Actualizado: 24/06/2017 12:00
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Murillo, Cuba, Raúl

El triste regreso de Marino Murillo

Los tecnócratas del Gobierno cubano se inventan nombres nuevos para males crónicos

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“No se permitirá la concentración de la propiedad y la riqueza (…) aun cuando se promueva la existencia de formas privadas de gestión”.

Lo dice Marino Murillo, al que a su vez le llaman el zar de la reforma económica en Cuba porque obviamente a los periodistas se les agotó la creatividad y ahora coronan zar a cualquiera que tenga un propósito. En lugar del rimbombante cliché, bien pudieran bautizar a Murillo como el mujik de la reforma económica, si no fuera eso una ofensa a campesinos honestos.

Pero veamos esa frase, paradoja, absurdo, quintaesencia del fracaso cubano y de los ex socialistas europeos.

Los ideólogos cubanos —e inevitablemente recuerdo aquello que decía que una gran idea es una “idiota”— han estado cocinando un menjunje al que llaman la “conceptualización del nuevo modelo económico”. Murillo es su profeta y la frase es parte de su credo.

En la más fidelista tradición, a falta de soluciones racionales, los tecnócratas del desgobierno cubano se inventan nombres nuevos para males crónicos.

Lo hacen porque la alternativa es admitir, de una buena vez, que Cuba no funciona. Que hace más de medio siglo que dejó de funcionar. Que el socialismo no sirve. Que el fidelismo es peor aún. Que no existe tal cosa como “economía cubana”. Mucho menos “economía socialista cubana”.

Que los ideólogos, los desgobernantes, y los Murillos de esa isla, les harían un histórico favor a los cubanos si desaparecieran por fin, llevándose con ellos sus conceptos, conceptualizaciones, delirios y toda la indecencia de su mala gestión.

Sin intentar unirme a la diatriba teórica, que se la dejo a los estudiosos, se sabe, a un siglo ya de la Revolución de Octubre, que el concepto marxista de la economía es un sinsentido; que abrumado por la evidencia cuyo peso demolió el socialismo como sistema ahora es solo una nota histórica que describe un sistema de pensamiento tan errado que espanta; que es la utopía mutada en distopía; que es la “conceptualización” hecha añicos por la realidad.

Que la izquierda, sobreviviente del cataclismo del marxismo, solo puede existir en el capitalismo, idea que le hubiera provocado un síncope a Marx, un patatús a Engels y una alferecía a Lenin.

Sin embargo, el fuerte de los desgobernantes cubanos no es aprender de la práctica, mucho menos ejercer el pensamiento de avanzada, usar el pragmatismo que impulsa a las naciones de éxito; incapaces de reinventarse como hicieron chinos y vietnamitas, o de salirse finalmente del absurdo como hicieron los ex socialistas, “conceptualizan”.

Sin embargo, el asunto es simple y está a la vista:

Es imposible crear riqueza sin capitalismo.

Es imposible el capitalismo sin la iniciativa privada.

Un empresario privado exitoso crea riqueza y se enriquece en consecuencia.

Un Estado de éxito, que se debe a la nación y sus ciudadanos, se beneficia de una economía próspera; cobra impuestos a los empresarios, estimula el crecimiento económico, se ocupa de que el país funcione y propicia que haya una distribución del bienestar.

No existe entonces tal cosa como “formas privadas de gestión” sin que haya “concentración de la propiedad y la riqueza”.

Solo existen Estados que saben usar el capitalismo, la creatividad individual y la creación de riqueza a su favor.

Y existe por otro lado la Cuba de los Raúles y Murillos, soldados de una guerra perdida marchando en el mismo lugar, atados por la desfachatez y la obsolescencia.


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