Opinión
Rauda cetrería de falacias
A raíz del escrito 'El intelectual y el poder en Cuba', publicado recientemente por el poeta Omar Pérez.
Cuando pensamos que después de las intervenciones de Cintio Vitier y de Pablo Armando Fernández lo habíamos visto todo en lo que a colaboracionismo con la dictadura respecta, el poeta Omar Pérez viene a entregarnos, en el último número de la revista Mandorla, una nueva pieza de antología. “El intelectual y el poder en Cuba” resulta un escrito revelador justo en la medida en que, evitando plantear directamente el asunto en cuestión, oculta a golpe de falacia una política estatal basada por décadas en la represión y la cooptación de la intelligentsia.
Ya Omar Pérez nos ha acostumbrado en sus idiosincráticos ensayos a unos mejunjes intragables donde Martí puede confluir con Buda, Lezama con Luz y Caballero y Vitier con Deshimaru. Ahora la reivindicación de ese punto de confluencia, que no es otro que la iluminación poética, vuelve a reflejar una extraña simbiosis de cursilería New Age y complacencia hacia el castrismo. Cifra de una búsqueda espiritual trascendente de todos los sistemas, locus más allá de la dicotomía de la acción y la contemplación, cosmovisión opuesta a la crítica intelectual y a la política superficial, la poesía es aquí, más que nunca, una Gran Puta, una cortesana que, con más o menos refinamiento, termina cumpliendo su servicio.
Primera falacia. Omar Pérez relata un suceso ocurrido en Nueva York: al ver la identificación de escritor en su pasaporte, un agente del aeropuerto le pregunta qué escribe, y, una vez respondido, pregunta que qué tipo de poesía. “El diálogo de poesía y poder es siempre el mismo, independientemente de latitud y circunstancia. En segundo lugar, la situación de un poeta ante el poder en Cuba no es indiferente a su situación ante el poder de Estados Unidos de Norteamérica.”, deduce Pérez, olvidando al parecer que mucho mayores reservas que las de ese país han tenido las autoridades cubanas, que por décadas han reprimido y censurado a los poetas. Mientras Ferlinguetti y Ginsberg viajaron libremente a Cuba y en su momento celebraron la Revolución como una salida del odiado mundo burgués, en la Isla durante años acercarse a la cultura norteamericana, incluyendo, desde luego, la poesía de los beatneaks, fue considerado “diversionista”.
Segunda falacia. Cuando Omar Pérez afirma, más adelante, conocer “de primera mano la censura y otros recursos extremos de la terapia política”, suelta acto seguido que “No pueden disuadir al poeta que ha entregado su energía a superar un orden superior de la conciencia.” Contra semejante creencia, es preciso afirmar que la “terapia política” sí puede disuadir al poeta, acabar con él, asfixiarlo. Por cada héroe que produce, por cada mártir de la libertad o de la imaginación, ¿cuántos rapsodas abyectos, cuántas vocaciones tronchadas de raíz? No sólo el poeta, nadie es libre en un régimen totalitario; como ya advirtió oportunamente Orwell, la libertad interior que conserva quien vive bajo el comunismo no es sino una ilusión romántica.
Tercera falacia. “Siempre que regreso a Cuba, vuelvo intensamente a la condición política fundamental: la vida diaria. Percibo el imperativo de ordenar el discurso político y poético, no a partir de la crítica del poder constituido sino de la observación del modo de vida de las gentes, a comenzar por el mío. Entiendo que es esta observación lo que enaltece al humano en tanto ser y lo prepara para modificar la realidad.” Pero no se precisa de demasiadas luces para comprender que lo fundamentalmente político no se da en esa dimensión cotidiana que dice Pérez; la política se constituyó en las ciudades-estado helénicas hace 2500 años como una actividad esencialmente diferente de la oikonomia, la producción de los bienes que aseguran la subsistencia; el espacio de la política no es ni el hogar ni la calle ni el mercado, sino el ágora: la plaza pública.
Cambiar la critica por la observación, en lo que vendría a ser un paso de la tradición filosófica occidental, aquella donde se constituye propiamente el espacio de la política, a la oriental, justamente aquella donde la polis no es posible, no conduce, pues, a nada más que complacencia con los regímenes que, como el cubano, reprimen las libertades fundamentales. Forzando una etimología, Pérez afirma que “la crítica no es nada sin la crisis”, y de ahí pasa a sostener que la crisis del sistema de Occidente es lo que hace posible la poesía. El resultado de tan grosera cadena de razonamientos es, pues, equivalente a un barato número de prestidigitación: saca de escena a la crítica y pone en su lugar a la poesía como un mago sustituye un conejo negro por uno blanco.
Cuarta falacia. Omar Pérez menciona a “aquellos que desde los think tanks del Occidente cristiano y materialista han determinado que Cuba, entre otras naciones no hegemónicas, sea un país pobre”, implicando así que esa “ciudad devastada” por la que camina, la de Buena Vista Social Club, se encuentra en semejante estado de deterioro por causas fundamentalmente ajenas a la ineficiencia y la desidia del régimen comunista. La escena del “latin socialism” —ese grupo de obreros donde sólo trabaja uno mientras los demás no hacen nada, en el que Pérez ve los legados de Marx y Lafargue juntos— parece igualmente sacada de Rebelión. De hecho, uno de los apologistas españoles del castrismo, Carlos Fernández Liria, ha afirmado allí que “Cuba ha demostrado al mundo que el socialismo puede llegar a ser lo que Paul Lafargue llamó el derecho a la pereza de la humanidad.”
El procedimiento, en ambos casos, es claramente ideológico: se aísla la escena de su contexto, y ese recorte conduce a una interpretación equivocada, pues no es a costa de la barriga vacía o medio vacía, de estrecheces y prohibiciones de todo tipo que Lafargue afirmaba el derecho a la pereza. Pérez reproduce la mirada exotista de los intelectuales que cansados del vértigo del capitalismo actual, ven en Cuba un conjunto de estampitas pintorescas que alcanzan a manifestar la vida auténtica que la sociedad de consumo ha puesto en peligro de extinción. Escamotean así el hecho de que en la Isla la vida ha sido en buena medida reducida a una continua y agónica sobrevivencia, donde las extravagancias del poscomunismo —sobre todo la fundamental dicotomía de la moneda extranjera fuerte y la nacional débil— producen la paradoja de que se trabaje poco y a la vez se “luche” tanto que apenas quede tiempo para pensar en gestos civiles. ¿cuál de esos obreros ociosos ha estado alguna vez en un aeropuerto fuera del país? ¿En ese estado de los trabajadores, alguno de ellos tiene un pasaporte?
Quinta falacia: “en la sociedad más austera que a los cubanos nos ha tocado vivir, la propaganda intenta activar otras regiones de la conciencia. Verbigracia: no se puede derrotar a las ideas, las ideas son inmortales, etc. Platon dixit, Marx dixit.” Lo cierto es, en cambio, que hay en Cuba una austeridad impuesta por el régimen, muy diferente a la vocacional austeridad del beato o del monje. De hecho, la sociedad cubana no está definida por el valor de la austeridad, sino por la falta, la escasez, el racionamiento, en cuyo marco se da a menudo la ostentación y el despilfarro. Y no es por el hecho fatal de que haya poco que consumir que la propaganda se mueve en otra dirección, sino porque es instrumento de una ideología a la que subyace la falsa asunción de que la llamada “canasta básica”, aunque austera, asegura las necesidades básicas de la gente, de manera que esas preocupaciones materiales son desterradas de la esfera pública donde reinan, en cambio, las poderosas “ideas”.
Pero lo de la fuerza de éstas no lo dijo desde luego Platón, sino Martí, y en otro contexto muy distinto. Como sabe cualquier estudiante de filosofía, para Platón las ideas eran algo que nada tiene que ver con lo que referimos cuando hablamos modernamente de ideas; las ideas platónicas no son contenidos mentales, no se tienen, existen independientemente de nuestra conciencia. Y claro, Marx jamás creyó en la fuerza de las ideas o de los ideales; por el contrario toda su obra, como la de Brecht, está dirigida contra esa creencia.
El paralelo de Pérez entre la propaganda bajo el capitalismo y bajo el socialismo viene a ser una nueva falacia, la sexta, si no es que ya empezamos a perder la cuenta. La publicidad consumista te bombardea pero puedes cambiar de canal, o apagar la tele; puedes, al fin y al cabo, no comprar el producto recomendado. La propaganda castrista está dirigida, en cambio, a la “movilización total”. Hay una diferencia no ya de grado sino de esencia entre los anuncios comerciales y los que pasa la televisión cubana presentando a los disidentes como abyectos gusanos al servicio del jefe de la Sección de Intereses. Aquella es ciertamente voraz; puede, incluso, reciclar a la revolución, y hasta los lemas nazis —ahora mismo pasan un anuncio de coche que nos insta a librarnos del metro para tener nuestro propio “espacio vital”—, pero la de la Cuba de Castro tiene un contenido fascista: presentar al adversario como gusano, reducir el espacio de la sociedad legítima hasta echar fuera de ella a todo opositor.
Pero estas diferencias parecen escapársele a este poeta filosófico que no sólo no ha hecho los más elementales deberes en filosofía, sino que, demasiado orgulloso de que la República de Cuba reconozca su condición de escritor, olvida que lo que ésta no reconoce y debe reconocer son los derechos ciudadanos de todos.
© cubaencuentro
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