Baños, Harambé, Transgénero

La fábula del gorila y el tercer baño

Un solo baño luminoso, enorme y políticamente correcto, lleno de consignas sobre la igualdad, como un boulevard dedicado no a la diversidad, sino a la eliminación de ella

El cambio de sexo, aunque
alteró su futuro, no hizo nada
para alterar su identidad. (The
change of sex, though it altered
their future, did nothing
whatever to alter their identity)
Orlando, Virginia Woolf.

Lo impresionante es la determinación del niño. Cómo decide y logra al filo de sus cuatro años salvar la barrera protectora ––trepando o reptando, (porque no se ha dicho claramente como fue; ni muestran una foto de la cerca)–– para después caminar durante unos metros por la jungla africana en Cincinnati y caerse o lanzarse ––qué podríamos dudar de un niño tan osado–– hacia el vacío, para acuatizar unos quince pies más abajo, incólume y enfrente a Harambé. Y entonces contemplar al gorila cara a cara–– casi respirando su aliento–– como Mowgli[1] cuando aprendía con Balú.

Pero ese instante hermoso donde la ingenuidad humana y el candor bestial se juntan para darnos un espectáculo en que la naturaleza muestre tal vez su verdadero tono ––el de la armonía intrínseca cuando falta la amenaza–– huye rápidamente ante la presunción de la maldad. Quién puede asegurar que Harambé no sea Sherekan y destroce al niño. La razón se impone una vez más asesinando a la poesía, a ese instante en que convivían casi hermosamente la fragilidad y lo bestial.

Y dónde estaban los padres. Distraídos evidentemente. El equipo que mató a Harambé llegó rápido, pero nosotros las hienas de la prensa enseguida empezamos a ladrar. Para describirnos, Reinaldo Arenas habría emitido aquel sonido onomatopéyico parecido al de los guanajos como era su costumbre cuando aludía a las mofetas. La prensa inquiere y no ceja en su militante actitud de formar el revolú para encontrar y linchar a un culpable. El primer objetivo, el zoológico: “¿Por qué mataron al bueno del gorila? La respuesta es evidente pero la prensa no se sacia. ¿Y son seguras las cercas? ¿Y podemos procesar a los padres? Porque siempre hay que ajusticiar a alguien en el cotidiano holocausto de la media. ¡Hay que culpar a alguien, por favor encontremos un culpable! No existen ya los simples tristes sucesos y el lamento de la sobriedad.

Es como la culpabilidad actual del inodoro. Siempre que los fabricaron ––desde hace muchos años hasta hoy–– en diferentes formas y colores, ellos salieron disciplinadamente de la factoría metidos en sus cajas de cartón para cumplir durante toda su vida la invariable, sagrada y aséptica misión en cualquier campo de batalla. Tanto en la Quinta avenida de Nueva York como en cualquier gasolinera de Milwaukee. Sus formas, siempre receptivas y complacientes para con cualquier tipo de glúteos, ya fueran masculinos, femeninos o una mezcla de los dos. Porcelana lisa, militante y siempre lista, porque en esos urgentes instantes poco importaba la sexualidad.

Pero ahora tiene lugar la guerra de los baños en esta gran nación. En realidad no son baños, son letrinas, porque casi nadie va a bañarse en la mayor parte de los recintos en conflicto, aunque como podríamos también llegar hasta ese extremo, hay que proclamar sin dilación que la ducha, tanto como el inodoro, es unisex.

Por lo tanto (y sacando al lavamanos, tan sexualmente neutral como el solfeo), el único artefacto en real conflicto sería el urinario masculino. Donde el hombre fácilmente puede y la mujer también ––no discriminemos–– pero con muchísima mayor dificultad.

Así que a ese artilugio pegado en las paredes es al único que deberíamos culpar por la segregación. Cuando uno entra equivocado a un retrete colectivo es él quien generalmente nos alerta, nos llama la atención.

Por lo tanto, para solucionar la guerra de los excusados yo propongo: 1) que sean prohibidos los urinarios masculinos bajo pena de mutilación. 2) Que todo el mundo se siente para hacer pipí por aquello del goteo. 3) Que se unan los dos aseos para hacer uno solo, amplio e inclusivo, con tal disposición de accesos que nadie pueda rascabuchar a nadie. 4) que si uno tiene todavía temor a que alguien lo contemple, que espere a llegar a casa, y 5) otorgar un carnet de identidad desde el mero instante en que un varón decida ser hembra o viceversa, hasta la total implementación de las medidas anteriores.

Un solo baño luminoso, enorme y políticamente correcto, lleno de consignas sobre la igualdad, como un boulevard dedicado no a la diversidad, sino a la eliminación de ella; donde se supriman, para siempre, los anacrónicos restos del pudor.

Un baño en fin para hacer uno lo de siempre, pero a la moda.


© cubaencuentro

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