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Actualizado: 21/11/2014 14:39
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| Opinión

Disidencia, Represión, Exilio

¿A quién habla la oposición cubana?

¿Qué sucedería si actores de la élite deciden escoger a figuras de la oposición como interlocutores?

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Los recientes periplos de varias figuras prominentes de la oposición cubana han sido recogidos prolijamente por la prensa internacional. Y creo que ha sido muy provechoso desde muchos puntos de vista. Por un lado, les permitió entrar en contacto con ese otro segmento de sociedad cubana que no reside en la isla, y desde este contacto, entrenarse en la articulación de un discurso y en el debate público de ideas al que no tienen acceso en Cuba. No menos relevante es que ganaron mayor visibilidad internacional, todo lo cual les ayuda a enfrentar los embates de la represión estatal.

No me propongo aquí hacer un balance de este proceso, que por lo demás aún no ha concluido. A primera vista solo anotaría que cada cual usó sus oportunidades según sus propias potencialidades. Por ejemplo, me sorprendió el aplomo y la coherencia de Yoani Sánchez, quien con esta gira agregó a su pedigrí político calificaciones mayores. Pero en todos los casos se dio un paso hacia adelante en una nueva era de apertura exterior para la oposición, lo que entraña, como todo en la vida, oportunidades y amenazas.

Sin embargo, a pesar del éxito anotado, creo que algunas personalidades han mostrado preferencias por segmentos específicos de la comunidad emigrada que pudieran resultar muy negativas en su relación con el que supuestamente constituye su blanco político: la comunidad insular. De manera que dejan colgando la duda acerca de hacia donde están mirando los opositores cuando tratan de forjar sus bases sociales. Y si calibramos a los opositores como políticos y les suponemos una ambición pública legítima, entonces creo que deberían perfilar mejor sus apreciaciones sobre temas complejos. Y nosotros debemos pedírselo.

Este ha sido el caso, por ejemplo, del bloqueo/embargo. No discuto ahora las bases históricas, jurídicas o políticas de este asunto que es clave en la definición pública de las propuestas sobre Cuba. Cualquier lector de estas páginas sabe que soy absolutamente opuesto al embargo, y por más de una razón. Pero ahora solo apunto a un hecho: no es descabellado presumir que la inmensa mayoría de los cubanos vivos están en contra del embargo. Según las encuestas, entre los cubanos emigrados debe ser algo más de la mitad, y no es difícil adivinar que una proporción altísima de los cubanos residentes en la Isla lo rechazan.

En consecuencia, si un político tiene en su mira a la población de la Isla, creo que estaría obligado a impugnar el bloqueo/embargo. Y si no lo rechaza, debe al menos ser algo más sofisticado que lo que fue la líder de las Damas de Blanco cuando clamó “mano dura” para asfixiar al Gobierno cubano y provocar una revuelta apocalíptica. En cambio, si el blanco del discurso de Berta Soler es el sector duro del exilio y el objetivo es el acceso a aplausos y recursos norteamericanos entonces la “mano dura” resulta una imagen idónea para conseguirlo.

La otra consecuencia es que si yo fuese un habitante de la Isla y hubiese llegado a simpatizar con la cruzada humanista de estas valientes mujeres, y ahora conozco que su líder pide mano dura contra mi vida y la de mi familia, y se le pide a quien aparece ante mi como un demonio (porque a veces así lo ha sido y porque otras así ha sido explicado), entonces tendría muchas razones para sentirme frustrado. Si algo pueden aprender los dirigentes opositores de este medio siglo postrevolucionario es que el sentimiento nacionalista cubano es un capital político crucial.

Ciertamente, los opositores no escogen uno u otro interlocutor motu propio, sino atenazados por las circunstancias que aquí son siempre muy polarizadas. Y en la Isla la posibilidad que tienen para establecer vínculos con la sociedad —sea mediante palabras o acciones— es siempre severamente limitada por la acción represiva estatal. Ello explica estas oblicuidades, pero no creo que las justifica.

Pero, ¿qué sucedería si actores de la élite deciden escoger a figuras de la oposición como interlocutores?

Esto último es lo que nos parece indicar una de las figuras paradigmáticas y más abnegadas de la disidencia: Guillermo Fariñas. Según Fariñas —casual o intencionalmente— él ha entrado en contacto en varias ocasiones con figuras de la élite, provenientes de los círculos militares en que desempeñaba su vida antes de pasar a la oposición. Habla de media docena de altos oficiales que le comentan cosas tan delicadas como una propuesta de inclusión de disidentes en el parlamento cubano, de la subordinación de Raúl Castro a su hermano senil, de un temor en los mandos a ejercer represión de cara a un cambio político, y de coqueteos de estos mandos con otros procesos de transición. También habla de un encuentro casual con el nuevo vicepresidente cubano, muy poco menos que amistoso.

Si esto fuera así, y no tengo motivos para creer que Fariñas mienta, entonces se daría una compleja situación en que el conocido opositor publicita delicadas relaciones y pone en peligro a sus potenciales interlocutores dentro del sistema cubano, para fortalecer su posición pública ante los corrillos cubano-americanos de Miami. La imagen que Fariñas transmite de sí mismo como un interlocutor privilegiado que no duda en contar sus intimidades, es justamente la contra-imagen del interlocutor que cualquier factor de poder desea.

Nada de lo que antes he dicho omite el valor de estas personas, el reconocimiento de las difíciles condiciones como realizan sus vidas y mi admiración por ellas. Pero creo que si de efectividad se trata hay que recordar que la política —la que ellos tendrán que enfrentar en el futuro— no es un desfile de pasarelas, sino, como decía Weber, una danza satánica donde permanentemente chocan las fuerzas del mal con las huestes de la diosa del amor. Es un juego con muchas opciones absolutamente equivocadas, y ninguna absolutamente correcta. Un sortilegio lleno de recodos donde se emboscan unas veces el cerebro, otras el corazón y siempre la lengua.

Y casi siempre son emboscadas fatales.


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