Opinión
A Castro se le prende el foco
El nuevo enemigo del eje Caracas-La Habana ya tiene nombre: etanol.
En dos sesudos artículos publicados la última semana, y tras largas reflexiones en la tumba de donde pretende emerger cual Frankestein caribeño, Castro lanza otra de sus predicciones catastrofistas. Según él, "más de 3 mil millones de personas en el mundo" estarían condenadas a una muerte prematura debido a la "idea siniestra de convertir los alimentos en combustible".
Incapaz de concebir nada que no sea apocalíptico, el dictador cubano falta a la verdad, y a sabiendas. Su gran argumento, digno de Perogrullo, es que producir "¡35 000 millones de galones [de etanol] significan un 35 seguido de nueve ceros!"
Al burro se le salen las orejas. Arremeter contra el uso de los biocombustibles es, en este caso, tratar de mantener la situación actual, donde su entenado Hugo Chávez dilapida a manos llenas el petróleo de Venezuela, sosteniendo de paso la precaria economía de Cuba. A Castro no le importa la alimentación de los pobres del mundo; y le valen gorro, como se dice aquí, las graves consecuencias del calentamiento global, para cuya solución no ha ofrecido jamás ni una sola propuesta viable.
De su arbitraria cuenta de los 3 mil millones de condenados a morir por hambre, debía empezar por preocuparse por la alimentación de los cubanos, que sobreviven apenas con una libreta de racionamiento. Lo peor: ni siquiera ha mencionado la terrible espada de Damocles que se cierne sobre la isla y otros territorios caribeños cuando, dentro de un plazo no demasiado largo, debido al calentamiento del planeta, puedan ascender las aguas del mar, arrasando con playas y ciudades costeras.
No lo dice así, pero Castro defiende implícitamente el derroche de petróleo, cuyo precio actual de unos sesenta dólares por barril beneficia, entre otros, a los jeques del Medio Oriente. Es decir, a los ricos más ricos entre todos los ricos.
Bajo el argumento de la muerte por hambre y sed de buena parte de la población mundial, se esconde otra campaña política que, en este caso, no sólo se dirige contra los Estados Unidos, sino también contra Brasil y cualquier país que busque un camino diferente para su desarrollo energético.
De un solo plumazo, Castro cancela cualquier posibilidad de que Cuba pueda aprovechar sus excelentes condiciones naturales, bien estudiadas desde la época del sabio Álvaro Reynoso: "…en Cuba el empleo de la tecnología para la producción directa de alcohol a partir del jugo de caña no constituye más que un sueño o un desvarío de los que se ilusionan con esa idea". Es decir, la nación seguirá dependiendo de Hugo Chávez o del petróleo que eventualmente aparezca y se explote con eficiencia.
La genial idea del anciano dictador es que todos los países del mundo, ricos y pobres, cambien "los bombillos incandescentes por bombillos fluorescentes, algo que Cuba ha llevado a cabo en todos los hogares del país". Seguramente calla —o se hace el loco— el hecho de que el famoso cambio forzoso de los bombillos ha dejado muchos hogares a oscuras, a la espera de poder reponer el foco que de pronto se les fundió.
Pero también oculta, o ignora, que un país como Australia ha decidido ya tomar esa medida, cuya realización paulatina concluirá en 2010. Aún así, y según cálculos de algunos científicos, las emisiones anuales de C02 que emitirá entonces Australia sólo se reducirán entre el 0.13% y el 0.66%. Lo que Castro tampoco dice es que California, Connecticut, Carolina del Norte y Rhode Island, entre otros Estados de la Unión Americana, ya han puesto en marcha medidas legislativas para prohibir el uso del bombillo incandescente, ese centenario invento de Thomas Alva Edison. Ni siquiera en este punto es original el reflexivo dictador.
Pero el foco que se le prendió tiene otros problemas. Es prácticamente imposible sustituir de golpe, como propone Castro, todos esos bombillos. En Estados Unidos, por ejemplo, se calcula que hay más de 4,000 millones y no se sabe cuántos existen alrededor del mundo. Tal vez Castro esté sugiriendo un apagón global, lo que ciertamente satisfaría su peculiar visión de la realidad universal.
Suponiendo, sin embargo, que su nada novedosa iniciativa se ponga en práctica, la sociedad tendría que resolver el hecho de que la iluminación producida por las lámparas fluorescentes es menos natural, digamos fría, y en consecuencia algo más alejada de la costumbre del ser humano, que todavía prefiere leer a la luz de su tradicional lamparita de noche. A ese relativamente ligero inconveniente debe agregarse el impacto ambiental de los bombillos fluorescentes en el estado actual de la tecnología: contienen trazas de metales pesados muy contaminantes si no se desechan adecuadamente. Tienen mercurio, algo muy nocivo para la salud.
En otra vuelta de tuerca, que evidencia la desinformación castrista, no hace mucho la división de iluminación de la General Electric y la Global Research Center de la propia GE anunciaron la introducción de una nueva bombilla incandescente, que podría sustituir a las tradicionales y sería el doble de eficiente que las ahora en uso, previéndose que, a la larga, se equipararía a las fluorescentes. La ventaja de este nuevo foco es que podría reducir notablemente las emisiones de gases de efecto invernadero, al tiempo que brindaría una cómoda calidad de luz.
La introducción de la bombilla incandescente de alta eficiencia contribuiría igualmente a lograr los objetivos del Plan de Acción de Eficiencia Energética de la Unión Europea, cuyo propósito es reducir el consumo de energía en esa región un 20% antes del año 2020. Dicho de otro modo: la propuesta de Castro sería un paso atrás con respecto a una de las tendencias de la ciencia y la tecnología en materia de iluminación. Algo así como regresar a la vela y al farol chino.
Los biocombustibles, por supuesto el etanol, no van a ser la solución mágica del planeta. Es necesario desarrollar y combinar diversas y nuevas tecnologías, como el aprovechamiento de la energía eólica —para sólo mencionar una—, introduciendo asimismo diferentes hábitos de consumo. Nuestra civilización se encuentra todavía en una fase primitiva, derrochando los recursos naturales, no renovables como el petróleo, y el hombre tendrá que apelar a todas las fuentes actuales y futuras para producir alimentos, combustibles y, en general, mantener un ecosistema que garantice la sustentabilidad del planeta y el bienestar de la raza humana.
A diferencia del compromiso asumido por el ex vicepresidente Al Gore frente al dilema del calentamiento global y el cambio climático, las reflexiones de Castro terminan hablando, como si fuera un descubrimiento propio, de los hielos que se derriten en Groenlandia y en la Antártica, los daños en la capa de ozono y el mercurio encontrado en muchos peces Debemos esperar, pues, que en una próxima entrega, tras mucha elucubración, el dictador proponga suspender mundialmente la venta de agua embotellada, el consumo de atún o quién sabe qué.
© cubaencuentro
En esta sección
Todo lo que logra cierto éxito en Cuba fracasa, y eso le pasó a «Alma Mater»
, Miami | 29/04/2022
La familia, esa institución social cuyo fin es la reproducción humana
, Santa Clara | 28/03/2022