CON OJOS DE LECTOR
Una pinacoteca al alcance de todos
El Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad acoge una exposición de Eduardo Muñoz Bachs, considerado el cartelista por excelencia del cine cubano.
Cuatro meses después de haberse cumplido setenta años de su nacimiento, el Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (Guillén de Castro, 8 bis, Valencia. Tel. 96-338.3730) rinde homenaje a Eduardo Muñoz Bachs (Valencia, 12 de abril de 1932-La Habana, 22 de julio de 2001). Lo hace a través de una exposición de su trabajo como diseñador gráfico, Imágenes para el cine, cuya comisaria es Raquel Pelta, y que permanecerá abierta hasta el 2 de septiembre.
Cuando se inauguró la muestra, la prensa local resaltó que significaba la vuelta del artista a la ciudad donde vino al mundo de forma casual. Su padre, catedrático de enseñanza media al igual que su madre, estaba destinado como capitán del ejército republicano en el frente del Ebro, y por ser un lugar que se hallaba relativamente próximo su esposa dio a luz en Valencia. Al finalizar la guerra civil, la familia escapó a París, donde les nació una hija, Ana María, quien es hoy una reputada y conocida editora en Cuba. La amenaza nazi los llevó a emigrar a América en 1940. Su intención era instalarse en México, pero finalmente optaron por quedarse en La Habana, una de las escalas que hacían los buques en los que llegaban los exiliados españoles.
En la década de los cincuenta y sin haber tomado clases en una escuela de arte o de diseño, Eduardo Muñoz Bachs empezó a trabajar profesionalmente en la agencia publicitaria Siboney. Allí realizó dibujos animados, actividad que luego prosiguió en la televisión (en ese medio, por cierto, también laboraba su padre desde hacía varios años). La experiencia acumulada en esos dos empleos le permitió pasar a la sección de dibujos animados del recién creado Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos. Son suyos los dibujos de varios de los primeros filmes de ese género hechos en esa etapa inicial: La prensa seria (1960), El maná (1960), AEIOU (1962), El tiburón y las sardinas (1962), Cuba sí, yanquis no (1963). Décadas después volvería a incursionar en ese campo con El deporte nacional (1981) y Alos payasos todos los quieren (1991).
Como él mismo contó, la faceta de su actividad como creador por la que es más conocido y admirado, tanto dentro como fuera de la Isla, llegó a su vida de modo accidental. Al terminar de rodar Historias de la revolución (1960), su primer largometraje y también el primero producido por el ICAIC, Tomás Gutiérrez Alea le pidió que diseñara el cartel. Muñoz Bachs vio la película y escogió un fotograma en el cual el color predominante es el negro. Aparece en primer plano un fusil que, desde un agujero, apunta a una figura humana que se ve en el exterior. Según él, lo seleccionó por la intensidad de la imagen, y a partir de él creó el cartel. Cuando lo contempló impreso, recordó en una ocasión, quedó tan deslumbrado que determinó dejar su empleo en la sección de dibujos animados y se incorporó al departamento de diseño de carteles que había comenzado a funcionar en el ICAIC.
Con aquel afiche, Muñoz Bachs propuso una concepción diferente de lo que hasta entonces se consideraba un cartel de cine. Era un nuevo estilo que se desmarcaba del usado en Cuba desde los años cuarenta, y que se basaba casi por completo en la reproducción de imágenes fotográficas. Ideado únicamente con fines comerciales, su reclamo publicitario ponía el principal énfasis en los actores, sobre todo si eran estrellas, prestando escasa atención al director y al filme mismo.
Esa línea estética inaugurada por Muñoz Bachs sirvió para marcar la pauta al grupo de diseñadores y artistas gráficos que empezaron a crear una nueva imagen visual para el cine. Gracias a él, así como a Antonio Fernández Reboiro, Alfredo Rotsgaard, Rafael Morante, Antonio Pérez (Ñico) y René Azcuy, entre otros, el cartel dejó de ser un simple anuncio para convertirse en un nuevo tipo de obra de arte. Al ocupar un espacio en el paisaje urbano aquellos afiches devinieron, como comentó Alejo Carpentier, "perenne exposición pública —educación de la retina del transeúnte cada día—, pinacoteca al alcance de todos, dada a todos los que tienen ojos para percibir las gracias, los estilos, los hallazgos, de una plástica situada más allá de la mera figuración pública".
Salvo un breve periodo (1962-1965), en el cual trabajó en un departamento de publicidad al servicio del Departamento de Orientación Revolucionaria y la Editora Política, su labor como diseñador gráfico estuvo vinculada al ICAIC. Incluso durante los años antes mencionados no dejó de crear algunos carteles, aunque fue a partir de 1965 cuando empezó su etapa más productiva. A lo largo de cuatro décadas diseñó, de acuerdo a su cálculo, unos 2.200 afiches (excluye de esa cifra los que no fueron aprobados), que hacen de él el más prolífico de nuestros diseñadores de carteles de cine.
En una entrevista que le hizo Jesús Vega, al ser interrogado acerca de las razones que explican tan asombrosa productividad, Muñoz Bachs contestó que se debió, en primer término, a su atracción por el arte cinematográfico. A eso añadía que la intensidad del propio ritmo con que trabajaban se lo exigía. Según él, diariamente tenía que ver más de una película, pues lo usual es que tuviese que preparar a la vez 10 proyectos diferentes, aunque hubo ocasiones que llegaron a ser 14.
El afiche de Historias de la revolución es, en más de un aspecto, un caso excepcional dentro de la obra de Muñoz Bachs. Fue el único que se imprimió en off set, una técnica que pronto fue reemplazada en el ICAIC por la mucho más artesanal de la producción en silk-screen. A Muñoz Bachs aquel cambio le pareció beneficioso desde el punto de vista artístico, y poco a poco se convirtió en un entusiasta defensor del silk-screen. Su opinión se basaba fundamentalmente en la textura y la brillantez de los colores que con el mismo se logra. El cartel para el largometraje de Gutiérrez Alea fue además uno de los rarísimos casos en que empleó una foto, una viñeta recortada o una imagen descriptiva, un recurso que empleaban con mucha asiduidad los otros diseñadores del ICAIC. Una de las pocas ocasiones en las que Muñoz Bachs después volvió a usarlo fue en el afiche para Reto a Ichi (1971). Por cierto, le tocó hacer los de otras películas de la serie del esgrimista ciego ( Ichi y la fugitiva, Destello de la espada de Ichi), aunque ésos pertenecen a la estética con la cual se le identifica.
Muñoz Bachs no se consideraba a sí mismo un artista gráfico o un dibujante: "Si me preguntaran como qué figuraría en el panorama de las artes visuales, yo diría que como ilustrador". Según él, lo que trató de hacer al diseñar carteles fue adaptar su estilo, que se halla muy distante del realismo fotográfico. Un estilo que es tan personal e identificable, que resulta muy fácil reconocer cuándo estamos ante una obra creada por él. Por lo general, en sus afiches utiliza una amplia gama de colores y muestra un gusto notorio por la ilustración minuciosa y cargada de elementos. Interpreta las películas con gran libertad e imaginación y les da un tratamiento visual cercano a la caricatura y a los dibujos hechos por los niños. Asimismo en la mayor parte de sus piezas integra los créditos con una tipografía manuscrita. La conjunción de todas esas características impregna sus obras de una contagiosa alegría e hizo de él el más humorístico de los afichistas cubanos. Esa singular manera de concebir los carteles influyó en otros creadores, y su huella se advierte en algunos trabajos de Raymundo ( Alondra), Aldo ( Venganza de sangre) y René Azcuy ( Cuento del viejo tranvía, María y Napoleón, 7 hombres y una muchacha, Millón y medio).
Creador de un universo muy particular
Sara Vega Miche ha comentado que en sus carteles Muñoz Bachs creó un universo muy particular, poblado de simpáticos personajes y de una profusa vegetación. En sus carteles "aparecen sombreros de los que nacen flores, leones buenos y amables calzados con viejas botas, payasos vestidos de miles de formas, elefantes con trompas multicolores y una y otra vez lunas de todo tipo y ciudades formadas por edificios con innumerables ventanas". Asimismo en esa iconografía ocupa un espacio destacado su recreación de Charlot, el inolvidable personaje al que Charles Chaplin dio vida en la pantalla. Muñoz Bachs comenzó esa serie con La quimera del oro (1960), a la que luego agregó Los inicios de Charlot y El circo.
Muñoz Bachs además cubanizó a Charlot, al convertirlo en símbolo de la cinematografía cubana a través de afiches como el del documental Por primera vez, uno de sus trabajos más celebrados. En su último trabajo como diseñador, Havana FilmFestival (2001), volvió a utilizar el personaje. Éste ha adoptado la postura de la Estatua de la Libertad. En la boca luce un cubanísimo habano y de la antorcha, en lugar de llamas, salen cintas de celuloide de diversos colores. Al referirse a esa imagen recurrente en su obra, Muñoz Bachs expresó: "Chaplin es un símbolo claro y comprensible del cine: integra el humor, lo patético, lo social, lo poético, lo tierno, lo ingenuo. Es un compendio plásticamente muy usable".
Se pudiera pensar que esa lectura plástica de los filmes, que rebosa fantasía, encanto y poesía, es más adecuada para ilustrar libros y revistas que para diseñar carteles. Pero para desmentirlo, ahí están esas 2.200 piezas, por no hablar de los numerosos premios nacionales e internacionales con los que fue galardonado (en dos ocasiones diseñó el afiche de la Quincena de Realizadores, una de las secciones paralelas del Festival Internacional de Cine de Cannes). Se hallan, en primer lugar, los afiches que mejor acogen la estética de Muñoz Bachs, por pertenecer a géneros como la comedia, el cine para niños o el de aventuras. Los ejemplos son muchos, pero para mencionar algunos de los más logrados, cabe recordar los de Los ratones y el patibulero, Vampiros en La Habana, Humo de Londres, Hola hermanito, Maravilla con trenzas largas, Seisosos y el payaso, La vil seducción, Aventuras de Juan Quinquín, La balada del desierto, Los pájaros tirándole a la escopeta, La supercamiseta de Sammy, Contrólese, doctor, No hay sábado sin sol, Un rapto a la caucasiana, El gran robo deltren de San Trinián, Fantomas contra Scotland Yard, Hibernatus y Los tres mosqueteros (éste era uno de los preferidos de su creador, junto con los de Cría cuervos y Por primera vez).
A pesar de que él mismo declaró que fue un poco más complejo, aunque no particularmente difícil, Muñoz Bachs diseñó con similar profesionalismo afiches para películas históricas, románticas y de temáticas sociales. Aparte del ya mencionado largometraje de Carlos Saura, a él se deben los carteles de La difunta, Nikolai Bauman, Cuba baila, Tarahumara, El cura y la muchacha, Manuela, El escudo y la espada, Viento negro, Un comisario solo, Ella y él, El fin del barón Ungern, No hay regreso para Johny, Los hermanastros, Vertical, Niños deudores, Monólogo, Amada, Otra vez salto sobre los charcos, Nido de hidalgos. En esos casos, su trazo se despoja de parte de su ingenuidad, se hace un poco más sintético y sobrio, o bien incorpora elementos simbólicos que obligan al receptor a colaborar en la lectura. Incluso y a pesar de que lo suyo era el cromatismo expresivo, probó que también podía trabajar con dos o tres colores, como hizo en Bala sin nombre, La vida provisoria, La vieja dama indigna y Trópico.
Mas aunque la exposición que se puede ver en el MUVIM sólo cubre esa actividad, Muñoz Bachs desarrolló además una importante labor como ilustrador de libros para niños. En una entrevista que le realizó su hijo Fabián, contestó así a la pregunta de qué le reportó ese oficio: "Una posibilidad de extender toda mi fuerza imaginativa, todas mis habilidades plásticas. Mi creación como afichista parte de una esencia de ideas que requiere de una imagen sintética a la cual se arriba mediante depuraciones. Por esto, ilustrar un cuaderno para niños representa una liberación artística que me exige un desbordamiento de ideas; me invita a equipararme con la fantasía del muchacho".
Sobre esto volvió en otra entrevista, la que le hizo Sergio Andricaín y que se publicó en la revista En julio como en enero. Allí expresa que valora esa actividad como una forma de expresión artística personal, a tal punto que es el trabajo que más disfruta. Respecto a su concepción de las ilustraciones, apunta: "La ilustración es primordial en el libro infantil. Debe tener, al menos, la misma importancia que el texto, aunque hay libros en los que la imagen gráfica es lo fundamental, sobre todo los dirigidos a los niños más pequeños. La ilustración es el primer elemento de agarre que ofrece un libro al muchacho: constituye una invitación a la lectura".
Dijo en algunas ocasiones que nunca quedó plenamente satisfecho con las ediciones. En esa misma entrevista, al preguntarle de Andricaín sobre las dificultades que confrontaba como ilustrador respondió: "Te piden que ilustres un libro con la mayor brevedad posible y después demoras años en verlo impreso. Como si eso fuera poco, quedan muy mal, porque se usan materiales que no reúnen la calidad necesaria. A veces te proponen libros sin tomar en consideración si van con tu estilo o no. El trabajo de ilustrador no se respeta lo suficiente; muchas veces los diseñadores utilizan los dibujos como se les ocurre. Pero, además, los originales casi siempre se pierden, y si acaso logras recuperarlos, están en muy mal estado".
Esas dificultades, sin embargo, no le impidieron ilustrar una veintena de títulos que figuran entre los más hermosos publicados en la Isla. Los autores reconocieron y agradecieron lo mucho que sus textos ganaban con el aporte gráfico de Muñoz Bachs. Para comprenderlo, basta hojear Monigote en la arena, Caminito del monte, El monte en el sombrero, Cuentos de animales, Los Payasos, El circo en la ciudad, Juan Ligero. De dos de los libros ilustrados por Muñoz Bachs es autor Antonio Orlando Rodríguez, quien gentilmente redactó este breve texto: "Tuve la inmensa suerte de que Abuelita Milagro, mi primer libro para niños, lo ilustrara Muñoz Bachs, y de que, unos años después, ilustrara también Cuentos de cuando La Habana era chiquita. Muñoz Bachs tenía el don de recrear lo esencial de cada obra y de aportarle una imaginería y un sentido del humor únicos".
Probablemente, cuando escogió el que iba a ser su oficio Eduardo Muñoz Bachs no se detuvo a pensar en lo efímera que es la memoria de los artistas que plasman su trabajo sobre el papel. Lo más seguro es que ni entonces ni después le diera ninguna importancia a la celebridad y a la perdurabilidad de su trabajo. De hecho, no fue obstáculo para que diseñara carteles de cine e ilustrara libros para niños con la misma dedicación con que un pintor hubiese creado sus cuadros (a propósito, Muñoz Bachs también pintaba, aunque es una faceta suya que nunca se ha divulgado). Y es que, como apuntó el narrador y crítico Rogelio Riverón, también hay una callada manera de ser grande.
© cubaencuentro
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