Artes Plásticas
El concepto bajo cero
Sobre 'The Frozen Moment', exhibición de Fabián Peña en la Bernice Steinbaum Gallery de Miami.
Cuando se ingresa a la umbrosa The Frozen Moment, la más reciente exhibición de Fabián Peña (La Habana, 1976) en la Bernice Steinbaum Gallery de Miami, es como estar en presencia de una broma ingeniosa de varios filos. Uno contempla las piezas, elaboradas minuciosamente con restos de artrópodos que el joven artista coleccionó con paciencia y los rearticuló en impecables figuraciones, con el esmero de un cartógrafo medieval, y se hace inevitable pensar que esos mismos insectos, de estar vivos, atacarían vorazmente la obra de arte.
Una paradoja, sin dudas, que apunta al planteamiento perspicaz. Por ello se disfruta doblemente la fecunda revancha del taraceado de alas de moscas y cucarachas, ahora ingrediente del icono poético, que ha sido como elevar el desecho desde su condición residual hasta la excelsitud semiótica.
Este utilitarismo escatológico, aunque es parte del modus operandi de Fabián Peña desde hace nueve años, no debería subestimarse como síntoma de desacato formal. La reutilización del elemento orgánico post mórtem como aparejo del artista, se puede entender no sólo como acto de rescate naturista, sino, además, entraña una evidente actitud de rebeldía anticonsumista y antitecnocrática. Esto de la muerte y resurrección del insecto, recicladas a través de la metamorfosis plástica, se antepone a los episodios de saturación tecnológica, polución y mercantilismo infernal que envenenan la actual convivencia.
Concepto y teatralidad
En el caso específico de The Frozen Moment, una segunda ironía se consigna cuando el artista confronta desde las premisas del art idea el espacio que le toca curar. Peña propone superar la tensión de la vacuidad disponiendo sólo cuatro piezas a lo largo de un recorrido de más de 100 m², que en proporción con el reduccionismo del discurso podrían ser una amenaza por su vastedad. Pero el fundamento conceptual del diseño prevalece en el despliegue. Donde la oquedad presagiaba reveses, el artista la revierte y la manipula a su favor, logrando transfigurarla en factor de suspense. Tanto es así que la capacidad arquitectónica actúa como quinto exponente de la tesis, apoyada por el uso astuto de una iluminación que redondea la atmósfera delicadamente alucinante que envuelve la muestra.
Convergen así concepto y teatralidad como códigos ambientales instrumentados para moldear las posibilidades del espacio. Mezcla de recursos ya ensayada tanto en los ardides efectistas de Damien Hirst, Mega y Murray McMillan y otros importantes instalacionistas, como en las aplicaciones de la luminotecnia en las artes escénicas.
Con tal combinación curatorial, Peña entroniza su retórica con elegante sobriedad, entre claroscuros y equilibrados silencios espaciales que imitan la imperturbabilidad museal, desconcertando a la par que seduciendo la perceptibilidad, y conquistando la deferencia de un espectador que debe deliberar su propio diálogo con el objeto alegórico.
La secuencia despunta con la obra The Impossibility of Storage for the Soul, caja de luz en cuya cara frontal se aprecia un cráneo en incipiente desintegración, pieza antesala que es preámbulo de la siguiente cadena de metáforas que continuará con Tattoo, mariposa laminada sobre la pared derecha de una sala ulterior, ejecutada con idéntica exquisitez miniaturista. Un ideograma que remite al simbolismo ritual de culturas arcaicas donde comúnmente esta criatura era representación del alma, la transformación vital y la libertad, recordando, por ejemplo, a Quetzalpapalotl, la mariposa sagrada de los aztecas, con su leyenda de repercusiones esotéricas.
En otra pared, en sentido oblicuo y descansando sobre un pedestal, resplandece Fossil, pequeña piedra traslúcida, iluminada desde adentro, cuya superficie exhibe un diminuto planisferio. La pieza, aun en su pequeñez, atrae poderosamente por su intenso fulgor reflectante a través de la penumbra.
Cosmología entre temporalidad y devenir
Al fondo, coronando la disposición triangular entre elementos, hallamos la pieza Frozen Flight, fragmento de paño tejido con alas de moscas que, pendiendo del techo, es impactado por un haz luminoso dirigido teatralmente y cuya sombra proyecta cierta elocuencia llamativa sobre una porción del piso. Un exponente que arranca conjeturas en la concurrencia, cuyas respuestas intentan completar la sensación de desgarramiento o decadencia que provoca el jirón colgante.
El conciso conjunto se caracteriza por la condensación simbólica, profusa en lecturas propensas a diversas asociaciones meditativas: la vida y su reversibilidad, la nada ininteligible, la conciliación cósmica con el emplazamiento del ser, lo infinitesimal de la existencia humana en su habitáculo global, los enunciados del caos, las insinuaciones crípticas sobre los misterios del alfa y el omega con rememoraciones de aquellas memorables elucubraciones escénicas de Kubrick, la expansión de los exilios, las premoniciones apocalípticas, la búsqueda de utopías… Ecos reflexivos nacidos de un cosmorama minimalista y cabalístico no exento de magia, predestinado al arqueólogo futurista que toparía, en una fracción congelada, con vestigios de las insuficiencias ontológicas de última fecha o con las angustias medulares de una época indefinida.
Al final, la cronoinstalación con que intentaron anudarnos al set filosófico (emotividad mística incluida) se enriquece por su polisemia. Para unos, la acción estética parece haberse concretado sobre datos hibernados en el acervo personal del artista; para otros, que lo apartan de lo ordinario, lo interpretan como una revelación de abarcadora cosmología en la que se invoca el debate acerca de temporalidad y devenir. Y no hay por qué dudarlo, ¿acaso no afirmaban Whitehead y Bergson que el flujo del tiempo es un suceder metafísico sólo comprensible desde intuiciones acientíficas?
Hay un último aspecto álgido, el menos gélido. Una propuesta de síntesis neoconceptualista de este tipo no roza destinos abundantes en el mercado, sino más bien transita distante del apetito coleccionista. Y aun así, todavía se hallan estos intrépidos arranques de arte ajenos al bolsillo. Tal vez Fabián Peña siempre lo supo. En ese caso, el galerista es quien tendrá —o no— que acostumbrarse al concepto.
© cubaencuentro
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6 Comentarios
6 by R. Lopez-Ramos (Usuario no autenticado) 13/04/2008 2:20
Buen artículo, Rosado. Al nivel de la propuesta de Fabián y el reto asumido por la galería Bernice S., el tipo de proyecto que un espacio como este debe auspiciar por lo menos par de veces al año para mantener su carácter edgy. Una pena que la hayan descolgado tan rápido.
5 by machetico (Usuario no autenticado) 13/04/2008 2:00
Felicidades, JR. Conseguí ver mejor la exposición que en mi atropellada visita de "gallery nights".
4 by TRES ORILLAS (Usuario no autenticado) 12/04/2008 16:40
Yo la vi fabian y verdad que era un espectáculo,Felicidades!
3 by Ahmed A . Gomez (Usuario no autenticado) 12/04/2008 16:20
Buen texto ,la obra de fabian un punto de referencia necesario en el arte cubano .
2 by Cristina Fernandez (Usuario no autenticado) 12/04/2008 10:00
Felicitaciones a Fabian, artista, alquimista, entomologo, perseverante y sorprendente. Gracias a el he podido ver algo mas que asco en una cucaracha.
1 by A.T. (Usuario no autenticado) 12/04/2008 10:00
Fue una exhibición valerosamente conceptual (que no es lo mismo que al revés).