Actualizado: 26/05/2017 13:27
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Cubanos, Rusia, URSS

Los rusos, otra vez

Los soviéticos de antes, los rusos de ahora y los cubanos de siempre

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Era un crío cuando los rusos desembarcaron en mi vida.

En ese entonces no se llamaban rusos, sino soviéticos, y para los cubanos comunes y corrientes, como yo, eran los «bolos», pero también eran nuestros amigos eternos, nuestros camaradas de armas, nuestros valedores frente al enemigo burgués e imperialista.

Compañeros, les decíamos pues «camarada» nunca hizo fortuna entre los cubanos. Eran nuestros hermanos, casi que nuestros padres, sobre todo en el aspecto ideológico porque Lenin, un ruso, que no proletario, enseñó a Fidel a tomar el poder y mantenerlo (Eso decía mi profesor de marxismo en la Escuela de Medicina mostrando en cada mano sendos tomitos de ¿Qué hacer? y Las tesis de abril), en fin, muchas cosas eran los bolishes y al mismo tiempo muy pocas, porque pocas cosas tenían para darnos; excepto armas, por supuesto, aunque eran feas y toscas, pero efectivas. O eso creíamos. Y el petróleo, que nos permitía sobrevivir, malgastar y malbaratar en la grandiosa batalla contra el imperialismo yanqui. Pero recibir, lo que se dice recibir, ellos sí recibían, no sé cuánto ni de qué calidad, pero algo recibían.

Vaya una anécdota para demostrarlo.

La doctora Liudmila Rojas llegó, como venida de otro planeta, al hospital donde yo laboraba y hacía mi residencia médica, un gran centro asistencial de La Habana. Y apareció, de dedo, como jefa de mi grupo de trabajo. Ella era especialista y yo, un cubanito del montón, no era más que un simple residente del departamento de cirugía. Tres meses después, a solicitud de ella misma, y en una voltereta impensable, yo era el jefe de Liudmila.

La hispano soviética, que eso era Liudmila, una mujer sencilla y honesta, reconoció públicamente que no tenía el nivel requerido para ser jefa de nada. Hizo más, solicitó comenzar una residencia desde cero, y según me contaron más adelante, chismes de hospital por medio, eso le trajo algunos problemas con su embajada.

Los había, por supuesto, pero nunca conocí personalmente a un ruso que fuera despótico o se comportara como una mala persona. Los pocos con los que tuve algún trato eran amables, aunque un poco bruscos, callados, frugales, nada proclives a la chivatería (¡Mucha experiencia con eso, hermano, y de la peor!), patones en un país de bailadores y muy dados al vodka, lo que no es noticia, o al alcohol para desinfectar instrumentos quirúrgicos, al que le añadían, si estaban al alcance de la mano, azúcar y limón. El Alcolifar les encantaba.

Liudmila no, nunca. Ella tomaba té y luego se aficionó al café con leche. —Es que debo tener algo de cubana. —me decía con su acento gallego un poco extraño y una picardía que yo entendía como sevillana.

Pero Liudmila era más moscovita que la momia de Lenin.

Aunque soñaba con volver a España, una España de la que la arrancaron de niña, una España en la que estaban enterrados, vaya usted a saber dónde, sus padres, viejos camaradas, y a la que primero Franco y luego el PCUS y la KGB y la ideología y la suma de todas esas boberías le impedían volver.

Los rusos eran como duendes —no hablo de los militares, los segurosos y los espías, que con esos no tuve tratos— y no estorbaban, al contrario, intentaban colaborar dentro de sus limitaciones, aunque muchas veces, sin querer, estorbaran. Y cuando estorbaban, y se daban cuenta, que tampoco eran tan brutos, se ponían colorados hasta dar pena ajena.

Pero Castro, el que ya no está, tuvo un día, un mal día, la ocurrencia de meterlos de cabeza en la Constitución de Cuba. Me refiero a la historia aquella, casi olvidada, de la «amistad eterna con la Unión Soviética» y todo eso, lo que alegró a algunos y enconó a muchos más. Quizás fue una movida inteligente —el tipo lo era y mucho para preservar sus intereses— en un momento necesario pero quince años después la URSS se disolvió y hubo que modificar la susodicha Constitución.

Fue un fiasco, un desmerengamiento, de los grandes para el señor Castro, uno de tantos, e inesperado, por lo menos para él, que todo lo sabía, o lo intuía. Para ese entonces yo me las ingeniaba para encontrar nuevos caminos, nuevos horizontes, una nueva vida, y no era el único entre los cubanos, que conste.

Y lo logré —no fue nada fácil siendo médico— viajando, precisamente, a la tierra que la buena de Liudmila anhelaba visitar, aunque fuera por unos días. —Me gustaría volver a ver Madrid antes de morirme. —Me decía, siempre en voz baja y después de asegurarse, era una experta en eso, de que no había moros en la costa.

¿Lo habrá logrado? No lo sé, pero deseo de todo corazón que haya ido, aunque sea por unos días, a patear el Retiro, La Plaza Mayor, La Gran Vía y Lavapiés, lugares que trataba de imaginar con esa tendencia a la resignación y al estoicismo que siempre, como buena rusa, ponía por delante.

Pero el tiempo pasó. De todo eso hace más de un cuarto de siglo y tengo que reconocer que los bolos, perdón, los rusos, se fueron difuminando en mi memoria y fueron quedando muy atrás en mi esquema de intereses.

Nuevos estudios, nueva vida, horizontes abiertos y metas reales a lograr.

España, La Florida, Puerto Rico, Cuba en la distancia y cada vez más lejos. Pasé años sin pensar en los rusos, salvo cuando leía algo en el periódico sobre las guerras en Afganistán y Chechenia o la estación espacial que comparten con los norteamericanos.

Con una excepción.

Escuchar, presenciar, de vez en cuando, esas acaloradas discusiones entre los viejos cubanos de Miami donde denostaban a Castro, por, entre otras muchas cosas, haberse vendido a los rusos y haberlos metido a la fuerza en la añorada y lejana patria y en su Constitución, traicionando de paso a Martí, a los mambises y a toda nuestra herencia nacionalista.

Y así transcurrió el tiempo hasta… hasta que comenzó a perfilarse un candidato como posible ganador de las elecciones norteamericanas. Y así un día dije, entre esos mismos cubanos, alguna inconveniencia sobre el atroz atraso tecnológico de los rusos o más específicamente algo feo sobre alguna bravuconada del dictador Vladimir Putin.

¡Ahí fue Troya!

Ahora el denostado, el apestado, para mis amigos cubanos, era yo. El nuevo mesías les había traído en unos meses el viejo amor perdido por la URSS, perdón, por la Rusia de Vladimir Putin, el inteligente (en todos los sentidos), el duro, el nuevo caballo.

Y Liudmila, como venida de otro planeta, se hizo presente en mi vida una vez más. Pobre Liudmila, que en Cuba aprendió a desconfiar de los bolos, o sea, de ella misma.

¡Los rusos, ah, los rusos de mi juventud, otra vez!

¡Otra vez!


NOTA: Liudmila no es un nombre verdadero pero el personaje es muy real.


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