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| Opinión

Payá, Represión, Reforma Migratoria

El suplicio civil de Rosa María Payá

Rosa María Payá no es una amenaza para la seguridad nacional cubana, ni un peligro para el interés público de su sociedad, pero puede llegar a ser una molesta piedra en el zapato totalitario

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La reciente reforma migratoria promulgada, tras un largo año de pujar, por el Gobierno cubano fue saludada con alborozo por intelectuales, gobiernos extranjeros y organismos internacionales. Unos lo hicieron por pragmatismo diplomático, otros por ignorancia, y otros por esa razón difusa donde la lealtad política se mezcla con la complicidad. El punto fuerte de los saludos fue la eliminación de los permisos de salida, pues, sigo la lógica seguida por los cheerleaders de las reformas de Raúl Castro, ya los cubanos no iban a tener que pedir autorización para viajar al extranjero.

Aunque los decretos no están aún vigentes, invito a los dueños de los vítores que presten atención un instante al caso de Rosa María Payá (RMP).

Se trata de la hija de Oswaldo Payá, el recientemente fallecido dirigente del Movimiento Cristiano de Liberación. Y se trata de una joven que aún no alcanza su primer cuarto de siglo, recién graduada de una licenciatura en física y que fue invitada por la universidad chilena Miguel de Cervantes a cursar un diplomado sobre políticas públicas. Le fue negado el permiso de salida y ni siquiera le fue informada la razón de la negativa.

Observando el articulado del decreto que resume las motivaciones oficiales para decidir quién viaja y quien no, no encuentro como ubicar a RMP. Descontando razones técnicas —aunque es graduada universitaria, la UH rechazó su vinculación laboral alegando cuestiones procedimentales—, no me imagino que esta joven pueda entrar en esas categorías tenebrosas de “interés público”, que atente contra los “fundamentos del Estado Cubano” o que sea un peligro para la “seguridad nacional”. Pues finalmente RMP es una joven y su breve trayectoria de vida no le permite ser una líder siquiera dentro de los espacios acogotados de la oposición. Tampoco es invitada a un país hostil, ni por una organización de militancia opositora, sino por una universidad reconocida y vinculada a una corriente política nada simpática con el régimen cubano, pero opuesta al bloqueo/embargo y a la violencia.

Desde la óptica oficial cubana RMP es punible porque ha asumido una actitud políticamente beligerante frente al régimen, lo cual es todo su derecho, y porque al parecer intenta retomar un liderazgo dramáticamente abandonado por su padre, a lo cual, huelga anotar, que también tiene pleno derecho. Y el Gobierno cubano —duro y frágil como el hielo en que mantiene incrustada a la sociedad cubana— teme patológicamente estos retos cívicos. RMP no es en sentido alguno una amenaza para la seguridad nacional cubana, ni un peligro para el interés público de su sociedad. Pero puede llegar a ser una molesta piedra en el zapato totalitario.

Por eso el Gobierno cubano ha decidido reprimirla visiblemente impidiéndole viajar al extranjero. Ha decidido usar contra RMP la infame pedagogía del suplicio, entendido este último como la imposición de un castigo ejemplarizante a una persona con conducta desviada de las normas consagradas. Es decir que a través de RMP el Gobierno cubano estaría enviando un mensaje a los miles de jóvenes cubanos que pudieran eventualmente opinar libremente, aspirar a elegir directamente a sus gobernantes entre diversas opciones y pretender organizarse de las maneras que consideren oportuno. Incluso si finalmente le permitieran viajar —siempre hay que reconocerle un límite a la estulticia política— el mensaje es claro: viajar no es un derecho sino una concesión.

Creo que sería interesante escuchar los puntos de vista que sobre este caso puedan proveer todos los entusiastas aclamadores de la reforma migratoria y del dudoso cambio sustancial que esta encierra. No importa que hayan vitoreado desde el balcón de la prudencia, del miedo, de la lealtad o de la complicidad. Solo les pregunto, como compatriota, si la decencia política nos permite dejar sola a Rosa María Payá.


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