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Actualizado: 20/12/2014 5:25
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| Opinión

Venezuela, Hugo Chávez

Después de Chávez, ¿el diluvio?

Una retracción, siquiera parcial, de la hiperactividad bolivariana va a repercutir en una despolarización del teatro caribeño y latinoamericano

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Desde los tiempos de Rómulo y Remo la comunicación política funciona sobre dos pilares: pan y circo. El pan es para los estómagos, y el circo para los corazones. Eso lo saben todos los políticos, aunque no sepan quienes fueron Rómulo y Remo. Y por supuesto que debe saberlo Nicolás Maduro. E imagino que ya estará sacando cuentas acerca de cuánto pan tiene que repartir ante la probable desaparición de Hugo Chávez, el recurso carismático de la llamada Revolución Bolivariana.

El problema está en que Maduro tiene que negociar —es decir repartir más pan— en momentos en que la situación económica venezolana no es precisamente alentadora, y en que los precios del petróleo parecen haberse estabilizado en un rango inferior a aquellos 100 dólares que Chávez siempre consideró justos y necesarios para costear su proyecto continental.

Por un lado, tiene que repartir más pan en dirección a la población pobre que ha sido la base social por excelencia del chavismo. Pero una base social en erosión, como lo indican los últimos resultados electorales en que Chávez, con mucho dinero y desde el poder, solo ganó por unos pocos puntos porcentuales y algo menos de millón y medio de votantes.

Por otro, también tiene que repartir entre la díscola y heterogénea élite chavista, donde hay de todo: militares, viejos políticos reconvertidos, antiguos activistas sociales, creyentes y buscadores de fortuna. Una élite en la que Maduro no ha sido otra cosa que un secundus inter pares y cuyas tendencias centrífugas se dispararán apenas se sequen las lágrimas vertidas ante el féretro del máximo líder.

Por eso creo que si Maduro, o quien le sustituya, no es suicida, estará obligado a moderar las proyecciones internacionales tanto limando asperezas con Estados Unidos como reduciendo las partidas de apoyo a sus aliados internacionales y a los bloques de partisanos interesados al estilo de Petrocaribe. Y por esa vía, captar mayores recursos para el juego político interno.

Una retracción, siquiera parcial, de la hiperactividad bolivariana va a repercutir en una despolarización del teatro caribeño y latinoamericano. Y en la creación de un mejor escenario tanto para las políticas despreocupadas de Obama como para la activa diplomacia brasilera.

El resultado sobre Cuba —una pieza clave de este juego geopolítico— es predecible. Cualquiera que sea el desenlace post-Chávez en Venezuela, Raúl Castro —quien hace tiempo perdió el recurso del circo carismático— tiene que esperar peores condiciones que las que actualmente le sostienen en el poder. Incluso si Maduro lograra continuar en la presidencia, estará obligado a redefinir sus relaciones con la Isla y obviamente pagar menos. Y las finanzas cubanas —con la plataforma petrolera Scarabeo volviendo grupas— no soportan presiones extras: cualquier reducción de los subsidios va a ocasionar grandes dificultades económicas.

Es, por tanto, predecible que si Raúl Castro y su círculo interior no han perdido contacto con la realidad, y efectivamente quieren hacer lo que siempre han demostrado que quieren —conservar el poder— tendrán que conseguir un acceso siquiera parcial al mercado americano, lo cual pasa por aceptar el gesto condescendiente que les ha tendido Obama. Y lógicamente, tendrán que soltar amarras y dar pasos más efectivos para captar ahorros externos, que hoy son accesibles fundamentalmente de dos maneras: remesas e inversiones foráneas.

El problema de Raúl Castro no es que no se mueva. Claro que lo hace, pero sin entrar en el meollo de las cosas. Siempre anda merodeando en torno a lo que es realmente importante. Y así, sigue con un sistema económico centralizado donde cada paso imprescindible en función del mercado parece un parto con fórceps. Se ha demorado seis largos años en entender que los agricultores viven en sus estancias, y que la emigración constituye el negocio más rentable de la economía cubana. Y creo que aún no ha entendido que necesita capitales frescos para echar a andar una economía que cruje bajo el peso de sus ineficiencias. Y capitales grandes y pequeños, que todos ayudan en ese inmenso hoyo financiero en que se encuentra la economía cubana.

Probablemente esta contingencia se lo haga entender, y de paso entienda que no tiene otro remedio que dejar a un lado su arrogante y cómodo lema —sin pausas pero sin prisas— y marchar con mucha prisa. Aunque en la prisa haya que dejar a tras a la burocracia más rancia que simboliza su desaseado vicepresidente.

Al final Chávez con sus subsidios fue un cisne negro inesperado que paralizó la reforma económica que se implementaba desde los 90 tempranos y dio a Fidel Castro la posibilidad de hacer una última dilapidación económica monumental antes de dejar el poder aquejado de las enfermedades, la senilidad y los delirios. Y aunque en política uno nunca sabe exactamente todo, nada indica que aparecerá otro cisne negro con vocación y dinero para subsidiar una revolución que ya no existe y un socialismo que nunca existió.


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