Reportaje
Daños colaterales
Cambios a la vista en las terminales mediáticas y culturales del poder. ¿Un pase de cuentas tras el 'pavonato'?
No es que los intelectuales respondones merezcan la cabeza de Ernesto López. Es que los errores del presidente del ICRT (Instituto Cubano de Radio y Televisión) o los cometidos por otros bajo su mando parecen haber agotado la paciencia del partido comunista.
Según insistentes trascendidos, un reemplazante ya está en marcha: Rogelio Polanco, actual director del diario Juventud Rebelde.
Tal movida puede ser la punta del iceberg de futuros cambios para reajustar las estructuras ideológicas luego del grave incidente con el mundo intelectual que todavía dista de ser zanjado.
Lo que es peor aún: el debate suscitado se desborda incontenible hacia zonas extraculturales en las que el cuestionamiento no es admitido. Todavía es una catarsis descargada en la red, pero quién sabe en qué puede terminar.
López es un militar de carrera. Con grados de teniente coronel, dirigió en los años ochenta los estudios fílmicos de las Fuerzas Armadas, malogrados una década después por la crisis económica.
Su actuación al frente del ICRT coincidió con un repunte de sus trasmisiones, en la misma medida en que Estados Unidos hizo otro tanto hacia la Isla, en una guerra electrónica que sube en escalada.
De unas 10.000 horas en 1989 a más de 92.000 en 2006. Se incluye en el período la salida al aire de dos canales educativos y la multiplicación de telecentros territoriales. Igualmente, el número de emisoras radiales se incrementó y las horas al éter llegaron a 550.000 por año, frente a unas 350.000 a fines de los ochenta, según datos oficiales.
"Todo lo vemos dentro de la batalla de ideas", dijo López durante las sesiones del tercer Festival Nacional de la Televisión, en enero, en una de sus últimas apariciones públicas.
Las declaraciones del militar tuvieron lugar unos días después de que un súbito movimiento de protesta conmocionara el ciberespacio cubano cuando ofendidos intelectuales criticaron la reaparición, aparentemente por razones aleatorias, de antiguos dirigentes culturales que en los setenta organizaron un proceso de purgas dogmáticas.
"Lo de los intelectuales puede ser la gota final, pero pienso que si lo hacen saltar del box es por muchas más cosas que están mal", opinó un productor de la televisión que se queja de las funestas condiciones de trabajo en el ICRT.
Luego de una prometida inyección millonaria dispuesta por Fidel Castro a fines de los años noventa, como parte de su programa ideológico conocido como batalla de ideas, el organismo sufre de una depauperación progresiva y la apertura de nuevos canales ha complicado las cosas.
"No tenemos cámaras suficientes, ni casetes para editar, los equipos están viejos y a veces ni hay gasolina para salir a la calle", revela un editor de programas. "Hay que estar mendigando por ahí".
Un programa en vivo como De tarde en casa estuvo meses sin aire acondicionado. Los invitados solían abanicarse con lo que tuvieran a mano y muchas veces sus rostros quedaban a merced de los derretidos maquillajes.
En la radio, el estado es peor
Si la situación en los estudios televisivos suele a veces tornarse crítica, en la radio el estado de cosas es más calamitoso. Está siendo corroída por numerosos problemas. Las piqueras, exiguas en número, están semiparalizadas y los choferes, ociosos, juegan ajedrez.
En una reciente reunión con trabajadores de la radio, López reconoció que la institución carece de fondos para algo más que pagar a sus empleados y costear sus comedores.
"Esto se está cayendo a pedazos", espeta un productor de espacios informativos. Los directores de tres plantas nacionales han solicitado su dimisión por diversas razones y hasta el momento no aparecen los sustitutos.
Nadie quiere enfrentar infraestructuras decadentes.
En tiempos de disonancias
A la precariedad material de los medios se suman los deslices populistas de la televisión. Tales errores amontonan argumentos a favor de una eventual remoción de Ernesto López.
En febrero de 2006, El Expreso, un programa musical de domingo, trasmitió la boda de su conductor, Jorge Martínez, con una joven modelo y la animación de músicos directamente invitados al festín. Hasta hubo una torta gigante y una letrada selló el casamiento.
Una nota del ICRT publicada en el diario oficialista Granma vio en el hecho el colmo de la banalización. "No se ajusta a la política de programación… y hasta tanto este espacio musical esté a la altura de los requerimientos, libre de toda frivolidad, el mismo se mantendrá fuera del aire".
El Expreso no regresó al estudio. Su directora tuvo una segunda oportunidad con La noche favorita, más o menos un remedo del primero, pero su animador y también actor no se ha vuelto a ver en personaje alguno.
Los programas del cantante Alfredo Rodríguez son otro de los flancos más mordazmente atacados.
"Es una pésima televisión rosa, lo peor que se ha visto para hipnotizar a las amas de casa e idiotizar al resto con canturreos y pregunticas sacadas de Interviú", consideró un especialista en medios.
Valiéndose de fórmulas ya probadas para lograr amplias audiencias, Rodríguez consiguió ser la estrella de varios espacios veraniegos, en horarios de máximo rating, emitidos en los últimos tres años.
El último de ellos, La diferencia, arrancó duras críticas en la prensa por sus aires pretensiosos y el juego de lo capcioso en el entrevistador, quien entre sus condiciones para aceptar el espacio impuso trajes hechos a la medida.
Uno de los pesos pesados del poder cultural, Alfredo Guevara, escribió que "en algún nivel de esa institución, probablemente por ignorancia beligerante y usurpadora, se lastima a fondo el afán apasionado que encabeza Fidel de elevar el nivel cultural".
Si se hurga en los entretelones de la televisión y la radio, no son pocos los que hablan de la compra de espacios por acaudalados músicos y orquestas.
Para un productor musical se trata de una vieja práctica de corrupción. "Algunos músicos te vienen con dinero o con regalos traídos de sus giras. Por eso salen hasta en la sopa y el público se pregunta por qué si no son tan buenos".
Reevaluando el escorado frente ideológico, las autoridades rediseñaron el Departamento de Ciencia, Cultura y Deportes, una oficina que andaba por los rincones del Comité Central.
Ahora el apartado de cultura se convierte en un departamento, al frente del cual han colocado a Elíades Acosta.
Acosta, un sobrio intelectual que cifra los cincuenta años y que hizo carrera profesional en Santiago de Cuba, estudió en la Lomonosov de Moscú y llegó a ser director de la Biblioteca Nacional. Se tiene como un hombre de equilibrios, pero muy leal a las políticas oficiales.
En estos tiempos de disonancias, ¿qué más se puede pedir?
© cubaencuentro
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