Actualizado: 17/08/2017 16:54
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Cuba, EEUU, Venezuela

¿Qué hacer con Cuba?

A pesar de las maldiciones y bendiciones, Cuba, aunque muy maltrecha, sigue ahí

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Durante casi 60 años, Cuba ha estado ahí, como una desconcertante presencia polisémica, según para cada quien. Ha sido dolor para unos, esperanza para otros, meta para algunos, escollo a evitar en el resto, peligro y promesa, paraíso e infierno a la vez. Y lo cierto es que hoy aún todavía nadie sabe qué se puede hacer con Cuba. Y menos que todos, los mismos cubanos.

Primero fue un símbolo de redención; después, una esperanza frustrada; para otros, sin embargo, una tablita a la cual aferrarse a pesar del naufragio; y aún para otros un poderoso navío triunfante. Algunos han predicho que se hundirá. Otros, que llegará a puerto (pero nadie sabe bien hoy a cuál puerto se refieren). Cuba ha sido una promesa siempre traicionada, una falsa profecía, un mejoramiento permanentemente pospuesto. Un futuro magnífico en el horizonte… que se aleja más en la medida cuando uno se acerca. La “isla maldita” la han llamado, al mismo tiempo que “paraíso terrenal”: según se mire y cómo le vaya a cada quien en la fiesta…

Pocos países en el mundo han resultado objeto de tantas especulaciones y dictámenes, no ahora, sino desde mucho tiempo atrás. La teleología cubana ha desbordado todas las capacidades imaginativas. Y si alguna tierra ha sido profetizada, ha sido Cuba.

Ezequiel Martínez Estrada quiso ver en ella, apelando a Moro y Shakespeare, la Isla de Utopía. Pero desde mucho antes, los arúspices vaticinaron sus destinos y rigieron su vida. Se dice que hubo una Maldición de Hatuey, quien condenó a todos los que vivieran en la Isla a sufrir para toda la eternidad, por haber sido cruelmente martirizado.

Después, otros hablaron —y hasta escribieron— sobre la Maldición de los esclavos, por haber profanado el objeto más sagrado de la religión africana, llevado desde Costa de Marfil a Cuba, trasladándolo a través del mar (alguien dice que, ahora, está oculto en Miami o Nueva Orleans).

George Weeth (Detmold, 17 de febrero de 1822 – La Habana, 30 de julio de 1856), editor de Marx, dijo poco antes de morir en ella, que Cuba tendría un papel principal en la historia del continente: en una carta al poeta Heine, Weeth le confió: “Yo creo que La Habana va a ser el campo donde se van a dirimir los grandes conflictos del Nuevo Mundo”.[1] A Fidel Castro le complacía citar esta profecía[2], que lo convertía en un “Mesías del Comunismo”, hasta anunciado: el alemán fue su San Juan Bautista. Esta fue la Profecía de Weeth.

Según la leyenda, durante la Guerra de Independencia, el obispo de Santiago de Cuba, Antonio María Claret, lanzó su profecía de que Cuba “sería esclavizada por un joven barbudo que bajaría de las montañas, quien gobernaría durante 40 años oprimiendo al país, y al morir en su cama, vendría una gran matanza en el país, para después reinar la paz y la concordia”. En realidad, nunca dijo nada de eso, y para cuando Céspedes pronuncia el Grito de Yara, hacía rato que el sacerdote había regresado a España: otra leyenda, esta Profecía de Claret.

Luego vinieron los judíos expulsados de Europa buscando abrigo de la persecución nazi y también maldijeron la Isla que se negó a recibirlos. Así lo cuentan recientemente dos escritores cubanos, Leonardo Padura (Herejes, 2013) y Armando Correa (La niña alemana, 2016), ambas novelas sobre la tragedia del barco alemán Saint Louis. Sin embargo, Rafael Leónidas Trujillo, que fue quien recibió más judíos (y, por tanto, se supone, más bendiciones) de todo el continente, fue asesinado y hoy su memoria está maldita en República Dominicana. Tampoco le cayó ninguna maldición especial a Estados Unidos, que también se negó a recibirlos: no los afectó la Maldición de los judíos.

Luego dicen que hubo más maldiciones contra los cubanos, desde Fulgencio Batista, por ingratos y revoltosos, hasta Fidel Castro, por mediocres indignos de su altura heroica. Por supuesto, cada quien es dueño de creer en lo que desea de acuerdo con sus convicciones, pero si non è vero, è ben trovato. Todos sabemos que “las brujas no existen, pero de que vuelan, vuelan”.

Las predicciones y profecías sobre Cuba brotan casi desde su origen, y le obsequian numerosos calificativos, sobre todo los que aluden a su posición geográfica, como “Llave del Nuevo Mundo”, “Antemural de las Indias”, el “Centro de la Rosa de los Mares”, “La Isla de las Flotas” (y hasta “Ombligo del Imperio Español” por un autor contemporáneo), y que llegan hasta el “Faro de América Latina” y el “Primer Territorio Libre”… Se trata de una antigua tradición, que comenzó cuando Colón la confundió con Cipango y la bautizó como “la más fermosa que ojos humanos vieran” (frase que repitió sobre La Española y Puerto Rico). Los pobladores originales la llamaban Cubanacán, que en lengua arauaca significa “El Centro del Universo” (en otras traducciones, la “Tierra Grande del Centro”): el nudo mundial, el lugar donde se encuentran todos los lugares; en resumen, El Aleph.

Recientemente, arqueólogos submarinistas han declarado haber visto algunas enigmáticas ruinas a poca profundidad en la costa norte de Camagüey, que pudieran ser los restos de la mítica Atlántida… Y si no fueron los atlantes quienes las construyeron, entonces fueron los extraterrestres. Total, muy cerca, un poco más al norte, se encuentra el Triángulo de las Bermudas

A pesar de las maldiciones y bendiciones, Cuba, aunque muy maltrecha, sigue ahí. Y seguirá, porque, además, es “La isla de corcho”, aquel “País de café con leche y chicharrón de viento”, sobre el cual reflexionaron los ensayistas Jorge Mañach y Orestes Ferrara.

En estos casi 60 años más recientes —toda una vida, donde tantas vidas se han ido, esperando a ver el “final de la película”— se ha intentado todo para persuadir u obligar a los dueños de la Isla a mejorar las condiciones de sus súbditos. Una vez agotadas las reservas del boyante capitalismo anterior, la dictadura obtuvo el abundante apoyo del imperio soviético, que necesitaba tener un emplazamiento del otro lado del mundo para expandir su hegemonía. Al “desmerengarse” ese imperio y ser sustituido por otro, más realista (Putin), apareció milagrosamente Venezuela (aunque no tanto: lo venían trabajando desde mucho antes, con aquel famoso Douglas Bravo, hoy todavía vivo, pero opacado y hasta opositor a Maduro). Este país fue quizá el primero donde Fidel Castro puso sus ávidos ojos desde 1959. Más tarde, como parte de una cuidadosa política de observación y conducción, Maduro fue entrenado en la Escuela Superior del Partido Ñico López, y Eusebio Leal “casualmente” trabó contacto con un recién liberado Hugo Chávez al final de una conferencia suya en Caracas… El régimen cubano le ha dedicado una meticulosa y antigua atención a Venezuela, codiciando su petróleo inagotable, su significado simbólico como patria de El Libertador, y su posición continental: esto lo han “pulido con la delectación de un artista”. Y ahora, obviamente, los jefes cubanos no están dispuestos a dejar escapar una presa tan largamente trabajada. Como decía aquel son: “El que siembra su maíz, que se coma su pilón”. No sólo darán la batalla hasta el final, sino que obligarán a sus satélites —Maduro y compañía— a darla también, asumiendo todas las consecuencias. No hay vuelta atrás. Hoy, una vez más como hace 200 años, el futuro de América se decide en Venezuela.

El absoluto fracaso cubano para generar riqueza y bienestar en sus ciudadanos, se ha extendido como un terrible karma a sus aliados, y ha terminado consumiéndolos. Cuba, una pequeña isla, ha exprimido y quebrado un imperio mundial como fue la Unión Soviética, y ahora amenaza hacerlo también con el país potencialmente más rico de América Latina, Venezuela: si eso no es un record, es un buen average. Si existe una “maldición cubana”, esta se extiende y propaga a sus amigos y aliados.

Y ahora, ironía suprema, la afortunada dictadura de los Castro ve como su última tabla de salvación nada menos que al propio imperio norteamericano. Como ya se cerraron todas las puertas, van a tocar las de quien siempre dijeron era su enemigo mayor, irreconciliable y eterno: Cosas veredes, amigo Sancho. Sin dudas, no hay nada más alejado de la política que la ética, pero por lo visto, también la lógica. Los Castro parecen decir, “te dejo en paz, pero déjame existir: lo único que pido es que me permitas continuar en mi finquita hasta que me muera”, y después, quién sabe.

Aunque se ha hablado mucho del “bloqueo” norteamericano a “Cuba” (ni ha sido bloqueo, ni ha sido a Cuba) en realidad, bloqueo como tal, sólo ocurrió durante la “cuarentena” de octubre de 1962, cuando la Crisis de los Misiles, donde sólo se impedía la entrada de armamento estratégico, a menos que aceptaran el famoso “striptease”, retirando los toldos de las cubiertas y las compuertas de las bodegas de los barcos de carga, demostrando que no transportaban cohetes nucleares ni otras armas de destrucción masiva.

Pero concedamos, sin aceptar, que ha habido “bloqueo” durante las administraciones de nueve presidentes americanos hasta que el último, Obama, decidió, unilateral y unipersonalmente —al parecer, salvo un par de asesores íntimos, no consultó con nadie, ni siquiera a los miembros de su gabinete, y mucho menos a los legisladores— levantar parcialmente ese maltrecho telón parchado y zurcido, lleno de huecos y grietas que convenían en llamar todavía “embargo”. Sin embargo (nunca mejor dicho), poco duró la alegría en casa del pobre… Al llegar Trump, contra todo pronóstico, a la presidencia de Estados Unidos, ha mostrado, hasta ahora más simbólica que efectivamente, su deseo de cambiar la actitud del gobierno de USA hacia los Castro.

Se sabe que Cuba es un cáncer destructor, hace mucho tiempo. Desde el mismo año 1959, empezó a extender sus metástasis por toda América Latina y el resto del mundo. Debemos reconocer que lo único que siempre ha funcionado bien en ese desastre de país han sido la propaganda y el espionaje o “inteligencia”. Quizá todo lo demás ha fracasado porque se ha supeditado exclusiva y precisamente a esas dos actividades.

Pero, además, ha sido un cáncer agresivo y creativo, infiltrante. Si lo cerraban por un lado, se expandía por otro. Cuando América Latina demostró que no era un terreno fértil para guerrillas —con el supremo fracaso de Bolivia—empezaron a mirar hacia África. Luego, Viet Nam fue el nuevo frente de batalla: “hasta la última gota de sangre”. Más tarde, hasta se conformaron, aunque sólo fuera con una pequeña islita como Granada, pero Reagan se les atravesó con una resolución que nunca mostró como actor.

El tratamiento a ese cáncer ha sido fluctuante: no fueron lo mismo Kennedy, Johnson y aún Nixon, que Carter o Clinton. Lo radiaron, pero nunca lo extirparon. Trataron de aislarlo y contenerlo, primero con la Alianza para el Progreso (que el mismo Fulgencio Batista exigió desde mucho antes del desastre, pero nadie lo oyó) y luego con la Ley Helms-Burton, mas los rebasó. Pretendían encapsularlo, pero el cáncer siempre fue superiormente creativo y resistente, y se transmitió a otros órganos más sanos para prolongar, aunque parasitaria y precariamente, su existencia. Total: el resto del cuerpo (el pueblo cubano) aguanta.

Obama decidió, al suponer con cierta lógica que la antigua terapia no daba resultado, suspender el tratamiento y cambiar radicalmente la metodología, sin consultar con su equipo médico, quizá cuando por las coyunturas internacionales estaba más próximo a dar frutos: Tanto nadar y se ahogaron en la orillita. En términos médico-políticos, pasó de la alopatía a la homeopatía: un poco de capitalismo inoculado para revertir al enfermo, totalitario hasta los huesos. Pero “el cadáver, ay, siguió muriendo…”

Ahora Trump está dubitativo sobre cuál postura adoptar. Ya se sabe al menos que no será igual a la anterior, aunque sólo sea para variar y resultar “diferente y original”. Para la personalidad de este señor resulta muy importante ser distinto al resto: sus edificios son la mejor prueba arquitectónica de su temperamento. Y su terapia amenaza ser una terrible cura de caballos, de las que acaban con la enfermedad… y con el paciente. Por el momento, está más ocupado con el robusto norcoreano desenfrenado, que con los apaciguados isleños, quienes procuran no llamar demasiado su atención: así, calladitos se ven más bonitos. Aunque, como la gatita de María Ramos, estos mueven los hilos del cable submarino (y no del de fibra óptica, precisamente) entre La Habana y Caracas.

Ante una enfermedad, después del diagnóstico profundo y severo, siempre se impone un tratamiento, que incluye diversos procedimientos y medicamentos. Si ni unos ni otros funcionan, caben dos opciones: suprimir el tratamiento (lo que pide a gritos el exhausto paciente), cambiarlo por otro (Obama), o aumentar la dosis (¿Trump?).

Ahora, con el progresivo deterioro de su gran colonia Venezuela, todo indica que al parecer se le arrancará el suero vivificante al brazo del eterno agonizante caribeño, y quedará sólo auxiliado por sus propias y menguantes fuerzas: se trata, pues, de un pronóstico reservado. Aunque Maduro y su comparsa, contra toda lógica y razón prevalezcan, no podrán continuar en iguales proporciones con su ruinosa colaboración sin medida hacia el gobierno cubano, por un asunto de estricta sobrevivencia. En Venezuela, el horno no está para arepas.

Lo cierto es que, aunque no hay mal que dure cien años —bueno, ya son 60, así que falta menos…— ni cuerpo que lo resista, ni botica que lo asista, el pertinaz enfermo agonizante continúa en prolongada terapia intensiva: seguiremos atentamente la evolución del paciente, para ver si con su previsible desenlace, por fin se conjuran todas las profecías que tanto daño nos han hecho. A menos que (colmo de los colmos), ahora nos caiga también la Maldición carioca.


[1] George Weeth, Poesía y prosa. Pról. Juan Marinello. La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1988.

[2] Nat Carnes, Double Truth. New Center Publications, 2001. Según el autor, Castro le comentó en una de sus conversaciones: “Weeth preached Marxist ideology. Predicting Cuba would be the first republic in the hemisphere to accept Marx’s social doctrine, he lived in Santiago until his death in 1854” (p. 253). En realidad, Weeth no dijo eso, ni murió en Santiago sino en La Habana, y tampoco en la fecha citada, sino dos años después.


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