Opinión
¿Respetar al enemigo?
Fidel Castro, Jorge Domínguez y el concepto de 'honrar, honra'.
Los días 11 y 15 de enero, El Nuevo Herald publicó respuestas a un ensayo publicado por el catedrático cubano Jorge Domínguez. El texto en cuestión se titula El comienzo de un fin y aparece en la edición octubre-diciembre 2006 de Foreign Affairs en español.
En realidad, el ensayo consta de dos artículos en uno: el primero propone la necesidad de honrar al dictador Fidel Castro, y el segundo especula sobre las estrategias políticas y económicas que emplearía el hermano menor del tirano si llega a asumir la "presidencia" del país.
La sustancia del ensayo trata sobre la contradicción fundamental entre cualquier intento, por parte de Raúl Castro, de mantener las estructuras represivas del Estado y, al mismo tiempo, implementar reformas económicas. Estas reformas, según Domínguez, a fin de cuentas obligarían a una apertura política más amplia. Aunque el profesor afirma que "es preciso que en este artículo más renglones se dediquen a honrar a la figura más importante de la historia de Cuba", no explica lo suficiente su concepto de "honrar, honra".
Locura cervantina
Mientras el agudo análisis sobre los posibles designios de Raúl Castro ha pasado inadvertido, sus comentarios sobre la necesidad de honrar a Castro han generado todo tipo de críticas. Las agudas respuestas de Miguel Cossío y Miguel de la Pena se oponen a la mitificación de Castro, cuestionan la modernidad cubana y alegan que el profesor Domínguez ha confundido la nación cubana con el Estado.
Hay muchas verdades en estas críticas, pero cabe notar que Domínguez nunca propuso mitificar o celebrar a Fidel Castro, sino reconocer al viejo zorro que en cuanto más se arrinconaba más astuto se volvía. En ninguna parte de su breve ensayo plantea Domínguez que es partidario del mito. Más bien, lo que hace es reconocer que para los que no han sufrido la tiranía de los últimos cuarenta años en carne propia, Fidel Castro es todo un mito.
Más de una vez hemos tenido que soportar los absurdos elogios del dictador hechos por académicos que viven cómodamente en países democráticos. Aquí, no obstante, vale la pena hacer una distinción entre "elogiar" y "honrar". Cuando Domínguez afirma que Castro es un descendiente lineal de Don Quijote resulta sumamente irónico, puesto que el personaje cervantino está más que loco. Creo, sin embargo, que sería mucho más eficaz ubicar a Castro en la tradición del pícaro, del que emplea el engaño para lograr sus fines.
Por eso, el mismo Alejo Carpentier decía que el pícaro moderno en Hispanoamérica era el dictador. En todo caso, la triste realidad es que a pesar de que la Cuba revolucionaria es una ficción digna de Gabriel García Márquez, muchos siguen alucinando con que La Habana ha establecido un paraíso terrenal. Increíble, insólito e imposible, pero, por equivocados que estén, los mitos no dependen de los hechos históricos sino de la fantasía.
Tal vez, anticipando las críticas, Domínguez es el primero en contestar las siguientes preguntas sobre Fidel Castro: "¿Fue cruel?... ¿Fue dictador? … ¿Atropelló el poder público?... ¿Cometió crímenes en nombre de la revolución, la patria, la soberanía nacional y el socialismo?… ¿Fue un obstáculo para la prosperidad de los cubanos, el ejercicio de los derechos humanos de ese pueblo, y la realización de una democracia plena?". Y a cada una de estas preguntas, Domínguez contesta que sí.
Y pese a que el profesor de Harvard asevera que la historia no absolverá a Fidel Castro, dice que merece respeto. Vale la pena preguntar entonces, ¿qué significa respetar u honrar a un tirano que ha atropellado la cultura política cubana por más de cuatro décadas? ¿A qué se debe pues el reconocimiento del enemigo?
Tradición martiana
La tradición de honrar a los enemigos pertenece a una larga historia de reconocer a los contrincantes. Vemos este mismo tipo de reconocimiento en la historia antigua, cuando Alejandro Magno recibió a la viuda del Rey Darío de Persia. También lo encontramos cuando Aquiles le devolvió el cadáver de Héctor al Rey Príamo en las guerras troyanas.
Algo de esta tradición de honrar al enemigo aparece, por supuesto, en los escritos de José Martí. En su contexto original, Martí empleó la frase "honrar, honra" para denunciar el desconocimiento de la participación de los separatistas cubanos en la conmemoración del primer centenario de la independencia estadounidense. De acuerdo con los informes publicados por un periódico español, no había participado ningún grupo político.
Para Martí, "honrar, honra" implicaba el reconocimiento oficial de "un pueblo altísimo que impone a los valientes amigos o enemigos, respeto, amor y asombro". O sea, Martí quería que su contrincante honrara o reconociera los ideales del separatismo, aun cuando se opusiera a sus fines.
Tal vez, algo de esta tradición martiana aparece en las palabras del profesor Domínguez. Desde este punto de vista, el que queda totalmente fuera de la tradición clásica (y martiana) de honrar al enemigo es el propio Fidel Castro. Cualquier opositor queda representado en los términos más deshumanizados: gusano, escoria, anexionista, terrateniente, etcétera.
Mientras uno podría atribuir la invitación de honrar a Castro tanto a la resignación ante la ignorancia general como a un intento de postular una política moderada, propensa a una transición pacífica, la falta de desarrollo de la idea sugiere que el acto de honrar también tiene un factor subconsciente.
Sin resurrección
En el libro Tótem y Tabú, Sigmund Freud estudia los ritos de sacrificio de las sociedades antiguas. El psicoanalista propone que estas prácticas surgen como recordatorio de la muerte del líder de la horda primitiva y de la época que antecede la ley que proscribe el incesto.
En dicha época, el violento y tiránico jefe de la tribu tenía un poder ilimitado, poseía a todas las mujeres, enviaba a sus hijos al exilio y destruía el orden simbólico-cultural. Hartos del exilio y de la castración, los hijos matan al líder de la horda e instauran el orden simbólico basado en una ley más allá del individuo. El concepto del padre simbólico reemplaza el concepto del líder de la horda primitiva, y el sacrificio de los animales, como práctica religiosa, recuerda la muerte del jefe primario.
Por lo tanto, es posible entender los conceptos de "honrar y respetar al enemigo", en el sentido psicoanalítico, lo cual implica meditar el horror del poder ilimitado del caudillo. Tomado desde este punto de vista, puede que tenga cierto valor en el acto de respetar a una figura tan execrable como un dictador. El peligro en este sentido es no respetarlo, porque —como señala Freud— a pesar de que los hijos odiaban al jefe primitivo, también admiraban y envidiaban su poder.
Algo parecido dijo el dramaturgo René Ariza en una entrevista en el documental Conducta impropia. Refiriéndose a la incapacidad de Castro de reconocer la legitimidad de otros cubanos, dijo que "no es privativo de Castro y que hay muchos Castros y que hay que vigilarse el Castro que cada uno tiene dentro".
"Respetar al enemigo", una vez que yace en la tumba, es la forma de distanciarse de él. Marcar la civilidad e instaurar el orden simbólico, y respetarlo en la hora de su muerte, le resta el poder ilimitado y mítico, y asegura que el caudillo no vuelva a resucitar en otro.
© cubaencuentro
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