Con ojos de lector

Duendes y duendas por todas partes

Nersys Felipe reúne en su nuevo libro diez cuentos para niños que abren de par en par las puertas a la fantasía.

En su más reciente libro de cuentos, Corazón de Libélula (Y otros duendes y duendas) (Ediciones Unión, Colección Ismaelillo, La Habana, 2006, 74 páginas), la pinareña Nersys Felipe (1937) abre de par en par las puertas a la fantasía, ese ingrediente que es parte consustancial del mundo de los niños. No es por ello casual que tradicionalmente ocupa un espacio relevante en buena parte de la mejor literatura escrita para ese público, de Christian Andersen y los hermanos Grimm a J.K. Rowling. Esa apuesta por las historias que estimulen la imaginación está expresada en términos poéticos, en la cita de José Martí incluida por Felipe en las primeras páginas: "Yo sueño con los ojos / Abiertos, y de día / Y noche siempre sueño".

En el cuento que da título al libro, primero de los diez que lo componen, se narra la historia de un caballo salvaje que se enamoró de las libélulas. Un día cuando se hallaba contemplándolas, aparecieron unos hombres que querían cazarlo. Corrió desesperadamente para escapar de ellos, y cuando se acabó el suelo y pensó que iba a caer al vacío, empezó a batir las alas que le habían nacido y salió volando. Se había convertido en un pegaso. De tanto volar y batir las alas, éstas se fueron desprendiendo y al caer de poca altura, se hirió la frente. Una niña quiso cerrarle la herida con un cuernito de gamo. El cuernito se le unió tan bien, que el pegaso dejó de sangrar y se paró como si nada, luciendo un cuerno en medio de la frente. Ahora era un unicornio. Después encontró a un potro, al cual salvó de ser atacado por un tigre. Entre ambos surgió una hermosa amistad, que los unió tanto que de la misma nació un caballito con alas de libélula, el pelo verde y fino y una amapola roja en la frente. Era Corazón de Libélula, el primer duende del mundo.

Los duendes. ¿Quién que es no conoce estos seres mitológicos, guardianes de los bosques y de los seres vivos que allí habitan? Forman parte de la raza feérica, junto con sus homólogos los elfos y las hadas. Son los personajes más populares de las mitologías celta y nórdica, civilizaciones en las que se veneraba a la naturaleza. La Real Academia Española cita como origen de la palabra que se los designa en nuestro idioma la contracción de la frase "duen de casa" o "dueño de casa", atendiendo al carácter entrometido de los duendes al apoderarse de los hogares y encantarlos. Se distinguen por su pequeño tamaño, semejante al de un niño, y por sus orejas puntiagudas. Algunas especies son de nariz grande, otras no. Su cabello es largo y suelen ser peludos. Cuentan con variantes en muchos países: gobblins (Escocia), trollos (Escandinavia), gremlins (Inglaterra y Gales), koboldes (Alemania), leprechauns (Irlanda), trasgos (España), chaneques (México), chinamitos (Venezuela), muquis (Perú)…

A pesar de que habitan en muchos lugares, prefieren los bosques, el contacto con la naturaleza, la vida libre. En la tradición hispanoamericana, a veces conviven con las personas, aunque casi siempre en sitios apartados y rústicos, cabañas, aldeas y pueblos pequeños. Cuando deciden hacerlo, pueden proporcionarnos algunas alegrías, pues son serviciales y traen buena suerte. La escritora Chelo Lima, toda una experta en seres fantásticos, comenta sobre ello: "Cuando llegan a un acuerdo con los dueños de la casa, se vuelven hacendosos: barren los pisos, ordeñan a las vacas y hasta las llevan a pastar. Para eso, es necesario cocinarles natillas y dejarles, de cuando en cuando, un tazón de vino en el tejado". En Cantabria, por ejemplo, cuando se les extravía algo las personas acostumbran cantar: "Duende, duende, duendecito, / una cosa yo perdí; / duende, duende, duendecito, / compadécete de mí". Yo también lo hago, y debo confesar que hasta ahora (y toco madera) me ha dado excelentes resultados.

Pero como son unos bromistas incorregibles, lo más usual es que los duendes trastoquen nuestra vida con sus trastadas. Se burlan de los seres humanos, quienes son incapaces de verlos. Hacen desaparecer objetos, los cambian de sitio, producen ruidos extraños y risas estentóreas, encienden y apagan el fuego. La mayoría de ellos son expertos en magia, brujería, adivinación y demás ciencias ocultas. Sin embargo, esos poderes son ineficaces contra alguien que lleve un trébol de cuatro hojas. Aunque aclaro que yo aún no he hecho el experimento, según las leyendas a los duendes se les puede crear mediante unas plantas que sólo crecen la noche de San Juan. Esas plantas se deben guardar en una botella o un recipiente de vidrio de color negro, de modo que no se vea el interior. Se deja la botella cerrada durante toda la noche y se destapa por la mañana. De ella saldrá un duende que a partir de entonces será nuestro sirviente o nuestro duende de compañía.

Y los duendes son precisamente los protagonistas de las narraciones que conforman el libro de Nersys Felipe. Unos son salados y azules, y habitan en un caracol vacío del cual quieren mudarse, pues están ya cansados del mar y la arena y desean ver con sus propios ojos la tan alabada belleza del monte. Otros son dulces y verdes, y se han echado un sombrero a la cabeza y un jolongo al hombro, para salir en busca de lo nunca visto. Los hay que viven solos. Otros, en cambio, viven en parejas, e incluso no faltan algunos que se entienden muy bien con los seres humanos, y hasta los ayudan a recobrar viejas melodías que se les extraviaron a causa de su desmemoria. Desempeñan trabajos muy variados: poeta, pintor, cartero. Llevan nombres como Belele, Zumbete, Girasolillo, Remolino, Sumbico, Larguirucho, Timbeque. Y también Sensé, Parchita, Moramí, Flechita, Lilota, pues además de los duendes, en estos cuentos existen las duendas.

Unos duendes más cercanos y cotidianos

Los duendes y duendas del libro de Nersys Felipe comparten algunos de los rasgos comunes a estos personajes. Uno de ellos es la materia especial de la cual están hechos. Eso lo expresa mejor que nadie Antonio María, el médico de Guane que atendía gratuitamente a los pobres: "Mire, doña Tota, los duendes no se parecen a nosotros los humanos, y los de Cuba menos, porque son de canela, aceite de coco, lana de ceiba y miel, con sangre de guarapo y raspadura de sol en los huesitos". Por eso, cuando se enferman los doctores no pueden hacer nada, pues aún no se ha creado la Medicina Enduendinaria, que podría curar a los duendes igual que la Veterinaria cura a los animales.

Mas los duendes y duendas de Corazón de Libélula, sin dejar de ser personajes fantásticos, son más cercanos, más cotidianos, más emotivos. Como cualquier persona tosen, el cerquillo se les despeina, se ensucian la nariz, comen masitas de pescado y grosellas maduras, echan de menos a los amigos, se ponen tristes si los encuentran feos o feas, cogen catarro y las alas les tiemblan de emoción cuando alguien les dice que los quieren. Sus travesuras además no son pesadas ni insólitas, y por el contrario, nunca pasan de ser juguetonas e inocentes. Se reducen, por ejemplo, a hacer lo que hace Larguirucho, quien para leer usa los espejuelos de Tía Tota, obligándola a pedirle los suyos a la vecina. O bien cogerle los lápices y dejárselos mochos, porque como tiene primos por toda Cuba se pasa la vida escribiéndoles.

En algunas ocasiones, las cosas que hacen los duendes de Nersys Felipe pueden parecer travesuras, aunque no lo son. Es ése el caso del duende protagonista de Pintor, quien un día decidió que debía hechizar a un niño, o si no a una niña, pues le encantaban las niñas. En realidad, lo que hizo al mudarse para la orejita izquierda de un muchacho fue compartir con él su gusto por el dibujo, su amor por los colores. Hechizado por él, al niño se le iluminaron los ojos, se le alborotó el corazón con cosquillas tintineantes y empezó a verlo todo con el asombro de quien lo ve por primera vez. Y pintó un cuadro en el que las cosas de todos los días resultaban nuevas, mágicas. Las nubes eran pájaros, después helados, luego ríos. "Y el arco iris del cielo, estirado como un tren, corría entre los ríos cargándose de ranitas, que embarradas de fresa, chocolate y vainilla, acababan bailando rock and roll en una pista de agua efervescente". Fue así como el duende, cuyos cuadros antes nadie conocía, por lo chirriquiticos que eran y porque él vivía y pintaba solo, pudo recibir los elogios y tener al fin su público.

Además de la cita de José Martí con la cual se abre el libro, cada uno de los cuentos va encabezado con fragmentos de poemas y letras de canciones pertenecientes a Rafael Alberti, Silvio Rodríguez, Teresita Fernández, Juan Ramón Jiménez, Andrés Bello, Emilio Ballagas, Manuel Felipe Rugeles y, una vez más, Martí. Son unos textos que tienen una perfecta comunión con unas narraciones en las que el aliento poético está siempre presente, unas veces a través del carácter mismo de las historias ( El poema, Noche en Nueva York), y las más, dado a través de una escritura sugerente, tierna y de un lirismo nada retórico ni ñoño, que contagia cordialidad y calidez humana. Eso, sin embargo, no es obstáculo para que la autora incorpore a sus cuentos una dosis de humor y un gran sentido de la amenidad, dos de los ingredientes con los cuales logra el gozo y el disfrute con que se leen: "Timbeque era un duende de ojos chulos, medio dormidos ellos y de pestañas largas, tiesas como pencas de guano. Poseía el don de volverse pájaro y se cambiaba de sinsonte a pitirre a mayito a totí, para gusto y gloria de Nieves María, la que una noche lo hallara, muertecito casi a los pies de su cama y bajo la apariencia de un querequeté".

Concebido para niños entre 6 y 8 años, Corazón de Libélula excluye por eso los conflictos enrevesadamente serios y potencia, en cambio, los ingredientes imaginativos y relajadores. No quiero decir con ellos que sean cuentos tontos o triviales. Como buena escritora, Nersys Felipe sabe esconder la profundidad en la superficie, como aconsejaba Hofmannsthal. Evita, eso sí, aspectos como la crueldad, el terror, la violencia, que los lectores a esa edad no son capaces de asimilar. En lugar de ello, les entrega una gavilla de hermosos cuentos, comprensibles y no muy largos, de curso argumental sencillo y sugerente, impregnados de alegría, encanto y fantasía. Buenos cuentos, en resumen, en los cuales se cumple la acertada definición del catalán Pep Albanell: La buena literatura infantil es aquella que también leen los niños.

© cubaencuentro

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