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Actualizado: 24/10/2014 17:24
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| Opinión

Elecciones, Raúl Castro

Elecciones en Cuba: ¿dónde se esconde el diablo?

El llamado al voto unido, que este año estuvo ausente en la campaña de propaganda previa a las elecciones, era una aspiración totalitaria que no dejaba resquicio al ciudadano

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Ayer hubo elecciones generales en Cuba. Aún sin conocer sus resultados, creo que hay en ellas algo interesante a lo que debemos prestar atención y que denuncia la erosión del sistema totalitario cubano.

La élite política cubana siempre ha aspirado a todo. Dentro de la revolución, todo, y contra, nada, rezaba el slogan que aún hoy repiten algunos trasnochados. Aspiró a todo en la economía, la cultura, la ideología y la política. Aspiró a mover a su población a las órdenes de un Comandante siempre invocado, y a que los niños no se parecieran a sus padres, sino al Che. No solo aspiró a no tener oposición, sino que a cambio pidió total alineamiento. No quería solo los cuerpos: quería las almas. Por eso era totalitaria.

Y lo pudo ser, con unos cubanos emigrando y otros disimulando, mientras contó con tres factores: un fragmento decisivo de la población que aceptaba la subordinación, un liderazgo fuerte que interpelaba con propiedad del trueno y un monopolio indiscutido sobre la economía, la movilidad social y la producción ideológica.

Hoy nada de eso existe. Y por eso Raúl Castro está lanzando todos los mensajes posibles acerca de su vocación más modesta de dominación: ya no aspira a todos, sino a cuantos sean posible; ya no pide lealtad total, sino solo la necesaria; y a cambio advierte a todos que es hora de que cada cual se responsabilice con su vida. Sigue siendo un gobernante muy autoritario que ni siquiera se atiene a rituales democráticos elementales. Pero está dejando de ser la criatura política autoritaria que fue siempre su hermano con esa mezcla corrosiva de caudillismo latinoamericano, leninismo, Cosa Nostra y encanto jesuita.

Fue eso lo que pensé según he ido siguiendo la preparación de las elecciones generales, la quinta que tiene lugar desde que se estableció el voto directo en 1992.

El voto directo para diputados y delegados provinciales fue una demanda reiterada durante los debates previos al IV Congreso entre 1989 y 1990. Fue tan fuerte la demanda que sospecho que había un consenso previo en la élite de que ese era uno de los cambios que se podía hacer para que todo siguiera igual.

Pero como sucedió con todo lo que se discutió entonces, la aplicación de los cambios implicó un debilitamiento de la demanda hasta hacerla absolutamente inocua. Y fue lo que pasó cuando finalmente se aprobó en la ley electoral de 1992 el voto directo, pero con solo un candidato. Pudo haberse hecho de otra manera —permitiendo algún tipo de competencia como en las elecciones locales— pero tras mucha discusión, llegó la orden de que fuera un solo candidato. Vino directamente, me dijo entonces un conocido jurista bien enterado, de la oficina del comandante.

El sistema electoral tenía todo tipo de aporías. Por ejemplo, no se podía votar contra todos los candidatos, pues en ese caso la boleta aparecía en blanco. Y si hipotéticamente resultaban no elegidos el 50 % más uno de los diputados, no había manera legal de reconstituir el Estado. Este y otros problemas, según me dijo públicamente en un debate el presidente de la comisión electoral nacional, serían resueltos por la “sabiduría política” del partido.

De cualquier manera el sistema hacía poco probable que alguien no fuese elegido. Tendría que ocurrir que más de la mitad de la gente votara expresamente en contra de alguien, lo cual casi nunca ocurre al menos que se trate de evitar elegir a un monstruo. Si la memoria no me falla, el candidato peor votado de la historia de esta ley fue un secretario del partido en la capital en 1993, con algo así como un 82 % de votos. Era pesado e ineficiente, pero definitivamente no era un monstruo.

Y a todos los candados de la ley había que agregar que la población era bombardeada desde meses antes con consignas a favor de votar por todos los candidatos, lo que se llamaba “voto unido”. Solo votando “unido”, decían, se votaba por “la patria, la revolución y el socialismo”. Era la aspiración totalitaria que no dejaba resquicio para que un ciudadano simple votara en contra de un candidato porque sencillamente no le gustara. Hacerlo convertía a los electores en vende-patrias, contrarrevolucionarios y antisocialistas.

Según Fidel Castro en 1993, la propuesta de voto unido solo iba a ser una propuesta de emergencia ante la crisis de ese año. Pero, para no variar, mintió, y la consigna siguió. Lo justificó diciendo que era la mejor manera de garantizar que personas poco conocidas pudieran ser elegidas, cuando en realidad era al revés: el peligro lo corrían los conocidos.

Lo nuevo en estas elecciones de 2013 es que no ha habido convocatoria por el voto unido. Los ciudadanos han sido llamados a votar y a optar por todos, por algunos o por ninguno. Como la lógica y la ley mandan. Y creo que eso es un signo interesante.

Obviamente, no es un cambio democratizador: la gente sigue obligada a un solo candidato por puesto, en cuya selección nunca participó. Tampoco es motivo para deshacernos en aplausos como hacen los fans aquiescentes de la “actualización”.

Creo que es solo un detalle. Pero en política, como dicen los franceses, es en esos detalles donde se agazapa el diablo.


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