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Actualizado: 22/10/2014 14:49
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| Opinión

Inmigración, Exilio

Hemorragia demográfica

Los cubanos provienen o viven en una isla en proceso de despoblamiento

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Mirando, para otros fines, la página web de la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE) tropecé con todos los estimados demográficos del 2009. Me pareció una información —aunque incompleta como toda estadística— valiosa y profesional. Y que nos habla de una realidad insular muy compleja.

Ante todo, evidentemente provenimos de, o vivimos en, una isla en proceso de despoblamiento. Las estadísticas muestran una reducción absoluta de la población hasta aterrizar en unos 11.242.638 habitantes en el 2010. De manera que en este último año habitaban la Isla dos millares y medio de cubanos menos que en el 2005. Es una situación ligada a la baja tasa de natalidad, que produce un cuadro de población envejecida sin reemplazo. Pero también lo está al trágico desangramiento demográfico producto de la emigración.

De 1994 hasta la fecha han abandonado la Isla (formalmente, es decir sin contabilizar la emigración ilegal) más de medio millón de compatriotas, y aunque pudiera suponerse que esa cifra está influida por la estampida migratoria consentida por el Gobierno cubano en 1994, en realidad no es así. En 1994 el número de migrantes cubanos a todas las direcciones apenas llegó a 50 mil, mientras que el pasado año casi llega a 40 mil. Es decir, una estampida cotidiana y menos espectacular que la que sirvió a los dirigentes cubanos para quitar presión a la caldera social de la crisis. Solo entre el 2004 y el 2009 emigraron más de 210 mil cubanos.

Los datos nos obligan a reflexionar en dos direcciones,

La primera, que es imperativo la adopción de políticas de retención de población. Y esto no se puede hacer —por inefectivo y por inmoral— como hoy lo hace el Gobierno cubano, fijando numerosos candados sorteados los cuales solo dejan al migrante el recurso del no-regreso y el rol de suministrador de dinero para sus familiares en la isla y para el propio gobierno que los destierra. La sociedad cubana no necesita un control más, sino muchas aperturas, las suficientes para socializar las expectativas de movilidad social y de realización personal. Hoy estas expectativas permanecen secuestradas por una élite, que fija burocráticamente los caminos y los límites de las vidas.

Y también necesita de una política de atracción para el retorno. El dato es elemental: el 85 % de los cubanos migrantes viven en los Estados Unidos. Allí poseen propiedades cuyo valor es superior a un año del PIB cubano, y ostentan indicadores educacionales superiores a todas las restantes minorías e incluso en ocasiones a los propios americanos. No me detengo ahora a discutir las razones de este poderío. Solo me interesa destacar que existe, y que por sus características pudiera ser canalizado en términos de recursos humanos, capital social o capital económico para el despegue de una economía decrépita sustentada en los subsidios venezolanos. Pero solamente si existieran políticas adecuadas a estos fines.

Solo estas políticas —y no los mezquinos controles burocráticos que mantienen a los nacionales desterrados, a las familias separadas y a los ciudadanos enjaulados— pueden contribuir a detener (y revertir) la hemorragia demográfica que sufrimos.

Y obviamente, este es el segundo punto que quiero observar, aquí no hablamos de cualquier tipo de migración. Aunque las migraciones internacionales se componen de todo tipo de personas, es innegable que en ellas predominan personas en edades laborales óptimas y con niveles de destrezas superiores a la media. Son las personas que pueden imaginarse a sí mismos como vencedores en las contiendas que les espera en tierras promisorias pero altamente competitivas. Los pocos estudios realizados en Cuba sugieren que nuestro país no es excepción a la regla. Y que, por consiguiente, la emigración produce un hueco reproductivo y en términos de recursos humanos irreparable.

Ello es evidente, por ejemplo, en las procedencias territoriales de producción de migrantes en la Isla. Según la ONE la provincia cubana que más ha sido afectada por la sangría demográfica ha sido La Habana (ciudad). A pesar de que es la receptora por excelencia de migrantes internos (legales e ilegales, pues no olvidemos que el país sufre una norma legal que impide el libre movimiento interno), en los últimos años ha sufrido una pérdida neta de unos 60 mil habitantes para totalizar algo más de dos millones de habitantes. Pero a pesar de albergar solo el 19 % de la población nacional, emitió el 47 % de los migrantes. A cambio, La Habana recibe una población de migrantes orientales —directamente o usando los municipios periféricos como trampolines— de menor nivel educacional. Es decir que la ciudad experimenta un drenaje de capital humano que le garantiza inobjetablemente ingresos de remesas mayores para la sobrevivencia cortoplacista, pero embarga su largo plazo.

República Dominicana no es un destino importante de migrantes cubanos, y una parte importante de los que vienen, en realidad usan a esta media isla como un lugar de paso para acceder a Estados Unidos, aunque sea arañando las escarpadas costas de la Isla de Mona. Pero permanece una colonia reducida, pero de alta visibilidad debido a sus presencias en la prensa, la academia, el activismo social, la medicina y otras muchas actividades. Poseen todos los estatus migratorios imaginables, pero una misma decisión: no van a regresar a la Isla.

Como acostumbra decir un jocoso y exitoso amigo que a fuerza de trabajar mucho acaba de comprarse un excelente apartamento, “Cuba solo de lejos”. Y lo dice, sonriendo, mientras cuelga un cuadro en su elegante cuarto de estudios, nueva oficina que habla del orgullo de ser cubano y del privilegio de ser habanero.

Y ahora, sin apasionamientos, díganme Uds., ¿quién pierde?


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