Ventana del lector, Escultura

Estopiñán, invicto

Considerado uno de los principales exponentes de las artes plásticas cubanas, Estopiñán vive en Miami, acompañado por su esposa, la célebre declamadora Carmina Benguría

Roberto Estopiñán, Estopa, el conocido escultor está a punto de cumplir 92 años. Y los celebra creando, esculpiendo, haciendo nuevos bocetos; enamorado de los torsos femeninos, y de la vida.

Considerado uno de los principales exponentes de las artes plásticas cubanas, cotizado internacionalmente, con obras exhibidas en importantes museos y salas del mundo, Estopiñán vive en Miami, en un sencillo apartamento, acompañado por su esposa de toda la vida, la célebre declamadora Carmina Benguría.

Allí, a su apartamento, fui a conocerlo hace pocas semanas. Me sorprendieron unos ojos penetrantes y lúcidos. Roberto Estopiñán es una mirada sabia e irónica, sensual e insolente, benévola, pícara y escudriñadora a la vida; el resto no es más que el cuerpo que sostiene esa mirada y el puro que nunca le abandona.

No ha perdido Estopa ni un ápice de su cubanía, a pesar del medio siglo que lleva exiliado en los Estados Unidos. Nunca ha vuelto a poner los pies en esa Habana que tanto ama, dice que por decoro y coherencia con su forma de pensar.

En una habitación en la que dice ver fantasmas, y que generalmente está con la puerta entreabierta, lo vi moldear con sus manos el yeso que daría vida a la más joven de sus esculturas. La luz del sol entraba por una ventana y destacaba la silueta de Estopa limando la pieza. Era una imagen perfecta, la del anciano escultor trabajando en su pequeño taller, concentrado, absorto en el torso que estaba creando. Y en el aire de la habitación, flotando en el sol, brillaban las partículas de yeso que le sobraban al cuerpo de mujer que él construía. Porque se trataba, no podía ser de otra manera, de un torso femenino sensual e incitante. Luego, le acompañé a la fundición, a recoger el yeso transformado en bronce. Y allí le fotografié exultante, orgulloso de su nueva hija, sencillamente feliz.

“A pesar de todo, y con todos los altibajos naturales de la vida, sigo vivo. Haciendo mis cosas, las que me salen a mí, las que nacen de mí. Esa es mi condición de madre de tantas esculturas” me dijo esa tarde.

Mirando su última obra recordé que varios días atrás Estopa había destruido varios moldes antiguos. “Es una tradición entre los escultores: cuando uno la va a guiñar rompe todos sus moldes, para que nadie los pueda utilizar más adelante” comentó en esa ocasión. Por una parte destruye sus moldes viejos y por la otra sigue dando vida a nuevos moldes. No conoce Estopa la derrota, porque nunca la ha aceptado.

Aunque sé que a él no le va gustar nada la idea, he aprendido a admirar profundamente a este cubano que, a sus 92 años, sigue indicándonos con sus hechos la mejor manera de afrontar invictos los avatares de la vida.

© cubaencuentro

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