Actualizado: 26/04/2017 9:36
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Intelectuales

Intelectualidad y debate político

Muchos intelectuales cubanos terminaron siendo “más revolucionarios” cuando precisamente lo fueron menos y demostraron una complacencia mayor que nunca con el poder

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Casi junto con la alegría por la huida de Fulgencio Batista, el 1 de enero de 1959, los intelectuales cubanos comenzaron a escuchar una reclamación repetida hasta el cansancio: el triunfo revolucionario llegaba con una mancha para ellos, ya que no habían hecho lo suficiente para lograrlo.

A partir de ese día y durante años muchos escritores lucharon ―algunos con honestidad, otros en apariencia― por librarse de una carga que al principio fue culpa existencial y terminó transformada en alabanza, oportunismo y cobardía.

El origen de la culpa hay que buscarlo en el siglo XIX, cuando en la Isla un grupo de eminentes intelectuales se destacaron por su lucidez y el deseo de evitar que luego de la independencia se repitieran en el país los errores que por entonces ya ocurrían en las nacientes repúblicas hispanoamericanas. Su labor educativa fue enorme, aunque su fracaso político ―no conseguir librar a la sociedad cubana de los males que anticiparon― marcó el destino de la nación. La frustración encontró refugio en la idealización emocional: la imagen del poeta combatiente que muere por el futuro del país.

Tras la república, muchos intelectuales entendieron la labor de educar como un ejercicio diario, a través de la prensa, la radio y el libro. Algunos rozaron el poder político o formaron parte de él, otros se sintieron más a gusto en sus bibliotecas. La mayoría limitó su lucha al terreno de la confrontación cívica.

Que el intelectual viera relegado su papel en los aspectos políticos no fue necesariamente una consecuencia negativa. Quizá todo lo contrario. Más allá de la función de conciencia crítica, inherente al acto de creación, la participación de los escritores y artistas en los medios de gobierno ―aun limitada a los aspectos de orientación― no solo ha resultado en muchos casos errónea, sino incluso contraproducente y hasta peligrosa.

Sin embargo, el fantasma del “fracaso” de los intelectuales cubanos del siglo XIX ―que al principio no había aprobado la lucha armada como la vía hacia la independencia y terminaron sin poder imponer sus reformas― revivió en la segunda mitad del XX. La aspiración a una evolución y no a una revolución terminó por convertirse en un “error” del que había que renegar a todas luces.

De esta forma, muchos intelectuales cubanos terminaron siendo “más revolucionarios” cuando precisamente lo fueron menos. Marcharon, hicieron guardias y gritaron consignas, al tiempo que demostraron una complacencia mayor que nunca con el poder. A la hora de revolucionar, la inquietud se limitó al miedo y el alboroto a la vocinglería en apoyo de un régimen que no admitía la sedición o el desasosiego.

Más allá del debate sobre hasta qué punto se impuso la práctica oportunista y cuándo terminó la voluntad revolucionaria, lo que definió las primeras décadas del proceso revolucionario fue la imposibilidad de que los escritores pudieran escapar del debate político.

No es hasta los años noventa del pasado siglo que se abre en Cuba la posibilidad de definir una labor literaria al margen de la política, y asumir una posición que es tanto un rechazo a la situación en la Isla como un establecimiento de jerarquías.

Hay que evitar confundir la labor del escritor con la del político. Un peligro siempre presente en un país donde uno de sus mejores escritores fue a la vez un héroe independentista y ha sido elevado a la santidad nacional, en Cuba y en el exilio.

Responder a esta urgencia hace indispensable plantearse varias preguntas que no tienen una respuesta fácil.

La primera es hasta qué punto el creador debe sacrificar la realización de su obra frente a una situación transitoria. De nuevo el ejemplo de Martí puede resultar contraproducente. La famosa frase del arte a la hoguera no hay que seguirla al pie de la letra. De ser así, Cuba sería un páramo cultural porque siempre han existido razones para el fuego. El grupo Orígenes, tan fructífero en martianos, no siguió las palabras del “Apóstol”. Más bien hizo todo lo contrario, durante toda la tiranía de Batista y en algunos casos y situaciones también tras el primero de enero de 1959: se alejó lo más posible de las llamas.

Otra cuestión es el peligro de la manipulación en cualquier sentido. El argumento ―no pocas veces usado como justificación― es que los fines políticos de ambos bandos no dejan de ser medios para alcanzar el poder.

A todo esto se añade que la cultura la hacen los miembros de una comunidad o un país, no un gobierno. Hay que diferenciar entre las acciones individuales y las de un Estado. Apoyar a los mediadores culturales del régimen es otra forma de apoyar al régimen, pero rechazar en bloque a todos los creadores es menospreciar la cultura.

Queda también la necesidad de debatir una situación que no resulta fácil de comprender fuera de Cuba, y cuya capacidad de asimilación comienza a alejarse desde el día en que uno sale de la Isla: el ambiente de encierro, frustración y desesperanza en que viven quienes no se marchan.

Las respuestas para algunas de estas preguntas vienen forzadas por las mismas condiciones imperantes en Cuba en la actualidad. El intelectual cubano ―en la Isla y el exilio― no está obligado a definir su obra en términos políticos, pero al mismo tiempo no debe eludir su responsabilidad ciudadana. No es un problema político. Es una condición moral.


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