Opinión
Un fallido asalto al cielo
Miente para sobrevivir y viola las leyes para alcanzar prosperidad. ¿Es este el hombre nuevo creado por el castrismo?
Cuando el 8 de enero de 1959 el Ejército Rebelde entró en La Habana para hacer efectivo el triunfo de la revolución, los cubanos —la abrumadora mayoría— pensaron que habían tomado el cielo por asalto.
Llena de muchas promesas y de más esperanzas nació la revolución más abrumadoramente apoyada de la historia, que contó en sus inicios con muy pocos enemigos: era tan necesaria la transformación de las bases de convivencia y el adecentamiento de la vida pública, que sólo algunas culpas inconfesables y el apego a los más mezquinos intereses podían guiar la oposición o el enfrentamiento a la revolución naciente.
Cuarenta y siete años hace ahora que entraron los barbudos en La Habana y la esperanza en el alma de los cubanos, tiempo suficiente para hacer un balance lo más objetivo posible de este proceso histórico, de seguro el más amado y denostado de la época contemporánea. Pero estas líneas no pretenden hacer un balance político.
No voy a hablar de la supresión de las libertades individuales y del juego democrático, ni del desprecio por el derecho a la vida, la corporativización de la sociedad, la represión o el interminable presidio político.
No voy a hacer un balance económico, ni referirme a la irremediable liquidación de las tradicionales bases productivas del país, ni a los costosos y siempre fallidos experimentos, ni al centralismo estatista, el retraso y la escasez. No me propongo hacer un balance sociológico, ni voy a describir la separación de las familias, la conversión de un país de inmigrantes en una tierra de emigrantes y exiliados, la subversión o pérdida de valores, el resurgimiento de la prostitución, el tráfico y consumo de drogas, la marginalidad, la baja natalidad o los altos índices de criminalidad y suicidios.
Balance ético-moral
Haré un balance ético-moral de este casi medio siglo de experimento revolucionario, supuestamente destinado a enaltecer al individuo, a formar el "hombre nuevo", capaz de los mayores sacrificios y realizaciones.
Resulta que el propósito declarado del alto liderazgo de utilizar un mecanismo tecnológico, creado para facilitar la agitada vida del hombre moderno, con el fin de vigilar y perseguir hasta al último de los conductores de vehículos de subordinación estatal —por ser presuntos comisores del extendido delito de desvío de recursos—, no puede menos que llevar a un análisis: según el discurso oficial, tantas veces repetido, la Cuba prerrevolucionaria era el escenario de los peores patrones y referentes éticos, morales y sociales, donde primaban las desigualdades y la discriminación y exclusión de los sectores menos favorecidos, cuadro que se agravaba con las reiteradas prácticas venales y corruptas de las clases políticas.
Lo paradójico y llamativo es que de esa especie de infierno social salieron las personas que, después del triunfo de la revolución, enviaron a sus hijos adolescentes a alfabetizar a las montañas o a manejar armas antiaéreas; los cubanos que mostraron el desprendimiento altruista de entregar parte de su patrimonio familiar a las arcas del nuevo proyecto e incluso admitieron ser despojados de sus capitales, en aras de alcanzar nuevos y mejores horizontes para todos.
Fueron personas formadas en aquella "reprobable" sociedad las que estuvieron dispuestas a marchar a todos los rincones del planeta, a cumplir las misiones encomendadas por el gobierno.
Con la consolidación de la revolución, el nuevo poder monopolizó todos los espacios educacionales, informativos y culturales, con el objetivo declarado de formar ciudadanos íntegros, plenos y cabales, capaces y dispuestos a comportarse en cada circunstancia de acuerdo con los valores y referencias que definen, al menos en el discurso, los principios de la "nueva sociedad".
Control absoluto
De cualquier manera es fácil discernir que el objetivo real de tal acaparamiento de espacios y referentes es garantizar el poder y los más extendidos controles sobre el actuar de cada individuo, pero no cabe duda de que tal diseño de control absoluto compromete y responsabiliza al gobierno que lo asuma.
Durante varias décadas, los cubanos han visto la televisión, el cine, el teatro, el circo y los deportes que el gobierno ha decidido, han escuchado la música y la radio que el gobierno ha dispuesto, han leído y aprendido lo que conviene a las autoridades del país, incluso saben de este mundo lo que los mecanismos oficiales de filtro y control les dejan saber. Nada más.
El resultado de tan largo esfuerzo de control, manipulación y adoctrinamiento, es haber convertido a los cubanos en personas simuladoras e hipócritas. Es lamentable, y a la vez comprensible, que muy pocas personas se atrevan a expresar abiertamente sus verdaderos criterios políticos, dispuestos a enfrentar las consecuencias de tal determinación. De hecho, muy poco puede fiarse el gobierno de esa fidelidad casi absoluta que le demuestra la población, cuando incluso muchos privilegiados confiables abandonan el proyecto a la primera oportunidad.
Por otra parte, al privar a los ciudadanos de espacios y derechos económicos, las autoridades condicionan el surgimiento de una tupida y extensa red de economía sumergida, donde los ciudadanos obtienen, en alguna medida, lo que es inalcanzable por vía legal o como resultado del trabajo: se convierten, por fuerza mayor, en recurrentes violadores de leyes y restricciones intolerables… y en permanentes sospechosos.
De cualquier manera, ese es el resultado de tantos años de poder, monopolio absoluto de todos los espacios sociales y de desprecio total por la independencia ajena: la pérdida de valor del trabajo, del talento, sustituidos por la habilidad o la osadía de desafiar los férreos controles que se extienden sobre las personas. Ese es, en resumen, el preocupante legado ético-moral de tantos años de represión y sacrificios: mentir y simular para sobrevivir, y violar las leyes para alcanzar bienestar material o prosperidad. ¿Será este el hombre nuevo de que tanto hablaron en los albores del proyecto?
No es con más represión —ya ha habido bastante— con lo que se desandará ese camino recorrido en la subversión de los valores y la pérdida de voz y esperanzas. Lo que queda por ver, después que termine por fin el tan dilatado, fallido y costoso experimento de ingeniería social, cuando se restauren por fin las estructuras, mecanismos democráticos y derechos, cuando se puedan revelar las potencialidades y talentos, cuando se reencuentren las familias de siempre y se reconcilien los otrora enemigos, es cuánto tiempo más seguirán los cubanos siendo transgresores y sospechosos.
© cubaencuentro
En esta sección
Todo lo que logra cierto éxito en Cuba fracasa, y eso le pasó a «Alma Mater»
, Miami | 29/04/2022
La familia, esa institución social cuyo fin es la reproducción humana
, Santa Clara | 28/03/2022