Política

Un cascarón vacío

Tras la escenografía mediática, yace el voluntarismo de un Castro en declive, que necesita los flashes y las cámaras como el aire para respirar.

El diario oficialista Juventud Rebelde presentó en su edición dominical del pasado 29 de octubre siete fotografías de Fidel Castro. La que apareció en primera plana mostraba al caudillo con bastante mejor apariencia desde su crisis de julio último, aunque con mirada de enajenado.

La intención es demostrar a la opinión pública que el líder está vivo, que "se recupera" y "trabaja" (es decir, gobierna) desde su retiro de convaleciente. No contento con esto, Castro hizo que lo filmaran y presentaran en un reportaje de televisión, para que quedara claro que no está muerto y no tiene la menor intención de abandonar el poder; aunque mostró dificultades para caminar, moviéndose como un autómata.

Por las dudas, ensayó algunos ejercicios ante las cámaras. Su mensaje responde, dijo, a la insistencia de algunos medios de prensa extranjeros que sugerían la posibilidad de que la prolongada ausencia fuera señal inequívoca de su fallecimiento. Los analistas norteamericanos deben estar satisfechos: son los únicos capaces de "sacar el dios a escena".

Por su parte, el diario Granma, para no ser menos, hizo referencia en su primera plana del lunes 30 de octubre a la "recuperación" del gobernante y dedicó la página 3 de esa edición a la "repercusión del mensaje de Fidel en la prensa de todas partes"; ofreció una lista de los medios que se hicieron eco de la presentación del dictador, y de los titulares que encabezaron dichas noticias.

Con acento dramático

Espectáculos aparte, no es ocioso detenerse a inferir, o leer entre líneas, lo oculto tras la escenografía mediática. En primer lugar, el voluntarismo del líder en declive, quien no se resigna al ostracismo y el retiro. Castro necesita los flashes fotográficos y las cámaras como el aire para respirar. El lapso transcurrido entre su anterior presentación y esta súbita aparición podría responder no sólo a un mejoramiento de su salud, sino a crear el suspense que tanto ama y que prepara al auditorio, a fin de garantizar el éxito de la trama. En segundo lugar, que el tozudo anciano quiere dejar sentado que (aunque permanezca "sentado") él y nadie más gobierna en la Isla.

Es sintomático cómo se resalta ante la opinión pública que Castro está vivo, y se insiste en su recuperación como si de ello dependiera el futuro, lo que desmiente el discurso de una revolución sólidamente establecida y un sistema que supuestamente goza del mayor apoyo del pueblo. Por cierto, si bien algunos medios extranjeros se hicieron eco del mensaje de Castro, los cubanos comunes y corrientes de la Isla continuaron, en su mayoría, sumidos en la indiferencia.

Toda esta alharaca de reporteros de dentro y fuera cifrando los destinos de Cuba sobre la base de la muerte o la recuperación de Castro, sólo apunta a la ignorancia —deliberada o involuntaria— de la realidad de la Isla: con independencia de que este señor viva o muera, los cambios en el país ya se están produciendo. No son cambios estructurales (ciertamente sólo ocurrirán después de la desaparición física del anciano), pero lentamente están ocurriendo variaciones que se pulsan ya en el ánimo social.

Los signos, con sus diversos mensajes cifrados, llegan desde todas partes, incluidos los círculos de poder. Al reproducir imágenes, consignas y programas vacíos de significado, los medios sólo demuestran la ausencia de alternativas y soluciones a los problemas que enfrenta la nación, de los cuales la enfermedad y declive de Castro es uno más que se suma a la crisis.

Hay una deliberada intención en la prensa oficial de sostener un discurso de fortaleza ideológica, proyectado fundamentalmente hacia el exterior, al "enemigo". Se quiere ofrecer la imagen de una Cuba confiada y optimista, pero al interior de la nación todo es abulia.

El ranking del patriotismo

El diario Granma, que antes se agotaba con relativa rapidez, desde hace algún tiempo envejece en poder de los revendedores —que suelen ser jubilados dedicados a guardar cola desde temprano en los estanquillos de prensa para acapararlos—, lo que demuestra a la vez el creciente desinterés de la población por las escasas informaciones oficiales, la falta de credibilidad en el futuro, y el divorcio entre gobernantes y gobernados.

Ramiro Valdés Menéndez, uno de los líderes históricos de la revolución cubana, nombrado recientemente ministro de la Informática y de las Comunicaciones, hace una apasionada alabanza de Fidel Castro en un artículo publicado en la web La Nación Cubana. Su título, "La verdad de nuestra época", ya anticipa un texto con todo tipo de loas y adjetivos que encomian y glorifican a Castro, pese a que las primeras líneas aseguran que "Fidel no necesita en absoluto que se le hagan apologías ni que se le cubra de adjetivos".

Todo el texto rebosa de promesas de lealtad y obediencia al líder, al tiempo que asegura que no se trata de "un ridículo culto a la personalidad". Después de varios párrafos que se extienden en dibujar todas las virtudes que atribuye su autor al dictador, cierra con la siguiente declaración: "Fidel, en pocas palabras, es la verdad de nuestra época. Sin chovinismo, es el más grande estadista mundial del siglo pasado y de este; es el más extraordinario y universal de los patriotas cubanos de todos los tiempos".

La tradición histórica cubana había sido, hasta ahora, la mitificación de Martí después de su muerte heroica en Dos Ríos, pero al parecer éste ha sido superado en el ranking de patriotismo por las "purísimas virtudes" de Castro. Tampoco sería justo que no se reconociera que en la época de Martí no existía Internet ni todos los medios de información que han lanzado a Castro a la fama; y que este último ha vivido prácticamente el doble que aquel: dos factores que le dan ventaja, entre otros tan grandes como sus increíbles méritos.

No parece necesario comentar qué tipo de nación necesita que uno de sus dirigentes políticos se exprese en tales términos. El discurso, las fotografías, las poses, toda la coreografía patética que se teje en torno a Castro y el "sistema más justo del mundo", forman parte de un gran cascarón vacío.

La épica de la revolución murió hace mucho tiempo; el líder la sobrevivió gracias al férreo control represivo que imponen las dictaduras, pero el símbolo morirá con él. No hay un proyecto revolucionario en Cuba, y los debilitados signos vitales de lo que fueron los sueños de grandeza del último emperador del socialismo de Estado, también partirán con su muerte. Hoy, como antes, es cuestión de tiempo, sólo que ahora se trata de un tiempo muchísimo menor.

© cubaencuentro

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