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Actualizado: 20/05/2022 11:41

Cuba, Cultura, Revolución

La crisis de la «baja» cultura en Cuba

La liberalidad de las redes sociales impuso al mundo democrático un reto: lidiar con nuevos líderes de opinión

I

Durante una actividad de la Iglesia católica una monja me hizo un comentario que cambió, radicalmente, mi perspectiva de las causas de la llamada revolución cubana. La religiosa había estudiado en los mejores colegios de la Isla; y tras pasar por las también muy prestigiosas universidades de Europa, se le tenía como lo que era, una intelectual con ropa de ordenada. No puedo recordar por qué caímos en el tema de la génesis revolucionaria. Sus palabras fueron más o menos que la revolución se debió, más que todo, a una pujante clase media emergente en la Cuba de entonces; un proceso deseado por estudiantes, profesionales y pequeños y medianos propietarios quienes pretendían ampliar las libertades y extender el desarrollo económico alcanzado hasta entonces.

No dijo que no hubiera miseria, desempleo, corrupción. Desde su punto de vista, la revolución cubana no era hija de la pobreza y del atraso tecnológico, sino de élites y “clases vivas” que culturalmente estaban preparadas para dar el salto a otro nivel de desarrollo social y económico. Ahí habría que incluir, dijo, a la numerosa intelectualidad cristiana que tanto había aportado al desarrollo cultural de la república con cientos de colegios, universidades, y publicaciones.

Casualmente por aquellos días la Editorial Letras Cubanas publicó algunos ensayos de Jorge Mañach, entre ellos La crisis de la alta cultura en Cuba[i]. Con prólogo de Jorge Luis Arcos —vale la pena leerlo— fue conocida por las nuevas generaciones la obra de este gran intelectual sagüero. Mañach, figura imprescindible en la cultura insular, había sido silenciado por décadas debido, como es habitual, a sus ideas políticas y fuga exiliar.

Lo curioso es que muchas de las ideas de Mañach sobre la cultura cubana tendrían hoy asombrosa actualidad, un siglo después de impartida la conferencia en la venerable Sociedad Económica de Amigos del País[ii]. Para el ensayista y profesor la cultura insular se hallaba en un momento crítico. Crisis como idea de cambio. La “alta” cultura cubana estaba indecisa, apocada, en la encrucijada de no saber si los imprescindibles cambios sociales y económicos que la Isla necesitaba serían adversos o favorables.

Para Mañach las certezas de la crisis estaban en la ausencia casi total de producción intelectual desinteresada, entendiendo por esta la que se realiza al margen del hacer profesional y el ascenso político; el oportunismo partidista; la desaparición del artículo culto; una prensa plagada de arribistas, con la simulación y el choteo como características propias del “ser cubano”.

II

Los estudiosos se han preguntado si hubo o aún existe una cultura revolucionaria. El adjetivo, a propósito, pretende separar la producción intelectual posterior a 1959, ligada al proceso de cambios profundos en la sociedad cubana de la otra, aquella que fraguó en la era republicana. Jorge Mañach en el citado ensayo escribía que la cultura nacional es un agregado de aportes intelectuales numerosos, orientados hacia un mismo ideal y respaldado por un estado de ánimo popular que los reconoce, aprecia y estimula. Y agrega: Consta, por lo mismo, de tres elementos: los esfuerzos diversos, la conciencia y orientación comunes, la opinión social.[iii]

De ese modo podría afirmarse que, como todo proceso de cambios profundos, la revolución cubana creo su propia estética sobre una base de valores éticos cuya narrativa tenía una épica muy singular[iv]. En esos primeros meses del triunfo, y quizás en el primer lustro, existía un mismo ideal respaldado por un estado de ánimo popular. La creación hecha en la Isla en esa época posiblemente nunca más volvió a ser la misma en cantidad y calidad, algo que se extendió hasta mediados de los 70, a pesar del frenazo ideológico que fueron las Palabras a los intelectuales y el affaire Padilla a finales de los 60 con el consecuente y tristemente célebre “Decenio” Gris.

En la medida que el proceso se fue radicalizando, también la cultura, como expresión supra estructural, se fue tornando exclusivista. Una elite cultural fue tornándose parte del poder. Con todos los medios de comunicación en sus manos, el Estado totalitario decidía quien publicaba y quien no, si la obra era o no revolucionaria, cual filme o documental obedecía al canon marxista-castrista. A pesar de que nunca el realismo socialista dominó la escena cultural cubana no se puede decir que no lo haya intentado. Tal vez nunca lo lograron porque el choteo y la simulación fueron suficientes antídotos según nos descubriera Jorge Mañach.

Lo que estuvo claro siempre para los ideólogos castristas más ilustrados era que la cultura debía ser un elemento esencial en dotar a la revolución de una mística salvadora; fuegos artificiosos que ocultaran la sangre de una guerra civil —Escambray—, la división familiar, el exilio masivo, las carencias materiales y espirituales que el proceso, por su inoperancia genética, iba produciendo. De cierta manera se confundían los papeles: ya no se sabía dónde terminaba el intelectual y comenzaba el policía cultural. Habíase alcanzado “alta” cultura en Cuba: la del poder absoluto. Como en un invernadero, el intelectual orgánico tuvo todo tipo de apoyo mefistofélico: sin las penurias para pagar sus propias ediciones, ni costear sus viajes, ni cazar concursos por su cuenta para ser conocido.

En tanto, la pregunta podría ser: y la cultura que se fue de la Isla, ¿esa no es cubana? ¿Solo es cultura cubana la que se genera en el archipiélago con la anuencia de los comisarios culturales? La cultura disidente dentro de Cuba, ¿es cultura?

III

La liberalidad de las redes sociales impuso al mundo democrático un reto: lidiar con nuevos líderes de opinión. Al dictatorial-totalitario asignó un desafío mayor: medirse en un terreno, el de las ideas y las alternativas, para lo cual nunca estará preparado. El discurso variopinto de los grandes medios de comunicación, galerías, museos, editoriales, compañías de radio, televisión y cine tuvo que adaptarse a la realidad de un espacio virtual donde desconocidos tenían voz. El ajuste de los poderosos capitalistas fue sumarse, incluso comprar ese nuevo hacer.

De la misma manera, porque Cuba no está en otra galaxia, aparece a finales del siglo XX un hacer distinto en la cultura, y sobre todo, peligrosamente incontrolable. Ya los escritores, músicos, pintores y cineastas no necesitan del Papa Estadopara realizar e incluso comercializar sus obras, —algunas fuertemente contestarias— en la literatura y el cine. El dilema para el mundo autoritario, incapaz de sostener diálogos con la Otredad pues desarmaría su rígida estructura ideológica, es no tener opción: más de lo mismo, atrincheramiento en el pasado. Como la llamada estética revolucionaria está ligada o es parte indisoluble de la ideología castrista-comunista, permitir espacios de disenso en las expresiones creativas —salvo en muy contadas excepciones— es poner en duda toda la épica trascendental, milenarista.

Ese nuevo hacer del arte en Cuba, no muy alejado de cómo se mueve el mundo democrático, hizo que surgiera lo que los ideólogos y comisarios culturales cubanos comenzaron a catalogar de baja cultura. Contra ella publicaron artículos y entrevistas. Fracasada la estrategia de la humillación y el ninguneo, el siguiente paso fue recordarle en persona a los blogueros, pintores, cineastas, revistas online e incluso instituciones religiosas que los medios de comunicación eran de los revolucionarios.

La baja cultura no se detuvo. No quiso entender. Hasta que llegó lo que tenía que llegar: las Palabras a no intelectuales: el Decreto 349. A partir de ese momento, el régimen judicializó, siempre fue así, pero nadie parecía, —no se trata de la revista lezamiana— quien sí y quien no era un creador. Aquellos polvos formaron el lodazal posterior. Cuando una idea no se combate con ideas sucede algo como el Movimiento San Isidro, y la protesta frente al Ministerio de Cultura.

El 11J podría verse en esa cadena de hechos que, si bien tiene una fuerte base económica en el agobio y la frustración por sesenta años de fracasos, se le sumó la rebeldía cultural de las generaciones más jóvenes, deseosas, como siempre, de ser protagonistas del cambio. La canción “Patria y Vida” la coreaban miles de compatriotas. Salía espontánea. Como un himno. Como en una época fue cantado el bodrio “La Marcha del Pueblo Combatiente”. Se había roto el mito de la unidad y el amanzanamiento del pueblo cubano.

Por primera vez uniformados cubanos maltrataban, abusaban de gente humilde como ellos, indefensos. Eso nunca se había visto en directo. Durante el Maleconazo los policías y sus adláteres tuvieron la decencia de ponerse camisetas de la Brigada Blas Roca para repartir golpes. Intelectuales de los llamados orgánicos —y por supuesto, los inorgánicos también— dijeron basta y no quisieron volver a andar. Se había creado lo que los ideólogos comunistas llamarían una situación revolucionaria; factores objetivos y subjetivos suficientes para hacer caer un gobierno. Era imprescindible hacer control de daños. Sobre todo, en el primero y más vital de los sectores, el de la cultura.

La aparición de Archipiélago y su líder Yunior García —el actor y su obra— pudo ser la respuesta pensada —o aprovechada— por los listos operadores de la inteligencia para ponerse una suerte de vacuna contra toda protesta ulterior y el movimiento disidente en Cuba. Los resultados de la obra yuriniana no pueden ser más claros: Luis Manuel Otero y otros disidentes al fin pudieron ser apresados y condenados. La obra tuvo varios actos y escenas al mejor estilo Ionesco: pedir permiso sabiendo que lo iban a negar; insistir en salir, cambiar la fecha de la marcha; anuncio del régimen de movilización militar; recogida de firmas por todo el país para comprometer decenas de personas con la marcha; movilización cederista y por centros de trabajo para bloquear la marcha; caminar con una flor por la despejada Calle 23 —ojo, Yunior probable blanco en movimiento; casa bloqueada por el pueblo sin paloma acéfala en la puerta; actor parado en la ventana con una rosa blanca en el pecho— actor en escena, blanco inmóvil; actor desaparecido, elenco sobrecogido; actor aterriza en Madrid, elenco preso o deportado; fin de la obra… y del actor.

IV

Lo que sucederá en Cuba durante 2022 con una crisis económica insoluble y una bancarrota ideológica y moral como nunca antes, ni los sacerdotes Ifa, quienes hacen la Letra del Año, lo saben con certeza. Un par de refranes asociados al Signo —Baba Eyiogbe— resultan curiosos: ningún gorro puede ser más famoso que una corona y el Elefante es muy fuerte pero no lo suficiente para derrotar el viento. Cada cual que lo interprete a su manera, o como suelen decir, lo que se sabe no se pregunta. La quiebra ideológico-cultural del proceso castrista es tan evidente que bastaría repasar en la prensa oficiosa el espacio dado a la Tarea Reordenamiento… de las Ideas.

Hay todavía algo peor: las carencias culturales de quienes hoy, supuestamente, gobiernan la Isla. Se podría criticar a Raúl Roa por sus desplantes en Naciones Unidas, quien por cierto nunca fue comunista, pero tenía una obra hecha antes de 1959; Carlos Rafael Rodríguez, exministro batistiano en 1940, de quien los adversarios envidiaban talento y fino humor; Osvaldo Dorticós, alias cuchara, abogado cienfueguero exitoso y exdecano del Colegio de Abogados en 1958. Y más acá, en la época de la llamada institucionalización, cuando en cada ministerio o comité estatal dirigían los mejores cerebros que aún permanecían en Cuba[v]. La generación del Continuismo está culturalmente castrada en su origen: formada en las becas, en los Camilitos, en la Lenin, los déficits de saberes, el pensar fuera de la caja —¡cuidaito compay gallo!— explican sus improvisaciones e incapacidad para de entender el complejo mundo en que vivimos.

Todo el movimiento Hip-Hop, los festivales de rock, la música urbana, el llamado cine pobre, el realismo sucio en la literatura y el arte minimalista son expresiones que la nueva era cubana está pariendo y no hay fuerza humana que la pueda abortar. Quiéralo o no, la elite cultural que ha medrado durante decenas de años del poder absoluto, nada nuevo tiene para decir. Por eso “Patria y Vida”, un himno de combate como algunos lo han calificado, rompe con lo simbólico-cultural y es tan peligrosa. La respuesta dada por el régimen a “Patria y Vida” evidencia la desnudez cultural del régimen. Las contra-canciones no solo carecen de valores musicales o estéticos, sino que se le ven las costuras de la urgencia.

¿Qué podemos esperar para 2022 —respetando la Letra del Año— ante la crisis cultural-ideológica del régimen? Pues lo que estamos comenzando a ver: una coreanización de la cultura como nunca se ha visto; quizás una neo-parametración en todos los ambientes creativos donde la fidelidad estará primero que todas las cosas; la infancia, protagonista de cosas de adultos como marchas, mítines de repudio, loas al pasado y al Máximo Líder al peor estilo Colmenita; los adultos sometidos cuentos para niños donde solo hay malos y buenos —sabemos quién es cada uno.

Para los comisarios habrá trabajo de sobra. La alta cultura revolucionaria se irá apagando no porque carezca de valores estéticos, que son innegables, sino porque pertenecen a una época muy concreta, pasada, y sus valores éticos, morales, prácticamente han desaparecido en un mundo donde también la subjetividad y la gratificación inmediata hacen lo suyo. La baja cultura, como la quisieran llamar, se irá imponiendo en la Isla y fuera de ella. Y cuando como en una indigestión el régimen expulse a los creadores, los escupirá sin mediar palabras, llegarán a la Isla sus creaciones como frescos alisios, disfrutables en el Malecón mientras se sueña con caminar sobre las aguas en dirección al Norte resuelto y frutal.

Existe una situación revolucionaria. Cuba puede estar a las puertas de un proceso de cambios, y no porque quienes parecen gobernar lo desean. Las evidencias son, como señalaba Jorge Mañach hace un siglo, la ausencia de producción intelectual verdadera, novedosa, creativa; una elite cultural atada a un poder que cada día es menos representativo de las necesidades del pueblo; la urgencia de “enseñar la historia patria” como si no hubieran estado sesenta años desconociéndola; la impostura evangélica de un Martí-Juan Bautista anunciando la venida del salvador Fidel-cristo a quien, como un santo, acaban de construir un templo con sus reliquias para propagar su palabra de vida eterna.

La crisis que ha provocado la “baja” cultura es insondable. No es un aldabonazo suicida. Y no será el último. Es una pena que quienes pueden, no quieran oírlo. No quieran abrir la puerta. El reloj de la historia no se detiene. París y San Petersburgo fueron lo mismo.


[i] Mañach, Jorge. La crisis de la alta cultura en Cuba, (3-41) en: Ensayos, Selección y prólogo de Jorge Luis Arcos. Editorial Letras Cubanas del Instituto Cubano del Libro, La Habana, Cuba.

[ii] Conferencia impartida en la Sociedad Económica Amigos del País, y publicada en La Habana, 1925 con prólogo de Fernando Ortiz.

[iii] Mañach, Jorge. Ob. cit: pág. 9.

[iv] Como toda revolución, suele acompañarse de una lectura de la historia donde los vencedores se posesionan de “verdades irrefutables”. La revolución cubana escribió la historia de manera que la revolución de 1959 encajara y fuera el final de la lucha anticolonial y fratricida de la república. Refiriéndose a los mambises: “entonces ellos hubieran sido como nosotros, y nosotros como ellos”.

[v] Los ministros y presidentes de las instituciones del Estado fueron escogidos con “pinzas”. A la cabeza de cada ministerio se pusieron individuos que no solo tenían experiencia en sus campos. La mayoría tenia un amplio bagaje cultural, adquirido antes y después de 1959.

© cubaencuentro

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