CON OJOS DE LECTOR
El mamut que se negó a extinguirse
Un documental reconstruye la historia de aquel extraño accidente de la historia del séptimo arte que fue la coproducción cubano-soviética 'Soy Cuba'.
Ya lo dijo en una de sus canciones mi amigo Rubén Blades: La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Y una verdadera sorpresa ha significado el tardío descubrimiento y la revalorización de Soy Cuba, aquella coproducción cubano-soviética que en su momento unos y otros convirtieron en una obra maldita. Archivada y olvidada tras su estreno en los dos países, conoció una segunda oportunidad en los años noventa. De ella resurgió, de acuerdo a los comentarios de la crítica internacional, como una película mayor, como una revelación, como un tesoro oculto. Tan insólito hecho ha sido resumido muy bien por el norteamericano J. Hoberman, al escribir: "Hay fósiles cinematográficos que son buscados por los paleontólogos de este arte y fósiles cinematográficos que sencillamente aparecen de manera milagrosa. Soy Cuba se cuenta entre estos últimos, ya que significó un hallazgo tan inesperado como hallar un mamut siberiano preservado bajo las arenas de una isla tropical".
Vicente Ferraz (Río de Janeiro, 1965), un cineasta brasileño formado en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, se propuso investigar y reconstruir la historia de aquel extraño accidente de la historia del séptimo arte. Tras conseguir apoyo financiero de Petrobras, entre otras empresas, y recibir el visto bueno del ICAIC, inició en el año 2001 la realización de un documental sobre el tema. Lo primero que hizo fue viajar a La Habana, para entrevistar a los sobrevivientes de aquella experiencia. Consiguió filmar además al camarógrafo ruso Alexander Calzatti, quien desde hace varios años reside en Estados Unidos. Incorporó asimismo numerosas fotos y materiales de archivo, así como fragmentos de la película objeto de la pesquisa.
El resultado de esa acuciosa y paciente labor cristalizó en Soy Cuba: O mamute siberiano (Brasil, Três Mundos Produções, 2005, 90 minutos), que Ferraz dedicó a los cineastas Fernando Birri, Julio García Espinosa y Tomás Gutiérrez Alea y al compositor cubano Carlos Fariñas. El documental ha hallado una magnífica recepción y se ha visto en numerosos festivales internacionales, entre los cuales figuran los de Locarno, Sundance, Biarritz, Guadalajara, Río de Janeiro, La Habana y Gramado. En este último certamen el filme de Ferraz obtuvo el premio Kikito al mejor documental de largometraje, así como el galardón otorgado por la crítica.
O mamute siberiano se abre con una vista de La Habana en el año 2001, así como de imágenes de la gente en su vida cotidiana. Viene después el primero de los testimonios, que corresponde al ayudante de cámara Raúl Rodríguez, quien trata de ubicar el lugar exacto donde se rodó la escena del entierro, que Ferraz, también narrador del documental, califica de verdadera obra de ingeniería cinematográfica. Su opinión es ilustrada con ese fragmento de Soy Cuba, que Sergio Corrieri, uno de los integrantes del elenco, comenta dejó a todos con la boca abierta. Cuento a propósito una anécdota que no se menciona en el filme aquí reseñado. Martin Scorsese, quien con Francis Ford Coppola contribuyó de manera decisiva al rescate de Soy Cuba, quedó tan impresionado con esa secuencia, que telefoneó a Alexander Calzatti para expresarle que no quería morirse sin saber cómo fue realizada. El secreto de la que hoy sigue resultando una toma prodigiosa consiste en que la cámara fue acoplada a un teleférico o funicular que se instaló sobre la calle. A resultas de ello, al ver la película se tiene la impresión de que la cámara va "volando" sobre el cortejo fúnebre.
Enrique Pineda Barnet, quien de asesor pasó a ser coautor del guión de Soy Cuba junto con el poeta Evgueni Evtushenko, cuenta que inicialmente le entusiasmó el proyecto. A su frente además estaban el realizador Mijaíl Kalatozov (1903-1973) y el director de fotografía Serguéi Urusevsky (1908-1974), quienes llegaban con el aval de haber obtenido en 1958 la Palma de Oro en el Festival de Cannes con Cuando vuelan las cigüeñas. Para el joven cine cubano significaba, por tanto, como expresa Alfredo Guevara, una oportunidad excepcional. Kalatozov y Urusevsky, señala Pineda Barnet, venían con tanta ingenuidad como romanticismo a rodar un gran poema épico sobre la revolución cubana, a la que quizás medían con sus patrones. Se refiere luego a que tan pronto se inició la escritura del guión, esa labor se convirtió en un laberinto para todos, pues no sabían por dónde empezar. Pronto se impusieron, agrega, dos concepciones: una más subjetiva y orientada a la atmósfera y la imagen, la de Urusevsky, y otra más literal, la de Kalatozov. Respecto a este último, Pineda Barnet apunta que le llamaba la atención el hecho de que durante esa primera etapa de preparación y acopio de materiales prefería quedarse en el Cadillac y mirarlo todo desde la ventanilla. Lo cual lo llevó a preguntarse: "¿Verá siempre la vida desde una posición tan cómoda?".
Raúl García, quien interpretó el papel del estudiante, alude a la enorme duración que tuvo el rodaje, en el que además trabajaron 200 personas. En total, llevó dos años, de los cuales 14 meses correspondieron al rodaje. En un breve comentario, Alfredo Guevara evidencia que desaprobó los privilegios concedidos a la película: "14 semanas de rodaje es un lujo, 14 meses es un disparate". Los rusos dieron gran importancia al proyecto y llevaron a la Isla la tecnología más avanzada, como el empleo de película infrarroja, que entonces sólo poesía el Ejército Rojo. Asimismo en la escena de la piscina se utilizó el periscopio de un submarino, para poder filmar las tomas bajo el agua. Entre las dificultades que implicó su realización, Juan Varona, ayudante de grúa, recuerda que para una de las escenas Kalatozov pidió nada menos que 5 mil soldados. Hubo que ir a hablar con Raúl Castro, quien autorizó traerlos de la provincia de Oriente. Cuando los trasladaron a La Habana, fue necesario anunciarlo antes por la radio, para que la población no se inquietase al ver pasar los camiones.
No gustó ni a cubanos ni a soviéticos
En una de sus intervenciones, Raúl García narra cómo la falta de un actor que encarnara el personaje del estudiante fue el hecho que lo llevó a ponerse por primera vez delante de una cámara. En realidad, el empleo de personas sin experiencia fue un criterio que predominó a la hora de conformar el elenco de Soy Cuba. Kalatozov opinaba que "el cine no requiere actores profesionales, porque más que cualquier otra cosa, lo que cuenta es la presencia humana. Es esto lo que crea un personaje en la pantalla". Ese criterio está corroborado en su entrevista por la bailarina Luz María Collazo, a quien Bielka Fridman, ayudante del director y esposa de Urusevsky, abordó para preguntarle si le interesaba participar en el filme. No era ése precisamente el caso de Sergio Corrieri, quien sin embargo se iniciaba entonces en el teatro. Jean Bouise, un actor francés que se hallaba de turista en Cuba, también fue invitado a sumarse al rodaje. Es curioso que no figure entre los testimoniantes, pues es bastante conocido por haber intervenido después en películas de Resnais, Bertolucci, Costa-Gavras, Losey, Allio y Luc Besson.
Varios de los entrevistados cubanos destacan la gran dedicación al trabajo de Urusevsky. Varona cuenta que en una ocasión el equipo tuvo que esperar durante tres días a que aparecieran las nubes, pues para el cineasta ruso el cielo despejado no es fotogénico. Raúl Rodríguez recuerda que Urusevsky solía ponerse una venda en los ojos y permanecer así por un rato para dilatarse las pupilas, pues de ese modo captaba las imágenes con más brillantez. "Era un hombre, expresa, que constantemente estaba puesto para su película". Corrieri, por su parte, se refiere al cuidado y la meticulosidad extraordinaria que ponía en el trabajo con la luz: "Yo diría que la luz era la gran protagonista de la película".
Soy Cuba se estrenó a fines de julio de 1964 en Santiago de Cuba y Moscú. No gustó ni a cubanos ni a soviéticos, por lo cual tras ese breve paso por las pantallas aquellas dos copias fueron archivadas. El tono negativo de las críticas publicadas en la Isla se sobredimensiona un tanto en el documental. Hubo, sí, una francamente desfavorable, firmada por Luis M. Valdés y titulada No soy Cuba, pero no apareció en el periódico Hoy, como afirma Calzatti, sino en la revista Bohemia. Un tono similar mantiene la de Teresa Ruiz, en Revolución. En cambio, arrojan un balance positivo de la película las de Alejo Beltrán en Hoy ("un verdadero alarde de creación cinematográfica"), Josefina Ruiz en Verde Olivo ("ya Cuba tiene una película para exportar con decoro y grandes posibilidades de éxito") y Mario Rodríguez Alemán en Diario de la Tarde ("es un film histórico en nuestro cine").
En todo caso, los testimonios incluidos en O mamute siberiano ponen de manifiesto que entre los cubanos Soy Cuba no gustó. Es significativo que algunos de los entrevistados incluso la habían borrado de su memoria. Corrieri ni siquiera recordaba que tomó parte en la escena del entierro. Raúl García había olvidado que el estreno fue en Santiago, lo mismo que Salvador Wood (éste es posiblemente el que más valora su participación en aquella experiencia). Casi todos coinciden, eso sí, en el poco aprecio que tienen por el filme. Raúl Rodríguez critica el protagonismo que se dio a la fotografía, y considera exagerada la acogida internacional que ha tenido Soy Cuba tras su rescate en los años noventa. Otros señalamientos se refieren a la narración sobreactuada y melodramática, al ritmo lento de muchas escenas, a la visión de la realidad cubana desde el prisma eslavo. Curiosamente, Ferraz no relaciona esta última opinión con la polémica similar que provocó en Brasil el Orfeo negro de Marcel Camus, película a la cual también se criticó por dar una imagen estereotipada y falsa de aquel país.
Algunas de esas personas admiten, no obstante, que todo lo que dejó Soy Cuba no fue negativo. Rodríguez reconoce que gracias a aquel rodaje, en el cine cubano se empezó a trabajar más con la cámara en mano, y pone como ejemplo a Jorge Herrera. Pineda Barnet también se refiere a ello, y expresa que nuestra cinematografía le debe grandes escenas al estilo como fotógrafo de Urusevsky. Y Varona apunta la gran experiencia que adquirió en aquel rodaje. Guevara es significativamente el único que le niega la sal y el agua a la película. Dice que hoy la ve con nostalgia e inmensa simpatía, pero afirma que "tajantemente no tuvo ninguna influencia en el cine cubano".
Ferraz reserva para el final de las entrevistas filmadas en la Isla la noticia del exitoso estreno de Soy Cuba en Estados Unidos. Entrega a cada uno de los testimoniantes una copia del video que ahora se comercializa y en la pantalla se ven sus reacciones. "¡Espectacular! Jamás me imaginé que pudiera suceder una cosa así", dice Yolanda Benet. "¡Mi madre!", es el breve pero expresivo comentario de Corrieri. Quien se muestra más agradecido y entusiasmado es Salvador Wood, para quien recibir este reconocimiento al cabo de casi cuarenta años es muy emocionante, y lo considera "un patrimonio de un valor incalculable" para él y para su familia.
Resulta notoria en el documental la ausencia de una entrevista a Evtushenko, quien de seguro hubiese aportado un testimonio muy valioso. Hubiera contribuido además a que Soy Cuba no aparezca vista fundamentalmente desde la visión de los cubanos (Alexander Calzatti es el único integrante del equipo ruso que aparece). Pero pese a ese detalle para mí inexplicable, O mamute siberiano representa una inteligente e interesante investigación, que arroja mucha luz sobre aquella coproducción tan mal recibida en su momento, pero que al igual que esos cometas que pasan fugazmente, regresó al cabo de los años.
© cubaencuentro
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