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Exilio, Cubanos, Miami

Sin esperanzas

Si el reloj cubano tiene dos manecillas, una en La Habana y la otra en Miami, ambas continúan empecinadas en el mismo recorrido: el avance en reversa

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¿Alcanzará fuerza política en Miami la tendencia más realista y pragmática dentro del anticastrismo, ahora que las apuestas deben desviarse de un fin más o menos cercano del régimen cubano a la discusión sobre el alcance de una Cuba post-castrista? Varias veces he formulado esta pregunta y el veredicto continúa siendo negativo.

Dicha respuesta definirá en buena medida el papel político ―o la nulidad al respecto― de una comunidad que cuenta no solo con grandes recursos económicos, sino con profesionales, especialistas y empresarios capaces de desempeñar una función de impulso y ayuda al establecimiento de una sociedad más avanzada en la Isla, tanto en lo económico como en un proceso paulatino de reformas democráticas.

Ante la afirmación otras veces formulada de que el reloj cubano tiene dos manecillas, una en La Habana y la otra en Miami, cabe cuestionarse si ambas continuarán empecinadas en el mismo recorrido: el avance en reversa, con una tenacidad que amarga al más optimista.

Durante muchos años parece haberse impuesto en ambas orillas un acuerdo tácito en este retroceso, como si existiera una conspiración de los extremos, que ha impuesto la marcha más conveniente a sus intereses: el poder absoluto de volver una y otra vez a remendar un modelo caduco, y seguir retrocediendo.

Igual empeño en la Calle Ocho y en la Plaza de la Revolución: mantenerse en una lucha estéril, sin ceder un ápice.

En lo personal, el éxito ha acompañado a quienes no se apartan de esa vieja senda. Inmovilidad en la cúpula gobernante cubana, influencia única del sector más recalcitrante del exilio en la política estadounidense hacia la Isla.

Otra interrogante que se ha añadido en los dos últimos años: si el esfuerzo del expresidente Barack Obama no pasó de ser el espejismo de una ilusión.

Una segunda mirada a este problema nos permite afirmar que el darle cuerda al reloj del retroceso no solo responde a una conspiración de los extremos. También es la seducción de los caminos trillados y la comodidad de lograr el triunfo recorriendo una vía segura. Obedecer al presidente/general sin chistar, evitar destacarse como alguien que piensa de forma independiente y seguir las órdenes, pero cumplirlas lo menos posible. Beneficiarse de un electorado que enfatiza sus fracasos con la misma obstinación que repite sus errores. El actual presidente estadounidense, Donald Trump, ha sido el último favorecido de esta cadena de decepciones. La inmunidad imprescindible para no escuchar las opiniones opuestas. Profundizar a diario en el alejamiento de la realidad. En la Calle Ocho y en la Plaza de la Revolución. Mantenerse en una lucha estéril, sin ceder un ápice.

Cuota de pasado

Junto a sus esperanzas de futuro, todo exiliado lleva también su cuota de pasado. En Miami no hubo urgencia en imponer un límite al recuerdo y un cupo a la nostalgia. Hubiera sido mejor un cartel preventivo: exiliado cubano, guarda en tu pasaporte de origen todo el rencor; declara en la aduana las injusticias sufridas y deja en la maleta las frustraciones. Al menos, no viviríamos en dicha ciudad esclavos del pasado. En Miami algunos no han podido sacarse los clavos del castrismo, pero quieren que los demás carguen la cruz por ellos: a confesar la fe en la "lucha anticomunista'' o arriesgarse a ser azotado en la plaza. Inquisición radial y televisiva, centuriones de esquina, cruzados de café con leche, apóstoles de la ignorancia. Irse de la Isla para continuar con una comparación inútil y absurda: responder al mal con el desatino y a la represión con la intransigencia.

Empeñarse en la violencia con la excusa de lo perdido. Son aquellos que rehúsan a limitar el terrorismo a una definición. Tienen un diccionario particular que esgrimen a conveniencia, y se escudan en el papel de víctimas para lanzar una cacería de brujas. La realidad es una ficción y las obras de ficción ejemplos reales, que utilizan en escritos y arengas para proponer tácticas ridículas.

Entre equívocos e ilusiones construyó el régimen de La Habana su base de sustentación. Fue una opción arriesgada y poco promisoria, pero que en la práctica le brindó resultados excelentes. Aún hoy sigue apostando a la misma carta. Y nada indica que no siga teniendo en las manos no el as de triunfo sino de supervivencia. Con ello le basta.

Mientras el exilio en Miami ha continuado empecinado en un pensamiento binario —castrismo-anticastrismo—, quienes rechazan al régimen en Cuba han ampliado sus fronteras; abierto nuevas vías al debate y transformado el panorama opositor.

Esta transformación ha ocurrido tanto en los terrenos del análisis y la información como en el alcance y la prontitud de las denuncias. Los cambios obedecen a diversos factores —algunos originados por el propio Gobierno cubano, otros debidos al avance tecnológico y en menor medida gracias a la modificación de actitud hacia el caso cubano en Washington—, aunque todos coinciden en un denominador común: la disminución de la influencia del exilio a la hora de dictar pautas políticas contra el Gobierno de la Isla.

También hay dos cuestiones básicas que no deben olvidarse. La primera es que la disminución en la influencia política no se traduce en un movimiento contrario, sino en señal de estatismo. En este sentido se ha sumado a la pasividad reinante en la Isla, donde la actitud de espera define la situación.

La segunda cuestión —incluso más importante— es que la transformación demográfica dentro del exilio no trajo como resultado, de forma automática e instantánea, un cambio político. Dicho en otras palabras, el fenómeno de los llamados “nuevos votantes” no se ha demostrado en las urnas. Por persistencia e incluso —hay que reconocerlo— fervor patriótico, de acuerdo a sus ideales y concepciones, el denominado “exilio histórico” ha mantenido su presencia electoral, pese a la disminución de poder. Aquí, igual que en Cuba, la respuesta final está en manos de la biología.

Cuba y Miami

Dos patrias tienen algunos: Cuba y Miami. Los términos derecha, izquierda, reaccionario, revolucionario, progresista y conservador han adquirido nuevos matices, y en ocasiones su empleo emborrona en lugar de aclarar la discusión.

Para comenzar, tenemos a quienes afirman que son conservadores. Esto equivaldría a decir que obedecen a un pensamiento que no se sustenta en un conjunto particular de principios ideológicos, sino más bien en la desconfianza hacia todas las ideologías. Pero en la práctica no es así. Lo que con los años ha alcanzado mayor resonancia mediática —en la parte más vocinglera y visible de la comunidad exiliada— no es el conservadurismo, sino una actitud ultra reaccionaria.

Hay dos tipos de reaccionarios, que pueden coincidir en diversos objetivos, pero difieren fundamentalmente en su actitud hacia el cambio histórico. Unos añoran el regreso a un estado de perfección, que ellos creen que existía antes de cualquier revolución (la cual puede ser política, pero también social, económica y cultural). Otros suponen que cualquier movimiento de este tipo es un hecho que no tiene marcha atrás, y que la única respuesta a una transformación tan radical es llevar a cabo otra similar, pero de signo contrario.

En la actualidad a este segundo grupo pertenecen tanto los partidarios del nuevo mandatario estadounidense Donald Trump como quienes apoyaron al Tea Party durante ambos períodos del mandato de Obama. Su ideal es destruir todas las leyes, principios y normas que llevaron a la creación de una sociedad con servicios de seguridad social, asistencia pública y beneficios para los más necesitados, y volver a la época del capitalismo más salvaje de la década de 1920, existente antes del establecimiento del New Deal/Fair Deal de las décadas de 1930 y 1940 y de la puesta en práctica años después del concepto de la Nueva Frontera/Gran Sociedad de los años 60.

En lo que se refiere a Cuba, en la actualidad es correcto catalogar de reaccionario al gobernante Raúl Castro, cuyas anunciadas reformas son pocas, superficiales y atrasadas. Pero al mismo tiempo, la parte más visible del exilio —en lo que respecta a la opinión política— se niega a adoptar una posición progresista, y ha acogido con beneplácito la actitud ultraconservadora incendiaria que caracteriza a Trump y al Tea Party. En una contradicción política más, estos exiliados adoptan al mismo tiempo la nostalgia retrógrada y la combatividad de Trump. Son revolucionarios-reaccionarios.

Sin embargo, en quienes rechazan al régimen dentro de la propia Isla no impera el afán contrarrevolucionario de destruir por completo a la sociedad existente, ni tampoco la vuelta nostálgica a la Cuba de ayer. Ni siquiera, en última instancia, entre aquellos opositores más complacientes con sus patrocinadores de Miami.

Dos ofensivas

Desde antes de la última ofensiva para lograr una mayor flexibilización o desaparición del embargo económico —y aquí el primer objetivo fundamental ha sido el turismo estadounidense— ya La Habana estaba enfrascada en otra: convertir a los exiliados moderados no en marxistas, comunistas o socialistas —eso quedó atrás y nunca tuvo mucho sentido en Cuba— sino en nacionalistas, fieles amantes de la “patria”, pero reduciendo esta noción a Gobierno.

La definición nacionalista que La Habana aplica en este caso cumple un uso operativo: subordinación a los dictados de un régimen del que se ha escapado al llegar al exilio.

El empeño entonces, para un exilio moderado, es lograr que la mesura no se convierta en sometimiento, y mucho menos abolición de una voluntad propia.

El Gobierno cubano no solo ignora la independencia política, sino la desprecia. No está dispuesto a un diálogo serio y abierto con quienes viven en el exterior. Se limita a reuniones ocasionales, con mucha publicidad y pocos resultados.

Así que en los términos en que se plantea actualmente toda la discusión sobre un reordenamiento de la política estadounidense hacia La Habana, el exilio —y especialmente el exilio de Miami—, toda posibilidad de una reagrupación queda eliminada por partida doble o triple. Y las posibilidades se reducen a una vuelta atrás, bajo el Gobierno de Trump, o una continuación —más o menos lentificada, o con pautas aceleradas en ciertos aspectos— de la vía abierta por la anterior administración estadounidense

La posibilidad de un reordenamiento básico queda eliminada porque en los términos en que aún se definen, los sectores con mayor poder político y económico, tanto en Cuba como en Miami, marchan a la zaga del momento actual.

Por ello el intento de circunvalación que llevó a cabo Obama, donde el enfrentamiento fue sustituido por una exclusión; y dicha exclusión, por supuesto, incluyó el dejar fuera al sector opositor como dialogante básico, más aún cuando el reordenamiento se concretó a un asunto entre Estados.

El exilio moderado quedó a un lado también, porque lo que sería su definición mejor —como un núcleo orgánico y realmente conservador en sus fundamentos— siempre ha eludido esa naturaleza, aunque a veces la proclamara. En ello no ha logrado desprenderse de esa herencia nefasta del exilio en general, que siempre ha preferido suscribirse a patrones que le resultan dañinos a sus objetivos, desde el declarase verdaderos revolucionarios hasta identificarse con las fuerzas más reaccionarias.

En igual sentido, ha sido desestimado el sector más moderado del exilio, salvo en la limitada labor de ciertos grupos y organizaciones, por su incapacidad a la hora de establecer una posición independiente, equidistante tanto de Washington como de La Habana, e incapaz de imponerse en asuntos concretos y cotidianos.

Para una ciudad donde a veces el clima político alcanza una intensidad fuera de lo normal, y al que suele resultar difícil permanecer ajeno, durante décadas el porvenir de una actitud independiente de los centros de poder La Habana-Washington-Miami ha deparado más frustraciones que esperanzas, y nada indica que esta situación cambie en un futuro cercano.


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