Actualizado: 23/09/2017 15:02
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Cuba, Comercio, Trump

¿Comerciar o no comerciar?

Según estimados, de forma directa los militares, a través de GAESA, solo controlan el 21 % de la economía cubana, que en su mayor parte es controlada por el Estado, en manos de… militares

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En un reciente artículo de Emilio Morales se pone de manifiesto una realidad que generalmente no se toma en cuenta y es que en el meollo del asunto no está el de si comerciar, negociar, invertir en las entidades que están bajo la jurisdicción directa de los militares, el llamado consorcio GAESA, ya que los uniformados solo controlan el 21 % de la economía cubana.

Aunque quizás la cifra que este autor da para el sector privado sea un tanto elevada, un 18 %, de cualquier forma, ésta deja en claro que el resto, es decir un 82 % está en manos estatales, en manos de la dictadura, lo cual representa un grado elevadísimo de la concentración de la propiedad, con independencia de si está oficiosamente en manos, más o menos, civiles o del sector militar.

El hecho de que la dictadura tenga un marcado carácter militar tanto por la presencia de los militares en las más altas posiciones del Gobierno, como por su peso en la economía, a veces nos obnubila y no nos permite poner los puntos donde están las íes: la economía cubana está en manos de una dictadura cívico-militar, y cualquier negocio que se realice con ellos se revertirá en más opresión.

No son siempre los militares los que dan la cara, en ocasiones los testaferros del régimen, de apariencia civil, son los que conducen los negocios y los rejuegos financieros de la dictadura como intenté evidenciar en un artículo publicado hace casi exactamente un año [Aproximación al manejo de empresas castristas en el extranjero] donde se pone en claro las complicadas maquinaciones, que con su centro en el bufete de un distinguido abogado suizo, mueven los hilos de raros e imprecisos negocios.

Los tentáculos de la economía castrista son amplios y de largo alcance, no se limitan a GAESA aunque estos puedan estar en el centro de todo el rejuego financiero que la dictadura, con medio siglo de experiencia y la ayuda de especialistas como el abogado suizo mencionado, ha ido sofisticando con herramientas para soslayar el embargo/bloqueo.

Sí realmente la política anunciada por el presidente Trump se instrumenta a cabalidad y se aplica plenamente, lo cual es sumamente dudoso, entonces la dictadura de un simple plumazo le pone una careta civil a todo el aparato económico dirigido por los militares y aquí no ha pasado nada, tan frescos como siempre.

A la dictadura se le tendió la mano, estemos o no de acuerdo, para sacarla de su trinchera, pero desde el inicio proclamó su filosofía numantina, y todo indica que recrudeció sus posiciones de intransigencias contra los, pocos y casi desconocidos en el suelo patrio, disidentes públicamente declarados y además precisó que no pensaban permitir ningún empoderamiento del vilipendiado e incipiente sector privado.

A partir de todo lo anterior solo puede existir una respuesta: no es posible comerciar con una dictadura que además de mantenerse inamovible en posiciones que corresponden a las doctrinas derivadas de la Guerra Fría, mantiene a los cubanos en la miseria y bajo el rigor de una opresión e irrespeto a los derechos de libertad de expresión, de reunión y de elección libre de sus gobernantes.

Solo sería moral correcto y políticamente conveniente el limitar cualquier operación financiera o comerciar al sector privado que tiene en sus manos el supuesto 18 % de la economía, ello sin lugar a dudas que provocaría dos reacciones: una en los sectores norteamericanos interesados en el terreno virgen que para ellos representa Cuba y demandarían mayor posibilidad de movimiento y la otra en la dictadura que lloraría lágrimas de cocodrilo por la discriminación a que sería objeto.

Una utópica evolución de esta línea de desarrollo podría llevar a que la dictadura aflojase el embargo/bloqueo interno, o lo más probable, que desatase una opresión mayor sobre el sector privado, aumentando las tasas impositivas, acometiendo con más ensañamiento los controles, inspecciones, multas, procesamientos judiciales, etc., para “desempoderar” al beneficiado sector privado.

¿Cuál sería la reacción del pueblo cubano? Ese es un verdadero enigma en la ecuación, pero valdría la pena intentar resolverla mediante la aplicación de la política arriba propuesta y esperar su posible evolución.

Pero sin lugar a dudas lo único, como ya mencionamos, moral y políticamente irreprochable es el cancelar toda negociación económica, inversión, y comercio con la dictadura.


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