo electrónico y servicio a domicilio. Por supuesto, tal exquisitez encarece el producto.
El regreso de 'Rambo'
Se infiere que los proveedores cambiaron de destino y ahora colocan la mercancía en manos privadas. También operan clandestinamente numerosos "puntos" —casas— que se dedican a la venta de ropa traída por el personal de la aviación civil o por "camellos" que viajan desde México, Panamá o Bahamas.
La moda es un reciclado continuo. En los ochenta, al regreso de los soldados cubanos de África, muchos veteranos vestían pantalones y chamarretas camufladas. Era una señal de prestigio para algunos, para otros lo socorrido.
"Es el colmo ver a muchachos con pulóveres que anuncian a las tropas de asalto norteamericanas. A dónde vamos a llegar, quién entra eso, yo quiero pensar que muchos no saben ni qué se ponen", comenta indignado un ex combatiente de la guerra en Angola.
Películas como Rambo, nunca vista en los circuitos oficiales de la Isla, y la masiva entrada de cubanos residentes en Estados Unidos en los ochenta, calaron en ciertos segmentos juveniles un gusto por las prendas militares extranjeras, pero nunca pasó de ser una cuestión elitista. Casi nadie tenía acceso a ellas.
En los noventa, algunos modistos de pasarela confeccionaron diseños inspirados en las prendas castrenses y algún que otro grupo de rock pesado subió al escenario con atavíos militares, pero todo eso está muy lejos de la actual "furia" por el camuflaje.
"No existe una moda cubana y sí una manera cubana, casi siempre llamativa, de llevar la ropa. La moda aquí viene de fuera, la imponen los que compran en el exterior", admitió recientemente Elena Molinet, una de las cátedras del vestuario en la Isla, galardonada con el Premio Nacional de Teatro 2007.
En retrospectiva, un historiador como Jorge Ibarra opina que "lo estadounidense fue injertado" y que, pese a la invasión material y cultural sufrida durante toda la primera mitad del siglo XX, los cubanos incorporaron "sólo aquello que no atentaba contra la integridad nacional".
La indumentaria camuflada parece indetenible y algunos la tildan de otra forma de corromper identidades culturales a favor de una aldea global a la americana. Otros la ven como una protesta silenciosa contra todo lo preestablecido, que pone en jaque el discurso antinorteamericano de las autoridades.
Conjeturas teóricas aparte, las murmuraciones en la Isla corren la voz de que el propio general Raúl Castro ha prohibido las prendas militares en civiles.
"Raúl no está loco. ¿Cómo va a prohibir lo que para miles tiene swing?", se pregunta un joven que termina sus clases en la universidad. Su facha lo hace parecer un soldado. Por fortuna, de una guerra sin disparos.
© cubaencuentro
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