CON OJOS DE LECTOR
La televisión acaba con todo
Títulos buenos y espantosos, largos y cortos, ingeniosos y anodinos, iluminadores y confusos. Una ojeada al modo como los escritores cubanos bautizan sus libros.
Meses atrás, el novelista español Andrés Ibáñez publicó en el suplemento cultural del diario ABC un artículo, Sexo en días de lluvias, cuya lectura, además de disfrutar, me sugirió la idea de tratar de hacer algo parecido aplicado a Cuba. Me explico. Ibáñez reflexiona allí acerca de la importancia que tienen los títulos en las obras literarias, y eso lo lleva a interrogarse sobre varias cuestiones relacionadas con el tema: "¿Hasta qué punto afectan los títulos a los lectores? ¿Será posible que alguien compre un libro o lea un artículo simplemente porque le guste o le intrigue un título? ¿Es posible que haya lectores tan frívolos?".
Esas preguntas formuladas por el autor de La sombra del pájaro lira, a algunas de las cuales da respuesta, me llevaron a tratar de aplicar esa indagación a las obras de autores cubanos. Como en todas las literaturas del mundo, en la nuestra se han publicado libros que vinieron al mundo con títulos no ya anodinos y torpes, sino sencillamente espantosos. Piensen, por ejemplo, si alguno de los que a continuación cito los invitaría o estimularía a adentrarse en sus páginas. Como dice Bette Davis en una de sus películas, abróchense los cinturones: Amarguras de la vida, Poemas proletarios, La mulata, Canto a Villa Clara, Aurora y barricada, Por nefas, Poemas siderales, Lo que pide la ambición, Hermas viales, El tormento de vivir(Tristes amores de una niña ingenua), Cartilla y farol. Poemas militantes, Cecilia la matancera, Dios es lo bello absoluto, Poemas mambises, En el punto rojo de mi kolimador, El cafetal azul, Lágrimas de un ángel, Por el rastro de los libertadores, Guateque a Alfonso Camín en décimas de batey, Ritmos de solá, Entre sangre y esperanza (Acentos de quejas y rebeldía bajo la dictadura), Los caminos enanos, El espesor del pellejo de un gato ya cadáver, Viaje al cazabe, Sigo zurciendo las medias de mi hijo, En el país de las mujeres sin senos, Se me ha perdido un hombre, De Hatuey a Fidel (¡solavaya!)… Alucinados, ¿verdad? A que sí. Pues todos, toditos son auténticos. Si lo dudan, busquen en los catálogos de las bibliotecas y comprobarán. Al igual que ocurre con esos espantosos nombres que empiezan por y griega que tanto abundan hoy en Cuba, tales títulos condenaron a esos textos a cargar con ellos para siempre, más allá de que sus valores literarios fueran escasos o inexistentes.
Pero al lado de ese museo de los horrores, se puede crear otro con buenos títulos. En el mismo yo incluiría, por diferentes razones, Memorial de un testigo, Notas de un simulador, El correo del azar, Cajón de parafernales, Elegía sin nombre, Aventuras sigilosas, Inventario de asombros, El oscuro esplendor, Richard trajo su flauta y otros argumentos, Habanecer, Cuerpos en bandeja, Muecas para escribientes. Pero no crean, tampoco es que haya muchos. Cabrera Infante dejó varios títulos estupendos: Tres tristes tigres, Exorcismos de esti(l)o, Mea Cuba, Vidas para leerlas. Existen, por otro lado, buenos textos que llevan títulos que los afean mucho. El mejor ejemplo de ello es El lobo, el bosque y el hombre nuevo, el conocido cuento de Senel Paz.
Hay asimismo autores que han reinventado con ingenio títulos ya existentes. Pienso en Alejo Carpentier ( El recurso del método), Reynaldo González ( Llorar es un placer), Eduardo López Morales ( Ensayo sobre el entendimiento humano), Guillermo Cabrera Infante ( La Habana para un infante difunto). Esta última novela, por cierto, cuando se tradujo al inglés adquirió un título más corto e igualmente bueno: Infante's Inferno. A veces, no obstante, eso es algo que trae sus problemas. En la introducción de La quinta nave de los locos, Manuel Pereira expresa: "Al principio este libro se llamó La nave de los locos, pero el editor me pidió cambiarlo, arguyendo que ese título ya estaba en circulación (…) Es verdad que La nave de los locos fue un concepto usado por Pío Baroja, pero él lo tomó prestado de unos grabados de Durero que, como el óleo del Bosco que cuelga en el Louvre, se inspiraron en la sátira poética de Sebastián Brandt así titulada. Sacando la cuenta de tantas naves y de tantos locos, la mía viene siendo la quinta". Y a propósito de cambios, recuerdo un poeta santiaguero que en los años ochenta ganó mención en el concurso 26 de Julio con el poemario Animal de fondo. Por suerte, un alma caritativa lo convenció de que le cambiase el título por otro que no hubiera sido usado ya por Juan Ramón Jiménez.
Hasta el siglo XIX, la brevedad de los títulos era un hábito poco frecuente entre nosotros. Es a partir del XX cuando los autores comienzan a adquirir el gusto por las palabras cortas: Ala (Agustín Acosta), Proa (Rafael García Bárcenas), Coaybay (José Antonio Ramos), Bongó (Ramón Guirao), Tam-tam (Federico de Ibarzábal), Tobías (Félix Pita Rodríguez), Reino (Eugenio Florit), Jardín (Dulce María Loynaz), Tengo (Nicolás Guillén), Cuerpos (Fayad Jamís), GH (Georgina Herrera), Trenos (Armando Álvarez Bravo), Tres (Roberto Friol). Eso no quiere decir, sin embargo, que no existan también obras con títulos más largos de lo habitual. Ahí tienen, para ilustrar, Décimas por el júbilo martiano en el centenario del Apóstol José Martí (Emilio Ballagas), Aventuras eslavas de don Antolín del Corojo y crónica del Nuevo Mundo según Iván el Terrible (Luis Manuel García), Ejercicios para hacer de la esterilidad virtud (Antón Arrufat), Algo para la palidez y una ventana sobre el regreso (Gustavo Eguren), Variaciones a como veredicto para el sol de otras dudas: Fragmento de una construcción 1936 (Lorenzo García Vega), Donde se dice que el mundo es una esfera que Dios hace bailar sobre un pingüino ebrio (María Elena Hernández).
También en nuestro teatro contemporáneo los hay: La triste y dolorosa historia del amor secreto de don José Jacinto Milanés (Abelardo Estorino), El camarada Don Quijote, de Guanabacuta Arriba, y su fiel compañero Sancho Panza, el de Guanabacuta Abajo (José R. Brene), Aparentaciones sobre la vida y la muerte del bandolero nombrado Polo Vélez con tiros y canturías (Rafael Hernández), Juana de Belciel, más conocida por el nombre de religiosa de Madre Juana de los Ángeles (José Milián). Claro que ninguno puede compararse con aquellos que solían ponerse décadas atrás, como éste perteneciente a una obra de Emilio Blanchet: Estudio acerca de la población de América en general, expresando las inmigraciones y cambios operados en la misma desde los tiempos pre-históricos hasta la llegada de Colón a dicho continente.
E n cuestiones de títulos todo vale
Un recurso muy utilizado por los escritores cubanos es el de construir el título a partir de un par de sustantivos, enlazados mediante la conjunción copulativa y. Ejemplos de ello son La roca y la espuma, La rueda y la serpiente, El mar y la montaña, La piel y la máscara, La espada y la pared, El arpa y la sombra, La piedrafina y el pavorreal, La sonrisa y la otra cabeza, Magias e invenciones… La lista es muy extensa. En cambio, desde hace décadas ha dejado de usarse el nombre del o la protagonista para titular las novelas, algo que se hacía en el siglo XIX y primeras décadas del XX. A esa época pertenecen Francisco, Pelayo González, Papaíto Mayarí, Pedro Blanco, el negrero, Leonela, Cecilia Valdés, Sab, Sofía, Carmela, Doña Guimar, Humberto Fabra. Es algo que ha pasado a ser considerado anacrónico. De décadas más recientes sólo me viene a la memoria Oppiano Licario.
Hay, en fin, mucha más tela por donde cortar, pues el tema da para mucho. Pero no me voy a extender al respecto. Sólo quiero mencionar brevemente tres detalles más. Uno es el cuidado que se toman algunos autores para indicar a qué público específico va dirigida su obra. Eduardo Benet tiene un par de libros titulados El jardín de la inocencia. Versos para lectores de 7 a 12 años y La primavera vuelve. Varias pinceladas líricas para jóvenes y viejos. Y Lydia Cabrera publicó en 1983 Cuentos para adultos niños y retrasados mentales. El segundo detalle al cual quiero aludir es el carácter críptico de ciertos títulos. El ya citado Emilio Blanchet proporciona uno muy elocuente en un libro suyo de 1900: Odas y sátiras. La Libertad. Antropofagia culta. Periodismo lucrativo. ¿Se trata de un poemario? ¿De un ensayo? ¿De una colección de trabajos periodísticos? Y por último, están los libros que nunca se escribieron y de los cuales sólo ha quedado el título: El Banalizador, novela que en una entrevista de 1948 Virgilio Piñera decía haber concluido; Doble juego y Breve homenaje a los comediantes cubanos, piezas teatrales estrenadas por Fermín Borges y cuyos textos se han perdido; El año 59, la novela sobre la revolución que prometió Carpentier; Gianni Giani, obra narrativa que Calvert Casey destruyó antes de suicidarse…
Pero no sólo de literatura cubana vive el hombre —y la mujer, por supuesto—, así que dedicaré el espacio que me queda a algunos datos curiosos relacionados con los títulos de algunas obras extranjeras. Posiblemente el más interesante tiene que ver con su traducción a otros idiomas, labor que ya se sabe tiene sus puñeterías. Casi todo el mundo recordará que La importancia de llamarse Ernesto debió traducirse como La importancia de ser honrado, pero tal título es inapropiado para alguien que derrochó tanto ingenio como Oscar Wilde. De igual modo, el título original de la novela de Ernest Hemingway A moveable feast (Una fiesta movible) no admite comparación con París era una fiesta.
Henry James bautizó una de sus obras más populares como The Turn of the Screw (La vuelta del tornillo), que el argentino José Bianco tradujo de manera excelente como Otra vuelta de tuerca. La abadía de las pesadillas, de Thomas Love Peacock, en realidad se titula Nightmare Abbey. Acertado es también el título de Desayuno con diamantes con que circula en español la novela de Truman Capote Breakfast at Tiffany's. En definitiva, uno no tiene por qué conocer la existencia de esa famosa joyería de Nueva York. Menos suerte ha corrido la pieza teatral de Thornton Wilder T he Skin of our Teeth, que se representa, vaya por Dios, como La piel de nuestros dientes. Proviene el título de la expresión "to escape with the skin of our teeth", que significa escapar por poquito, salvarse por los pelos. Pero como comentó Augusto Monterroso, es evidente que si el traductor hubiese escogido Por los pelitos, ni él mismo hubiera ido a ver la puesta en escena. Y aunque no se trata de traducción, no puede faltar aquí el ejemplo de Boarding Home, la excelente novela de Guillermo Rosales, que cuando se reeditó en España en 2003 se convirtió inconcebiblemente en La casa de los náufragos.
Capítulo aparte merece la traducción del título de las películas en España. Hay algunas que son para cagarse de la risa. After Hours (Deshoras) se convirtió en Jo, qué noche; Some Like it Hot (Algunos prefieren quemarse), en Con faldas y a lo loco; The Seven Year Itch (La comezón del séptimo año), en La tentación vive arriba; An affair to remember (Algo para recordar), en Tú y yo; Three coins in the fountain (Tres monedas en la fuente), en Creemos en el amor; Lust for life (Sed de vivir), en El loco del pelo rojo; Sunset Boulevard, en El crepúsculo de los dioses; Head of State (Jefe del estado), en De incompetente a presidente; Once upon a time in Mexico (Érase una vez en México), en El mexicano; Gigli, en Una relación peligrosa; Boat Trip (Viaje en barco), en Este barco es un peligro; Brokeback Mountain, en Secretos de montaña. En cambio, se dejan sin traducir títulos como Being Light, Open Range, Love Actually, Mystic River, Elf, Basic, Jeeper Creepers, Cabin Fever. En fin, como ven en cuestiones de títulos todo vale. Hasta el que encabeza estas líneas.
© cubaencuentro
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