Actualizado: 24/02/2017 12:29
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Fidel Castro, Miami, Fallecimiento

¿Festejar la muerte?

¿Puede y debe convertirse en una celebración la muerte de un hombre?

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Sobre la 1 de la madrugada la noticia corre de boca en boca luego de que los medios radiales y televisivos la propagan.

No pocas personas hacen saber en entrevistas televisadas, en uno y otro rincón de Miami, que están de pie a esas horas porque las llamó por teléfono un amigo o el hijo o el hermano o el cuñado o el vecino de enfrente.

Los reporteros de la televisión local e internacional continúan su labor no solo pidiendo pareceres a unos y otros de los ciudadanos que se han puesto de pie y han acudido a lugares emblemáticos de la ciudad, como el Versailles o los restaurantes La Carreta, sino además divulgando imágenes que dan fe del júbilo de pasajeros de automóviles que pasan a todo claxon, muchos de ellos llevando la bandera cubana y gritando como quienes se hallan en un festejo multitudinario.

El nombre del occiso aparece en carteles que yerguen no únicamente quienes pasan en carros, sino además los que saludan con fervor a los pasantes. El nombre del occiso junto a palabras realmente impublicables que patentizan un odio viejo. Un rencor casi feroz.

Sobre las 2 de la mañana Juana Castro, hermana del difunto, es entrevistada vía telefónica para un canal local de televisión y expresa que está en desacuerdo con todas esas personas que han salido a “celebrar”, puesto que antes debieron haber luchado para terminar con el régimen que estableciera el ahora finado. Y agrega que ella continuará en el exilio miamense hasta la muerte, así que de ningún modo visitará la Isla.

Al amanecer acrece considerablemente el número de personas en las calles antes mencionadas, y en otras. Tal parece que se han puesto de acuerdo: salen de uno y otro sitio y convergen como si cumpliesen un mandato y al mediodía ya son multitud.

Como durante la madrugada, no solamente son cubanos los que se expresan, sino asimismo venezolanos, mexicanos, peruanos, nicaragüenses... según consta en las generales que dan cuando son abordados por los medios o igual se nota en sus vestimentas, sus procederes o la bandera que exhiben junto a la cubana.

Y, como durante la madrugada, los festejantes son hombres, mujeres, ancianos, jóvenes, niños que acompañan a sus padres.

Y siempre hay quienes hacen su agosto en los eventos de la índole que fueren: en este caso los vendedores de banderas cubanas; unas, manuables, a 10 dólares, otras, como para llevar en andas, a 20 dólares. Y no paran de vender, no dan abasto. (¿Desde cuándo las tendrían confeccionadas o compradas para esta oportunidad?)

Comienza la noche del sábado y los medios televisivos muestran más y más personas en las calles, más y más anécdotas de los entrevistados: cada uno hace su cuento, remueve su dolor antiguo por una u otra causa.

Catarsis.

El ruido es ensordecedor. Gritos. Las bocinas de los automóviles. Sirenas. Cohetes de artificio. Un maremágnum.

Y suben los insultos, tantos procaces, contra el fallecido.

Y las preguntas son:

¿Se vale festejar una muerte?

¿Es de humanos alegrarse de la muerte de alguien?

¿Puede y debe convertirse en una celebración la muerte de un hombre?


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