Con ojos de lector

Las memorias del subdesarrollo son inconsolables

Se puede ver en Nueva York la instalación que el canadiense Stan Douglas creó a partir de elementos que proceden del famoso largometraje de Tomás Gutiérrez Alea.

El artista canadiense Stan Douglas (Vancouver, 1960) se ha ganado una sólida reputación internacional con sus trabajos fotográficos y sus vídeo instalaciones. Desde finales de la década de los ochenta, su actividad se viene orientando además a la transformación del espacio de los museos y galerías, mediante la incorporación en los mismos de imágenes en movimiento. Con ello busca borrar las fronteras existentes entre las artes visuales, el cine y la televisión.

En varias de sus instalaciones más recientes, Douglas parte de la reelaboración de materiales cinematográficos y literarios ya existentes, para someterlos a lo que, a falta de mejor nombre, puede calificarse de un remake (el término, como se verá más adelante, no resulta aquí muy apropiado). Por ejemplo, en Overture (1986) combina fotogramas de un documental hecho por la Compañía Edison entre 1899 y 1901, con una banda sonora en la cual se escuchan fragmentos de A la búsqueda del tiempo perdido, de Marcel Proust, en los que se evoca el estado de semiinconsciencia de las personas cuando se despiertan. En Journey into Fear (2002), hace comparecer a Orson Welles y Herman Melville, en un vídeo cuyos diálogos son programados y mezclados por un programa de computadora. El resultado era un filme con tantas variaciones, que un espectador necesita casi una semana para poder verlas todas. Y en Suspiria (2003) empleó escenas de la película de terror de igual nombre del italiano Dario Argento, así como textos de Carlos Marx y los hermanos Grimm.

En el marco de la 51 Bienal de Venecia del 2005, Stan Douglas dio a conocer la instalación Inconsolable Memories, coproducida por la Morris and Helen Art Gallery (University of British Columbia) y el Joselyn Art Museum, de Omaha, con el apoyo del Consejo Canadiense para las Artes. Tras su presentación en Venecia, se exhibió en las salas de esas dos instituciones y, entre abril y junio del 2006, en la Art Gallery de York University. Desde el mes de noviembre es acogida por el Studio Museum de Harlem (144 W. 125th Street, Nueva York), donde estará hasta el 18 de marzo.

El vídeo que forma parte de Inconsolable Memories es una suerte de remake muy libre de la cinta cubana Memorias del subdesarrollo. O digámoslo con las palabras de su creador: aspectos de este proyecto se derivan del famoso largometraje de Tomás Gutiérrez Alea. Su protagonista también se llama Sergio, tiene treinta y ocho años, es arquitecto, pero a diferencia del otro Sergio, es negro. La acción ocurre en 1980, durante el éxodo masivo del Mariel. El protagonista de Inconsolable Memories se hallaba entonces en la cárcel, a causa de haber recibido un paquete que le envió desde Estados Unidos su amigo Pablo, y cuyo contenido nunca se especifica. Al igual que otros presos, Sergio es obligado a marcharse del país como parte de aquella oleada de inmigrantes, mas durante el trayecto hacia el Mariel logró escaparse del camión. La decisión de quedarse en la Isla la tomó en ese momento, sin detenerse a reflexionar sobre sus implicaciones. El filme fue rodado en blanco y negro, en un set construido en Vancouver. A esas imágenes, Douglas adicionó otras reales filmadas en La Habana.

Apunté antes lo inapropiado que es aquí emplear el término remake. Por lo general, éste consiste en reciclar una película que en su momento gozó de éxito, y cuya versión implica por eso pocos riesgos. En Inconsolable Memories, por el contrario, aunque se conservan elementos de Memorias del subdesarrollo, se ha especulado con la historia y se reprocesó su contenido. Lo que de ello resultó es un nuevo filme, que no reproduce el modelo original. En ese aspecto, es acertado lo que comentó el crítico Philip Monk: en lugar de una productiva alianza, el vídeo de Stan Douglas mantiene con el largometraje de Gutiérrez Alea una filiación derivativa.

Al igual que el cineasta cubano, Douglas busca complicar e implicar al espectador, y le propone un reto mucho más difícil. En Inconsolable Memories, dos filmes de 16 milímetros son proyectados simultáneamente sobre la misma pantalla. Cuando un proyector emite imágenes, las del otro son oscuras, o viceversa. Pero como las películas no tienen la misma duración, se van produciendo combinaciones y permutaciones. Las máquinas reconstruyen la trama y reconfiguran la narrativa, al mezclar arbitrariamente imágenes y sonidos. Eso hace que una misma escena cuando se repite cuenta con otra banda sonora. De igual modo, una banda sonora aparece acompañada por nuevas imágenes.

Una peculiar tipología de La Habana

El punto de vista se va modificando así constantemente, y esas variaciones producen, a su vez, otras interpretaciones. Un ejemplo para ilustrar: cuando Sergio se halla en la cárcel, de fondo se escucha Llegue, llegue, de Los Van Van. En otra escena, Sergio echa a andar una grabadora y es ese disco el que se oye. En ambos casos, el sonido es el mismo, mas no lo es la lectura que el espectador hace en cada uno. El vídeo incluye además flashbacks que remiten a hechos ocurridos en 1975, pero al no estar presentados a la manera convencional como retrospectivas conforman con las escenas correspondientes a 1980 un complejo entramado temporal.

La proyección de Inconsolable Memories va acompañada de una muestra de fotos tomadas por Stan Douglas, durante los viajes que realizó a la Isla en los años 2004 y 2005. A primera vista y tras una visión superficial, estamos ante un conjunto de imágenes que asombran por su elegancia, y en las cuales se ha prestado especial atención a aspectos como la precisión, el encuadre y la verosimilitud. Detalles estos que aquí se aprecian mucho mejor, pues se trata de copias impresas en grandes dimensiones. Los sitios además fueron cuidadosamente escogidos, y a excepción de una de las fotos, en todas las fotos la presencia humana está ausente. Pero al igual que en el vídeo de la instalación, a través de ellas Stan Douglas no busca narrar una historia, sino hablar sobre "un país lleno de las evidencias de una revolución inconclusa, de esas cosas que no son lo que aparentan ser", de acuerdo a sus propias palabras.

"Actualmente existe lo que puede considerarse ya un género de fotos tomadas en Cuba, algo que espero haber evitado. Ya sabes, una mujer vestida toda de blanco, fumando un tabaco, frente a un edificio y al lado de un viejo Cadillac. Hay muchos lugares en el país donde la gente está preparada para que uno las fotografíe. En la Habana Vieja, las personas se prestan para ello, a cambio de un dólar". Ese comentario del artista canadiense explica por qué los habaneros son los grandes ausentes en esas fotografías. La Habana que en las mismas se ve es así una ciudad fantasma, o bien el enorme decorado donde se va a rodar una película. Edificios, techos, fachadas de viejas mansiones y espacios interiores configuran, en conjunto, la peculiar tipología de la ciudad.

Impecables desde el punto de vista técnico, las fotografías de Stan Douglas parecieran ofrecer una mirada turística, si atendemos a la claridad y la visualidad que en ellas domina. Pero en realidad enfatizan detalles en los cuales los extranjeros que viajan a la Isla no suelen reparar. Está, por un lado, el acentuado contraste entre la ruina y los vestigios de la riqueza de otras épocas que captan. Es lo que descubren imágenes como las de la escuela de circo de Cubanacán o la fachada de Villa Geraldina, en el Cerro. En ellas, el impacto del tiempo y la falta de mantenimiento resultan muy evidentes, algo que además se acentúa con la connotación arqueológica que les da la ya citada ausencia de los seres humanos.

En otras piezas, la estudiada concentración aplicada por Douglas describe el reciclaje al que los cubanos se ven obligados a recurrir, a causa de la calamitosa situación económica por la que atraviesa el país. Eso se ilustra muy bien en el vestíbulo del antiguo Royal Bank of Canada, hoy convertido en un parqueo de motocicletas; y en el interior del Cine Majestic, que tras ser cerrado en la década de los noventa, pasó a utilizarse como carpintería. Muy expresiva es la fotografía del enorme edificio de la embajada de la Unión Soviética, concluido poco antes de que ésta se disolviera. Aquella etapa también queda reflejada en la foto de una de las habitaciones del Centro Cultural de Tarará. Los nombres y frases en ruso que cubren las paredes son recuerdos de los niños ucranianos que se alojaron allí. Viajaron a Cuba para que les trataran las afecciones que les dejó como secuela el accidente ocurrido en 1986 en la planta nuclear de Chernobyl.

Pasado y presente dialogan así en unas fotografías que, junto con Inconsolable Memories, buscan promover la reflexión acerca de cuestiones como las oportunidades perdidas, la circularidad de los hechos históricos y los proyectos de transformación que luego se truncan. En ellas, Stan Douglas logra resumir además en magníficas imágenes la gran incógnita que constituye el futuro de la Isla. También en ellas el artista canadiense reclama una participación activa de quien las contemple, pues a éste corresponde una parte de la labor para descubrir su capacidad narrativa. La historia que tan admirablemente resumen se revela en la misma medida en que el espectador sea capaz de interpretarla. En tal sentido, se puede afirmar que estamos ante obras que retribuyen con generosidad a quienes se acerquen a ellas.

© cubaencuentro

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